22
MARIE
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Todo mi cuerpo se tensa.
Las palabras de Luke parecen bastante inocentes, pero es el brillo malicioso en sus ojos lo que me alarma.
—¿Problema? —pregunto con cautela—. ¿Qué tipo de problema?
Se encoge de hombros con fingida indiferencia. La luz del fuego parpadea sobre su rostro, iluminando la línea dura de su pómulo y la sonrisa que pugna por asomar a sus labios.
—Nada que no pueda resolverse —dice—. Es solo que cuando se te cayó la mochila allí atrás, también se te cayó el saco de dormir.
Hago un gesto impaciente.
—¿Qué tiene eso que ver con...?
Entonces caigo en la cuenta. Se me cae el alma a los pies.
—Exacto —confirma con un leve atisbo de sonrisa—. Tendrás que compartir saco de dormir con uno de nosotros.
Cruzo los brazos.
—Dame una manta y dormiré sola.
—No, no lo harás —su tono pierde parte de la burla y se vuelve firme—. La temperatura baja por la noche. Jake y yo estamos acostumbrados a dormir a la intemperie. Tú no. Perderás alguna parte del cuerpo por hipotermia, y con mi suerte no será la lengua.
Entrecierro los ojos.
—Ya que tú y Jake sois tan curtidos, ¿por qué no dormís los dos al estilo Bear Grylls y yo me quedo con el saco de Jake?
Luke me dedica una sonrisa.
—Hay un dicho: que el castigo se ajuste al crimen. Consecuencias, Marie.
—Hay otro dicho —replico—. Quien con perros se acuesta, con pulgas se levanta.
Luke echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada, profunda y cálida en el aire de la montaña. Me provoca sensaciones extrañas en el estómago.
—¿Con quién compartirá Marie? —pregunta Gordon con vacilación—. Mi saco de dormir no es lo bastante grande para los dos.
—Tranquilo, Gordon —dice Luke sin mirarlo—. Puedes quedarte con tu cama.
Jake, tumbado junto al fuego, le lanza una piedrecita a Luke.
—Lo echamos a cara o cruz, colega. El que pierda se queda con la manta.
—Esperad un momento —digo indignada—. Tengo derecho a opinar sobre esto. Dejar dónde duermo al azar no es una opción.
—De acuerdo —Luke se echa ligeramente hacia atrás y cruza los brazos; su expresión es indescifrable, salvo por ese brillo enloquecedor en los ojos—. Tú eliges.
—Prefiero arriesgarme a dormir sola.
—Me importa un bledo lo que prefieras —dice con calma—. No pienso arrastrar un cuerpo lisiado mañana.
—¿A quién crees que elegirá? —le pregunta Jake a Luke.
La mirada de Luke permanece fija en mí.
—Una decisión fácil, a mi modo de ver.
—Yo no lo veo tan claro, colega —Jake se apoya en un codo y señala a Luke con la barbilla—. Eres guapo y tienes un encanto rudo, pero tu perdición es esa actitud despreocupada.
Luke se lleva una mano al corazón con fingida ofensa.
—Oye, que a mí sí me importan las cosas.
—¿En serio? —dice Jake con escepticismo.
—Por supuesto. Me importa todo el dinero que recibiré al final de esta misión.
Jake resopla.
—Puede que las mujeres se sientan atraídas por ti, pero en el fondo te tienen miedo. Por eso me elegirá a mí.
Fulmino a Jake con la mirada.
—¿Qué estás insinuando? ¿Estás diciendo que le tengo miedo?
Jake hace una mueca, como si se diera cuenta de su error.
Luke esboza una sonrisa de suficiencia. —Elige.
La palabra queda suspendida en el aire.
Me muerdo el interior del labio; el corazón me late con fuerza. Esto es ridículo. Sé que estoy exagerando con todo este tema de dónde dormir. Tengo treinta y cinco años. No soy una chica recatada que se sonroja y tartamudea porque haya un hombre cerca. He tomado decisiones más difíciles que esta.
Pero esta vez mis sentimientos están en juego, y eso es lo que lo hace difícil. No sé qué hacer con la atracción entre Luke y yo. Me confunde. Él me confunde.
Respiro hondo e intento abordar esto como me he entrenado para abordar cada problema: con análisis, con racionalidad, sin que ninguna emoción nuble la solución.
No puedo hacerlo.
Solo sé esto: no puedo dormir con Jake porque no confío en él. Y no puedo dormir con Luke porque no confío en mí misma.
Cierro los ojos, como si de algún modo eso pudiera hacer que la decisión fuera menos real.
—Elijo a Luke.
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La conversación que sigue avanza a trompicones durante unos minutos, hasta que Gordon se excusa con evidente prisa.
No puedo culparlo. Para mi alivio, Jake lo sigue poco después.
Le hemos dado la gruesa manta de lana de yak, y se acurruca bajo ella cerca del fuego, orientado hacia el calor como un hombre que ha hecho esto cientos de veces.
En cuestión de minutos, su respiración se hace más profunda y los párpados le aletean.
Miro fijamente las llamas y las atizo con una rama delgada; una lluvia de chispas asciende hacia el aire.
Luke está tumbado de lado a mi lado, con un brazo doblado bajo la cabeza y los ojos cerrados.
—No puedes retrasarlo eternamente.
Doy un respingo al oír su voz.
—Pensaba que estabas dormido.
—Eso te vendría bien, ¿verdad? —se pone de pie, sacude el saco de dormir y lo extiende sobre el suelo. Siento su mirada recorrerme—. Y quítate esa expresión de la cara. Prometo controlar cualquier impulso lujurioso que pueda tener hacia ti.
El filo de enfado en su voz me pilla desprevenida. Cree que no confío en él, pero mi instinto me dice que sí puedo. Luke no parece de los que dejan que sus manos se vayan donde no deben. Pero no puedo decirle eso sin admitir la verdad. No es él quien me asusta. Soy yo.
Luke ya se está metiendo en el saco de dormir cuando por fin me obligo a levantarme y acercarme a él.
Mi vacilación se ha vuelto ridícula, incluso infantil.
Noto el calor delator en las mejillas mientras me meto torpemente en el saco.
Me tumbo rígida de lado, con cuidado de no tocarlo.
A mi lado, Luke permanece inmóvil, como si fuera tan consciente de mí como yo de él.
A pesar del calor del saco y del calor de su cuerpo, que mantiene cuidadosamente alejado del mío, siento frío.
Por fin, la voz de Luke quiebra la tensión.
—Esto es ridículo. Así no nos dormiremos nunca.
Se me escapa una risa seca.
—Estoy de acuerdo.
Me apoyo en un codo para incorporarme.
—Buscaré otra solución. Quédate tú con el saco.
Apenas termino de hablar cuando su mano sale disparada y tira de mí hacia abajo con una determinación que me deja sin aliento.
—No vas a ninguna parte.
—¿Y qué sugieres que hagamos entonces? —pregunto, exasperada.
—Esto.
Desliza un brazo alrededor de mi cintura y me atrae hacia él. Se me corta la respiración.
Mi espalda encaja a la perfección contra su pecho, todo mi cuerpo amoldándose a la dura musculatura del suyo. Su brazo, firme y pesado, me rodea la cintura y me envuelve en calor. Me quedo rígida entre sus brazos, intensamente consciente de cada punto donde nos rozamos.
Me estrecha con más fuerza, como si percibiera mi rigidez.
—Relájate —murmura.
—Te gusta dar órdenes.
—Solo cuando la gente insiste en ignorar el sentido común.
—No recuerdo haberte pedido que me supervises.
—Y sin embargo aquí estás, deseando obedecerme.
—En tus sueños.
—Ahora mismo estás en mi saco de dormir. Yo diría que es casi lo mismo.
Se me escapa una risa antes de poder contenerla. Es imposible, de verdad. Pero el sarcasmo entre nosotros al menos ha aliviado la tensión. No puedo evitar preguntarme si esa era su intención.
El silencio se asienta a nuestro alrededor. No el silencio incómodo y frágil de antes. Este es más suave, más íntimo.
—¿Cómoda? —pregunta con voz ronca.
El corazón me late tan fuerte que seguro que lo nota contra mi espalda.
—Sí —logro decir.
Su aliento me roza la nuca.
—Bien. Duérmete.
Siento el lento subir y bajar de su pecho contra mi espalda, el roce perezoso de su pulgar cerca de mi cintura. Tengo todos los nervios a flor de piel. Sé que va a ser una noche larga.
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Por la mañana, me arden los ojos y noto las extremidades pesadas.
Estuve despierta horas anoche, escuchando el ritmo pausado de la respiración de Luke, contando los segundos hasta el amanecer.
Cada vez que intentaba apartarme, él tiraba de mí sin despertarse, como si mi distancia perturbara algo en su interior.
Durante el desayuno, Gordon y Jake intercambiaron miradas cómplices. Estoy demasiado agotada para que me importe, y demasiado cansada para seguir el intercambio de pullas entre ellos.
Esa noche, me quedo dormida durante la cena; la cabeza se me cae hacia delante antes de poder evitarlo. Solo soy vagamente consciente de que Luke me coge en brazos, de la firmeza de sus brazos, de su voz grave advirtiendo a Gordon y Jake que se guarden sus comentarios.
Poco a poco, dormir junto a Luke se vuelve menos desconcertante, y me acostumbro. Caemos en una rutina: yo acurrucada contra él, mi espalda contra su pecho, su brazo rodeándome. Aunque la cercanía me inquieta, guardo silencio, reacia a romper la frágil armonía que hemos alcanzado.
Para mi consternación, estoy llegando a conocerlo íntimamente.
Conozco los duros contornos de su cuerpo.
Sé cómo duerme: siempre de lado, con una mano apoyada ligeramente en alguna parte de mí, como si necesitara el contacto sin ser consciente de ello.
Si me aparto, se remueve; solo duerme tranquilo cuando le permito tocarme.
A diferencia de mí, se despierta al instante en cuanto la primera luz del alba nos roza el rostro, con la alerta propia de un soldado ante el nuevo día.
Nunca me había sentido tan expuesta con un hombre. Luke me ha visto en mis momentos más vulnerables: llorando, enferma, exhausta. Me ha visto desnuda. Y por la noche, cuando bajan mis defensas, olvido quién es y me descubro acurrucándome más contra él.
Las montañas parecen haber despertado un lado temerario en mí que no sabía que existía. O tal vez sí lo sabía, y lo enterré tan hondo que olvidé que estaba ahí. Sea como sea, ahora está despierto y no es nada sutil.
Hay algo entre nosotros que me está nublando la capacidad de pensar con claridad. Cada mirada, cada roce accidental, me vuelve loca. Me siento como una adolescente otra vez: el pulso se me dispara cada vez que me mira, esos ojos verdes que me atraen como un imán.
Me sorprendo estudiando su perfil mientras comprueba nuestra ruta, recorriendo con la mirada la línea masculina de su mandíbula, el puente firme de su nariz, cómo se mueve su boca cuando habla.
Y entonces mi mente divaga y me pregunto a qué sabrán esos labios.
Hay un hambre creciendo en mí, y no tiene nada que ver con la comida.
Por la noche es peor. Me cuesta horrores no buscar su boca en la oscuridad, saciar ese hambre y satisfacer mi curiosidad. Me imagino su mano enredada en mi pelo, su boca firme y segura, su cuerpo inmovilizándome.
Una vez tuve un novio que siempre era muy indeciso. Que siempre estaba preguntando: «¿Puedo besarte?» o «¿Puedo tocarte?».
Me entraban ganas de zarandearlo de pura frustración. Hazlo y punto. Toma las riendas. Deja de preguntar. Hazme perder la cabeza.
De algún modo sé que Luke no preguntará.
No sería tímido. Saberlo debería ponerme a la defensiva.
En cambio, me deja sin aliento, lo cual me aterroriza un poco.
Hay algo adictivo en Luke, y noto que me estoy rindiendo a ello.
Y esa es la peor parte, porque sé exactamente cómo acaba esto.
Las cosas que sientan tan bien nunca duran.
Arden con fuerza y luego lo arrasan todo a su paso.