Defensa propia (Inspectora Ferrer 2) 3. La versión de él
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3. La versión de él

Me despierto a las siete y cuarto.

No lo sé porque lo mire en ningún sitio.

En esta habitación no hay reloj. Lo sé porque es la hora a la que me despierto desde hace once años, aunque no suene nada, aunque no haya nadie al lado.

El cuerpo lo sabe solo. A las siete y cuarto hay que bajar, encender la cafetera, sacar la taza blanca de Limoges y el platito, cortar dos rebanadas de pan de payés exactamente iguales.

Me incorporo en la cama antes de acordarme de dónde estoy.

Luego me acuerdo.

Me quedo sentada en el borde del colchón, con los pies descalzos sobre unas baldosas que no conozco, frías, de un color crema con vetas marrones.

La persiana está medio bajada. Por las rendijas entra una luz blanca, distinta, más limpia que la de Sant Gervasi.

Y un ruido que tardo en reconocer: largo, constante, que va y viene sin prisa.

El mar.

Nunca he dormido cerca del mar. Roberto dice que la humedad le da dolor de cabeza.

Decía.

No sé en qué tiempo verbal tengo que pensar en él.

*  *  *

Àngels está en la cocina, con el mismo chándal azul marino de anoche y el pelo rizado recogido en la pinza. Ha puesto la radio, bajita, una emisora de música antigua. Cuando me ve en la puerta, no me pregunta cómo he dormido. Me señala una silla.

—Café, té o Cola Cao —dice—. No hay más. Esta tarde compro.

—Café, por favor.

Me lo sirve en una taza de Duralex, de las de cristal ámbar, como las del comedor del colegio. Con leche, sin preguntar. Le pone un sobre de azúcar al lado.

No lo tomo con leche. No lo tomo con azúcar. Roberto dice que el café con leche es de camioneros y que el azúcar estropea el sabor.

Me lo bebo entero. Con la leche y con el azúcar. Está buenísimo.

Àngels me mira beber desde el fregadero, con un trapo en la mano. No dice nada. Pero cuando dejo la taza vacía en la mesa, me la vuelve a llenar.

*  *  *

A media mañana trae una bolsa grande de plástico, de las de rafia, y la vacía encima de la cama.

—Es ropa que dejan aquí otras mujeres, o que traen las voluntarias —dice—. Está limpia. Coge lo que quieras. Lo que te vaya bien.

Hay de todo. Vaqueros, camisetas, un vestido de flores, chándales, un abrigo de plumas negro con una mancha en el bolsillo, calcetines todavía con la etiqueta, un jersey de lana gorda de color rojo, de los de cuello vuelto. Un pijama de ositos. Ropa interior en paquetes cerrados.

Me quedo mirando el montón.

Hace once años que no elijo lo que me pongo. Roberto deja la ropa preparada en la butaca la noche antes. La camisa. La falda. Las medias. Los zapatos. Yo solo tengo que ponérmela.

Cojo unos vaqueros. Los dejo. Cojo un chándal gris. Lo dejo también. Cojo el jersey rojo, lo sostengo delante de mí, me miro en el espejo del armario.

Roberto odia el rojo en la ropa. Dice que es de mujeres que quieren llamar la atención.

Me lo pongo.

Me queda grande. Las mangas me tapan las manos hasta los nudillos, como a los niños. Me tapan también la muñeca izquierda, la franja blanca donde estaba el brazalete. La toco por encima de la lana, una vez, otra. Todavía me parece que pesa.

Cuando salgo de la habitación, Àngels está tendiendo una lavadora en el balcón. Se gira, me mira de arriba abajo y sonríe por primera vez desde que la conozco.

—Ese te queda bien —dice—. Pareces una persona.

*  *  *

No puedo salir.

Me lo explicó Claudia anoche y me lo ha repetido Àngels esta mañana, con otras palabras: no salgo a la calle, no me asomo al balcón más de lo necesario, no hablo con los vecinos, no llamo a nadie.

No tengo móvil. El de verdad, el que paga él, se quedó en la bandeja de plata del recibidor, junto a sus llaves.

El otro, el de teclas, está en un cajón diminuto dentro de un reloj.

No sé el número de nadie de memoria. Solo el de mi madre, en la residencia de Zaragoza. Y el de casa.

Por la tarde, me siento en el sofá del salón, que todavía huele a nuevo, a tienda de muebles, y miro por la ventana.

Entre dos edificios de cuatro plantas se ve un trozo de mar del tamaño de una sábana.

Gris, con una línea más clara en el horizonte.

A veces pasa un barco muy lejos, tan despacio que parece que no se mueve.

No hay reloj en el salón. No hay reloj en la cocina. No hay reloj en ninguna parte.

Me doy cuenta de que estoy esperando los cuartos.

Que llevo todo el día esperándolos, con el cuerpo tenso, con los hombros un poco levantados, como se espera un golpe que no llega.

Cuatro notas que suben y bajan. Y no llegan.

Y el silencio que dejan es peor que el ruido, porque no sé medir nada.

No sé cuánto falta. No sé cuánto ha pasado.

Le pregunto la hora a Àngels cuatro veces en una tarde.

A la cuarta, Àngels se quita el reloj de pulsera, uno de plástico, de los de los chinos, con la correa azul, y me lo pone encima de la mesa, delante de mí.

—Toma —dice—. Hasta que te acostumbres.

No me lo pongo. Lo dejo ahí, en la mesa, boca arriba. Y lo miro cada pocos minutos, de reojo, como quien mira a un perro que no conoce.

*  *  *

A las nueve de la noche, Àngels pone la tele para ver las noticias.

Lo hace sin pensar, como se hace en todas las casas, mientras pone la mesa: un plato de sopa de fideos, una tortilla francesa, pan de molde.

Yo estoy doblando las servilletas. En triángulo.

Como las doblaba antes, en el colegio, para las fiestas de fin de curso. No en rectángulo, como le gustan a él.

Primero salen las noticias de siempre. Un accidente en la AP-7. Una huelga de médicos. El tiempo.

Y luego, una tertulia. Una mesa redonda, cinco personas, luces blancas. Y en el centro, un hombre de unos cincuenta años con pajarita, que se ajusta la pajarita antes de hablar.

—Y ahora vamos con el tema que tiene en vilo a la Ciudad de la Justicia —dice—. El llamado caso del juez del 112. Tenemos imágenes en exclusiva.

Dejo la servilleta a medio doblar.

En la pantalla, Roberto.

Está en la escalinata de la Ciudad de la Justicia, esta mañana, con el traje gris oscuro y la corbata granate.

Tiene el pelo bien peinado. Tiene ojeras.

Tiene ojeras, y yo sé que no las tiene, que se las ha puesto, que esta mañana se ha mirado en el espejo grande del dormitorio y ha decidido no dormir para tenerlas.

Le ponen cinco micrófonos delante. Él los mira con paciencia, como se mira a unos niños.

—Solo voy a decir una cosa —dice. Su voz suena distinta en la tele.

Más cálida. La voz de las cenas—. Mi esposa está pasando por un momento muy difícil de salud.

Lleva años en tratamiento, y esta semana, con la presión de todo lo que se ha publicado, ha sufrido una crisis.

Yo la quiero. Yo la voy a seguir cuidando.

Y pido a todo el mundo, por favor, respeto para ella. Gracias.

Baja la cabeza. Se va escaleras abajo, sin contestar a nada, con un compañero que le pone la mano en el hombro.

Àngels se ha quedado de pie junto a la mesa, con la sartén de la tortilla en la mano. No dice nada.

En la tertulia, el de la pajarita se gira hacia una mujer rubia, de unos sesenta años, que habla por teléfono desde algún sitio, con su foto en una esquina de la pantalla.

—Tenemos en línea a la hermana del magistrado, doña Inmaculada Valcárcel. Buenas noches, señora Valcárcel.

—Buenas noches. —La voz de Inma. La reconozco a la primera, nasal, con el acento de Girona que Roberto perdió hace treinta años—.

Solo quiero decir que mi hermano es la persona más buena que conozco.

Que lleva años cuidando a su mujer, que no está bien.

Y que yo misma he recibido llamadas de ella.

El verano pasado me llamó a las cuatro de la madrugada, muy alterada, diciendo que había alguien en el jardín.

No había nadie. Mi hermano tuvo que darle una pastilla para que se calmara.

—¿Y cree usted que…?

—Yo no creo nada. Yo digo lo que he vivido. Paula es una mujer muy frágil. Mi hermano lo ha llevado siempre con una paciencia infinita.

Las manos se me han quedado quietas encima de la servilleta.

No la llamé.

No la llamé nunca.

Lo sé. Lo sé como sé mi nombre. Nunca he llamado a Inma a las cuatro de la madrugada. Nunca he dicho que hubiera alguien en el jardín.

Pero entonces me acuerdo.

Me acuerdo de una noche del verano pasado, de agosto, de mucho calor, con las ventanas abiertas.

Me acuerdo de despertarme de golpe y de ver a Roberto de pie junto a la ventana del dormitorio, de espaldas, en pijama, mirando hacia el jardín.

Me acuerdo de que me dijo, sin girarse: Hay alguien ahí abajo.

Me acuerdo del miedo. Del corazón en la garganta.

Me acuerdo de que él me trajo un vaso de agua y una pastilla, y de que me la tomé, y de que después no me acuerdo de nada más.

Nada más hasta la mañana siguiente.

Cuatro horas. Cinco. No lo sé. Algodón mojado.

¿Y si la llamé?

¿Y si en esas horas que no recuerdo cogí el teléfono y llamé a Inma, y le dije lo del jardín, y luego lo olvidé, como se olvidan las cosas cuando tomas una de esas pastillas? ¿Y si él no miente? ¿Y si soy yo?

Àngels deja la sartén en la mesa con un golpe seco. Coge el mando y apaga la tele. La pantalla se queda negra, con mi cara reflejada en ella, pequeña y con un jersey rojo.

—Ya está bien. No tienes por qué escuchar todo lo que dicen de ti.

Se sienta. Me sirve la sopa. Se sirve la suya. Empieza a comer.

Yo no puedo.

Miro el reloj de plástico con la correa azul, encima de la mesa. Las nueve y veintidós. Lo miro como si pudiera decirme algo más que la hora. Como si pudiera decirme qué pasó aquella noche de agosto, entre las cuatro y las nueve de la mañana, en las horas que no tengo.

—Àngels —digo.

—Dime, reina.

—Yo no la llamé nunca.

Lo digo despacio, como se dice una cosa que hay que repetir muchas veces para que se quede.

Àngels deja la cuchara. Me mira desde el otro lado de la mesa, con sus ojos cansados de muchas noches, de muchas mujeres, de muchas sopas servidas a desconocidas.

No dice que me cree. No dice que no. Me mira, simplemente, y espera.

Y yo, sin querer, con la voz rota de una niña de segundo que acaba de enseñarle a la seño un dibujo y no sabe si está bien, le pregunto:

—¿Verdad que no?