7. Matrícula
A las diez menos cinco, Valentina dormía en su cama con la boca abierta, un brazo fuera de la colcha y Nube aplastado debajo de la mejilla. Queen estaba enroscada a sus pies, una bola gris que subía y bajaba despacio.
Claudia se quedó un momento en la puerta, mirándolas.
Encima de la cómoda, entre una hucha con forma de cerdito y una lámpara de estrellas, estaba la cámara del vigilabebés.
La habían comprado cuando Valentina tenía tres meses, para oírla respirar.
Ahora la niña tenía cinco años y medio y ya no se usaba nunca: se había quedado allí, desenchufada, cogiendo polvo, como uno de esos objetos que nadie se atreve a guardar en una caja porque guardarlo sería admitir que la niña ya no es un bebé.
Valentina decía que era una cámara espía, y que cuando fuera mayor también sería policía y la usaría para vigilar a los malos.
Las pocas veces que Claudia la encendía, como esa noche, se lo decía antes.
Siempre. Era un trato entre las dos. Una hora antes, al darle el beso de buenas noches, se lo había explicado: «Voy a bajar un rato al garaje a hablar de trabajo.
Te enciendo la cámara espía. Si te despiertas, me llamas y te oigo».
Valentina había asentido muy seria, como quien recibe una misión. Claudia la enchufó, ajustó la cámara con un dedo para que enfocara bien la cama, comprobó que la luz verde estaba encendida y se guardó la pantalla en el bolsillo de la chaqueta.
Luego bajó al garaje.
* * *
El garaje del edificio era una caja de hormigón con olor a gasolina y a humedad, iluminada por fluorescentes que se encendían con un sensor de movimiento y se apagaban solos a los tres minutos.
La plaza catorce estaba al fondo, junto a una columna con un extintor y un cartel de prohibido fumar que alguien había decorado con un bigote.
Claudia se sentó al volante, en la oscuridad. Puso la pantalla del vigilabebés encima del salpicadero, apoyada contra el parabrisas.
En la pantalla, en verde y negro, la imagen nocturna de una habitación pequeña. Una cama. Una niña dormida. Un gato.
A las diez en punto, el móvil vibró. Estoy en la puerta.
Claudia salió del coche, cruzó el garaje a oscuras, hasta que los fluorescentes se encendieron uno detrás de otro con un clic, y abrió la puerta peatonal de metal que daba a la rampa.
Adrián estaba fuera, con un abrigo oscuro y una carpeta de cartón bajo el brazo. Sin corbata. Sin cartera de piel. Parecía otra persona sin el traje, más joven, más cansado.
—Hola —dijo.
—Entra. Rápido.
Entró. Ella cerró la puerta y se quedó un segundo escuchando, con la mano en el metal frío. La calle, al otro lado. Un coche que pasaba. Nada más.
—¿Te ha seguido alguien?
—He venido en metro. Dos líneas. He salido por la puerta de atrás de un bar en la plaza de Glòries. —Adrián se encogió de hombros—. Lo aprendí de ti. Me lo contó Marta.
—Marta habla demasiado.
—Marta me tiene manía. Me lo contó para que viera que me vigila.
* * *
Se sentaron en el coche. Ella al volante, él en el asiento del copiloto. Los fluorescentes se apagaron a los tres minutos, y se quedaron a oscuras, con la única luz de la pantalla del vigilabebés en el salpicadero, verde, temblona.
Adrián la miró.
—¿Es…?
—Mi hija.
Adrián se quedó mirando la pantalla un rato. La niña dormida, el gato a sus pies. No dijo nada. Pero algo le cambió en la cara, algo pequeño y muy rápido, como cuando se abre una puerta en una casa donde no se esperaba a nadie.
—Se llama Valentina —dijo Claudia, sin saber muy bien por qué se lo decía.
—Lo sé. —Adrián apartó la vista de la pantalla—. Sale en tus fotos de Cádiz. En una. De espaldas, de la mano de alguien, a la salida de la rueda de prensa. Tenía un abrigo amarillo.
—Tenía tres años.
—Tenía un abrigo amarillo —repitió él—. Me acuerdo porque era lo único de color en toda la foto.
Claudia no supo qué contestar. Cogió la carpeta de cartón que él había dejado en el salpicadero, al lado de la pantalla, y la abrió.
* * *
Dentro había tres hojas.
La primera era un fotograma del vídeo del Pinotxo, ampliado y retocado, en blanco y negro. Se veía la fachada del bar, las sillas apiladas, la acera mojada. Y en el cristal del escaparate, como un fantasma, el reflejo de un coche aparcado al otro lado de la calle, con el morro hacia la cámara.
—Pasé el vídeo fotograma a fotograma —dijo Adrián—. Doce segundos. Trescientos sesenta fotogramas. En el doscientos catorce, cuando tú te giras hacia mí, el cristal del bar refleja la matrícula del coche desde el que grabaron. Al revés, como en un espejo. Pero entera.
La segunda hoja era un informe de la DGT. Un Seat León gris oscuro, de 2019.
Titular: Lluch Investigacions S. L.
—Cualquiera con un interés legítimo puede pedir el titular de un vehículo —dijo Adrián—. Y a mí me han grabado sin permiso, a medianoche, saliendo de un bar. Ese es mi interés legítimo.
La tercera hoja era una página del Registro Mercantil. Lluch Investigacions S. L. Administrador único: Mateo Lluch Ferrando. Detective privado con licencia desde 2004. Domicilio social en la calle Aribau.
Claudia levantó la vista.
—¿Lo conoces?
—Desde hace años. —Adrián sonrió sin ganas—.
Me lo he encontrado tres veces en un juzgado, sentado en el banco de los testigos, siempre en el otro lado.
Divorcios. Custodias. Un hombre que gana un pastizal y quiere demostrar que su ex bebe.
Lluch la sigue un mes, le hace fotos con una copa de vino en una boda y se la presenta al juez.
—Hizo una pausa—. Y las tres veces lo había contratado el mismo despacho.
—¿Cuál?
Adrián la miró a los ojos.
—Salcedo Advocats. El de Ignasi Salcedo.
Claudia se quedó quieta, con la hoja en la mano.
—Salcedo —repitió.
—El sobrino de Ernesto, hijo de un hermano que murió joven.
Ernesto no se casó nunca y lo crio como si fuera suyo.
—Adrián se apoyó en el respaldo—. No es un periodista, Claudia.
Nunca lo fue. El vídeo lo grabó un detective del despacho del sobrino de un magistrado de la Sala que va a ver la denuncia de Paula.
Claudia cerró la carpeta. La dejó en el regazo, encima de sus manos, como hacía Paula con la bolsa del brazalete.
—Tú no tuviste nada que ver.
—Eso intentaba decirte.
—Lo sé. —Lo miró—. Perdona.
—No hace falta.
—Sí hace falta. —Claudia apretó la carpeta—. Pensé que lo habías hecho tú. Durante una semana entera. Pensé que eras de esos.
Adrián no contestó enseguida. Miró por el parabrisas, hacia la oscuridad del garaje, donde no había nada que mirar.
—Yo también pensé muchas cosas de ti esa semana —dijo al fin—. Ninguna era verdad.
* * *
La pantalla del vigilabebés parpadeó. Valentina se dio la vuelta en la cama, arrastrando a Nube. Queen levantó la cabeza, la miró y volvió a acomodarse.
Los dos se quedaron mirando la pantalla hasta que la niña volvió a quedarse quieta.
—Duerme como tú —dijo Adrián.
—¿Cómo sabes tú cómo duermo yo?
Lo dijo sin pensar. Se arrepintió en el mismo segundo.
Adrián se giró hacia ella en la oscuridad. No dijo nada. No hizo falta. Los dos sabían que había una noche, en un ático de la calle Pujades, en la que él la había visto dormir. Una hora, quizá. Antes de que ella se vistiera a oscuras y se fuera dejando una nota en un tíquet de supermercado.
El silencio dentro del coche cambió de temperatura.
Claudia notó que él se acercaba. Muy despacio, apenas unos centímetros.
Notó que ella también. Notó su respiración, el olor del abrigo, a lluvia y a algo más, el mismo de aquella noche.
Notó que tenía la mano encima de la palanca de cambios y que la mano de él estaba muy cerca, a un dedo, sin tocarla.
—Claudia —dijo él, muy bajo.
—Hasta que acabe lo de Noelia, no.
Lo dijo sin apartarse. Sin moverse. Con la cara a un palmo de la suya.
Adrián tampoco se apartó.
—Yo defiendo a Noelia —dijo—. Tú buscas la verdad. —Una pausa—. Puede que sea lo mismo.
—O puede que no.
Adrián no contestó. No hizo falta.
Y entonces, desde el salpicadero, una voz pequeña, metálica, que salía del altavoz de la pantalla:
—¿Mamá?
Los dos se separaron de golpe, como dos adolescentes en un portal.
En la pantalla, Valentina estaba sentada en la cama, con el pelo de punta y los ojos medio cerrados, mirando directamente a la cámara de la cómoda. Queen se había despertado y la miraba a ella.
Claudia cogió la pantalla y apretó el botón para hablar.
—Estoy aquí, cariño. Estoy abajo, un momento. Duérmete, que ahora subo.
Valentina parpadeó hacia la cámara, como si pudiera verla a través de ella.
—¿Con quién hablas?
Claudia se quedó con el dedo en el botón.
Cuatro palabras. Las mismas. ¿Con quién hablas, Paula? La voz de un hombre tranquilo, suave, casi amable, a menos de un metro de un teléfono. Y ahora la de su hija, adormilada, en verde y negro, desde una pantalla de cinco pulgadas.
Se le erizó la piel de los brazos, y no era por el frío del garaje.
—Con un amigo del trabajo —dijo—. Duérmete, mi amor.
Valentina se lo pensó un momento. Luego se tumbó otra vez, se tapó con la colcha hasta la nariz, y Queen se acercó a acomodarse contra su espalda.
—Vale —dijo la vocecita—. Dile buenas noches de mi parte.
Claudia soltó el botón.
A su lado, en la oscuridad, Adrián no dijo nada. Pero cuando Claudia se atrevió a mirarlo, estaba sonriendo. No con la boca. Con los ojos.
—Buenas noches —le dijo a la pantalla, muy bajo, aunque ya nadie podía oírle.
* * *
Le abrió la puerta peatonal a las once menos diez. Los fluorescentes se encendieron uno detrás de otro. Adrián salió a la rampa, se subió el cuello del abrigo y se giró.
—Lluch no va a parar —dijo—. Si los Salcedo lo están pagando, lo van a usar hasta el final.
—Ya lo sé.
—Ten cuidado con quién te sigue cuando vayas a verla a ella.
—Siempre lo tengo.
Adrián asintió. Se fue rampa arriba, con las manos en los bolsillos, sin mirar atrás.
Claudia cerró la puerta. Se quedó un segundo con la frente apoyada en el metal frío, con la pantalla del vigilabebés en una mano y la carpeta de cartón en la otra.
Luego subió a casa.
* * *
El correo de la doctora Vidal le llegó a las doce menos veinte, cuando ya estaba en la cama, con la pantalla del vigilabebés en la mesilla y la luz verde encendida.
Asunto: Prieto Llamas. Informe complementario.
Lo abrió en el móvil. Tres páginas. Se saltó las dos primeras. En la tercera, en el apartado de conclusiones, había un párrafo marcado en amarillo por la propia doctora:
Por la trayectoria de la herida, el ángulo de entrada en la región costal posterior izquierda y la torsión de la hoja en el interior del tejido, la lesión es compatible con un agresor situado detrás de la víctima, a un nivel inferior y que empuñaba el arma con la mano izquierda.
Y debajo, en una línea aparte, a mano, escaneada, con la letra apretada de la doctora:
Ferrer: es zurdo. O zurda. Lo siento.
Claudia se quedó mirando la pantalla mucho rato.
Pensó en un comentario de texto sobre Machado. En una letra pequeña, inclinada hacia atrás, que tenía miedo de llegar al final de la línea. En un borrón de tinta azul arrastrado de izquierda a derecha.
En la mesilla, en verde y negro, su hija dormía.
Claudia apagó el móvil. No apagó la pantalla.