Decisiones imposibles 26
39%

26

MARIE

––––––––

Cuando llegamos, la ceremonia ya está en pleno apogeo.

El patio del pueblo se ha transformado. Han extendido alfombras y esteras tejidas sobre la tierra compactada.

Lámparas de mantequilla brillan en nichos protegidos junto a los muros bajos de piedra, e hileras de banderas de oración ondean sobre nuestras cabezas con la brisa nocturna.

Las mujeres se mueven entre la multitud con jarras de barro y cuencos humeantes, los niños corretean entre los adultos, y los hombres mayores se sientan en pequeños círculos hablando en voz baja.

Despejan un espacio para nosotros cuatro cerca del jefe del pueblo, que está sentado con las piernas cruzadas sobre una alfombra extendida en el lugar de honor del patio.

—Mostrad vuestro agradecimiento —dice Luke.

Cada uno presenta un regalo. Jake ofrece una navaja, Luke un encendedor, Gordon un pañuelo, y yo entrego un bolígrafo.

El jefe del pueblo estudia los objetos en silencio, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, haciendo todo un teatro.

Entonces su rostro se ilumina con una sonrisa, y su estruendosa aprobación provoca una ola de risas entre la multitud.

Una mujer se adelanta con una gran jarra de barro, el pelo oscuro trenzado cayéndole por la espalda y un delantal de lana a rayas atado sobre el vestido.

A nuestro alrededor, pequeños cuencos para beber aparecen en manos ansiosas.

Nos dan un cuenco a cada uno, y ella los llena con chang, una potente cerveza de arroz lechosa.

—Sostenlo con la mano derecha, Jake —instruye Luke—. La izquierda se considera impura.

Jake murmura algo entre dientes y cambia de mano. Se lleva el cuenco a los labios, pero Luke le agarra la muñeca.

—Recházalo.

Jake lo mira fijamente.

—Perdona, ¿qué?

—Recházalo.

—Escucha, si quieres actuar como alguien que intenta reformar su vida, es asunto tuyo. Yo voy a tomarme esta bebida.

Gordon suspira.

—Es costumbre sherpa...

—Venga ya, déjate de historias.

—...rechazar las primeras ofertas de bebida y luego ceder con gracia tras mucha insistencia.

Jake lo fulmina con la mirada.

—¿Por qué?

—Es costumbre.

—Sí, pero ¿cuál es el maldito sentido de todo esto?

Luke se acerca más.

—Jake, si insultas a nuestros anfitriones y mañana nos quedamos sin guía, te meteré el sentido tan adentro de la nariz que lo verás delante de tus ojos el resto de tu vida.

—Ya que lo planteas de forma tan persuasiva...

Jake entrega su cuenco con evidente reticencia, y los demás hacemos lo mismo.

Nos vuelven a ofrecer los cuencos de inmediato.

Negamos con la cabeza e insistimos en que no tenemos sed.

Las sonrisas se ensanchan a nuestro alrededor.

El ritual continúa hasta que Jake empieza a perder la paciencia visiblemente.

Con un gesto cortés hacia el jefe del pueblo, Luke finalmente acepta y bebe. Nosotros hacemos lo mismo.

El chang es más fuerte de lo que esperaba.

Agrio y con un ligero sabor a levadura, se me sube directamente a la cabeza.

Bajo el cuenco y sorprendo a Luke observándome por encima del borde del suyo.

No rompe el contacto visual mientras levanta el suyo en un brindis silencioso.

Tras la más breve vacilación, devuelvo el gesto, y un escalofrío lento y delicioso se apodera de mí.

Se pone de pie y apenas da tres pasos antes de que los aldeanos se reúnan a su alrededor, ansiosos por hablar. Se detiene a escuchar a un anciano, sonríe ante algo que dice un niño y responde a una pregunta de una de las mujeres que sirve más chang en los cuencos.

Todo el mundo se fija en él. Las mujeres especialmente. Sus ojos lo siguen mientras se mueve con gracia felina por el patio.

Igual que yo.

Casi me siento aliviada cuando Jake me pasa un brazo por los hombros, apartando mi atención de Luke.

—¿Te he dicho lo guapa que estás esta noche, Doc? —pregunta, repasándome con la mirada.

Le quito el brazo de encima.

—Demasiadas veces.

—Te haría más cumplidos —dice—, pero sé que no me van a servir de nada.

Esbozo una sonrisa de compromiso. Normalmente lo ignoraría o diría algo cortante para cortar la conversación. Esta noche necesito que hable.

Compruebo dónde está Gordon. Está charlando con el jefe del pueblo y no nos presta la menor atención.

—Gordon dijo que Luke es un mercenario —digo en tono casual.

Jake me lanza una mirada que no logro descifrar y da un largo trago a su bebida.

—Gordon tiene razón.

—¿Mata por dinero?

—Todo el que puede conseguir.

—¿Mata a cierto tipo de personas o no es muy exigente?

—No te pongas moralista ahora. Tú preguntaste.

—Tienes razón —digo, haciendo un esfuerzo—. Lo siento.

Jake hace señas para que le rellenen el cuenco y se bebe la mitad de un trago.

—Vale, Doc, veo que estás que revientas. ¿Qué quieres saber?

—Háblame del trabajo de Luke.

—Luke es un mercenario especializado en contratos. Y es muy bueno en lo que hace.

—¿Cómo de bueno?

—Siempre termina lo que le encargan.

—Es conmovedor el orgullo que siente por su profesión.

Jake me lanza una mirada de advertencia. Levanto ambas manos en gesto de rendición.

—Luke no es ni la mitad de malo que algunos de los que andan por ahí —continúa Jake, más a la defensiva—. Tiene cuidado con para quién trabaja. La mayoría de las veces es algún gobierno que quiere resolver un problema sin enviar a sus propias tropas. Y solo acepta contratos contra terroristas.

—¿Se supone que eso lo hace mejor?

—En la mente de Luke, sí. Cree que los terroristas pierden sus derechos en el momento en que destruyen los de todos los demás.

El tono monótono y rutinario con el que lo dice sugiere que Jake lo ha oído muchas veces.

—¿Y si comete un error? —pregunto—. ¿Y si mata a la persona equivocada?

—Imposible —se burla Jake—. No cogemos sin más un expediente de alguna agencia y cruzamos los dedos. Yo ayudo a Luke a investigar a fondo a todos sus objetivos. Nunca ha cometido un error.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque el día que lo haga será el día en que lo deje.

Me muerdo la uña del pulgar, intentando ordenar la maraña de emociones en mi interior. Bajo la mano cuando me doy cuenta de lo que estoy haciendo.

—Sabes que no ha hecho ningún trabajo desde que nos mudamos a Nepal —añade Jake, casi de pasada.

—¿No lo ha hecho?

—No. Ha pasado un año.

Un año. No sé por qué me importa, pero me importa.

—¿Y tú? —pregunto.

—¿Yo? No tengo estómago para lo duro. —Me dedica una sonrisa astuta—. Yo gano mi dinero de otras formas.

Jugueteo con mi bebida y dejo pasar el comentario. Ya va por su cuarto cuenco, y no tengo ninguna intención de seguirle el juego. No es él quien me interesa.

—Estás realmente colgada por él, ¿verdad? —dice con una mirada cómplice.

—¿Qué?

—No te hagas la inocente. Te gusta.

—Estás borracho y delirando.

—Y tú eres orgullosa y testaruda. —Apura el resto de su bebida—. Si te sirve de consuelo, Luke siente lo mismo.

—¿De verdad? —Una oleada de placer me invade, y me doy cuenta demasiado tarde de que me he delatado.

Jake descarta mi alarma con un gesto de la mano.

—Relájate. No diré nada. —Mira con tristeza el desierto seco de su cuenco—. No puedo decir que me entusiasme la idea. Vosotros dos solo os traéis problemas, y eso me los trae a mí.

—No está pasando nada entre Luke y yo —insisto, intentando convencerme a mí misma, si no a él.

Ignorando mi protesta, Jake dice:

—No esperes nada serio. Luke ya no se compromete con nadie.

—¿Por qué no?

—Desde que Christine murió, no deja entrar a nadie.

—¿Christine?

—Ella era…

La aparición silenciosa de Luke, con el rostro sombrío, frente a nosotros hace que Jake se atragante con el resto de la frase. Sigue un silencio incómodo, y ni siquiera yo me atrevo a romperlo.

—Las lenguas sueltas pueden hundir amistades, Jake —dice Luke en voz baja.

—Venga ya. —Jake suelta una risa pastosa—. He bebido demasiado, eso es todo. La doctora y yo solo estábamos conociéndonos mejor. —Apoya una mano en mi rodilla—. Los dos necesitáis relajaros. Lo hemos conseguido.

Muevo la pierna y su mano se desliza.

—Aún no estamos en el valle —digo.

—Estamos a mitad de camino.

—No te pagan por llegar a mitad de camino.

Jake suelta una carcajada.

—Tía, eres dura. —Entrecierra los ojos mirando a Luke—. Métela en un foso de serpientes y saldrá con zapatos nuevos.

Pongo los ojos en blanco y me doy la vuelta. Jake intenta agarrarme el brazo con un gesto torpe, pero falla y sus dedos me rozan el pecho. Lo empujo por instinto y él se tambalea.

—Eh, doctora, iba a por tu brazo, te lo juro.

—Ve a despejarte, Jake. —La voz de Luke es fría.

—Luke, colega…

—Ahora, Jake.

Jake se va, abriéndose paso entre la multitud, murmurando entre dientes.

Luke me mira. Parece tranquilo y controlado, pero sus ojos lo delatan. Estoy aprendiendo a leerlos antes que nada, y ahora mismo arden con una emoción intensa.

—Baila conmigo.

—Preferiría no hacerlo.

—No era una petición.