9. Sábado
Los fines de semana eran de Valentina.
No estaba escrito en ningún papel, como casi nada en aquella familia, pero era así desde que la niña aprendió a decir «fin de semana»: ni móvil del trabajo, ni comisaría, ni casos. Dos días enteros sin nadie castigado en ninguna torre. El anterior no lo había sido, y Claudia todavía se lo debía.
A las diez de la mañana estaban en el mercado de la Barceloneta, con un carro de la compra de cuadros escoceses que Valentina insistía en empujar ella sola aunque se le torcía en cada esquina.
—Mamá, ¿por qué los pescados tienen los ojos abiertos?
—Porque no tienen párpados.
—¿Y cómo duermen?
—Con los ojos abiertos.
Valentina se quedó mirando una dorada en el hielo, muy seria, durante un rato largo.
—Pobres —dijo al fin—. Seguro que tienen pesadillas.
La pescadera, una mujer enorme con un delantal de plástico azul, se rió tanto que le regaló a la niña una gamba cruda para que se la llevara a Queen. Valentina la llevó en la palma de la mano todo el resto de la mañana, como si fuera una joya.
* * *
A las doce estaban en la Ciutadella.
Hacía un sol de noviembre, frío y limpio, de los que hacen brillar las hojas secas en el suelo.
Había padres con carritos, abuelos con periódicos, un grupo de chicos tocando el djembé junto al lago y un hombre vestido de Spiderman haciendo pompas de jabón gigantes para los turistas.
Valentina fue directa a los columpios, los rojos, los que estaban junto al mamut de piedra.
—¡Empújame! ¡Fuerte! ¡Hasta el cielo!
Claudia la empujó. Una vez, otra, otra. Valentina subía y bajaba con el pelo al viento, la coleta de los ositos medio deshecha, gritando de felicidad cada vez que llegaba arriba.
Y entonces, en una de las bajadas, por encima del hombro de su hija, Claudia lo vio.
Un Seat León gris oscuro, aparcado en el paseo de Picasso, al otro lado de la verja del parque. Con el morro hacia los columpios. Un hombre dentro, al volante, con una gorra y unas gafas de sol, inmóvil.
Claudia no necesitó acercarse para leer la matrícula. Se la sabía de memoria desde el lunes por la noche. La había visto escrita en una hoja de la DGT, encima del salpicadero, al lado de una pantalla verde con su hija dormida dentro.
Siguió empujando el columpio. No cambió el ritmo. No cambió la cara. Sonrió a Valentina, que le gritaba algo desde arriba.
Por dentro, se le había helado la sangre.
* * *
Pensó muchas cosas en muy poco tiempo. Pensó en coger a Valentina y salir del parque por la otra puerta, la del zoo.
Pensó en llamar a Marta. Pensó en ir hasta el coche, abrir la puerta del conductor y sacar a aquel hombre por el cuello de la cazadora.
Pensó en la pistola, que estaba en casa, en la caja fuerte del armario, porque los sábados eran de Valentina.
No hizo ninguna de esas cosas.
Siguió empujando el columpio, y mientras lo empujaba vio cómo un hombre alto, con un abrigo oscuro y las manos en los bolsillos, cruzaba el paseo de Picasso sin prisa, por el paso de cebra, en dirección al Seat León.
Adrián.
Se paró junto a la ventanilla del conductor. Se inclinó un poco. Dio dos golpecitos en el cristal con los nudillos, tranquilo, como quien llama a la puerta de un vecino.
El hombre de la gorra se quedó quieto. Luego bajó la ventanilla unos centímetros.
Claudia no podía oír lo que decían. Vio a Adrián decir algo corto. Vio al hombre negar con la cabeza. Vio a Adrián sacar el móvil del bolsillo, levantarlo a la altura de la ventanilla, como quien hace una foto, y decir algo más, con una sonrisa que desde allí parecía casi amable.
El Seat León arrancó. Salió del aparcamiento sin poner el intermitente, rozando el bordillo, y se perdió hacia la estación de Francia.
Adrián se quedó un momento mirando cómo se iba. Luego se guardó el móvil, cruzó el paseo, entró en el parque por la puerta de la verja y caminó hacia los columpios. Sin prisa. Con las manos en los bolsillos.
—Mamá, ¡más fuerte! ¡Que no llego!
Claudia empujó más fuerte.
* * *
—Buenos días, inspectora.
—Señor Serrano.
Se pararon a un metro el uno del otro, junto a la valla de los columpios. Delante de ellos, Valentina subía y bajaba.
—Lluch está apostado delante de mi portal desde el miércoles —dijo Adrián en voz baja, sin mirarla, mirando el columpio—.
Esta mañana, cuando lo he visto arrancar, he cogido un taxi detrás.
Le he dicho al taxista que siguiera a aquel coche gris.
Me ha mirado como si estuviera loco. —Una pausa—. Me ha traído hasta aquí.
—¿Te seguía a ti?
—No. Esta mañana te seguía a ti. Yo seguía al que te seguía.
—Adrián se encogió de hombros—. Le he dicho que tenía su matrícula, su nombre, su licencia y el nombre del despacho que le paga.
Y que si volvía a acercarse a menos de cien metros de una niña de cinco años, mañana a las nueve estaría en el Colegio de Detectives con una denuncia.
Y que la foto que le acababa de hacer saldría en la primera página de mi escrito.
—¿Le has hecho una foto?
—Le he hecho una foto. Con la cara de imbécil que ha puesto. —Adrián la miró por primera vez—. No va a volver hoy. Mañana mandarán a otro.
Claudia se agarró a la valla. Tenía los nudillos blancos.
—Delante de mi hija —dijo. Muy bajo.
—Lo sé.
—Delante de mi hija, Adrián.
—Lo sé. —Él dio un paso, uno solo, y se quedó a medio metro—. Por eso he cruzado la calle.
* * *
—¡Mamá! —Valentina había frenado el columpio con los pies, levantando una nube de arena, y lo estaba mirando a él. Fijamente. Con esa mirada suya de detective pequeño—. ¿Quién es?
Claudia abrió la boca. No le salió nada.
Adrián se adelantó. Se acercó al columpio y se agachó hasta quedar a la altura de la niña, con los codos en las rodillas.
—Hola. Me llamo Adrián. Trabajo con tu madre a veces.
Valentina lo estudió de arriba abajo. El abrigo. Los zapatos. La cara. Se tomó su tiempo.
—¿Tú eres el del pelo gris de la tele?
Adrián se tocó las sienes.
—Supongo que sí.
—Mi abuela Mercedes dice que sales muy serio.
—Tu abuela Mercedes tiene razón. —Adrián se quedó pensando—. Es que en la tele me da vergüenza sonreír.
—¿Por qué?
—Porque me salen arrugas aquí. —Se señaló los ojos—. Y queda raro.
Valentina lo pensó.
—Pues a mí me gustan las arrugas —dijo—. Mi abuelo Enrique tiene muchísimas y es muy guapo.
Detrás de ellos, Claudia se tapó la boca con la mano.
—¿Me empujas? —dijo Valentina—. Mi mamá ya está cansada. Siempre se cansa a los cincuenta.
—¿A los cincuenta qué?
—Empujones. Yo los cuento.
Adrián miró a Claudia por encima de la cabeza de la niña. Claudia se encogió de hombros: no pienso salvarte. Él se levantó, se quitó el abrigo, lo dejó doblado encima de la valla, se puso detrás del columpio y empujó.
Valentina subió. Y gritó. Y bajó. Y volvió a subir.
—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!
Adrián empujaba con las dos manos, con cuidado, mirando a la niña como se mira algo que se puede romper. A la quinta subida, Valentina se giró a medio vuelo, se le quedó mirando la mano izquierda, la que tenía en la cadena del columpio, y gritó desde arriba:
—¿Qué te pasó en el dedo?
Adrián dejó de empujar un segundo. El columpio siguió solo.
—Me corté con un cristal —dijo.
—¿Cuándo?
—Hace mucho. Cuando era pequeño. Un poco más mayor que tú.
—¿Te dolió?
—Sí.
—¿Lloraste?
Adrián se quedó callado. Claudia, junto a la valla, lo vio tragar saliva.
—Esa noche, no —dijo al fin—. Luego sí.
Valentina asintió desde lo alto, como si eso tuviera todo el sentido del mundo.
—Yo también lloro luego —dijo—. Cuando ya no me ve nadie. —Y luego, sin cambiar de tono—: ¡Más fuerte! ¡Que vamos por el nueve!
Adrián empujó más fuerte.
Claudia se quedó mirándolos con las manos en los bolsillos de la chaqueta, la gamba de Queen todavía en una bolsa de plástico dentro del carro de cuadros, y pensó que no recordaba la última vez que había visto a alguien escuchar a su hija con tanta atención.
Sí lo recordaba. Era Xavi. Siempre era Xavi.
* * *
Llegaron a los cincuenta empujones. Luego a los setenta. A los ochenta y tres, Valentina decretó que ya estaba bien y que tenía hambre.
—¿Vienes a comer? —le preguntó a Adrián mientras bajaba del columpio—. Hay arroz. Lo hace Xavi.
—Val —dijo Claudia.
—Hoy no puedo —dijo Adrián, recogiendo el abrigo de la valla—. Pero gracias.
—¿Otro día?
Adrián miró a Claudia. Claudia no dijo nada.
—Otro día —dijo él.
Se agachó otra vez a la altura de la niña y le tendió la mano, muy formal, como a una persona mayor. Valentina se la estrechó con la misma seriedad.
—Encantado, Valentina.
—Encantada, Adrián. —Lo pensó un segundo—. Dile a tu cristal que no es justo.
Adrián se quedó un momento con la mano de la niña en la suya. Luego asintió.
—Se lo diré.
* * *
Lo acompañó hasta la verja, mientras Valentina perseguía palomas con el carro de cuadros.
—El martes Iris va a hablar con una psicóloga —dijo Claudia—. En la sala Gesell de la Ciudad de la Justicia. Con su tía delante y con la fiscal de menores. Voy a estar detrás del cristal.
Adrián no se paró. Pero algo en sus hombros cambió. Claudia lo vio. Un segundo de rigidez, como cuando alguien pisa un escalón que no estaba.
—¿Y qué esperas que diga?
—No lo sé. —Claudia lo miró de reojo—. ¿Tú qué esperas que diga?
—Yo soy el abogado de su madre. No espero nada.
—Ya.
Llegaron a la verja. Adrián se paró. Se giró. Por un momento, pareció que iba a decir algo. Algo importante. Claudia lo vio en su cara, igual que lo había visto en la de Noelia en la sala de interrogatorios: algo que subía desde dentro y se quedaba en la garganta.
—Ten cuidado, Claudia —fue lo único que dijo.
Y se fue por el paseo de Picasso, con el abrigo puesto y las manos en los bolsillos, hacia la estación de Francia, por el mismo sitio por donde se había ido el Seat León.
* * *
Xavi les abrió la puerta de su casa con un delantal y una cuchara de palo en la mano. Olía a sofrito.
Valentina entró corriendo, con la gamba envuelta en la palma de la mano.
—¡Queen! ¡Te traigo un regalo de una señora gigante!
Queen, que estaba tumbada en el sofá de Xavi, levantó la cabeza, olió el aire y bajó al suelo con una velocidad que no tenía para nada más.
Xavi se quedó en el umbral, con la cuchara en la mano, mirando a Claudia.
—¿Qué tal el sábado?
—Bien.
—¡Hemos conocido al señor de la tele! —gritó Valentina desde el salón, mientras Queen se comía la gamba en dos bocados—. ¡El del pelo gris! ¡Me ha empujado ochenta y tres veces! ¡Y tiene una cicatriz en el dedo de un cristal y no lloró, solo luego!
Xavi no se movió. Siguió mirando a Claudia. No dijo nada. No le hizo falta.
Claudia aguantó la mirada. Luego bajó la vista.
—Fue casualidad —dijo.
—Ya.
—Xavi.
—No he dicho nada. —Él se apartó para dejarla pasar, con la cuchara en alto—. El arroz está en cinco minutos.
Pasó a su lado. Al pasar, sin mirarla, le puso un momento la mano libre en el hombro. Un segundo. Luego volvió a la cocina.
* * *
El móvil le sonó a las seis de la tarde. Hacía rato que habían vuelto a casa, después del arroz.
Valentina veía dibujos tumbada en su sofá, con Queen dormida encima de las piernas, y Claudia doblaba ropa limpia en la mesa del salón.
—¿La inspectora Ferrer? Soy Rosa Campos. La hermana de Noelia. Tengo a Iris en casa desde el miércoles.
—Dígame, Rosa.
—Es por lo del martes. Lo de la psicóloga. —La voz de la mujer era cansada, cauta—. Iris me ha dicho una cosa esta mañana. Es la primera frase entera que dice en ocho días.
Claudia dejó la camiseta a medio doblar y salió al rellano. Cerró la puerta detrás de ella.
—¿Qué ha dicho?
Rosa tardó un poco en contestar.
—Que el martes no va a hablar con la psicóloga. Ni con la fiscal. Ni conmigo. —Una pausa—. Que solo va a hablar con la policía de la coleta.
Claudia se quedó quieta en el rellano, entre las dos puertas.
—¿Ha dicho algo más?
—Sí. —Rosa bajó la voz—. Ha dicho que tiene que contarle una cosa que no le puede contar a nadie más. Porque usted es la única que le miró las mangas.