Decisiones imposibles 33
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LUKE

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Me doy cuenta de lo que ha pasado un instante antes que Marie.

Se gira a medias hacia el sonido, con el ceño fruncido de confusión.

—¿Qué...?

Se le quiebra la voz y no puede terminar. Las manos se le alzan ligeramente a los lados en un gesto desamparado, roto. Todo el color desaparece de su rostro.

A pesar del calor del día, un escalofrío me recorre. Me coloco delante de ella y le bloqueo el camino de regreso al monasterio.

Es entonces cuando la golpea la realidad.

—¡Alex! —grita.

El sonido me atraviesa, un dolor desgarrador teñido de rabia. Nunca lo olvidaré.

Se lanza para pasar junto a mí, con los ojos desorbitados por la conmoción, pero la atrapo por la cintura. Lucha contra mí al instante, intenta liberarse. La atraigo hacia mí y la rodeo con ambos brazos, la sujeto con fuerza.

—No puedes volver —murmuro.

—¡Suéltame!

—Él no habría querido que volvieras.

Se retuerce en mis brazos, patea con furia, intenta zafarse.

—¡Suéltame!

—Lo siento.

—Tengo que ir con él. Está completamente solo —ahora habla demasiado rápido, las palabras se le atropellan entre sollozos—. Tengo que ver si... si...

Si todavía está vivo. Pero no voy a permitir que esa sea su última imagen de él.

—Iré yo —le digo con suavidad—. Yo iré a verlo por ti.

—Debería ser yo.

Su respiración se vuelve superficial e irregular.

—Yo debería ser quien vaya con él.

—No quieres verlo así —digo—. Déjale algo de dignidad.

Un gemido angustiado escapa de su boca.

—¡Dignidad! ¿Qué clase de dignidad hay cuando te pegas un tiro?

No respondo. Ninguna combinación de palabras puede darle sentido a lo que acaba de suceder. Ni calmar su dolor.

—Alex, no —gime.

La lucha la abandona y se desploma en mis brazos, como si hubiera perdido la fuerza para mantenerse erguida. La acerco más a mí. La siento frágil de un modo en que nunca lo parece cuando me fulmina con la mirada o me replica.

—Déjame sola —susurra—. Quiero estar sola.

Se me tensa la mandíbula. Sé lo que significa querer que el mundo desaparezca. Y sé lo que puede costar.

—No voy a dejarte sola.

La levanto en brazos y la acuno contra mi pecho. Entierra el rostro en mi hombro, y la llevo lejos del monasterio.