Defensa propia (Inspectora Ferrer 2) 6. Un buen hombre
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6. Un buen hombre

El sábado, Claudia fue a ver a Paula en tres trenes.

Cogió el primero en la estación de Sants, se bajó en la segunda parada, cruzó el andén y cogió el que volvía hacia Barcelona.

En Passeig de Gràcia salió a la calle, dio una vuelta a la manzana, entró en un bar, pidió un café que no se bebió y salió por la puerta de atrás, la de la cocina, con un billete de veinte euros en la mano del camarero y ninguna explicación. Luego cogió el tercero, el de la costa.

No vio a nadie. Eso no la tranquilizó.

Paula la esperaba en el sofá del piso nuevo, con un jersey rojo que le iba grande y un reloj de plástico con la correa azul encima de la mesa, boca arriba.

La abogada de guardia llegó a las doce: Sílvia Roca, cuarenta años, gafas de pasta, una carpeta de cartón y la voz serena de quien ha hecho aquello doscientas veces.

Estuvieron tres horas. Paula firmó la denuncia con letra redonda de maestra, sin que le temblara la mano, y luego se fue al baño y tardó veinte minutos en salir.

Cuando volvió, tenía los ojos secos y la cara lavada.

—Ya está —dijo—. Ya lo he dicho.

Claudia volvió en los mismos tres trenes, en orden inverso. Tampoco vio a nadie.

*  *  *

El lunes, a las nueve, estaba otra vez en Collblanc.

La escalera de los Prieto olía a lejía y a caldo, y a algo más debajo, dulzón, que los vecinos ya no notaban y Claudia sí.

Habían quitado el precinto de la puerta del cuarto segunda.

En el felpudo, alguien había dejado un ramo de crisantemos blancos envuelto en papel de celofán, con una tarjeta: Descansa en paz, Julián. Los vecinos del tercero.

Marta y ella se repartieron los pisos.

—Un hombre de los que ya no quedan —dijo la señora del tercero primera, con una bata de flores y los rulos puestos—. Educado, trabajador, cariñoso con la niña. Le subía la compra a mi madre todos los sábados. Tres pisos, con lo que pesa el agua.

—¿Oyó usted alguna vez discusiones en el piso de los Prieto?

—¿Discusiones? —La señora se llevó la mano al pecho—. Nunca. Ni una voz más alta que otra. Eran de los callados. Ella sobre todo. Muy seria, Noelia. Muy suya. No saludaba casi nunca. —Bajó la voz—. Yo siempre pensé que era un poco estirada, la verdad. Y mire.

—¿Y golpes? ¿Ruidos?

—Ruidos hay en todas las casas, hija. —La señora se encogió de hombros—. Los muebles. La lavadora. Esa niña, que de pequeña saltaba mucho. Una no va por ahí pensando mal de la gente.

—Ya.

—La que le puede contar más es Amparo, la de enfrente.

Que esa se pasa el día en casa de ellos, como si fuera la abuela.

—La señora se acercó un poco más, con el aire de quien va a decir algo importante—.

Y eso que a ella también le salió malo el marido.

El Paco. Bebía. Se cayó por la escalera de la comunidad, borracho, en el noventa y ocho.

De aquí al rellano de abajo. Lo encontró ella por la mañana.

—Se santiguó—. Dios me perdone, pero en la escalera nadie lloró mucho.

Claudia apuntó el nombre en la libreta. Paco. 1998. Escalera. Lo apuntó sin pensarlo mucho, como apuntaba todo, y pasó a la siguiente puerta.

*  *  *

El del primero segunda era el presidente de la comunidad, un hombre jubilado con una chaqueta de punto y un perro salchicha que ladraba sin parar.

—Julián me arreglaba el portero automático gratis —dijo—. Gratis. Tres veces. Y la antena de la tele. ¿Usted sabe lo que cobra un técnico por venir a casa? —Le dio una palmada al perro para que se callara—. Un buen hombre. Lo que ha pasado es una desgracia. Esa mujer…

No terminó la frase. No hizo falta. En aquella escalera, la frase ya estaba terminada desde el viernes.

*  *  *

El banco fue más interesante.

Mónica había conseguido la orden el sábado, de un juez de guardia de L'Hospitalet que no tenía ningún interés en el caso y que la firmó entre una denuncia por robo y un atropello.

El director de la sucursal, un chico de treinta años con el traje un poco grande, les imprimió los movimientos de los últimos cinco años en una sala sin ventanas.

—Una sola cuenta a nombre de los dos —dijo—. Pero el que operaba era él. Siempre él.

Marta pasó las hojas despacio.

La nómina de Noelia, cajera en un supermercado de la Rambla Just Oliveras, mil ciento cuarenta euros, entraba el día uno de cada mes. El día dos, a primera hora, salía casi entera por transferencia a otra cuenta. Una cuenta a nombre de Julián Prieto Llamas. Solo de Julián.

—¿Y ella? —preguntó Claudia—. ¿Qué tarjeta tenía?

El director tecleó.

—Una de débito. Asociada a la cuenta común. —Giró la pantalla—. Con un límite de veinte euros diarios. Lo puso él hace seis años. Puede verlo aquí, en la modificación de condiciones. Firmada por los dos.

Veinte euros diarios. Para una mujer que cobraba mil ciento cuarenta al mes por pasar productos por un lector de códigos ocho horas al día.

Marta levantó la vista de las hojas.

—Control económico —dijo—. De manual.

—De manual —repitió Claudia.

—Esto no deja moratones, jefa.

—No. —Claudia cerró la carpeta—. Por eso no sale en ningún sistema.

*  *  *

El instituto de Iris estaba a cuatro calles, un edificio de ladrillo de los años setenta con una pista de baloncesto con las canastas sin red.

La tutora las recibió en la sala de profesores, que olía a café de cápsula y a fotocopiadora caliente.

Se llamaba Gemma, llevaba el pelo corto y teñido de rojo, y tenía los ojos hinchados.

—No me lo creo —dijo, antes de que nadie le preguntara nada—. Iris no. La madre no. No me lo creo.

—¿Conocía a la familia?

—A la madre la vi en las reuniones. Dos veces al año. Siempre sola. Siempre con prisa. —Gemma se frotó los ojos—. Al padre no lo vi nunca. Iris decía que trabajaba mucho.

—¿Cómo es Iris?

Gemma sonrió, a pesar de todo.

—Iris es… era… —Se corrigió, se enfadó consigo misma—.

Es la que más habla de la clase. Siempre.

Desde primero de ESO. Le tenía que poner parte por hablar, y luego me sabía mal, porque lo que decía era interesante.

Quiere estudiar Periodismo. Escribe muy bien.

Gana todos los concursos de relato del instituto.

—¿Ha notado algún cambio?

Gemma dejó de sonreír.

—En septiembre —dijo—. Volvió de vacaciones y ya no hablaba.

Al principio pensé que era la edad. Dieciséis años, ya sabe.

Que se había enamorado, o desenamorado, o que tenía problemas con alguna amiga.

—Se quedó mirando la mesa—. Le pregunté dos veces.

Me dijo que estaba bien. La segunda vez me dijo que estaba bien con una voz que no era la suya.

—¿Y no informó a nadie?

—¿De qué? —Gemma levantó la vista, y por un momento pareció enfadada, no con Claudia, con el mundo—.

¿De que una alumna de dieciséis años hablaba menos?

Tengo treinta y dos alumnos en la clase, inspectora.

Doce con problemas en casa que sí sé. Si informara de cada adolescente que deja de hablar en septiembre, no haría otra cosa.

Claudia no contestó. No tenía nada que contestar.

Gemma se levantó, fue hasta una estantería con carpetas de colores y sacó una azul. La abrió encima de la mesa. Dentro había exámenes, redacciones, trabajos con notas en rojo.

—Este es el último que me entregó. El jueves pasado. Un comentario de texto sobre Machado.

Claudia lo cogió.

La letra era bonita. Pequeña, apretada, inclinada hacia atrás, hacia la izquierda, como si las palabras tuvieran miedo de llegar al final de la línea.

En el margen, al lado de una nota de la profesora, había un borrón de tinta azul arrastrado de izquierda a derecha, como cuando alguien apoya la mano encima de lo que acaba de escribir.

—Es zurda —dijo Gemma, que la estaba mirando—. Siempre lleva el canto de la mano manchado de boli. Desde pequeña, me dijo una vez. La madre le compraba bolígrafos de secado rápido y no le servían de nada.

Claudia se quedó mirando el borrón.

A su lado, Marta se había quedado muy quieta.

Ninguna de las dos dijo nada. Claudia cerró la carpeta, se la devolvió a la tutora y le dio las gracias. Le preguntó con quién estaba Iris ahora.

—Con la vecina —dijo Gemma—. La señora Amparo. La tía de Cornellà no puede quedársela hasta el miércoles, y servicios sociales han dicho que, mientras tanto, mejor con alguien que conozca. Amparo vino a buscar sus libros esta mañana. Una señora muy mayor, muy menuda. Muy amable.

*  *  *

En el coche, Marta tardó tres semáforos en hablar.

—Jefa.

—Ya lo sé.

—Desde atrás. Desde la izquierda. De abajo arriba. —Marta contaba con los dedos sobre el salpicadero—. Mangas mojadas. La madre se pone a gritar cuando la nombras. Y es zurda.

—Ya lo sé, Marta.

—Tiene dieciséis años.

—Ya lo sé. —Claudia apretó el volante—. Y no tenemos nada. Una forma de escribir y un borrón de tinta. Ningún juez va a firmar nada contra una menor por un borrón de tinta.

—No estoy hablando de un juez. —Marta se giró hacia ella—. Estoy hablando de que, si fue ella, esa niña está ahora mismo en casa de una vecina sin que nadie le haya preguntado nada, con lo que vio y con lo que hizo, sola. Y la madre en el calabozo diciendo que fue ella para salvarla.

Claudia no contestó.

Pensó en Iris en el sofá de doña Amparo, con la taza de Cola Cao en las manos, mirándola. Solo la taza. Pensó en la letra pequeña que tenía miedo de llegar al final de la línea.

Pensó en Valentina.

*  *  *

El móvil le sonó a las cinco menos cuarto, cuando estaba aparcando delante de la comisaría.

No era Mónica. Era el colegio de Valentina.

—¿La mamá de Valentina Montalbán? —Una voz joven, dulce, de maestra de infantil—. Soy Aina, la tutora. No se asuste, no ha pasado nada. Valentina está perfectamente.

Claudia soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Dígame.

—Es solo que… —Aina se rió un poco, nerviosa—.

Hoy, en la asamblea, hemos hablado de los trabajos de los papás y las mamás.

Cada niño explicaba a qué se dedica su familia.

Y Valentina se ha levantado, muy seria, y ha dicho que su mamá es policía y que su trabajo es sacar a las señoras castigadas de las torres.

Claudia cerró los ojos.

—Ya.

—Y luego ha hecho un dibujo. Una torre muy alta, con una señora en la ventana de arriba, y abajo una mujer con una coleta y una pistola, y un gato gris con corona.

—Aina hizo una pausa—. Se lo he guardado.

Es precioso, de verdad. Solo quería comentárselo porque…

bueno. Porque algunos niños se han asustado un poco con lo de la pistola.

Y porque Valentina les ha explicado que a veces los que castigan a las señoras son sus maridos. Con esas palabras.

Claudia abrió los ojos. Por el parabrisas, la fachada de la comisaría de Les Corts, gris, con el cartel del 016 en la puerta.

—Lo siento —dijo—. Hablaré con ella.

—No, no, no se disculpe. —La voz de Aina cambió.

Bajó—. No la riña, por favor. Lo ha dicho con mucho orgullo.

Y Martina, una niña de la clase que no habla casi nunca, se ha quedado mirándola todo el rato.

Al final de la asamblea le ha pedido a Valentina que le dejara el dibujo. Para llevárselo a casa.

Claudia no supo qué decir.

—Se lo ha dejado —dijo Aina—. Me ha parecido que tenía que contárselo.

*  *  *

Se quedó en el coche diez minutos, con el motor apagado y el móvil en la mano.

No lloró. No era de las que lloraban en los coches. Pero se quedó allí sentada, mirando el cartel del 016, pensando en una niña que se llamaba Martina, como la alumna de Paula. En las niñas que se quedan mirando todo el rato. En lo que se aprende en una casa sin que nadie lo explique.

El móvil vibró en su mano.

Un mensaje. De un número que no tenía guardado y que ya no necesitaba guardar.

Tengo la matrícula del coche que nos grabó. No es un periodista. Esta noche, si puedes. Elige tú el sitio. Uno sin cámaras. A.

Claudia leyó el mensaje dos veces. Miró hacia la entrada de la comisaría, donde a esa hora Mónica estaría en su despacho con la puerta abierta. Luego miró el retrovisor. La calle, los coches aparcados, un hombre con un perro, una moto. Nadie.

Eso tampoco la tranquilizó.

Escribió: Mi coche. 22:00. En el garaje de mi edificio, plaza 14. Te abro la puerta peatonal. No hay cámaras.

Lo envió antes de arrepentirse. Igual que la otra vez.