Decisiones imposibles 59
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MARIE

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—Estás despierta —dice una voz enérgica—. Ya era hora.

Giro la cabeza sobre la almohada, buscando a la mujer que habla. Trago saliva y al instante me arrepiento.

—Me duele la garganta —grazno.

—Después de lo que has pasado, no me sorprende —dice la voz.

Frunzo el ceño. ¿Lo que he pasado? ¿De qué está hablando? Me palpita la cabeza, y el olor penetrante a desinfectante solo lo empeora.

Cuando intento levantar la mano, algo tira de ella. Miro hacia abajo. Una esposa rodea mi muñeca izquierda y me encadena a la barandilla de la cama, mientras una vía intravenosa gotea líquido transparente en el otro brazo. El pánico empieza a trepar por mi pecho.

—Tranquila —dice la voz, más suave ahora—. Has tenido un susto, pero estás a salvo.

El rostro de la mujer va cobrando nitidez poco a poco, y me aferro a él. Parece rondar los cincuenta, con ojos verdes y cabello corto y oscuro veteado de gris. Lleva uniforme de enfermera.

Estoy en algún tipo de enfermería, caigo en la cuenta de golpe.

—¿Por qué estoy esposada?

—Solo es una precaución —dice la enfermera con vaguedad.

—¿Contra qué?

—No te canses —me advierte mientras alisa la sábana y evita mi pregunta.

—¿Qué me ha pasado?

Frunce el ceño.

—¿No lo recuerdas?

—No. No del todo. Solo fragmentos. Pero no tienen sentido.

—Empecemos por los fragmentos, ¿te parece? —Su voz se vuelve tranquilizadora, casi persuasiva—. Dime qué recuerdas.

—Duele hablar.

—No pasa nada. Piénsalo, entonces. Tómate tu tiempo.

Me muerdo el labio inferior e intento concentrarme. En mi imaginación, veo mi apartamento. Mi maleta a medio hacer sobre la cama. Un avión. Estaba en un avión. ¿Adónde iba?

Nepal.

Frunzo el ceño. ¿Por qué Nepal?

Mi mente permanece obstinadamente en blanco.

Miro a la enfermera, que me dedica una sonrisa alentadora.

Me obligo a concentrarme. Nepal. La palabra se queda ahí un momento, silenciosa e inútil.

De repente, como una arteria cortada, los recuerdos se desbordan. Gordon. Alex. Su muerte. El proyecto. Victor. Philip.

Luke.

Aspiro con fuerza, con el pecho oprimido.

—Luke —susurro—. ¿Qué le ha pasado?

Su rostro se ilumina de alivio.

—Lo has recordado. Me tenías preocupada por un momento. Temía que hubiera algún... bueno, olvídalo.

—Luke —digo con voz ronca—. Por favor.

Sube la sábana y me la mete bajo la barbilla. Como un sudario. Un escalofrío me recorre. Debería estar muerta. ¿Qué ha pasado?

—No sé por qué preguntas por él —dice la enfermera, frunciendo los labios—. Después de lo que te hizo.

—Por favor.

—Está vivo. —Ajusta el tubo de la vía, mirando el goteo en lugar de mi cara—. Al menos lo estaba cuando te sacaron de allí.

Luke está vivo.

El alivio que me inunda es tan enorme que tengo que contener las lágrimas.

—Un hombre tan guapo —continúa—. Un poco demasiado grande y con pinta de duro para mi gusto, pero guapo de todos modos. No sé qué le pasa a la gente para hacer algo así. Nunca se sabe, ¿verdad? Guapo por fuera, pero por dentro...

Niega con la cabeza.

La charla de la enfermera me envuelve, pero solo la escucho a medias.

Luke está vivo. Eso es lo único que me importa.

—Eso sí —dice—, no parecía contento. Parecía destrozado, la verdad. Como si estuviera de luto. Curioso, ¿no?

Gimo. Me cuesta respirar.

—¿Estás bien, querida?

Niego con la cabeza y lucho por liberar el brazo de la sábana. La esposa me detiene en seco; el metal se me clava en la muñeca.

—Por favor, ayúdame —susurro.

—¿Qué has dicho? —Se inclina más—. Sé que duele, pero soy un poco sorda de un oído, así que tendrás que...

—Ayúdame.

—¿Tienes dolor?

—Necesito escapar.

—¿Escapar? Querida, no vas a ir a ninguna parte. Necesitas recuperarte.

—No. —Lo intento de nuevo, aunque me arde la garganta—. Philip Sanders. Es peligroso. Él...

—¿Peligroso? —La enfermera suelta una carcajada sincera—. Estás dejando volar la imaginación. El señor Sanders no es más peligroso que tú o yo.

Me siento tan débil que apenas puedo levantar la cabeza.

—No lo entiendes.

—De hecho, diría que es todo lo contrario.

—Se afana alrededor de la cama, hablando sin parar mientras vuelve a revisar la bolsa de suero—.

Un hombre muy decente. Generoso, además.

Solo con la bonificación del año pasado me pagué el coche nuevo.

Uno de esos elegantes con asientos calefactados y cámaras por todas partes.

Las lágrimas de frustración me escuecen en los ojos. Si se callara un segundo y me escuchara.

La enfermera nota mis lágrimas y se ablanda, dándome palmaditas en la mano como si fuera una niña.

—Tranquila. No hace falta que llores. Ya lo entiendo.

Un atisbo de esperanza palpita en mi interior.

—¿Sí?

—Siento no haberlo visto antes.

Su sonrisa rebosa lástima.

—No tienes por qué temer a todos los hombres solo porque uno te hizo daño. También hay hombres buenos. Hombres como el señor Sanders.

Si mi garganta pudiera soportarlo, gritaría.

La enfermera se gira y sonríe.

—Buenos días, doctor.

—Enfermera Scott.

La voz masculina no me resulta familiar, y exhalo un suspiro de alivio. Al menos no es Philip ni Victor.

—Buenas noticias, doctor —dice la enfermera Scott con alegría—. Nuestra paciente acaba de despertar.

—Pedí que me avisaran en cuanto ocurriera.

Ante la callada reprimenda, la enfermera Scott responde con frialdad:

—Estaba a punto de llamarlo, pero la paciente estaba angustiada y me tomé unos minutos para calmarla.

Un hombre de unos veintitantos años se inclina sobre mí, bien afeitado, con el pelo rubio ralo y ojos azules cansados. Un estetoscopio le cuelga del cuello. Lleva la bata blanca arrugada y tiene aspecto de estar agotado y desbordado.

—Puede dejarnos —dice.

La enfermera Scott vacila. Aprieta los labios como si quisiera decir algo, pero se limita a asentir y me lanza una última mirada de lástima. La puerta se cierra tras ella.

—¿Cómo te encuentras?

—Dolorida.

—Era de esperar.

Coge una pequeña linterna y se inclina sobre mí.

—Abre la boca.

Obedezco mientras me ilumina la garganta.

—Hay hematomas —dice, y apaga la linterna—. Por suerte, no veo signos de daño en la laringe.

—¿Por qué me duele el pecho?

—Tuvimos que reanimarte. Las compresiones torácicas pueden dejar hematomas.

—Doctor...

—No puedo quedarme mucho tiempo.

Mira hacia la puerta.

—Ha habido un accidente. Una grúa se derrumbó e hirió de gravedad a varios trabajadores.

Se mete las manos en los bolsillos de la bata.

—Podría haber usado esta sala para los pacientes que no caben en otras, pero Philip pidió que permanecieras aislada.

Ante el reproche velado en sus palabras, se me cae el alma a los pies.

Necesito su ayuda, y ya soy un problema para él.

Sin embargo, a diferencia de la embelesada enfermera Scott, el doctor no parece tenerle mucho aprecio a Philip.

Quizás, solo quizás, me escuche. Decido arriesgarme. No tengo nada que perder.

—Me llamo Marie Taylor —susurro deprisa, a pesar del dolor que me produce hablar—. Soy científica. Me retienen aquí contra mi voluntad.

Su expresión se vuelve impenetrable.

—Basta.

—Por favor. Philip va a torturar...

—No quiero oír esto.

—Necesito tu ayuda.

—Te has equivocado de persona.

—No lo creo.

Mi voz se quiebra.

—Por favor, ayúdame.

Vacila, y su mirada se desvía hacia la cámara del rincón antes de volver a mí. La indecisión se refleja en su rostro.

Contengo la respiración y guardo silencio. Al menos no ha descartado mis acusaciones. Su vacilación me ofrece un hilo de esperanza, la esperanza de que al final su conciencia se imponga.

Tras un largo momento, se inclina hacia mí como si estuviera revisando el gotero.

—Te ayudaría si pudiera —susurra—, pero la seguridad aquí es muy estricta. Hay cámaras por todas partes.

—Llama a la policía.

—Todas las llamadas están controladas.

—Entonces llama cuando salgas.

—Vivo aquí entre semana.

Aprieta los labios.

—Voy a casa los fines de semana. Hoy es martes.

Para entonces será demasiado tarde. Las lágrimas se me acumulan en los ojos.

—Por favor.

Niega con la cabeza.

—Si intento irme ahora, resultará sospechoso.

Vuelve a mirar hacia la cámara.

—Ya he estado hablando contigo demasiado rato. Ojalá pudiera ayudarte, pero no puedo. Lo siento.

—Por favor —suplico de nuevo.

Pero ya se dirige hacia la puerta, con los hombros rígidos bajo la bata blanca.

En cuanto la puerta se cierra tras él, dejo caer la cabeza sobre la almohada. La desesperación me invade. No sé qué hacer. Lo único que siento es la necesidad imperiosa de ver a Luke, de asegurarme de que sigue vivo.

Soy consciente del ojo implacable de la cámara, que graba cada uno de mis movimientos. La sala está tan silenciosa que mi respiración entrecortada resuena en el aire inmóvil. Cierro los ojos y espero a que Philip venga a por mí.