4. Defensa
Homicidios quiso quedarse el caso a las diez de la mañana. A las diez y cuarto, Mónica había ganado la discusión por teléfono con una sola frase, que Claudia oyó desde el pasillo porque Mónica no cerraba nunca la puerta cuando gritaba:
—Es violencia de género hasta que se demuestre lo contrario. Y si alguien me demuestra lo contrario, se lo devuelvo envuelto en papel de regalo.
Luego colgó, salió al pasillo, vio a Claudia y le señaló la sala de interrogatorios con la barbilla.
—A las cuatro. Con el abogado. —Se paró un segundo—. Ese abogado.
—Ya lo sé.
—Esta mañana os han vuelto a grabar juntos. En una escalera de Collblanc. Ya está en internet.
—Él estaba haciendo su trabajo. Y yo el mío.
—Me da igual lo que estuvierais haciendo. —Mónica bajó la voz—. Delante de la cámara, de usted y a dos metros. Detrás de la cámara, no quiero saber nada. ¿Entendido?
—Entendido.
Mónica la miró un momento más, como si pudiera leerle algo en la cara. Luego se fue a su despacho sin decir nada, que era peor.
* * *
La sala de interrogatorios era la de siempre: paredes beis, una mesa de formica, cuatro sillas que no hacían juego y una cámara pequeña en una esquina del techo con el piloto rojo encendido. Olía a café recalentado y a ambientador de pino.
Noelia estaba sentada al otro lado de la mesa, con el mismo forro polar azul marino, cerrado hasta la barbilla. Le habían dejado lavarse las manos después de que la Científica terminara. Se las había lavado tanto que tenía la piel roja, en carne viva alrededor de las uñas.
Adrián estaba a su lado. Traje gris, corbata bien anudada esta vez, una carpeta abierta delante con una sola hoja dentro y un bolígrafo encima, paralelo al borde de la mesa. No levantó la vista cuando entraron Claudia y Marta. Estaba escribiendo algo.
Marta se sentó en la esquina, con la libreta. Claudia, delante de Noelia.
—Son las cuatro y dos minutos —dijo Claudia, para la grabación—. Declaración de Noelia Campos Ruiz, detenida, asistida por su letrado, el señor Adrián Serrano.
—Mi clienta va a declarar —dijo Adrián, sin levantar la vista de la hoja—. Pero va a contestar solo a lo que ella quiera contestar. Y yo voy a interrumpir cuando considere que la pregunta no procede.
—Me parece bien, señor Serrano.
—Gracias, inspectora.
Marta, en su esquina, destapó el bolígrafo con los dientes y no levantó la vista del papel.
* * *
Noelia lo repitió todo. Igual que por la mañana. Las mismas frases, en el mismo orden, como una lección aprendida de memoria.
Discutieron en la cocina. Por lo de siempre. Él le pegaba. Hacía años. Ella cogió el cuchillo del taco, el grande, el del jamón. Se lo clavó. Él cayó. Ella se sentó. Ya está.
—¿Dónde estaba usted cuando se lo clavó? —preguntó Claudia.
—En la cocina.
—¿Dónde, exactamente? ¿Junto a la nevera? ¿Junto al fregadero?
Noelia dudó.
—Delante de él.
—¿De pie?
—De pie.
—¿Él estaba de pie también?
—Sí.
Claudia asintió despacio. No apuntó nada. No hacía falta: estaba la cámara, y estaba Marta.
—La forense dice que la herida entró de abajo arriba —dijo—.
Mucho. Desde aquí. —Se tocó la cadera—. Hasta aquí.
—Se tocó el pecho, debajo del corazón—. Su marido medía un metro ochenta y seis.
Usted mide un metro sesenta y cinco. Si los dos estaban de pie, uno delante del otro, la herida tendría que ir hacia abajo. O recta. No hacia arriba.
Adrián levantó la vista por primera vez. La miró a ella, no a su clienta. Fue un segundo. Luego volvió a la hoja y escribió algo.
Noelia se pasó la lengua por los labios.
—Me tiró al suelo —dijo.
—Hace un momento ha dicho que estaba de pie.
—Me tiró al suelo. Antes. Me tiró y yo cogí el cuchillo desde el suelo. Del cajón de abajo.
—El cuchillo estaba en el taco, encima de la encimera. Lo ha dicho usted. El del jamón.
Noelia abrió la boca. La cerró.
—Inspectora —dijo Adrián, tranquilo, con el bolígrafo todavía en la mano—, mi clienta ha pasado la noche sin dormir, ha visto morir a su marido y lleva ocho horas detenida.
Es normal que haya contradicciones en el orden de los hechos.
Eso no es una prueba de nada. Es una prueba de que es un ser humano.
—No he dicho que fuera una prueba, señor Serrano.
—Me alegro.
Se miraron por encima de la mesa. Claudia sintió la mirada de Marta en la nuca como una mano.
—Noelia —siguió Claudia, más bajo, volviéndose hacia ella—. La forense le ha visto unos puntos rojos en los ojos. Petequias, se llaman. Salen cuando a alguien le aprietan el cuello. Fuerte. Durante un rato.
Noelia se llevó la mano al cuello del forro polar. El mismo gesto de la mañana. Rápido, automático.
—¿Esta mañana su marido le estaba apretando el cuello?
Silencio.
—Porque si fue así —dijo Claudia, despacio—, si la estaba estrangulando, lo que usted hizo tiene un nombre. Se llama defensa propia. Y su abogado lo sabe mejor que yo.
Adrián no dijo nada. Pero dejó el bolígrafo encima de la mesa.
Noelia se quedó mirando a Claudia con los ojos rojos, llenos de puntitos de tinta. Por un momento, Claudia creyó que iba a hablar. Que iba a romperse. Lo vio venir, como se ve venir una ola: algo que le subía desde el estómago hasta la garganta.
Y entonces Noelia dijo:
—¿Dónde está Iris?
Claudia no se movió.
—Está con una compañera nuestra. Y con una psicóloga.
—¿Le han preguntado algo?
—No.
—¿Le van a preguntar algo?
—No sin un adulto de su confianza delante. Ni sin un abogado, si lo necesita.
—No lo necesita. —Noelia se inclinó hacia delante de golpe, con las dos manos en carne viva encima de la mesa—. Iris no necesita nada. Iris estaba durmiendo. Iris no vio nada, no oyó nada, no sabe nada. Fui yo. ¿Me ha entendido? Fui yo. He sido yo.
—Noelia… —empezó Adrián.
—He sido yo —repitió Noelia, mirando a Claudia, solo a Claudia—. Escríbalo. Que lo escriba. He sido yo.
Por primera vez en todo el día, le temblaba la voz.
* * *
Adrián pidió hablar a solas con su clienta. Claudia paró la grabación y salió con Marta al pasillo.
—Le ha cambiado la cara cuando has nombrado a la niña —dijo Marta en voz baja.
—Ya.
—Cuando le has hablado del cuello, se ha tapado. Cuando le has hablado de la cuchillada, se ha inventado otra versión. Pero cuando le has nombrado a la niña, ha perdido los papeles.
—Ya lo he visto, Marta.
Marta se cruzó de brazos y se apoyó en la pared.
—Está protegiendo a alguien.
Claudia no contestó. Miró la puerta cerrada de la sala de interrogatorios. Al otro lado, Adrián estaba hablando con una mujer que mentía para salvar a su hija. Y él, como abogado, tenía la obligación de defender su mentira.
* * *
Lo alcanzó media hora más tarde, en la escalera de servicio, la que bajaba al aparcamiento. Allí no había cámaras. Ni Mónica. Solo un fluorescente que parpadeaba y un extintor caducado desde 2019.
Adrián bajaba con la cartera colgada del hombro y el móvil en la mano. Se detuvo al oír sus pasos y se giró.
—Inspectora.
—Aquí no hay nadie.
—Ya lo sé. —Se guardó el móvil en el bolsillo—. Claudia.
Ella se paró dos escalones por encima de él. A su altura. Igual que aquella otra vez, en la escalera de la comisaría, antes de la rueda de prensa.
—El vídeo del Pinotxo —dijo—. ¿Tuviste algo que ver?
Adrián no contestó enseguida. La miró como si estuviera decidiendo si la pregunta le había dolido o le había hecho gracia. Al final, no fue ninguna de las dos cosas.
—No —dijo.
—Saliste en todas las tertulias.
—Tú también.
—Tú eres abogado. Te viene bien salir en la tele. El abogado de las mujeres a las que nadie cree, pillado con la inspectora del caso. Más clientes. Más casos.
—¿Eso es lo que piensas?
—Es lo que pensaría cualquiera.
—No te he preguntado lo que pensaría cualquiera.
Claudia no contestó.
Adrián subió un escalón. Estaban muy cerca. El fluorescente parpadeó y les dibujó a los dos una sombra rápida en la pared.
—Escúchame bien —dijo, en voz baja—. Yo no tengo nada que ver con ese vídeo. Si hubiera querido salir contigo en la tele, te habría llevado a cenar a un sitio con manteles. No a un bar con las sillas apiladas y dos cañas que ni siquiera pedimos.
Claudia sintió que se le escapaba media sonrisa. La apretó entre los labios antes de que él la viera.
—Alguien nos estaba esperando aquella noche —siguió Adrián, ya sin rastro de broma—.
En un coche, en la acera de enfrente, a medianoche, con una cámara.
Eso no es un periodista que pasaba por allí.
Eso es alguien que nos seguía. A ti o a mí.
—Se pasó la mano por el pelo—. Y voy a averiguar quién. Te doy mi palabra.
—No necesito tu palabra.
—Pues vas a tenerla igual.
Se quedaron en silencio. Abajo, en el aparcamiento, arrancó un coche, y el ruido subió por el hueco de la escalera, grave, como el de un animal grande.
—¿Cómo está ella? —preguntó Adrián.
No dijo el nombre. No hizo falta.
—Lejos.
—¿Tiene abogado?
—Mañana.
—Déjame llevarla a mí.
—No.
—Claudia, sé lo que va a hacer él. Sé cómo trabaja Salcedo. Sé quién…
—No. —Claudia lo miró a los ojos—. Si la llevas tú, el abogado de Valcárcel saca el vídeo del Pinotxo el primer día.
La inspectora del caso y el abogado de la víctima, a medianoche, saliendo de un bar.
Eso no es una prueba de nada, ya lo sé. Pero es una prueba de que somos seres humanos. Y a Paula eso la hunde.
Adrián tardó en contestar. Cuando lo hizo, había algo distinto en su voz, algo que Claudia no le había oído nunca: no era enfado. Era otra cosa. Algo parecido al respeto, o a la derrota.
Bajó un escalón. Se apartó un poco de ella.
—Tienes razón. No la llevo yo. Pero si necesita algo, lo que sea, a cualquier hora…
—Lo sé.
Adrián asintió. Se colgó mejor la cartera del hombro. Se giró para bajar. Luego se detuvo.
—Y Claudia.
—Qué.
—Noelia miente.
Lo dijo sin mirarla, de espaldas, con la mano en la barandilla.
—Ya lo sé.
—Sabes que miente. Pero no sabes por qué. —Hizo una pausa—. Y yo tampoco. Todavía.
Bajó la escalera de dos en dos. Claudia se quedó en el escalón, con el fluorescente parpadeando encima y el extintor caducado a su lado, oyendo sus pasos alejarse hasta que la puerta del aparcamiento se cerró con un golpe de metal.
* * *
A las seis y diez le había llegado un mensaje de Xavi: Val se queda conmigo esta noche. Ya está decidido. Tú duerme. No discutas.
No discutió.
Llegó a las ocho y media. Antes de entrar en su casa, llamó a la puerta de enfrente.
Xavi le abrió con una toalla de pulpo al hombro y las mangas de la sudadera remangadas, mojadas hasta el codo. Desde el baño llegaba la voz de Valentina, cantando algo sin letra, y el ruido del agua.
—Solo vengo a darle un beso.
—Pasa.
Valentina estaba en la bañera de Xavi, rodeada de espuma, con una corona de espuma en la cabeza.
Queen había cruzado el rellano, como siempre que la niña dormía al otro lado, y estaba sentada en la tapa del váter, mirándola con la dignidad ofendida de quien no entiende por qué alguien se mete en el agua por gusto.
—¡Mamá! ¡Soy la reina de las burbujas!
—Ya lo veo, majestad.
Claudia se agachó junto a la bañera y le dio un beso en la frente, entre la espuma. Valentina la miró con esa mirada suya, de detective pequeño.
—Tienes otra cara.
—¿Otra más?
—Sí. —Valentina se puso muy seria, con la corona derritiéndose—. Esta mañana tenías la de que algo ha salido bien pero no del todo. Ahora tienes otra.
—¿Cuál?
Valentina lo pensó. Hizo una mueca rara, mitad de enfado y mitad de sonrisa, con los labios apretados y los ojos brillantes.
—Esta. La de enfadada contenta.
Desde la puerta, Xavi soltó una risa breve, por la nariz. Cuando Claudia se giró, él ya estaba mirando hacia el pasillo. Pero sonreía con los ojos, que era como sonreía Xavi cuando entendía algo que nadie le había contado.
En el rellano, antes de cruzar a su casa, Claudia se volvió.
—Xavi.
—Qué.
—Gracias. De verdad. Por lo de anoche y por lo de hoy. —Se apoyó en el marco de la puerta, porque de repente las piernas le pesaban como si fueran de otra persona—. No sé qué haría sin ti.
—Dormir menos todavía. —Xavi se encogió de hombros—. Ve. Mañana te la llevo para desayunar.
* * *
No llegó a la cama.
Se sentó en el sofá un momento, solo un momento, para quitarse las botas. Se quitó una. La otra se quedó a medias. Cerró los ojos para descansarlos un segundo, mientras pensaba en una cocina estrecha de Collblanc, en una nevera, en unas manos lavadas hasta quedar en carne viva.
No supo en qué momento se quedó dormida.
La despertó el móvil, vibrando encima de la mesita, a las diez y media. Tenía la bota todavía a medio quitar y la marca del cojín en la mejilla. El piso estaba a oscuras.
—Ferrer —dijo la doctora Vidal—. Perdona la hora. Acabo de terminar la autopsia de Prieto.
—Dime. —Claudia se incorporó, con la voz pastosa—. Te escucho.
—Te lo mando por escrito mañana, pero quería que lo supieras hoy.
—La doctora hizo una pausa, y Claudia oyó cómo pasaba una hoja—.
Lo de abajo arriba ya lo sabías. Pero hay otra cosa.
El ángulo de entrada. La hoja entró por el costado izquierdo, pero no de frente.
Desde atrás. Desde atrás y desde la izquierda, en diagonal.
Claudia terminó de despertarse de golpe.
—¿Desde atrás?
—Quien le clavó ese cuchillo no estaba delante de él, Ferrer. Estaba detrás. A su izquierda. Y bastante más abajo que él. —Otra pausa—. Y si tu detenida dice que se lo clavó de frente, cara a cara, te está mintiendo. Porque de frente es imposible.
Claudia se quedó mirando la pared del salón, en penumbra, donde había un dibujo de Valentina clavado con chinchetas: una casa con muchas ventanas y un gato gris con corona.
Pensó en una cocina estrecha de Collblanc. En un hombre de un metro ochenta y seis, de espaldas a la puerta, inclinado sobre algo. Sobre alguien. Con las manos ocupadas.
Y en la puerta de la cocina, detrás de él, a su izquierda, alguien.
—Gracias, doctora —dijo.
Colgó. Se quedó un rato en el sofá, a oscuras, con una bota puesta y la otra en el suelo.