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MARIE
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Confronto a Luke en un camino de tierra junto al monasterio. Jake y Gordon han desaparecido, y estoy a solas con un hombre que, me doy cuenta ahora, no conozco en absoluto.
—Lo habrías matado —digo, con la voz temblándome de ira y decepción—. Lo habrías hecho para protegerte.
Su rostro no revela nada.
—¿Eso es lo que piensas?
—¿Qué se supone que debo pensar? —exijo.
—Que hice lo necesario para mantenerlo callado.
—Llámalo necesidad si eso te ayuda a vivir con ello.
Y ahí está el quid de la cuestión. Para Luke, la necesidad está por encima de la moralidad. Si hubiera decidido que Gordon tenía que morir, lo habría matado.
Una parte ingenua y tonta de mí aún espera que Luke me dé alguna señal de que lo que pasó en esa cueva no fue tan simple y brutal como pareció.
Pero permanece en silencio, observándome con ese rostro duro y cerrado.
Siento el pulso latiéndome desbocado en la garganta. Odio que incluso ahora, aquí de pie, furiosa y con el alma destrozada, siga siendo tan consciente de su presencia. Odio que mi ira no haya destruido la atracción que siento por él.
—Olvidé qué clase de hombre eres.
Suelto una risa amarga.
—No, eso no es verdad. No olvidé que eres un asesino. Simplemente me dejé creer que podrías elegir ser algo más.
Trago con fuerza para contener las lágrimas. Deseo absurdamente que hubiera sido Jake quien tuviera el dedo en el gatillo. Entonces quizá habría habido una oportunidad para Luke y para mí.
—Qué estúpida fui, la verdad. Pensar que un asesino podría elegir ser otra persona.
Le escupo las palabras. Quiero herirlo, que sienta aunque sea una pizca del dolor que siento, y las palabras son la única arma que tengo.
Sus ojos se oscurecen.
—Deberías irte. Antes de que diga o haga algo de lo que me arrepienta.
—Ese debería ser el lema de tu vida —replico—. Si Gordon hubiera gritado, le habrías disparado sin dudarlo.
No hay nada más que decir. Le lanzo una última mirada, yergo los hombros y empiezo a alejarme.
—Marie.
La forma en que dice mi nombre me detiene. Me doy la vuelta.
Lentamente, Luke saca el revólver de la cinturilla trasera del pantalón y lo sostiene entre nosotros con una mano.
—Si hubiera querido que estuviera muerto —dice con voz plana—, estaría muerto.
Abre el cilindro.
No hay balas en él.