32
MARIE
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Alex guarda silencio un momento, la mirada perdida.
—Lo que aborda el Proyecto Hydra siempre me ha fascinado —dice al fin—.
De adolescente, mientras otros de mi edad se enrollaban, yo experimentaba con las típicas drogas psicotrópicas: estimulantes, sedantes, marihuana, LSD.
Siempre buscaba lograr ese efecto definitivo.
Esa curiosidad se convirtió en obsesión.
Mi ambición era controlar el sistema más complejo y misterioso de nuestro mundo.
Un escalofrío me recorre.
—Nuestro cerebro.
Alex asiente.
—Espera un momento —dice Luke, tensándose—. ¿Estamos hablando de... qué... control mental?
Alex hace una mueca.
—Qué término tan burdo. Prefiero modificación cerebral. También existe la neuroingeniería o la reprogramación cognitiva —se encoge levemente de hombros—. Elige el que te resulte más cómodo.
Luke entrecierra los ojos.
—No me siento cómodo con ninguno.
Mientras Luke parece todo menos satisfecho, la científica que llevo dentro está exultante.
—Ha habido avances increíbles en neurociencia —le digo—. Mira todo el trabajo con las IMH...
—¿IMH? —pregunta Luke.
—Interfaces máquina-humano —explica Alex.
Luke resopla con escepticismo.
—Suena a ciencia ficción.
—Es una realidad —digo—. Los investigadores han desarrollado sistemas de sillas de ruedas basados en EEG que usan un casco con sensores para convertir las ondas cerebrales en órdenes de dirección.
Alex retoma el hilo.
—La estimulación eléctrica cerebral profunda ya se usa ampliamente porque permite actuar sobre regiones cerebrales específicas. Ahora mismo, miles de personas, sobre todo quienes padecen párkinson, viven con implantes cerebrales de ECP.
—Cuando CTP me contrató, la capacidad de controlar la mente, de volver a una persona receptiva a órdenes que de otro modo rechazaría, estaba casi al alcance. Con mi ayuda, esa técnica se perfeccionó. El control mental, como tú lo llamas, Luke, es ahora una realidad.
Atónita, lo miro fijamente, con un millón de preguntas en la cabeza.
—No me lo creo.
—Como buena científica.
Me tiemblan las manos de emoción.
—¿En qué se basa tu técnica?
—Química —responde Alex—. Se basa en parte en estudios farmacológicos con pacientes de TEPT para reducir recuerdos traumáticos.
No hay tiempo para explicaciones detalladas, todo está en mis notas, pero la modificación cerebral se logra mediante un fármaco, administrado por vía oral o intravenosa.
Es un cóctel químico que actúa interrumpiendo la señalización de las células nerviosas.
Guardo silencio un momento, asimilándolo todo.
—¿Por qué desapareciste? —pregunta Luke.
Un espasmo de tos sacude el cuerpo de Alex. Instintivamente, extiendo la mano hacia él, pero levanta la suya para detenerme hasta que pasa. Cuando por fin vuelve a hablar, su voz suena más débil.
—He desarrollado una desconfianza enfermiza hacia CTP. Hacia Philip en particular. Es su dinero el que respalda el proyecto, y temo que tenga motivos ocultos para el fármaco.
—¿Qué otros motivos podría haber? —pregunta Luke.
—Personas con enfermedades mentales, para empezar —digo rápidamente—. Piensa en cuánto podría ayudar a pacientes bipolares.
Mi mente ya vuela imaginando el potencial del proyecto.
—Podría usarse en programas de reforma penitenciaria para frenar tendencias agresivas en los reclusos. Las posibilidades son infinitas.
Luke frunce el ceño.
—¿Posibilidades o peligros?
Su tono despectivo me hiere.
—¿Qué te pasa, Luke? ¿Te da miedo el cambio? ¿Por qué no puedes ver que no hay nada tan trascendental como el avance científico?
—¿Y qué hay de la regresión moral? —replica.
—Quizá el control mental sea un concepto demasiado duro para ti. Si lo piensas más bien en términos de estimulación subliminal o modificación de conducta...
—Pirateo cerebral. Camisa de fuerza química.
—¡Eres imposible! —espeto.
—¡Sobre todo cuando me tratan con condescendencia!
Se le tensa la mandíbula. Veo el esfuerzo que hace por mantener la compostura. Se vuelve hacia Alex.
—Pensaba que todas las mentes son únicas.
—Lo son —confirma Alex.
—Entonces, ¿cómo puedes estar seguro de que una fórmula química estándar afectará a todos por igual?
Alex aferra la manta con más fuerza.
—Ese es el aspecto feo, pero necesario, de mi trabajo —dice tras un momento—. La experimentación.
—¿Experimentos con animales?
—Los humanos fueron mis conejillos de Indias.
Las palabras me golpean.
—Alex, no.
Se estremece al oír el horror en mi voz.
—En aquel momento, creía que la importancia de mi trabajo superaba cualquier consideración ética.
—¿Y ahora?
Cierra los ojos un instante, y el agotamiento y algo parecido al autodesprecio le cruzan el rostro.
—¿Ahora? Puedes juzgar por ti misma después de escuchar toda la sórdida historia.
Mira a Luke.
—Quieres saber por qué estoy tan seguro de que la técnica funcionará, dado que las personas difieren en temperamento, fuerza de voluntad y capacidad mental.
Traga saliva.
—La respuesta está en un hombre llamado Robert.
Era el hombre más hermoso que había conocido.
No físicamente, ya que estaba cubierto de cicatrices por las palizas que había sufrido, sino porque había soportado años de tortura y aún se negaba a hablar.
Era un disidente de un estado autoritario, acusado de ayudar a periodistas y presos políticos a escapar cruzando la frontera.
Conocía nombres, rutas, casas seguras. La gente le confiaba sus vidas, y él había pasado años protegiéndolos.
Hace una pausa para recuperar el aliento.
—Robert estaba retenido en un centro de detención clandestino en una zona de conflicto, exactamente el tipo de lugar que Philip quería: sin supervisión, remoto y lleno de gente a la que nadie echaría de menos.
Philip movió hilos y pagó lo que hiciera falta para llegar a un acuerdo con los hombres que dirigían el lugar.
No quiero oír más. Pero hay algo terrible y compulsivo en mí que necesita saber. —¿Qué pasó con Robert?
—Cuando lo conocí, ya había sobrevivido a más de lo que la mayoría podría soportar.
Todos allí lo admiraban. Philip lo eligió como primer sujeto de prueba.
—A Alex le tiembla la voz—. Recuerdo cómo lo ataron a una silla.
Esos ojos que me miraban. Tan tranquilos.
Un pinchazo, y quince minutos después empezó a hablar, revelando nombres, casas seguras y rutas fronterizas.
Quince minutos después de tantos años resistiendo.
Se me revuelve el estómago. Me llevo una mano a la boca, temiendo de pronto que vaya a vomitar.
—Por eso estoy convencido de que la técnica puede funcionar, incluso teniendo en cuenta la individualidad humana —continúa Alex—. Si Robert no pudo resistirla, dudo que muchos pudieran. Eso es lo que creé: una droga capaz de anular la resistencia moral más profunda de una persona.
—¿Qué le pasó a Robert? —susurro.
A Alex le tiemblan los labios. —Unas semanas después del experimento, se arrojó contra la valla perimetral de las instalaciones. Murió electrocutado.
A Luke le brillan los ojos. —Qué agradable debe ser sentir tanto orgullo por tu trabajo.
—Hipócrita —le replico—. Como si matar gente por dinero fuera motivo de orgullo.
—La gente a la que mato son terroristas cuyas bombas destrozan a civiles —dice Luke con calma.
Alex tuerce los labios. —Yo también creía que el propósito de mi trabajo justificaría esos experimentos. Pero hacer realidad la modificación cerebral no equilibra la balanza. Un solo hombre me abrió los ojos. Como todos los grandes hombres, tuvo más impacto muerto que vivo.
Luke frunce el ceño. —¿Por qué se suicidó Robert si controlabas su mente?
—Esa es la desventaja de una solución química —dice Alex—. Hay que seguir administrando la droga a los sujetos o los efectos desaparecen.
Le tomo la mano a Alex. Tiene los dedos fríos. —Esos experimentos estuvieron mal. Pero no lamentes toda una vida de trabajo. La capacidad de controlar la mente es un logro asombroso.
Luke suelta una risa incrédula. —¿Asombroso? La mente es nuestro mayor atributo, y tú admiras una droga que la controlaría y corrompería. —Sacude la cabeza—. ¿Soy el único aquí que encuentra eso profundamente retorcido?
—Ya no sé qué está bien y qué está mal —admite Alex con cansancio—.
Llevo tanto tiempo siendo mi propio destructor que, si tienes razón, Luke, no puedo cargar sobre mi conciencia destruir a nadie más.
Ya no. —Me mira directamente—. Por eso, querida, te entrego el Proyecto Hydra. Publícalo o destrúyelo. Tú decides.
Me echo hacia atrás. —No lo quiero. —Me da vueltas la cabeza—. No voy a presentarlo al mundo como si el logro fuera mío, y no voy a destruir años de sudor y sueños.
—Debes aceptarlo. —Con visible esfuerzo, Alex mete la mano bajo la manta y saca un pequeño cuaderno negro. Tan típico de él confiar en el papel antes que en cualquier dispositivo de almacenamiento moderno—. Lo he resumido para ti. Espero que mi letra no sea demasiado difícil de descifrar.
Me lo pone en la mano, ignorando que niego bruscamente con la cabeza.
—No. No lo quiero.
Luke observa a Alex con atención. —¿Qué te pasa?
Se produce un largo silencio.
—Cáncer —admite Alex al fin.
Jadeo. El miedo que se apodera de mi pecho es paralizante. No. Eso no. Cualquier cosa menos eso.
—Se ha extendido a los pulmones. —Se le hunden los hombros—. Que te digan que estás tan cerca de la muerte te obliga a reevaluar tu vida. He pensado mucho, y no estoy demasiado orgulloso de la mía. Me alegraré de dejarla atrás.
—Alex...
—No, Marie.
—Déjame hablar. —Suelto un suspiro tembloroso—. Podemos construir una camilla improvisada y pagar a algunos aldeanos para que te lleven a Katmandú.
—Es demasiado tarde —dice con suavidad.
—¡Basta! —Se me quiebra la voz—. Deja de sonar tan derrotista.
—Marie, tienes que irte. Philip no ha sabido de ti desde hace un tiempo. Supongo que enviará a alguien a buscarte, si no lo ha hecho ya. Yo te retrasaré, y necesitas sacar el proyecto de aquí.
—¡Me importa un bledo el proyecto!
—Sí te importa. Aunque no quieras admitirlo.
—Alex tiene razón —dice Luke en voz baja.
Lo miro con incredulidad. —No, no la tiene. ¿Cómo puedes decir eso?
No se inmuta ante la ira de mi voz. —Lo que hay en ese cuaderno es explosivo —dice con firmeza—. Tenemos que llevarlo a un lugar seguro cuanto antes. Cuando lleguemos a Katmandú, podemos enviar a alguien a buscar a Alex.
Bajo la cabeza. Lo terrible es que no puedo rebatir la lógica de su argumento. Pero ¿cómo puedo dejarlo aquí? ¿Cómo puedo marcharme y seguir viviendo conmigo misma después? Luke solo ve el cuerpo destrozado. Pero yo veo al hombre atrapado dentro.
Una certeza se impone con claridad: no pasaré el resto de mi vida atormentada por saber que abandoné a un amigo a su muerte.
Levanto la cabeza con determinación. —No. Me debes una, Alex, y puedes pagármela no rindiéndote. Os prometo esto a los dos: Alex viene conmigo, aunque tenga que arrastrarlo todo el camino.
—Eres la mujer más testaruda que he conocido —murmura Luke.
Le sostengo la mirada. —Luke, por favor, ayúdame. Sé que podemos hacerlo. Por favor.
Sus ojos escudriñan los míos con una intensidad que me oprime el pecho. Al final, aparta la mirada y se vuelve hacia Alex. —¿Estás en condiciones?
Alex suelta una risa débil y resignada. —No parece que tenga elección, ¿verdad?
—Me imagino a su marido diciendo lo mismo en el altar —murmura Luke—. Saldremos mañana a primera hora. Me encargaré de que traigan aquí cualquier camilla que encontremos.
—Gracias —digo con voz ronca.
Él asiente.
—Me siento como el peor de los inválidos —dice Alex con voz rasposa—. Ni siquiera puedo levantarme solo.
—Te ayudaremos —le aseguro—. Deja de preocuparte.
Ante la insistencia de Alex, cojo el cuaderno, lo envuelvo en plástico y me lo meto en la cinturilla del pantalón.
—Necesito descansar un rato —dice Alex—. Ve con Luke, Marie, y a ver si consigues algunos analgésicos. Luego ven a verme.
Esbozo una sonrisa forzada. —No te acostumbres demasiado a dar órdenes.
Él me devuelve una sonrisa débil. —No me atrevería.
Levanta la mano y me acaricia el pómulo con los dedos. —Me alegro de que estés aquí —dice sin más.
Solo puedo asentir. Tengo un nudo en la garganta que no me deja hablar.
Alex ya ha cerrado los ojos cuando nos marchamos.
Le lanzo una mirada de reojo a Luke mientras volvemos por el estrecho pasillo.
—¿Qué? —pregunta.
—Gracias, Luke. Por ayudarme.
Se encoge de hombros. —Todavía no estoy convencido de que hayamos elegido el camino correcto.
—Quizá porque tu rumbo profesional es bastante cuestionable.
Gira la cabeza bruscamente hacia mí, pero le dedico una sonrisa traviesa y le doy un codazo en el brazo.
Se le tuerce la boca. —Estás de buen humor cuando te sales con la tuya.
—Siempre.
Seguimos caminando en un silencio cómplice. En algún lugar del pueblo, un perro empieza a ladrar.
Estamos a solo unos metros del monasterio cuando oímos el disparo.