Decisiones imposibles 55
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MARIE

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Luke se echa hacia atrás sobre los talones, como si lo hubiera golpeado.

—¡Olvídalo!

—Luke...

—¡No!

—Escúchame. Por favor.

—No.

Sus ojos verdes arden de furia y angustia. Me suplican que deje de hablar.

—De ninguna manera. Ni hablar.

—Deja de ser tan terco...

—No voy a escuchar esto.

—...y entra en razón, por favor.

—¿Razón?

Me mira con incredulidad y horror.

—¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo?

—Sí.

Me tiembla la voz.

—Sí.

Niega con la cabeza.

—No puedes pedirme eso.

—Lo sé.

Parpadeo para contener las lágrimas.

—Lo siento, lo siento mucho, pero es nuestra única opción.

—No —dice desesperado—. Tiene que haber otra forma de salir de aquí.

—¿Qué otra forma? —pregunto con cansancio.

Me siento extrañamente vacía, lo peor de mi terror enterrado bajo un entumecimiento piadoso. Quizá sea la única razón por la que puedo decir lo que viene a continuación.

—En dos horas, le dirás a Philip lo que quiere oír. Se lo dirás porque no podrás quedarte callado mientras me hacen daño. Y después de eso, si no nos matan, usará el control mental en los dos.

Se me quiebra la voz.

—¿No lo ves? Es la única salida para nosotros.

Luke se pone de pie.

—No. Eso es rendirse. Y yo no me rindo.

Recorre la habitación de un lado a otro, con el pecho agitado, la respiración áspera y entrecortada.

—Pensaré en algo —dice con voz ronca—. Nos sacaré de aquí.

—Luke...

—Lo haré.

Se pasa las dos manos por el pelo, agarrándoselo con fuerza.

—Aunque tenga que destrozar estas paredes con las uñas, nos sacaré de aquí.

Se aleja de mí y se acerca a la puerta. Sus manos recorren el marco, la cerradura, las bisagras, buscando algún indicio de debilidad.

Hay una desesperación frenética en sus movimientos.

Se acerca a la ventana con paso agresivo, fulminando con la mirada la reja de malla de acero como si pudiera arrancarla con puro odio.

Luego estudia la cámara, las esquinas de la habitación, el suelo de hormigón.

Cualquier cosa menos mirarme.

Cualquier cosa menos enfrentarse a lo que le he pedido.

Me abrazo las rodillas contra el pecho y me quedo quieta, temiendo que si me muevo, me haré pedazos. Cada parte de mí grita que no quiero morir en esta habitación. Quiero decirle que me aterra morir, lo que venga después, pero Luke apenas se mantiene entero.

Trago saliva, conteniendo una nueva oleada de lágrimas mientras observo al hombre del que me he enamorado desmoronarse.

Los minutos se arrastran.

Maldiciendo, Luke prueba la puerta de nuevo.

—Para —susurro al fin con voz quebrada.

Parece no oírme.

Me pongo de pie.

—Luke.

Se le tensan los hombros.

Pasan diez segundos. Veinte. Treinta.

Finalmente, hunde la cabeza entre las manos, como aplastado por la brutal certeza de que no puede salvarme de esto. Es la primera vez que lo veo tan derrotado, y el corazón se me encoge dolorosamente.

Después de un largo momento, levanta la vista.

—Pasé tanto tiempo intentando no enamorarme de ti —dice, con la voz áspera y rota—. Y ahora me pides que demuestre que lo he hecho de la peor manera posible.

Las lágrimas brillan en sus ojos, pero las ahuyenta parpadeando furiosamente. Tengo que apartar la mirada, o el corazón se me fracturará aún más.

Permanecemos en silencio durante unos latidos.

—Estoy tan asustada que apenas puedo respirar —confieso con voz temblorosa—. Pero me da más miedo aquello en lo que me convertirán si vivo.

Su rostro se descompone. Cruza la habitación en dos zancadas y me atrae hacia sus brazos. Entierro el rostro en su pecho, sintiendo el temblor de su cuerpo. Respira lenta y profundamente, como si intentara memorizar mi olor.

—Lo había olvidado —susurra, con la voz enredada en mi cabello.

Me escuecen los ojos.

—¿Olvidado qué?

—Lo que se siente al amar a alguien tan completamente —dice—. Tan insoportablemente.

Luke me ama.

Siento el corazón retorcérseme.

—Yo también te amo.

Por un instante fugaz, me permito fingir que esto no es una despedida.

Es solo Luke abrazándome porque me ama. Fuera de esta habitación, la luz del sol se derrama sobre el porche de la casa que construimos juntos.

Estamos sentados en los escalones, tomando café, y Luke me observa por encima del borde de su taza.

Solo él y yo. Un futuro tranquilo esperándonos pacientemente, como si todavía tuviéramos tiempo para alcanzarlo.

—Lo haré —dice al fin, con una voz tan baja que apenas puedo oírla—. Te mataré. Luego me mataré yo.

Contengo un grito de angustia. Después de un momento, pregunto:

—¿Cómo?

Tiene que aclararse la garganta antes de poder responder.

—Te estrangularé —dice con voz desgarrada.

Se me abren los ojos de par en par. Imágenes horribles cruzan mi mente: un rostro azulado, una lengua hinchada, ojos saltones.

—No será así —dice enseguida—. Tienes arterias en el cuello que llevan sangre al cerebro. Si presiono en el punto adecuado, perderás el conocimiento en segundos.

Traga saliva.

—Después, tu cuerpo empezará a apagarse.

Una lágrima se me escapa y rueda por mi mejilla.

—Puedo vivir con eso —digo con un hilo de voz.

—Marie, no puedo...

Le agarro las manos y busco su mirada.

—Luke, puedes hacerlo. Sé que puedes.

Veo el instante en que lo comprende. No solo lo que le pido, sino lo que le estoy entregando.

Mi vida. Mi confianza.

Inclina la cabeza hasta apoyar su frente contra la mía.

—Lo siento —susurra, y la tristeza de su voz casi me destroza—. Lo siento. Lo siento. Lo siento.

—Shhh —murmuro, conteniendo las lágrimas—. Shhh.

Cuando recupero la voz, pregunto:

—¿Y la cámara?

—Desde donde están, parecerá que te estoy abrazando.

Un abrazo de muerte.