2. Collblanc
El portal estaba en una calle estrecha de Collblanc, entre una frutería que todavía tenía la persiana bajada y un bar con las sillas de la terraza encadenadas.
Dos coches patrulla en doble fila, la furgoneta de la Científica y una cinta azul y blanca atada a una farola que el viento movía como si fuera de fiesta.
Al otro lado de la cinta ya había gente. Una señora con el carro de la compra. Dos chicos con mochila que tenían que estar en el instituto. Un hombre en batín, con un perro pequeño en brazos. Y un cámara joven, con una cámara al hombro, que se puso a grabar en cuanto Claudia bajó del coche.
Se había peinado. No le había servido de nada: la coleta seguía teniendo la forma de la noche.
Marta la esperaba en el portal, con dos cafés de máquina en la mano. Le tendió uno sin decir nada y la miró de arriba abajo.
—No has dormido.
—No.
—¿Está bien?
—Está lejos.
Marta asintió. No preguntó más. Por eso trabajaban juntas desde hacía siete años.
—Cuarto piso, sin ascensor —dijo, y empezó a subir—.
Julián Prieto Llamas, cuarenta y cinco años, conductor de autobús, de la línea 54.
Una cuchillada en el costado, en la cocina.
La llamada al 112 la hizo la vecina de enfrente a las siete y diez.
Dice que oyó un golpe y luego nada. Cuando llegó la patrulla, la puerta estaba abierta y la mujer estaba sentada en una silla, al lado del cuerpo, con el cuchillo en el suelo y las manos manchadas.
—¿Y qué dijo?
—Lo mismo que les ha dicho a todos. —Marta se paró en el rellano del segundo para coger aire—. «He sido yo. Me pegaba».
—¿Algo más?
—Nada más. Lo repite como si se lo hubiera aprendido.
* * *
La cocina era pequeña, de las de los pisos de los años sesenta: alargada, con la ventana al patio de luces y una mesa plegable pegada a la pared.
Azulejos blancos con una cenefa de limones.
Un calendario de una carnicería colgado junto a la nevera, con los turnos de alguien apuntados a bolígrafo en cada día.
Un imán del Parc Güell. Un dibujo de un autobús rojo hecho por un niño hacía muchos años, amarillento, con las esquinas dobladas.
Julián Prieto estaba en el suelo, entre la mesa y el fregadero, boca arriba.
Era un hombre grande, de espalda ancha, con el pelo cortado al cero y una camiseta interior blanca que ya no era blanca.
Tenía los ojos entreabiertos. Una mano encima del pecho, como si se la hubiera llevado allí al final, para comprobar algo.
La sangre había hecho un charco que llegaba hasta la puerta del lavadero y se había detenido en la junta de las baldosas, como si allí hubiera un muro.
La doctora Vidal, la forense de guardia, estaba de rodillas al lado del cuerpo con su mono blanco. Levantó la vista cuando Claudia se asomó al marco de la puerta.
—Ferrer. No sabía que te habían pasado a violencia.
—Hace dos semanas.
—Pues bienvenida. —La doctora señaló el costado de Julián con el bolígrafo—. Una sola herida. Entre la octava y la novena costilla, lado izquierdo. Una sola, muy limpia. Le ha entrado de abajo arriba, con mucha fuerza, y ha llegado al corazón. No ha tenido tiempo de nada.
—¿De abajo arriba?
—Muy de abajo arriba. —La doctora hizo el gesto con la mano cerrada, desde la cadera hacia el pecho—. Como si quien lo apuñaló estuviera más bajo que él. O agachado.
Claudia miró a Julián. Un metro ochenta y tantos, calculó. Luego miró hacia el salón, donde estaba la mujer.
—¿Cuánto mide ella?
—No lo sé. Pero no es bajita. —La doctora volvió a inclinarse sobre el cuerpo—. Ya te lo diré cuando la mida. Y otra cosa.
—Dime.
—Una sola cuchillada, Ferrer. Una. —La doctora la miró por encima de las gafas—.
Las mujeres que matan a su maltratador después de años no suelen dar una.
Dan diez. Dan veinte. Llevan años acumulando cada golpe, y cuando se rompen, sale todo.
Esto no es eso. Esto es alguien que ha dado un solo golpe, de abajo arriba, y luego ha soltado el cuchillo.
—O alguien que solo tenía un golpe dentro.
La doctora se encogió de hombros.
—También. Por eso tú eres la inspectora y yo la que mide.
* * *
Noelia Campos estaba sentada en una silla del salón, junto a la ventana, con una agente de uniforme de pie a su lado.
Tenía cuarenta y un años y aparentaba más.
Delgada, el pelo castaño recogido en un moño bajo con una pinza de plástico, un forro polar azul marino cerrado hasta arriba y unos pantalones de chándal grises.
Las manos en el regazo, una encima de la otra, todavía manchadas de sangre seca hasta las muñecas, porque la Científica no había terminado de tomarle las muestras.
No lloraba. Miraba un punto de la pared, encima de la tele, donde había una foto enmarcada de los tres en la playa: Julián, ella y una niña de unos diez años con un flotador de unicornio.
Claudia acercó una silla y se sentó delante de ella. No demasiado cerca. A la altura de sus ojos.
—Noelia. Soy Claudia Ferrer, inspectora de los Mossos. De la unidad de violencia de género.
Noelia tardó un momento en mirarla. Cuando lo hizo, tenía los ojos rojos. No de llorar. Rojos de otra manera, con unos puntitos pequeños, como de tinta, en el blanco de los ojos.
Claudia los vio y no dijo nada. Los apuntó en algún sitio de dentro, donde apuntaba las cosas que todavía no sabía para qué servían.
—He sido yo —dijo Noelia—. Me pegaba.
—Ya me lo han dicho. ¿Me lo puedes contar tú?
—He sido yo. Me pegaba. Cogí el cuchillo y se lo clavé. —Lo dijo sin cambiar el tono, como quien da su número de teléfono—. Ya está. No hay nada más.
—¿Dónde estabais cuando pasó?
—En la cocina.
—¿Qué hora era?
—No lo sé. Pronto. Él entraba a las siete y media.
—¿Discutisteis?
Noelia dudó. Fue la primera vez que dudaba.
—Sí.
—¿Por qué?
—Por nada. Por lo de siempre.
—¿Qué es lo de siempre?
Noelia volvió a mirar la foto de la playa.
—He sido yo —dijo—. Me pegaba.
Claudia se echó un poco hacia atrás en la silla. Miró el forro polar cerrado hasta la barbilla, la cremallera subida del todo, con el tirador metido por dentro del cuello para que no se bajara. Hacía calor en el piso. La calefacción estaba alta. Y Noelia no se lo había abierto ni un centímetro.
—Noelia, ¿te ha hecho daño esta mañana?
—No.
—¿Te importaría abrirte un poco el forro?
Noelia se llevó la mano al cuello. Fue un gesto automático, rápido, el mismo que hacía Paula cuando le miraban el jersey de cuello alto. Luego se dio cuenta de que tenía la mano llena de sangre y la bajó otra vez al regazo, despacio.
—Tengo frío —dijo.
* * *
—¿Dónde está la hija? —le preguntó Claudia a Marta en el pasillo.
—En casa de la vecina de enfrente. La que llamó.
Doña Amparo. —Marta consultó la libreta—.
Iris Prieto Campos, dieciséis años. Estudia en el instituto de aquí al lado, primero de bachillerato.
Dice la vecina que oyó un golpe, que salió al rellano y que la niña estaba en la puerta de su casa, en pijama, sin decir nada. Se la llevó a la suya y llamó al 112.
—¿La niña ha visto algo?
—No ha dicho ni una palabra. Ni a la vecina, ni a la patrulla, ni a nadie. Está sentada en el sofá de la señora con una taza de Cola Cao en las manos y no se la bebe.
Claudia cruzó el rellano.
El piso de doña Amparo olía a lejía y a caldo de pollo. Había figuritas de Lladró en una vitrina, en el brazo del sofá, una labor de ganchillo a medio hacer, con la aguja clavada en el ovillo. Y una foto enorme de una boda de los años setenta encima del sofá. Debajo de la foto estaba Iris.
Era una chica alta y delgada, con el pelo largo y castaño suelto sobre la cara, como una cortina.
Llevaba un pijama de franela gris, de manga larga, y doña Amparo le había echado por los hombros una manta de ganchillo de colores, de esas que se hacen en las tardes de invierno delante de la tele.
Tenía la taza de Cola Cao agarrada con las dos manos, apoyada en las rodillas.
Doña Amparo estaba de pie a su lado, una mujer menuda, de no más de metro cincuenta, con la mano izquierda en el hombro de la niña, como si temiera que se fuera a echar a volar.
—Pobrecita —le dijo a Claudia en voz baja—. Lleva así una hora. Ni una palabra. Con lo que habla esta niña, que no calla nunca.
Claudia se agachó delante del sofá.
—Iris. Soy Claudia. Soy policía. No vengo a preguntarte nada. Solo quería saber si estás bien.
Iris no levantó la cabeza. A través de la cortina de pelo, Claudia vio que miraba la taza. Solo la taza.
—¿Tienes frío?
Nada.
Claudia se quedó un momento así, agachada, sin moverse. Miró las manos de la chica alrededor de la taza. Las uñas cortas, mordidas. Los nudillos blancos de apretar. Y las mangas del pijama de franela, que le asomaban por debajo de la manta hasta las muñecas.
Estaban mojadas.
Mojadas hasta casi el codo, de un gris más oscuro que el resto del pijama, como cuando alguien mete las manos bajo el grifo a toda prisa, sin remangarse.
Claudia se levantó despacio.
—Doña Amparo, ¿Iris se ha lavado las manos aquí?
La señora parpadeó.
—No, hija. No se ha movido del sofá desde que la traje.
Claudia volvió a mirar las mangas mojadas. Luego a la chica, que seguía mirando la taza.
—Gracias —dijo—. Que no se mueva de aquí. Ahora vendrá una compañera.
* * *
En el rellano, Marta la estaba esperando con cara de tener algo.
—La del tercero dice que eran una familia normal y que Julián le subía las bolsas de la compra a su madre, que tiene ochenta y siete años.
El presidente de la escalera, que era el único que sabía arreglar el portero automático.
—Marta pasó una página—. Y el del bar de abajo, que todas las mañanas, antes de coger el autobús, se tomaba un cortado y le dejaba propina a la camarera. Veinte céntimos. Todos los días.
—El mejor hombre de la escalera.
—Literalmente. Así lo ha dicho la del tercero. —Marta cerró la libreta—. Ni una denuncia, jefa. Ni un parte de lesiones. Ni una llamada. Nada. En el sistema, esta familia no existe.