Epílogo. La otra escalera
Epílogo La otra escalera
El lunes a las ocho menos diez, Claudia estaba en el pasillo de la comisaría de Les Corts, delante de la máquina de café rota, con un vaso de plástico vacío en la mano y la libreta de Paula en el bolso.
Marta ya estaba en su mesa, con los pies encima de una caja de expedientes y un vaso de algo verde. Ribas no había llegado. La unidad estaba en silencio, con esa calma de los lunes antes de que empiecen a sonar los teléfonos.
El móvil le vibró en el bolsillo.
Un número fijo de Barcelona. 93. No lo tenía guardado.
—¿Sí?
Silencio al otro lado. Una respiración lenta. De persona mayor. Luego, una voz de hombre, cansada, educada, con el acento de alguien que ha hablado muchos años en salas con techos muy altos.
—¿La inspectora Ferrer?
—Soy yo.
—Me llamo Joaquín Martínez Prat. Soy magistrado. Presidente de sección de la Audiencia Provincial. —Una pausa—. No sé si sabe quién soy.
Claudia dejó el vaso de plástico encima de la máquina de café. Muy despacio.
—Sé quién es.
—Ya me lo imaginaba. —Otra pausa, más larga—. He leído lo del auto. Lo de la denegación. Lo de las fotos. —El hombre carraspeó—. Y he leído el nombre de la abogada de Paula. Sílvia Roca. La he llamado esta mañana, a primera hora. Me ha dado su número.
Claudia no dijo nada. Esperó.
Al otro lado, Joaquín Martínez respiró hondo, como quien se prepara para bajar una escalera muy empinada.
—Inspectora Ferrer —dijo—. Mi mujer no se cayó por la escalera.
El pasillo se quedó en silencio. Claudia oyó la máquina de café zumbar. Oyó a Marta, al fondo, dejar de teclear.
—Casi ocho años llevo diciéndome que sí —siguió Martínez, con la voz muy baja, muy firme—. Que se cayó. Que era torpe con las escaleras. Que todos lo sabíamos. Me lo he dicho todas las noches. Y no puedo más.
—Señor Martínez…
—Y sé quién estaba en mi casa aquella noche.
Claudia cerró los ojos.
Pensó en una libreta de tapas negras, en una frase sola en mitad de una página en blanco. Pensó en un recibidor, un abrigo, cuatro notas que suben y bajan.
Joaquín ha tenido suerte. Las escaleras no hablan.
—¿Puede venir a verme hoy a mi casa? En la calle Ganduxer. —Martínez hizo una pausa—. Quiero enseñarle la escalera.
Claudia abrió los ojos. Miró el bolso, donde estaba la libreta. Miró a Marta, que se había levantado de la silla y la miraba desde el fondo del pasillo, quieta, con el vaso verde en la mano.
—Estoy apartada del caso Valcárcel, señor Martínez.
—Lo sé, inspectora. —Y por primera vez, en la voz cansada del viejo magistrado, hubo algo parecido a una sonrisa—. Pero esto no es el caso Valcárcel. Esto es el caso de mi mujer.
* * *
A las once en punto, Claudia aparcó en la calle Ganduxer, delante de una casa de tres plantas con la fachada de piedra, contraventanas de madera y una verja de hierro negro.
Al otro lado de la calle, en la esquina, había una peluquería nueva, de paredes grises y espejos sin marco. En el escaparate, con letras blancas, ponía Lumière.
Joaquín Martínez le abrió la verja antes de que llamara. Era más alto de lo que esperaba, encorvado, con una chaqueta de punto marrón y una cara de abuelo de anuncio, cansada y amable. Tenía los ojos rojos, como si hubiera llorado mucho o dormido muy poco.
—Gracias por venir.
—Gracias por llamar.
Él asintió. La hizo pasar. Cruzaron un jardín pequeño, con un ciprés y un banco de piedra, y entraron en un recibidor con el suelo de mármol blanco y negro, como un tablero de ajedrez.
Y allí estaba.
Una escalera de mármol, ancha, con barandilla de hierro forjado y pasamanos de madera, que subía en curva hacia el primer piso. Veintidós escalones. Claudia los contó sin querer, como lo contaba todo.
Joaquín Martínez se paró al pie de la escalera. Puso la mano en el pasamanos. La dejó ahí.
—Teresa no era torpe —dijo—. Teresa subió y bajó esta escalera dos veces al día durante treinta y un años. A oscuras, con la luz apagada, con los brazos cargados de libros de sus alumnos. No se tropezó ni una vez.
Hizo una pausa.
—Ni una sola vez, inspectora. Hasta aquella noche.
Claudia miró hacia arriba. Hacia el rellano del primer piso, donde la escalera hacía la curva, donde el pasamanos de madera desaparecía en la penumbra.
En algún sitio de la casa, muy lejos, en un salón que no veía, un reloj empezó a dar las once.
No era un Westminster. Era otra melodía. Más fea, como habría dicho Valentina.
Pero contaba igual.
FIN