5. El marido herido
En el pasillo de la Audiencia, a las diez y media de la mañana del viernes, cuatro compañeros le dieron la mano a Roberto Valcárcel como se le da a un viudo.
No se lo dijeron así, claro. Le dijeron «ánimo», le dijeron «lo siento mucho, Roberto», le dijeron «cualquier cosa que necesites».
Uno de ellos, el de la Sección Novena, un hombre bajito con el que Roberto no había cruzado más de diez palabras en quince años, le puso la mano en el hombro y se la dejó ahí un rato, apretando, con los ojos húmedos.
—Yo también pasé por algo así con mi primera mujer —le dijo en voz baja—. Los nervios. Las pastillas. Llega un momento en que no las conoces.
—Gracias —dijo Roberto.
Bajó la vista. Era lo que había que hacer: bajar la vista, como quien no puede sostener la mirada de la compasión ajena. Lo había ensayado delante del espejo grande del dormitorio a las seis de la mañana, después de no dormir. No había dormido a propósito. Las ojeras no se fingen. Se fabrican.
En su despacho, encima de la mesa, había un ramo de flores blancas con una tarjeta sin firmar. Solo decía: Fuerza.
Roberto lo miró un rato. Luego lo puso en la papelera y abrió el primer sumario de la mañana.
* * *
Ernesto lo esperaba a las dos en el comedor privado del Círculo, en la calle Balmes, que a mediodía estaba siempre vacío.
La misma mesa junto a la chimenea apagada.
Los mismos retratos al óleo de señores muertos en las paredes.
El mismo camarero viejo, Tomàs, que les sirvió dos jerez finos sin preguntar y se retiró cerrando la puerta corredera.
Ernesto Salcedo tenía sesenta y siete años, la piel de pergamino y unos ojos azules aguados que siempre parecían a punto de emocionarse con algo.
No se emocionaba nunca con nada. Encendió un purito, a pesar de la ley, a pesar del cartel en la pared, y dejó que el humo subiera hacia el techo artesonado.
—Te he visto en la tele —dijo—. Muy digno.
—Era la idea.
Ernesto sonrió apenas, por encima del purito. Roberto se sentó, desdobló la servilleta sobre las rodillas y no esperó a que le preguntaran.
—La denuncia llegará a la Sala el lunes —dijo—. Como mucho, el martes. Con el parte del Clínic, con las fotografías y con las costillas.
—Las costillas son de una caída, supongo.
—Las costillas son de una crisis. —Roberto hizo girar el jerez en la copa—.
Mi mujer tiene un trastorno de ansiedad diagnosticado desde hace cuatro años.
Episodios de desrealización. Toma lorazepam.
El jueves tuvo una crisis, se cayó, llamó a un número de emergencias y le contó a una inspectora lo primero que se le pasó por la cabeza.
Pons lo firmará. Inma lo declarará. Y el lunes pediré una valoración psiquiátrica por el forense del juzgado.
Ernesto lo escuchó sin interrumpirle, asintiendo despacio, como se escucha a un colega que ya ha hecho los deberes y no necesita ayuda.
—Yo no podré verlo —dijo cuando terminó—. Me abstendré, como corresponde, porque todo el mundo sabe que somos amigos. Lo diré yo mismo, antes de que me lo pidan. Quedará muy bien.
—¿Y quién lo verá?
—Ruiz-Alarcón. Es el siguiente en el turno. —Ernesto dio una calada larga—. Ruiz-Alarcón me debe la plaza desde hace nueve años, y lo sabe, y sabe que yo lo sé. Es un hombre prudente. Le gustan las cosas bien documentadas.
—Las tendrá.
—No lo dudo. —Ernesto dejó caer la ceniza en el platito del jerez—. Ignasi, mi sobrino, ya está preparando tu escrito. Lo firmarás el lunes.
Tomàs entró con los platos. Lenguado a la meunière para los dos. Lo dejó en la mesa sin hacer ruido y volvió a salir.
Ernesto se puso la servilleta en el cuello de la camisa, como los viejos, y empezó a separar las espinas del lenguado con una paciencia de cirujano.
—Otra cosa —dijo sin levantar la vista del plato—. Joaquín está raro.
Roberto dejó el tenedor.
—¿Raro cómo?
—Pregunta cosas. Me llamó ayer por la tarde. Quería saber si yo creía lo de tu mujer. —Ernesto separó una espina larga y la dejó en el borde del plato, perfectamente recta—. Le dije que no, naturalmente. Se quedó callado mucho rato. Y luego me preguntó si me acordaba de cómo se cayó Teresa.
El comedor estaba en silencio. Fuera, en la calle Balmes, pasó una moto.
—¿Y qué le dijiste?
—Que sí. Que me acordaba perfectamente. Que se cayó por la escalera porque era muy torpe con las escaleras. Que todos lo sabíamos. —Ernesto se llevó un trozo de lenguado a la boca y masticó despacio—. Pero no me gustó el silencio. Joaquín nunca ha sido de silencios.
Roberto no dijo nada. Pensó en la tarde del entierro de Teresa Bosch, en marzo de 2017, en el cementerio de Sant Gervasi, con aquella lluvia fina que no mojaba.
En Joaquín de pie junto al hoyo, con la cara gris.
En lo que él mismo había dicho aquella noche, al volver a casa, mientras Paula le quitaba el abrigo en el recibidor.
No se acordaba de las palabras exactas. Se acordaba de que Paula se había quedado muy quieta, con el abrigo en las manos.
—Vigílalo —dijo Ernesto—. A Joaquín. Que no haga tonterías.
—Lo vigilaré.
—Bien. —Ernesto se limpió los labios con la servilleta—. Y la inspectora.
—¿Qué pasa con la inspectora?
Ernesto sacó un sobre de papel manila del bolsillo interior de la americana y lo dejó encima del mantel, junto a la panera. No lo abrió.
—Ignasi trabaja a veces con un hombre. Discreto.
Hace seguimientos para el despacho, en divorcios, en herencias, en cosas así.
—Empujó el sobre un centímetro hacia Roberto con la punta de un dedo—.
Es el mismo que grabó lo del bar del paseo marítimo.
Muy útil, ese vídeo. Lo utilizaremos otra vez cuando llegue el momento. Pero ahora hace falta más.
Roberto miró el sobre sin tocarlo.
—¿Más qué?
—Dónde duerme ella. Dónde duerme él. Si duermen juntos.
A qué hora salen, con quién hablan, dónde toman café.
—Ernesto volvió a su lenguado—. Una inspectora que se acuesta con el abogado de las víctimas, en mitad de una investigación contra un magistrado, no es una inspectora.
Es un problema disciplinario. Y los problemas disciplinarios se resuelven en un despacho, no en un juzgado.
Roberto cogió el sobre. Lo abrió. Dentro había una tarjeta de visita en blanco con un número de teléfono escrito a pluma. Nada más. Ni nombre, ni dirección.
—La inspectora tiene una hija —dijo—. Pequeña. Cinco o seis años. Salía en una foto, en un artículo, cuando lo del caso de Cádiz. —Se guardó la tarjeta en el bolsillo de la camisa—. Que no se acerque a la niña. Que no la siga. Que no la fotografíe.
Ernesto levantó la vista del plato.
—Qué escrúpulos tan repentinos.
—No son escrúpulos. —Roberto volvió a coger el tenedor—. Es estrategia. Si alguien la ve cerca de una niña de cinco años, ya no somos las víctimas. Somos los monstruos.
Ernesto lo estudió un momento, con la cabeza un poco ladeada. Luego sonrió, despacio, como sonreía en las tomas de posesión.
—Por eso me gusta comer contigo, Roberto —dijo—. Nunca pierdes la cabeza.
* * *
La llamada la recibió en el coche, a las cuatro y cuarto, en el aparcamiento subterráneo de la Ciudad de la Justicia. En el móvil viejo, el de prepago, el que guardaba en la guantera del Audi debajo del manual de instrucciones y que no había usado nunca hasta aquella semana.
—Señor Valcárcel. Soy Oriol.
Roberto no contestó. Esperó.
—La han movido —siguió la voz, joven, tensa, con un acento de Girona más cerrado que el de Inma—. Esta madrugada, a las tres y pico. La inspectora se la llevó de la casa de la puerta verde. No hay ficha nueva. No ha dejado nada en el sistema. Ni la comisaria. Nada. La han sacado por otro sitio.
—¿Por dónde?
—No lo sé. Por teléfono, supongo. Por alguien de fuera. —Una pausa—. También han bloqueado el acceso a la ficha antigua. Y han pedido los registros de consulta. Todos.
Roberto miró por el parabrisas el muro de hormigón del aparcamiento. Había una mancha de aceite en el suelo con la forma de un país que no existía.
—¿Te preocupa, Oriol?
—Me preocupa, sí. —La voz se quebró un poco—. Si miran los registros, señor Valcárcel, van a ver que…
—Van a ver que un cabo de la Sala Central consultó una ficha en el ejercicio de sus funciones. Como hace cada noche con cuarenta fichas más. —Roberto no levantó la voz—. Tú no has hecho nada malo. Tú has hecho tu trabajo. ¿Verdad?
Silencio al otro lado.
—Verdad —dijo Oriol al fin.
—Bien. Dale recuerdos a tu tío Ferran. Y a Lluïsa.
—Sí, señor.
—Y Oriol.
—¿Sí?
—Gracias por lo de la habitación. —Roberto puso la mano en la llave de contacto—. No vuelvas a llamarme a este número.
Colgó. Sacó la tarjeta del teléfono con la uña, la partió en dos con los dedos, abrió la ventanilla y la tiró por la rejilla del desagüe del aparcamiento. El teléfono lo volvió a guardar en la guantera, debajo del manual.
Luego arrancó.
* * *
La casa de la calle Jaume Piquet estaba en silencio cuando llegó.
No el silencio de siempre, el que él había construido durante once años, cuarto a cuarto, bandeja a bandeja. Otro silencio. Uno que no había elegido.
Dejó las llaves en la bandeja de plata del recibidor. Sonaron fuerte. Nadie, arriba, empezó a contar.
Colgó el abrigo. Se quitó los zapatos. Las zapatillas de piel no estaban preparadas en el primer escalón, mirando hacia la escalera. Estaban donde él las había dejado esa mañana, de cualquier manera, una boca arriba y la otra de lado.
Se las puso igualmente.
En la cocina, el fregadero tenía dentro la taza del desayuno, con el poso del café. La cafetera italiana seguía en el fuego apagado, con el café quemado pegado al fondo. Se le había quemado esa mañana. Nunca se le había quemado un café. Nunca había hecho un café.
En el salón, el reloj dio el cuarto. Las cuatro notas. Roberto se paró en mitad del pasillo y las escuchó, como si fueran nuevas.
Luego fue hasta el aparador del comedor, abrió el segundo cajón, el de los manteles buenos, y sacó una caja pequeña de terciopelo azul. Dentro, sobre el raso, había un hueco con la forma exacta de un brazalete rígido, ancho como dos dedos.
Lo miró un rato largo. El hueco.
Se lo había regalado un domingo de septiembre, después de algo que ya no recordaba bien. Se lo había puesto él mismo, en la muñeca izquierda, y había cerrado el pasador con la uña. Lo mereces cuando sabes comportarte.
Ella se lo había llevado puesto. No había podido quitárselo delante de él. Nunca podía.
Pero ya no estaba delante de él.
Roberto cerró la caja despacio. La guardó en el cajón, debajo de los manteles.
Sacó la tarjeta en blanco del bolsillo de la camisa, la del número escrito a pluma, y se sentó en la butaca de piel color coñac, al lado del reloj, donde se había sentado ella el jueves por la noche con un Nokia en la mano.
Marcó.
—¿Sí? —Una voz de hombre, neutra, sin acento.
—Me ha dado su número el señor Salcedo.
—Le escucho.
—Quiero que siga a una persona. A dos, en realidad. —Roberto cruzó las piernas. El reloj, a su lado, hacía tictac, lento, grave—. Una inspectora de los Mossos y un abogado. Quiero saber dónde duermen, con quién y a qué hora.
—¿Algo más?
Roberto miró el salón vacío. La lámpara de pie. El sofá donde la inspectora no había querido sentarse. La mesita auxiliar donde se había quedado fría su manzanilla.
—Sí —dijo—. Tarde o temprano, la inspectora irá a verla. Siempre vuelven a ver a sus víctimas. Siga a la inspectora y la encontrará.
—¿A quién?
Roberto sonrió.
—A mi mujer —dijo—. Está muy cansada. Quiero traerla a casa.