Decisiones imposibles 60
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MARIE

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Alguien me está sacudiendo.

—Despierta, Marie —susurra una voz con urgencia—. Vamos, despierta.

El miedo me abre los ojos de golpe. Mis labios se separan, un grito pugna por salir pese al dolor de mi garganta, pero una mano me tapa la boca antes de que escape ningún sonido.

—Shh, tranquila. Vengo a ayudarte.

Mis ojos se acostumbran poco a poco a la penumbra, y la forma difusa sobre mí cobra nitidez.

El doctor.

Por un momento, me pregunto si estoy soñando. Su mano sobre mi boca parece bastante real, pero el agotamiento me ha vaciado de tal modo que ya no confío en mi propia mente. He pasado la mayor parte del día encadenada a esta cama, esperando a que apareciera Philip.

Solo vino la enfermera Scott. Cambió la cuña sin mirarme a los ojos e ignoró todas mis súplicas. Era otra de las tácticas de Philip. La humillación.

Pero peor que la humillación fue la espera.

Philip lo sabía.

Sin nada que me distrajera, mi imaginación había hecho el trabajo por él. Luke sufriendo y llamándome. Philip viniendo a por mí con agujas e instrumentos que no quiero nombrar.

Pero Philip nunca apareció. Es un maestro de la táctica.

—¿Vas a gritar? —pregunta el doctor.

Cuando niego con la cabeza, retira la mano.

Me humedezco los labios resecos.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión?

El doctor se endereza. En la oscuridad, su expresión resulta indescifrable.

—No lo sé —dice en voz baja—. Mi conciencia. El odio a la tortura. Las ganas de impedir que Philip gane siempre. Quizá las tres cosas.

Enciende una pequeña linterna e introduce una llave en mi esposa. El cerrojo se abre con un clic.

—No sé cómo te llamas —susurro, frotándome la muñeca.

—Kyle.

—Gracias, Kyle.

—No me las des todavía. Aún no hemos escapado.

Me incorporo y saco las piernas con cuidado por el borde de la cama. Me siento débil y mareada.

—¿Qué hora es?

—Las tres de la madrugada.

—Philip no vino.

—Lo sé. —Kyle mira hacia la puerta—. Lo oí hablando con Victor. Dijo que quería dejarte sudar.

Vacila.

—Creo que tiene algo planeado para hoy.

Aparto la imagen que crean sus palabras. No puedo permitirme pensar en eso.

Kyle retira el gotero con rapidez y presiona una gasa sobre la pequeña gota de sangre. Me entrega un bulto de ropa. Uniformes de enfermera.

—Tendremos que tirarnos un farol —dice mientras me cambio—. Le diremos al guardia de la puerta principal que nos necesitan en un accidente fuera del recinto. Eso debería bastarnos para salir.

Asiento. Me tiemblan los dedos mientras me pongo la parte de arriba del uniforme. Kyle me entrega unos zapatos marrones resistentes y me los calzo. Me quedan grandes, pero tendrán que servir. De pronto caigo en algo.

—¿Y las cámaras?

—Philip tiene a un ayudante vigilándolas por la noche. Hace quince minutos le llevé un café con un sedante fuerte. No se despertará en al menos dos horas. El cambio de turno es a las seis.

Se me encoge el pecho de emoción. Soy una completa desconocida para él, y puede que acabe de jugarse la carrera, incluso la vida, por ayudarme a escapar.

—Gracias —digo en voz baja.

Asiente brevemente y luego frunce el ceño.

—Tu pelo llama demasiado la atención. ¿Puedes recogértelo?

Me recojo el pelo en un moño apretado en la nuca, metiendo los mechones sueltos como puedo. Cuando me pongo de pie, las rodillas amenazan con fallarme, y Kyle me agarra del codo.

—¿Estás bien?

—Solo débil.

—Normal.

Me entrega unas gafas.

—Ponte estas. Les he quitado los cristales. De lejos, deberías colar.

Cuando me las pongo, da un paso atrás para examinarme.

—Pasarás una inspección superficial. Es lo máximo que podemos esperar.

Coge dos almohadas de la cama de al lado, las mete bajo las mantas y les da forma de figura humana.

—Es lo mejor que podemos hacer. Tenemos que irnos.

—Hay un amigo mío retenido en algún lugar de este complejo —digo mientras nos dirigimos hacia la puerta—. Se llama Luke Caldwell.

Kyle no me mira.

—Sí, lo sé.

—Tenemos que llevárnoslo.

Se pone tenso.

—Lo siento, pero no puedo hacer nada por él.

Me detengo frente a la puerta.

—No me voy sin Luke.

—Es demasiado arriesgado. —Su voz sigue siendo baja, pero la urgencia la afila—. Una vez fuera del recinto, puedes llamar a la policía. Vendrán a por él.

Aprieto la mandíbula.

—No pienso dejarlo atrás. Si hace falta, lo encontraré sin tu ayuda.

Kyle me fulmina con la mirada. Por un instante, creo que va a levantarme en brazos y sacarme de la habitación a la fuerza. Luego niega con la cabeza, resignado.

—Me imaginaba que serías terca —murmura entre dientes—. Seguramente por eso sobreviviste.

Contengo la respiración mientras sopesa las consecuencias de lo que le estoy pidiendo.

Por fin, suelta un suspiro pesado y alza las manos en señal de rendición.

—De acuerdo. Viene con nosotros. Eso aumenta las posibilidades de que nos descubran, espero que lo entiendas. Sobre todo si está herido.

—No está herido —digo.

Pero de repente, Kyle no puede mirarme.

Antes de que pueda preguntarle, dice rápidamente:

—En realidad, que tu amigo venga con nosotros podría jugar a nuestro favor. ¿Recuerdas el accidente de la grúa del que te hablé?

No espera mi respuesta.

—Podemos hacerlo pasar por uno de los trabajadores heridos. Vendarlo bien para que nadie pueda identificarlo. En la puerta, le digo al guardia que la clínica lo estabilizó, pero que necesita una operación fuera del recinto. La ventaja es que resulta creíble.

Su confianza me tranquiliza. Por primera vez desde que nos secuestraron a Luke y a mí, me permito creer que tenemos una oportunidad real de escapar.

—Voy a necesitar material —dice Kyle—. Espera aquí.

Sale de la habitación a toda prisa. La inquietud me invade y lucho contra el impulso de llamarlo. ¿Y si no vuelve? ¿Y si alguien lo detiene?

Por fin, Kyle regresa empujando una camilla cargada de vendas y una manta. Me entrega la manta y un fardo de vendas.

—Llévalo a la altura suficiente para taparte parte de la cara. Mantén la cabeza agachada. No hables a menos que sea necesario.

Aprieto el material contra el pecho y sigo a Kyle mientras empuja la camilla hacia el pasillo.

—No sé dónde tienen a Luke —digo en voz baja.

—Yo sí. No está lejos. Cinco minutos, quizá.

Kyle aminora el paso para ajustarse al mío, aunque puedo ver la tensión en sus hombros. Intento seguirle el ritmo, pero los zapatos me quedan enormes y se me salen de los pies. Nos acercamos a una esquina cuando oímos pasos que se aproximan. No hay dónde esconderse. El corazón me late con fuerza.

Kyle no vacila. Sigue avanzando por el pasillo; las ruedas de la camilla traquetean con fuerza.

Con la cabeza agachada, me obligo a seguir su ejemplo.

Se me acelera la respiración cuando unas botas de trabajo negras entran en mi campo de visión.

Kyle lo saluda con un gesto seco sin aminorar el paso.

El hombre responde con un gruñido y pasa de largo.

Sigo caminando.

Solo cuando sus pasos se desvanecen a nuestra espalda vuelvo a respirar.

—Ya casi llegamos —murmura Kyle.

Asiento. No me fío de mi voz.

Poco después, Kyle se detiene frente a una puerta grande. Un pesado cerrojo la atraviesa.

—Aquí es donde tienen a tu amigo.

Se aclara la garganta.

—No sé en qué estado está. Deberías prepararte.

Me quedo mirando la puerta. ¿Cómo te preparas para lo peor que puedas imaginarte?

—Por favor, ábrela —susurro.

Kyle descorre el cerrojo y empuja la puerta.

Entramos.