Defensa propia (Inspectora Ferrer 2)
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1. El brazalete
La puerta verde se abrió antes de que Claudia llamara.
Nuria la esperaba en el recibidor, con la bata de forro polar abrochada hasta el cuello y el móvil en la mano. No había encendido la luz de la escalera. Solo la de la cocina, al fondo, amarilla y baja, como la de un barco.
—Está en el cuarto de la plancha —dijo en voz baja—. No tiene ventanas. Le he dicho que es por un escape de agua. No me ha creído, pero ha hecho como que sí.
—Gracias.
—¿Me vas a decir qué pasa?
—Cuando lo sepa.
Nuria la miró un segundo más. Tenía la cara de las mujeres que llevan muchos años abriendo puertas de madrugada y que han aprendido a no hacer la segunda pregunta. Se apartó para dejarla pasar.
El cuarto de la plancha era un hueco de dos metros por dos, con una lavadora, una secadora, una tabla de planchar plegada contra la pared y una silla de cocina. Paula estaba sentada en la silla, con el abrigo camel puesto encima del jersey gris y las manos juntas sobre las rodillas.
Se había peinado. A las tres de la madrugada, en un cuarto sin ventanas, se había peinado.
Levantó la vista cuando Claudia entró. No preguntó nada. Miró la tabla de planchar apoyada en la pared y luego volvió a mirar a Claudia, y Claudia entendió que llevaba media hora mirando esa tabla.
—Nos vamos —dijo Claudia—. A otro sitio. Más lejos.
—¿Me ha encontrado?
Claudia pensó en mentir. Había mentido muchas veces a víctimas, por su bien, en pasillos de hospital y en salas de espera. No muchas: algunas. Esta vez no le salió.
—Sabe en qué habitación dormías.
Paula cerró los ojos. Fue lo único que hizo. No lloró, no se llevó las manos a la cara, no preguntó cómo. Cerró los ojos y los volvió a abrir, como quien apaga una luz para comprobar que todavía sabe dónde está el interruptor.
—Vale —dijo, y se levantó.
* * *
Mónica lo había arreglado por teléfono mientras Claudia conducía hacia la puerta verde.
Sin correos, sin sistema, sin fichas. Una llamada a una mujer de la Generalitat que coordinaba los recursos de urgencia de toda la provincia y que, según Mónica, le debía la vida a su hermana desde hacía veinte años.
No le explicó a Claudia la historia. Le dio una dirección, de palabra, y le dijo:
—No la apuntes. Ni en el móvil, ni en un papel, ni en la mano. Apréndetela.
Claudia se la aprendió.
Era un piso en una ciudad de la costa, a cuarenta minutos de Barcelona por la autopista. No figuraba en ninguna lista porque, oficialmente, todavía no existía: lo habían alquilado hacía dos semanas para cuando los demás estuvieran llenos. Nadie había dormido allí aún.
—Mejor —había dicho Mónica—. Una cama que nadie ha usado es una cama que nadie conoce.
* * *
Salieron por la puerta del patio, la de atrás, la que daba a un callejón con contenedores. Nuria les abrió con una llave que llevaba colgada del cuello con un cordón rojo y se quedó en el umbral, con la bata y las zapatillas, mirando a un lado y a otro del callejón.
—Cuídamela —le dijo a Claudia.
No había conocido a Paula hasta hacía tres horas. Lo dijo igual.
El coche estaba aparcado en la esquina, con el motor todavía caliente.
Paula se sentó delante, como en el primer viaje.
Se puso el cinturón despacio, apretando los dientes cuando la banda le cruzó el costado.
Claudia no le dijo que se sentara detrás, aunque detrás habría ido más cómoda.
Algo le decía que Paula necesitaba ver la carretera.
La ciudad estaba vacía. Los semáforos cambiaban de color para nadie. En la Ronda del Litoral, el mar era una mancha negra a la izquierda, sin principio ni final, y de vez en cuando pasaba un camión de reparto con las luces de cabina encendidas.
Durante diez minutos no hablaron.
Claudia miraba el retrovisor. Lo miraba cada pocos segundos, sin disimular, como le habían enseñado hacía doce años en un curso de conducción defensiva que entonces le había parecido una tontería.
Detrás de ellas solo había carretera. Un taxi, que las adelantó.
Una furgoneta blanca, que se desvió en Poblenou. Nada más.
—No nos sigue nadie —dijo Paula.
—Lo sé.
—Lo miras igual.
—Lo miro igual.
Paula asintió, como si esa respuesta le pareciera la correcta.
* * *
Fue en el peaje, mientras Claudia buscaba la tarjeta en la guantera, cuando Paula se miró la muñeca.
El brazalete brillaba bajo la luz naranja de la cabina. Oro liso, rígido, ancho como dos dedos. El mismo que Claudia había visto ampliado y pixelado en el portátil de Imran, en un locutorio del Raval, saliendo por la manga de una gabardina beige. Lo mereces cuando sabes comportarte.
Paula se lo tocó con la punta de los dedos de la otra mano. No lo hizo como quien toca una joya. Lo hizo como quien se toca una herida para ver si todavía duele.
La barrera se levantó. Claudia arrancó.
—Tiene un cierre —dijo Paula, sin apartar la vista de la muñeca—. Aquí, en el lado de dentro. Una bisagra y un pasador pequeño, como el de un reloj. Se abre apretando con la uña.
Claudia no dijo nada.
—Nunca me lo he quitado delante de él. Ni para ducharme. Me lo quitaba cuando él no estaba en casa, y me lo volvía a poner antes de oír la llave. Catorce segundos. —Hizo una pausa—. Una vez me lo dejé en el lavabo. Solo una vez.
No contó lo que pasó esa vez. No hizo falta.
Puso la uña del pulgar derecho en el pasador. Claudia la vio por el rabillo del ojo, sin girar la cabeza, con las dos manos en el volante. La uña resbaló una vez. Dos. Paula respiró hondo, cuatro tiempos dentro, cuatro fuera, y lo intentó de nuevo.
Se oyó un clic. Muy pequeño. Más pequeño que el de la cerradura de una puerta, más pequeño que el de un pestillo.
El brazalete se abrió como una boca.
Paula se lo sacó de la muñeca despacio, con cuidado, como si todavía pudiera hacerle daño. Debajo, la piel era más blanca que la del resto del brazo, una franja pálida y lisa, con una marca roja en el hueso donde el oro había rozado durante años.
Se quedó mirándola. La franja blanca. La forma exacta de lo que había llevado puesto.
Luego dejó el brazalete encima del salpicadero, delante de ella, abierto, y apartó la mano.
Durante un kilómetro, ninguna de las dos dijo nada. El brazalete temblaba un poco con las vibraciones del coche, encima del plástico negro, y reflejaba las farolas de la autopista una detrás de otra, un destello cada pocos segundos, como un faro.
—¿Lo quieres guardar? —preguntó Claudia al fin.
Paula lo pensó.
—Es una prueba, ¿no? —dijo—. Lo llevaba en el vídeo. En la tienda de los teléfonos.
Claudia se giró hacia ella un instante. Paula no sabía lo del vídeo. Nadie se lo había contado.
—¿Cómo sabes que hay un vídeo?
—Porque había una cámara encima de la puerta. Con una luz roja. —Paula seguía mirando el brazalete—. La vi al entrar. Pensé en darme la vuelta. Luego pensé que si alguien veía ese vídeo algún día, sería porque alguien me estaba buscando. Y que entonces daría igual.
Claudia volvió a mirar la carretera. Tardó un momento en encontrar la voz.
—Sí —dijo—. Es una prueba.
Abrió la guantera con una mano y sacó una bolsa de pruebas de plástico, de las que siempre llevaba, con el cierre hermético y la franja blanca para escribir.
Se la dio a Paula. Paula metió el brazalete dentro, sin tocarlo con los dedos, empujándolo con la propia bolsa, y cerró el cierre presionando con el pulgar de un extremo a otro.
—¿Tengo que escribir algo?
—Tu nombre. Y la fecha.
Paula sacó un bolígrafo de la guantera, apoyó la bolsa en la rodilla y escribió despacio, con letra redonda de maestra, la letra que se usa en la pizarra para que la entiendan los de primero:
Paula Ortiz Llorens.
Luego se quedó un segundo con el bolígrafo en el aire.
—¿Qué día es hoy?
—Viernes —dijo Claudia—. Ya es viernes.
Paula escribió la fecha. Cerró el bolígrafo. Dejó la bolsa en su regazo, encima del abrigo, con las dos manos encima, como quien sujeta algo que podría salir volando.
Se frotó la muñeca desnuda con el pulgar. La franja blanca. Una vez, y otra.
—Pesaba mucho —dijo.
Claudia no contestó. A veces la mejor respuesta era dejar que una frase se quedara sola en el coche, sin nadie que la tocara.
* * *
El piso estaba en una calle de casas bajas, a dos manzanas del paseo marítimo.
Olía a pintura fresca y a lejía, y los muebles todavía tenían los plásticos de la tienda en las esquinas.
Les abrió una mujer de unos cincuenta años, menuda, con el pelo rizado recogido en una pinza y un chándal azul marino.
Se llamaba Àngels. Había conducido desde Sabadell a las cuatro de la madrugada porque una amiga suya de la Generalitat le había pedido un favor.
—La cama está hecha —dijo—. Las sábanas son nuevas. Las he lavado yo esta semana, en mi casa.
Paula le dio las gracias con la voz de pedir el pan. Luego, cuando Àngels le enseñó la habitación, se quedó mirando la cama un rato largo. Una cama de matrimonio, con una colcha blanca y dos almohadas. Nadie había dormido nunca en ella.
—Me gustaría que no supiera usted el número de esta habitación —le dijo a Claudia—. Ni nadie.
—No tiene número.
Paula asintió. Eso pareció bastarle.
Claudia se quedó en la puerta, con las llaves del coche en la mano. Tenía que irse. Tenía una hija que se despertaría a las siete y cuarto y un hombre durmiendo en su sofá que se merecía al menos un café y una explicación que no le iba a dar.
—Mañana vendrá una abogada —dijo—. Aquí. Y yo. No le abras a nadie más, aunque diga que va de mi parte. Si alguien dice que va de mi parte, es mentira. Yo vendré en persona.
—¿Y si no puedes venir tú?
—Vendré yo.
Paula la miró desde la cama. Se había sentado en el borde, con el abrigo todavía puesto y la bolsa de pruebas en el regazo. Parecía muy pequeña en aquella habitación vacía.
—Claudia.
Era la primera vez que la llamaba por su nombre.
—Dime.
Paula levantó la muñeca desnuda. La franja blanca, la marca roja en el hueso.
—Gracias por no decirme que no pasaba nada —dijo.
* * *