Decisiones imposibles 23
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MARIE

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—¿Qué hay entre Gordon y tú? —me pregunta Luke bruscamente una mañana mientras seguimos el sendero por una cresta estrecha.

Gordon y Jake se han quedado unos metros atrás; el tono de sus voces sube y baja en lo que parece una discusión.

Se me tensa el cuerpo.

—¿A qué te refieres?

—En el hangar dijiste que era un amigo.

Respiro hondo. Sabía que esta pregunta llegaría tarde o temprano. No quiero volver a mentirle a Luke, pero tampoco puedo contarle toda la verdad.

—No es un amigo —digo finalmente—. Nunca lo había visto antes de este viaje.

Luke aprieta la mandíbula.

—¿Por qué el engaño?

—Además de su trabajo en la agencia de viajes, Gordon hace trabajos ocasionales para proyectos del gobierno —explico—. Jake y tú no parecíais cómodos con eso, así que no fui del todo sincera. Esta expedición es importante para mí. No quería que os negarais a llevarnos.

Luke no responde de inmediato.

Me cuesta respirar. Me digo que es la altitud. La caminata extenuante. Cualquier cosa menos su cercanía y esa mirada inquisitiva.

—¿Qué tiene que ver este viaje con el gobierno? —pregunta, con la sospecha aún dibujada en la comisura de sus labios.

—Una empresa llamada CTP, el Centro para el Progreso Tecnológico, está patrocinando la expedición —digo con cuidado—. Gordon está aquí como escolta oficial.

—Todavía no has explicado por qué.

Dejo que se me note un poco la impaciencia.

—CTP es una importante institución de investigación con considerable influencia. Solicitaron una presencia oficial, y el gobierno accedió a complacerlos. Seguro que hay algún favor de por medio, pero a mí me interesa la ciencia, no la política.

—Mi instinto me dice que todavía ocultas algo.

Se me cierra la garganta.

—¿Alguna vez te ha fallado ese instinto?

—No.

—Pues siempre hay una primera vez.

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Ahora subimos más alto. Cada día se convierte en una sucesión interminable de kilómetros; nuestra ruta serpentea por crestas expuestas y laderas áridas.

Aunque las noches son más frías, los días aún conservan suficiente calor para quitarnos las chaquetas.

Pero la comida escasea, los ánimos están crispados y los nervios, destrozados.

Luke nos lleva al límite de nuestra resistencia: me grita cuando me quedo atrás, levanta a Gordon del suelo cuando se desploma de puro agotamiento, provoca a Jake cada vez que declara que no puede seguir.

No perdona a nadie. Ni siquiera a sí mismo.

Lo veo en los surcos de fatiga de su rostro y en la tensión de su boca mientras mantiene el dolor a raya.

Se exige tanto como nos exige a los demás. Quizá más.

Esa noche, Jake se queja de falta de aire y dolor de cabeza.

—Mal de altura —dice Luke, agachado junto al fuego mientras calienta la última lata de alubias—. Llevará tiempo aclimatarse. Tu cuerpo está reaccionando a la falta de oxígeno.

—¿Cómo de peligroso es este mal de altura? —pregunta Gordon, preocupado—. Yo también he estado mareándome.

Luke levanta la vista.

—Bueno, puedes morirte.

—¿Qué?

—Pero solo en casos graves —añade Luke, casi como si acabara de ocurrírsele.

Gordon frunce el ceño.

—¿Qué separa lo grave de lo leve?

—Una línea muy fina.

Comemos en silencio. Las alubias apenas bastan para calmar el vacío del estómago. Cada músculo me protesta cuando me meto en el saco de dormir. Me quedo dormida en cuestión de minutos y ni siquiera me despierto cuando Luke se mete a mi lado.

Por la mañana, me despierto aturdida y letárgica, con la mente ya temiendo el día que me espera.

Otro tramo de terreno vacío. Otro día de caminar sin fin ni recompensa.

Estoy sola en el saco de dormir. Luke debe de haberse levantado sin despertarme.

Me pregunto de qué profundidades saca esa energía.

Ya ha encendido el fuego; las llamas crepitan acogedoras. Gordon y Jake todavía duermen.

Me incorporo. Mi mirada se posa en el objeto que hay al pie del saco de dormir. Durante un segundo no me muevo, mientras una calidez me invade. Luego extiendo la mano y lo recojo con cuidado.

Luke me ha hecho un sombrero.

Tejido con juncos y tiras finas de corteza, tiene un ala ancha, meticulosamente moldeada para proteger del sol. Trago saliva para deshacer el nudo que tengo en la garganta. A pesar de lo tosco de su construcción, es el regalo más magnífico que me han hecho en la vida.

Levanto la vista y veo a Luke de pie junto al fuego, calentando una lata de agua. Me mira con una expresión que me revuelve el estómago de nervios.

Con el sombrero en la mano, salgo del saco de dormir y me acerco a él.

—Me has hecho un sombrero —digo en voz baja para no despertar a los demás.

—¿Te gusta?

No puedo evitar la sonrisa que se dibuja en mi rostro.

—Me encanta.

Giro el sombrero entre las manos, todavía sin asimilarlo. Lo delicado del gesto hace que se me cierre la garganta.

—¿Cuándo lo hiciste?

—Anoche.

Se encoge de hombros.

—No me llevó mucho tiempo.

Lo miro más de cerca. Tiene los ojos ensombrecidos por la fatiga.

—No te creo —digo con el ceño fruncido—. Pareces agotado.

—¿Esta es tu forma de darme las gracias? —pregunta con sequedad.

—No, esta lo es.

Antes de que pueda cambiar de opinión, me acerco y poso las manos en su pecho, sólido y cálido bajo mis palmas. Me pongo de puntillas y le doy un suave beso en la mejilla. Oigo su leve inspiración y siento cómo se queda inmóvil bajo mi tacto.

Cuando me aparto, me mira un instante antes de esbozar una sonrisa irónica y algo arrepentida. —¿Eso es todo? —pregunta con la voz ligeramente ronca—. Te aseguro que a mí me costó más.

—No seas ansioso —le digo en tono de reproche, sonriendo.

—No me lo pones nada fácil.

Su mirada se demora en mí un instante de más, y siento un pequeño escalofrío inquietante.

Me doy la vuelta antes de que esto vaya a más.

Tarareando en voz baja, vuelvo al saco de dormir a recoger mis cosas, con más energía de la que he tenido en días. El sombrero sigue bien sujeto en mi mano. Hoy va a ser un buen día.