2. Collblanc #2
Claudia miró hacia la puerta abierta del piso de los Prieto. Por el hueco se veía el pasillo, la cinta de la Científica, el reflejo blanco de un mono que pasaba.
—Paula tampoco existía en el sistema —dijo.
Marta no contestó.
—La forense dice que la cuchillada es de abajo arriba —siguió Claudia—. Una sola. Y Noelia tiene puntos rojos en los ojos.
Marta frunció el ceño.
—¿Petequias?
—Eso creo. Y lleva el forro cerrado hasta la barbilla con la calefacción a veinticinco grados.
Marta tardó un segundo en entenderlo. Cuando lo entendió, se le cambió la cara.
—La estaban estrangulando.
—Puede. —Claudia se frotó los ojos. Le escocían de no dormir—. Y la niña tiene los puños del pijama mojados. Hasta aquí. —Se tocó el antebrazo—. Como si se hubiera lavado las manos sin remangarse. Y la vecina dice que no se ha movido del sofá.
Marta abrió la boca. La cerró.
—Jefa…
—Ya lo sé. —Claudia levantó una mano—. No he dicho nada. No sabemos nada todavía. Que la Científica le tome muestras de los puños a la niña, con su madre o con quien le corresponda delante, y con todo el cuidado del mundo. Tiene dieciséis años y acaba de ver morir a su padre, sea como sea.
—¿Y Noelia?
—Noelia está detenida. Ha confesado. —Claudia miró otra vez hacia el piso—. Hay que leerle los derechos y llevarla a comisaría. Y preguntarle si quiere un abogado.
* * *
Se lo preguntó ella misma, cinco minutos después, en el salón, con la agente de uniforme delante como testigo. Le leyó los derechos despacio, uno a uno, como se los habían enseñado en la academia. Noelia escuchó sin mirarla, con los ojos en la foto de la playa.
—¿Quieres que te asignemos un abogado de oficio, o tienes uno?
Noelia tardó en contestar. Luego levantó la vista.
—Quiero al de la revista.
—¿Qué revista?
—La del domingo. La del periódico. —Noelia tragó saliva—. El que defiende a las mujeres a las que nadie cree. Salía en una foto. Serio. Con traje.
Claudia se quedó muy quieta.
Detrás de ella, oyó a Marta toser. Una tos pequeña, muy poco natural.
—¿Te refieres a Adrián Serrano?
—Ese. —Noelia volvió a bajar la vista hacia sus manos manchadas—. Recorté la foto. Se la di a doña Amparo, la de enfrente, para que me la guardara. Por si un día pasaba algo. En mi casa no podía tenerla. Él lo encuentra todo.
Lo dijo así. En presente. Él lo encuentra todo. Con su marido muerto en el suelo de la cocina, a cinco metros, debajo de una sábana de la Científica.
Claudia no la corrigió. Lo apuntó dentro, junto a las petequias, junto al forro cerrado y la cuchillada de abajo arriba.
—Lo llamaremos —dijo.
* * *
No hizo falta.
A las nueve y cuarto, mientras dos agentes bajaban a Noelia por la escalera, con una chaqueta por encima de los hombros para tapar las esposas y las manos todavía sin lavar, se oyó un revuelo en el portal. Voces. El cámara joven gritando una pregunta. Una puerta de coche.
Y luego, unos pasos que subían. Rápidos. Seguros. Pasos de alguien que no esperaba nunca el ascensor, aunque lo hubiera.
Claudia estaba en el rellano del cuarto, con Marta a su lado y la libreta en la mano. Los vio aparecer antes que a él: los zapatos negros, bien lustrados, subiendo los escalones de dos en dos. Luego el pantalón gris. Luego la gabardina oscura, abierta, con una cartera de piel colgada del hombro.
Luego la cara.
Adrián Serrano se paró en el descansillo del tercero, a medio tramo de distancia, y levantó la vista.
Tenía el pelo un poco mojado, como si hubiera salido de la ducha a toda prisa, y la corbata sin anudar del todo.
Detrás de él, los dos agentes bajaban a Noelia.
Adrián se apartó contra la pared para dejarlos pasar y le dijo algo a Noelia en voz baja, muy rápido. Noelia asintió sin mirarlo.
Cuando volvió a mirar hacia arriba, sus ojos grises se encontraron con los de Claudia.
Fue un segundo. Uno solo. En ese segundo cupieron la Torre Glòries de color lila, un pasillo con la pared fría, una nota en un tíquet de supermercado junto a una cafetera, y un vídeo de doce segundos en todas las tertulias de Cataluña.
Marta, a su lado, se puso a mirar la libreta con muchísimo interés.
Abajo, en el portal, el cámara joven había subido hasta el primer piso y los enfocaba a los dos por el hueco de la escalera.
Adrián lo vio. Claudia lo vio. Ninguno de los dos se movió.
—Inspectora —dijo él.
—Señor Serrano.
Adrián subió el último tramo, despacio, y se quedó en el rellano, a un metro de ella. Más cerca de lo que debería. Más lejos de lo que ninguno de los dos quería.
—La vecina de enfrente me ha llamado al despacho a las siete y veinte —dijo, en el tono exacto de un abogado que habla con una inspectora delante de testigos—.
Doña Amparo. Al parecer, la señora Campos le dio hace meses un recorte de periódico con mi foto.
Para que se lo guardara «por si un día pasa algo».
Doña Amparo lo tenía en su costurero, debajo de los botones.
Claudia no contestó. Pensó en Noelia recortando una foto de un suplemento dominical con unas tijeras de cocina, a escondidas, y cruzando el rellano para dársela a la vecina. Pensó en cuántas mujeres de cuántas escaleras guardaban un trozo de papel en casa de otra, por si un día pasaba algo.
Y en que aquel día había pasado.
—Vengo a hablar con mi clienta —siguió Adrián—. Y a pedir que no se le tome declaración sin mí.
—No se le va a tomar declaración sin usted.
—Bien.
Se quedaron mirándose un segundo más de la cuenta. Abajo, el cámara seguía grabando.
—Inspectora —dijo Adrián, más bajo, sin cambiar de cara—. Lo del vídeo del bar. Usted y yo tenemos que hablar.
—Ahora no.
—Ya lo sé. Ahora no.
Asintió una vez, se giró y bajó la escalera detrás de su clienta, sin prisa, como siempre.
Claudia se quedó en el rellano, mirando el hueco de la escalera por donde había desaparecido, con la libreta en la mano y el café de máquina frío en la otra.
—Jefa —dijo Marta al cabo de un rato, sin levantar la vista de su libreta.
—Qué.
—Nada. —Marta pasó una página que no había leído—. Que te has puesto roja.
—Es la calefacción.
—Ya. —Marta cerró la libreta—. Veinticinco grados.