1. El brazalete #2
Llegó a casa a las siete menos diez. Había empezado a clarear. El cielo, sobre la Vila Olímpica, tenía ese color sucio de las mañanas de noviembre, ni gris ni azul, como el agua de fregar.
Xavi estaba en la cocina, delante de la Nespresso, con la sudadera del revés, esperando a que terminara de caer la segunda cápsula.
Tenía los ojos hinchados de dormir poco y la marca del cojín en la mejilla.
Queen estaba sentada encima de la encimera, donde tenía prohibido subirse, mirando la máquina con la superioridad de quien sabe que nadie la va a bajar de ahí.
—Ha dormido del tirón —dijo Xavi antes de que ella preguntara—. No se ha enterado de nada.
—Gracias.
—No me las des. —Le sirvió un café en la taza de los gatos, la que Valentina le había regalado por el día de la madre, con un dibujo de una gata gris y la palabra MAMÁ escrita con letras torcidas—.
No sé lo que ha pasado esta noche y no te lo voy a preguntar.
Pero tienes cara de no haber dormido en tres días.
—Han sido dos.
—Pues eso.
Se bebió el café de pie, junto a la ventana. Xavi recogió su móvil del sofá, se dio la vuelta a la sudadera, le dio un beso en la coronilla a Queen, que lo aceptó sin agradecerlo, y se fue hacia la puerta. Antes de salir se giró.
—Clau.
—Qué.
Xavi abrió la boca. La cerró. Por un momento, Claudia pensó que iba a decirle algo sobre la noche del viernes anterior, sobre el ático de la calle Pujades, sobre las tres de la madrugada y las paredes del rellano, que eran finas.
—Hay pan de ayer —dijo—. En la bolsa de tela. Para las tostadas.
Y se fue.
* * *
A las siete y veinte, Valentina apareció en la cocina con el pijama de monstruos peludos, el pelo hecho un nido y Nube colgando de una oreja.
Se subió a la silla, se sentó sobre las rodillas y se quedó mirando a su madre mientras Claudia le untaba la tostada con mantequilla y le echaba azúcar por encima, como le gustaba a ella y como el pediatra le había dicho que no.
Queen saltó de la encimera a la silla de al lado, se sentó muy derecha y se puso a mirar la tostada con la misma atención que la niña.
—Tienes la cara rara —dijo Valentina.
—Es mi cara de por la mañana.
—No. —Valentina negó con la cabeza, muy seria—. Tu cara de por la mañana es así. —Puso los ojos medio cerrados y la boca torcida—. Esta es otra.
Claudia le dejó el plato delante.
—¿Cuál es esta?
Valentina la estudió un momento, con la tostada en la mano, como un detective pequeñito estudiando una prueba.
—Es la de cuando has estado trabajando por la noche —dijo—. Y algo ha salido bien. Pero no del todo.
Claudia se sentó enfrente. Se dio cuenta de que no había comido nada desde la tortilla del jueves. Cogió una tostada del plato de su hija y Valentina la dejó hacer, cosa que no hacía nunca.
—¿Has salvado a la señora de la torre? —preguntó la niña.
Claudia se quedó con la tostada a medio camino de la boca.
Pensó en Paula, sentada en el borde de una cama nueva con una bolsa de pruebas en el regazo. En la franja blanca de la muñeca. En el clic del brazalete, más pequeño que el de un pestillo.
—Un poquito —dijo.
—¿Un poquito cuánto?
Claudia lo pensó en serio, porque Valentina siempre se daba cuenta cuando no lo pensaba en serio.
—Ya ha bajado de la torre —dijo—. Pero todavía está en el castillo.
Valentina asintió, satisfecha, como si fuera exactamente la respuesta que esperaba. Le dio un trozo de tostada a Queen por debajo de la mesa, que tenía prohibido, y Queen se lo comió con la elegancia de quien no tiene nada que ver con lo que acaba de pasar.
—Pues mañana la sacas del castillo —dijo Valentina.
—Mañana no sé si puedo.
—Pasado.
—Pasado tampoco lo sé.
Valentina suspiró, el suspiro largo de una niña de cinco años a la que los adultos no le dan nunca una fecha.
—Pues cuando sea —dijo—. Pero la sacas.
* * *
El móvil del trabajo sonó a las siete y cincuenta y dos, cuando Claudia le estaba haciendo la coleta a Valentina en el pasillo, con la goma de los ositos entre los dientes.
Era Mónica.
—¿Has dormido?
—No.
—Ya. —Se oía un coche, un intermitente, una radio con las noticias—. ¿Está bien?
—Está lejos. Está bien.
—Vale. —Una pausa—. Te levanto el castigo.
Claudia se sacó la goma de la boca.
—¿Qué?
—Que te levanto el castigo. No tengo a nadie más.
Ribas está con la gripe y Marta ya va de camino.
—Mónica bajó el volumen de la radio—. Collblanc, en L'Hospitalet.
Un hombre muerto en la cocina de su casa, de una cuchillada.
La mujer estaba sentada a su lado cuando llegó la patrulla, con el cuchillo en el suelo y las manos manchadas.
Les ha dicho a los agentes que ha sido ella. Y que él le pegaba desde hacía años.
Claudia terminó la coleta con una sola mano, sin mirar.
—¿Constaba algo? ¿Denuncias?
—Nada. Ni una llamada, ni un parte médico, ni un vecino. —Mónica hizo una pausa—. Según los vecinos, era el mejor hombre de la escalera.
Valentina se giró, con la coleta torcida y la goma de los ositos.
—¿Te vas?
Claudia la miró. Luego miró la puerta del piso de Xavi, al otro lado del rellano, cerrada.
—Ferrer —dijo Mónica al teléfono—. A las ocho y media. Y péinate, que habrá prensa.
Colgó.
Queen apareció al final del pasillo, se sentó entre las dos y miró a Claudia con sus ojos dorados, sin parpadear, como si también ella estuviera esperando una respuesta.