8. Diez segundos
El reloj de su madre seguía diez segundos atrasado.
Adrián lo comprobó al entrar, como hacía siempre, con el móvil en la mano y la vista en la esfera. Las siete y cuarenta y dos en la pantalla. Las siete y cuarenta y uno con cincuenta en el reloj.
Diez segundos exactos, desde hacía treinta y un años. Ni uno más ni uno menos. Casals decía que era el reloj más fiel de Barcelona: llegaba tarde siempre, pero siempre lo mismo.
Era un Westminster de pie, de caja de nogal, casi dos metros de alto, con la esfera de latón y un péndulo largo y dorado que se veía a través de una puerta de cristal.
Estaba en el recibidor del piso de la calle Balmes, al fondo del pasillo, de frente, para que fuera lo primero que veía quien entraba.
La puerta de cristal no era la original. La original se había roto una noche de marzo de 1993. Su madre había mandado poner otra igual, del mismo grosor, con el mismo bisel, y la había pagado con el dinero de una pulsera de su abuela que vendió en una joyería de la calle Ferran.
Adrián se tocó, sin darse cuenta, la cicatriz de la base del pulgar izquierdo. Pequeña, blanca, en forma de media luna.
—¿Eres tú, Adrián?
—Soy yo, mamá.
* * *
Julia Serrano tenía setenta y ocho años y seguía haciendo la cena a las ocho en punto. Estaba en la cocina, con un delantal de cuadros y las gafas en la punta de la nariz, removiendo una crema de calabaza. Le puso la mejilla para que la besara sin dejar de remover.
—Tienes mala cara.
—Es el trabajo.
—Siempre es el trabajo. —Julia probó la crema con la punta de la cuchara de palo—. Te he visto en la tele. Con esa chica. La policía.
—Mamá.
—No digo nada. —Julia apagó el fuego—. Solo digo que es guapa y que tiene cara de no dormir. Como tú. —Se secó las manos en el delantal—. Pon la mesa.
Adrián puso la mesa. Dos platos, dos cucharas, dos servilletas de tela con las iniciales bordadas: J. S. Las de su madre. Las de su padre se habían ido a la basura hacía treinta y un años, junto con todo lo demás.
Cenaron en silencio, como cenaban siempre, con la radio de fondo.
A las ocho y cuarto, desde el recibidor, llegaron las cuatro notas del cuarto.
Su madre no levantó la vista del plato. Él tampoco.
Pero los dos dejaron de comer un segundo, la cuchara en el aire, como hacían siempre que sonaba el reloj, sin haberlo hablado nunca.
—¿Sabes por qué no dejo que Casals lo arregle? —dijo Julia de pronto.
Adrián la miró. En treinta y un años, nunca se lo había preguntado. Nunca se lo había explicado.
—Por los diez segundos.
—Por los diez segundos. —Su madre dejó la cuchara en el plato—.
Aquella noche, cuando tu padre me empujó contra la caja y se rompió el cristal, el péndulo se paró.
Se paró diez segundos. Luego volvió a andar solo, como si no hubiera pasado nada.
—Se quitó las gafas y las dejó encima del mantel—.
Diez segundos. Es lo que tardó tu padre en ver la sangre.
Tu sangre. En darse cuenta de que tenías nueve años y te habías metido en medio.
Adrián no dijo nada.
—Diez segundos en los que se quedó quieto. En los que no me pegó. —Julia miraba el plato—. Y luego se fue. Esa misma noche. Y no volvió nunca.
—Lo sé, mamá.
—No lo sabes. —Su madre levantó la vista—.
Tú sabes que se fue. No sabes que, durante diez segundos, tuvo miedo.
Él. De lo que había hecho. Yo lo vi en su cara.
—Volvió a ponerse las gafas—. Así que no, no dejo que lo arreglen.
Quiero que ese reloj vaya siempre diez segundos tarde.
Para acordarme de que hasta los hombres como tu padre pueden tener miedo diez segundos.
Se levantó, recogió los platos y se fue a la cocina.
Adrián se quedó sentado a la mesa, solo, con la servilleta en la mano. Desde el recibidor, el péndulo dorado iba y venía detrás de un cristal que no era el original.
* * *
A la mañana siguiente, Adrián fue a Wad-Ras.
El centro penitenciario de mujeres está en el Poblenou, entre bloques de pisos y una gasolinera, a doscientos metros del mar.
Por fuera parece un instituto de los años noventa.
Por dentro huele a lejía, a comida de bandeja y a algo más, algo que Adrián había aprendido a reconocer en su primer año de abogado y que no había sabido nunca nombrar.
Noelia lo esperaba en el locutorio, detrás del cristal, con un chándal gris de la prisión y el pelo recogido en la misma pinza de plástico. Se había quitado el forro polar.
Por el cuello del chándal asomaban unas marcas violetas, ya amarillentas por los bordes, como los dedos de una mano grande.
Adrián se sentó. Cogió el telefonillo.
—¿Cómo estás?
—Bien. —Noelia no cogió el telefonillo enseguida. Lo miró primero, como si pudiera morderla—. ¿Y Iris?
—Con doña Amparo. Mañana la recoge tu hermana, la de Cornellà.
Noelia cerró los ojos. Soltó el aire. Por primera vez desde el viernes, a Adrián le pareció que respiraba de verdad.
—La forense dice que te estaban estrangulando —dijo él—. Las marcas del cuello. Las petequias. Si fue así, Noelia, si él te estaba estrangulando cuando cogiste el cuchillo, es legítima defensa. Es de manual. Te saco de aquí en dos semanas.
Noelia abrió los ojos.
—Fui yo.
—Ya lo sé. Te estoy diciendo que…
—Fui yo —repitió ella—. Y no quiero que nadie busque nada más.
Adrián se quedó quieto, con el telefonillo pegado a la oreja.
—Noelia. La forense ha mandado un informe complementario. —Lo dijo despacio, mirándola a los ojos a través del cristal rayado—. Quien le clavó el cuchillo a Julián estaba detrás de él. A su izquierda. Más bajo que él. Y era zurdo.
Noelia no se movió. No parpadeó. Pero las manos, encima de la repisa, se le juntaron solas, una encima de otra, apretadas, con los nudillos blancos.
—Tú eres diestra —dijo Adrián, muy bajo—. Te he visto firmar.
—No busques más —dijo Noelia.
—Noelia…
—No busques más. —Se inclinó hacia el cristal. Tenía los ojos rojos, llenos todavía de puntitos de tinta—. Si me quieres ayudar, de verdad, no busques más. Por favor. Te lo pido por favor. Fui yo. Fui yo, y ya está, y ya pagaré lo que tenga que pagar. Pero no busques más.
—¿A quién estás protegiendo?
Noelia se echó hacia atrás en la silla. Lo miró mucho rato, en silencio, con el telefonillo en la mano. Después colgó y se levantó, y le hizo una señal a la funcionaria para que la llevara de vuelta.
En la puerta, antes de salir, se giró. No dijo nada. Solo se tocó el cuello del chándal, donde estaban las marcas, y se fue.
* * *
Adrián se quedó en el coche, en el aparcamiento de la prisión, con las manos en el volante y el motor apagado.
Delante, entre los edificios, se veía un trozo de mar gris, sin barcos.
Detrás. A la izquierda. Más bajo. Zurdo.
Pensó en la escalera de Collblanc, el viernes por la mañana.
En la puerta abierta del piso de la vecina, al subir, y en el sofá, debajo de una foto de boda enorme.
En una chica de dieciséis años con el pelo sobre la cara y una manta de ganchillo por los hombros, agarrando una taza con las dos manos.
En que no había levantado la cabeza ni una vez.
Pensó en las mangas del pijama. Claudia se lo había contado en el garaje, sin darle importancia, entre una hoja y otra: mojadas hasta el codo.
Sacó el móvil. Buscó en internet el nombre del instituto de Collblanc.
Encontró la web, una página antigua con fotos de la fiesta de fin de curso.
Fue pasando las fotos una a una. En la séptima, una chica delgada, de pelo largo y castaño, sonriendo con la boca muy abierta, recogía un diploma en un escenario de madera.
Debajo, el pie de foto: Primer premio del concurso de relato breve. Iris Prieto, 4.º B.
Tenía el diploma en la mano derecha.
Y en la izquierda, levantada a la altura de la cara, un bolígrafo, como si acabara de firmar algo.
Adrián apagó el móvil.
Se quedó mirando el mar.
Ahora sabía a quién protegía Noelia. Lo sabía como se saben las cosas en su oficio: no con pruebas, sino con el estómago.
Una niña de dieciséis años que entró en la cocina a primera hora, vio a su padre estrangulando a su madre contra la nevera, cogió el cuchillo del taco y se lo clavó por la espalda.
Una sola vez. Con la mano izquierda. Y luego se lavó las manos a toda prisa, sin remangarse, porque alguien le dijo que lo hiciera.
Y la madre, sentada en una silla, con el cuchillo en el suelo, diciendo «he sido yo» a todo el que entraba. Para que nadie mirara a la niña. Para que nadie la viera.
Adrián apoyó la frente en el volante.
Era su clienta. Noelia era su clienta, y su clienta le había pedido, por favor, de verdad, que no buscara más. Y él tenía la obligación de defender lo que su clienta quería, aunque fuera mentira. Esa era la regla. La primera. La que no se rompe nunca.
Y la otra regla, la suya, la que no estaba escrita en ningún código, la que se había hecho a sí mismo a los nueve años con la mano sangrando delante de un reloj: no dejar sola nunca a quien se mete en medio para proteger a otro. Porque él se había metido en medio aquella noche, y sabía lo que pesa.
* * *
Claudia buscaba la verdad. Siempre la buscaba.
Era lo que más le gustaba de ella y lo que más miedo le daba.
Y Claudia, que tenía las mismas piezas que él, iba a llegar a la misma conclusión que él en un día, o en dos.
Iba a ir a buscar a la niña. Con una psicóloga y una orden. Y la niña iba a hablar.
A menos que alguien la frenara.
* * *
A las seis y cuarto, mientras volvía a su despacho por la Gran Via, le sonó el móvil. Un número fijo de L'Hospitalet.
—¿El señor Serrano? —Una voz de mujer mayor, dulce, un poco temblona—. Soy Amparo. La vecina de Noelia. La de enfrente.
—Dígame, señora.
—Perdone que le moleste. Es que tengo aquí una bolsa con ropa limpia para Noelia. Y una bufanda que le he hecho yo, de ganchillo, que me han dicho que en la cárcel hace mucho frío. —Una pausa—. ¿Usted se la podría llevar? Yo no sé ir a esos sitios. Y la niña no puede.
—Claro. Paso mañana a recogerla.
—Muchas gracias, hijo. —Otra pausa, más larga—. ¿Cómo está?
—Está bien. Muy preocupada por Iris.
—Iris está bien. —La voz de Amparo se volvió firme de golpe, más firme de lo que Adrián esperaba—. Iris está conmigo. A Iris no le va a pasar nada. Dígaselo a Noelia de mi parte. Que no se preocupe por nada. Que ya me encargo yo.
—Se lo diré.
—Gracias, hijo. Y una cosa más.
—Dígame.
—Esa inspectora. La de la coleta. —Amparo bajó la voz, como si alguien pudiera oírla en su propia casa—. Vino el lunes otra vez, con la otra, la morena. Preguntando por la escalera. Me miró mucho rato. A mí y a la niña. —Una pausa—. Es una buena chica, ¿verdad? De las que quieren ayudar.
—Sí. —Adrián tardó un segundo en contestar—. Es de las que quieren ayudar.
—Ya me lo parecía. —La voz de Amparo volvió a ser dulce, temblona, de abuela—. Las peores.
Colgó antes de que él pudiera preguntarle qué quería decir.
* * *
Esa noche, en el ático de la calle Pujades, Adrián no encendió la luz.
Se sentó en el sofá, delante de los ventanales, con la Torre Glòries enfrente, que esa noche estaba de color azul, y el móvil en la mano. Abrió la conversación con Claudia. El último mensaje era el suyo, el de la matrícula. Debajo, el de ella: Mi coche. 22:00. En el garaje de mi edificio, plaza 14.
Pensó en el garaje. En la pantalla verde del vigilabebés en el salpicadero. En una niña de cinco años sentada en la cama, con el pelo de punta, diciendo «Dile buenas noches de mi parte». En la cara de Claudia a un palmo de la suya. Hasta que acabe lo de Noelia, no.
Escribió: Tenemos que hablar de Iris.
Lo miró un rato largo. Lo borró.
Escribió: ¿Cómo estás?
Lo borró también.
Dejó el móvil en el sofá, boca abajo, y se quedó mirando la torre, que cambió de azul a verde y de verde a lila, como la primera noche.
Por primera vez desde que la conocía, iba a mentirle a Claudia. No con palabras. Con silencio. Que era peor, porque el silencio no se puede retirar.
Se tocó la cicatriz del pulgar. Pequeña, blanca, en forma de media luna.
Diez segundos, pensó. Es lo que tarda alguien en darse cuenta de lo que ha hecho.
Él ya llevaba mucho más.