Decisiones imposibles 43
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MARIE

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A pesar de mi valor recién adquirido, me da demasiado miedo formular la siguiente pregunta obvia. ¿Qué sientes tú por mí? El silencio de Luke parece respuesta suficiente.

—¿Sorprendido? —pregunto en cambio.

Niega con la cabeza mientras me estudia.

Le sostengo la mirada, obligándome a no apartar los ojos de un escrutinio que parece desmontar mis pensamientos y rebuscar entre los escombros. Su expresión es tan hermética que no logro discernir ni un atisbo de lo que siente.

Por fin, dice:

—Marie, ¿has pensado en lo que puedo ofrecerte? Estoy en la lista negra de una organización terrorista. En el mejor de los casos, puedo darte una vida en la que siempre estemos huyendo y mirando por encima del hombro, sin saber nunca si el siguiente golpe en la puerta será el último.

Un destello de dolor cruza su rostro.

—¿De verdad quieres una vida así?

—No me conoces muy bien si tienes que hacerme esa pregunta —digo en voz baja.

—¿No? —Su voz se endurece—. Entonces prueba con esta. Cuando me llamen para un contrato de asesinato, ¿estarás esperándome en casa, lista para lavarme la sangre de las manos?

Se me cae el alma a los pies. Aunque he intentado no dejar que mis sentimientos edulcoren su trabajo, la pregunta brutal me sacude. No ha ocultado lo que hace ni por qué lo hace, pero supuse que estaba tan deseoso como yo de abandonar ese modo de vida.

—Pensaba que habías dejado de matar —digo.

Guarda silencio.

—¿No has tenido suficiente, Luke? ¿No has logrado lo que te propusiste hacer? Te ha llevado años vengarte por la muerte de Christine. ¿No es tiempo suficiente?

—¿Tiempo suficiente? —pregunta en voz baja—. ¿Quieres decirme cómo se mide eso? Los beduinos tienen un dicho: si un hombre se venga después de cuarenta años, es que tenía prisa.

Niega con la cabeza.

—No estoy seguro de que mi trabajo vaya a terminar nunca.

De repente estoy furiosa con él. Su actitud ha levantado un muro tan alto que no encuentro ni un solo punto de apoyo.

¿Cómo puedo decirle que, de una forma enfermiza y obsesiva, está intentando mantener viva a Christine a través de las muertes de otras personas?

Tengo que intentar llegar a él, pero apenas logro formar las palabras.

—¿Sabes lo que pienso? —digo con la voz temblorosa—. Creo que esto ha sobrepasado ese punto. Creo que en algún momento del camino, dejó de tratarse solo de justicia. Creo que has empezado a enorgullecerte de tu trabajo. Quizás incluso...

Se inclina sobre la mesa y me agarra por los hombros, clavándome la mirada.

—No vuelvas a intentar psicoanalizarme.

No hago ademán de escapar de su agarre. Tengo la inquietante sensación de haberme adentrado en una batalla conocida, una que otras mujeres han librado y perdido antes que yo. Es una batalla en la que no tengo experiencia. Estoy acostumbrada a luchar por mi trabajo, pero nunca por mi corazón.

Entrelazo los dedos en mi regazo.

—¿Por qué te empeñas tanto en disuadirme de querer un futuro contigo?

Algo destella en sus ojos, y me suelta.

Me doy cuenta entonces de que durante todo este tiempo no ha dicho ni una sola palabra sobre lo que siente por mí. Ha enumerado todas las razones por las que esto no puede funcionar, pero ni una sola vez me ha dado un atisbo de la respuesta que más necesito.

—¿Sientes algo por mí? —pregunto con toda la calma que logro reunir—. ¿O acabo de hacer el ridículo?

Cierra los puños y los golpea contra la mesa.

—Lo que yo sienta por ti no importa —dice con voz ronca.

—A mí sí me importa.

Su mirada se desvía por encima de mi hombro hacia algo en la distancia.

—¿Qué esperas que diga? —pregunta con aspereza—. ¿Que te quiero y que podemos pasar felices el resto de nuestras vidas juntos?

—No —digo lentamente—. Espero honestidad de tu parte.

Luke deja caer la cabeza entre las manos. Durante un breve instante de vulnerabilidad, vislumbro la lucha en su interior, y la esperanza renace en mí.

Entonces levanta la cabeza, y la expresión de su rostro la extingue.

—Me siento halagado —dice con frialdad—. Y admiro tu valentía. Sé lo que te ha costado decir lo que dijiste.

Se encoge de hombros.

—Pero la verdad es que no hay un nosotros. Las circunstancias nos juntaron en una situación de tensión. Es natural que las emociones estuvieran a flor de piel. Dejémoslo ahí.

Durante un momento, solo puedo mirarlo fijamente. Me ha dado una salida. Debería tomarla y retirarme con la dignidad que me quede. Pero no puedo. Algo sigue sin resolverse.

—¿Me estás diciendo que todas las señales que he estado recibiendo de ti eran mentiras?

—Mentiras no —dice Luke con despreocupación—. No he ocultado mis sentimientos. Me atraes y me gustaría acostarme contigo.

Me sostiene la mirada.

—Pero ahí acaba todo.