21 #2
Siempre he sido una luchadora y lucharé contra esto también, aunque se me desgarren los tendones de los brazos por la tensión. Pero el dolor se está volviendo insoportable. El viento me azota la cara y tengo los hombros en llamas. Se me saltan las lágrimas.
—Aguanta —la voz de Luke suena cortante por la urgencia—. Solo aguanta por mí.
—No puedo —sollozo.
Los dedos se me escurren.
Grito su nombre.
Pero no estoy cayendo.
Un dolor me atraviesa el tobillo cuando Luke me atrapa. Cuelgo boca abajo, meciéndome con vértigo sobre el río, sujeta de una sola pierna.
—¡Luke!
—¡Dame el otro pie!
Me agito hasta que siento que su mano se cierra en torno al otro tobillo. El alivio me inunda ante la fuerza de su agarre.
—La mochila. Deshazte de ella —ordena con la voz ronca por el esfuerzo.
—¡Pero necesitamos los suministros!
—No se te ocurra ponerte terca ahora —cada palabra suena arrancada de él—. Suéltala, Marie. Ya.
Su tono no admite discusión. Con las manos temblorosas, forcejeo con las correas y dejo caer la mochila. Desaparece en el agua.
Las náuseas me suben por la garganta. Cierro la boca con fuerza y las combato con todo lo que tengo. Si vomito, me ahogaré.
—Voy a subirte —grita.
Hago un gesto débil de asentimiento. Por el ritmo agónicamente lento, me doy cuenta de que Luke debe de estar arrastrándose boca abajo, tirando de mí centímetro a centímetro. La cabeza me palpita. El tirón constante y lento parece interminable.
Por fin, mi cuerpo se desploma sobre los toscos tablones del puente. Me raspan la mejilla y las piernas, ásperos contra la piel.
Luke está detrás de mí, respirando con dificultad.
—Es demasiado arriesgado que te des la vuelta. Tendrás que arrastrarte hacia atrás. Yo te guiaré.
Consigo asentir, aunque no estoy segura de que pueda verlo. Me tiembla todo el cuerpo, pero reúno las fuerzas que me quedan para este último esfuerzo. Con Luke guiándome con voz firme, me arrastro con cuidado hacia atrás por el puente, intentando no mirar abajo.
De repente sus manos están en mi cintura, y me levanta del puente y me deposita en tierra firme, seca y hermosa. Las rodillas casi me ceden del alivio.
No me da oportunidad de recuperar el aliento antes de darme la vuelta para que lo mire de frente, con un agarre feroz y palabras ásperas.
—Dime, Marie Taylor, cuando te doy instrucciones, ¿tienes por costumbre hacer exactamente lo contrario?
La indignación aflora, pero se desvanece cuando noto lo mucho que le tiemblan las manos. Si es por rabia o por lo que le haya costado volver a salir a ese puente y ponerme a salvo, no lo sé.
Se da cuenta de que lo estoy mirando y cierra las manos en puños.
—Si supieras cómo te veías ahí fuera, colgando sobre ese río…
Se interrumpe, sacudiendo la cabeza, con la mandíbula apretada.
Me estremezco.
—No podía tener tan mal aspecto como me sentía.
Sus ojos relampaguean.
—¿Y de quién fue la culpa?
Aparto la mirada, de repente absorta en el suelo bajo mis pies.
—¿Te cuesta tanto disculparte cuando te equivocas? —pregunta, más tranquilo ahora.
—Lo haces sonar como si me hubiera caído a propósito —murmuro—. Fue un accidente.
—La gente también se disculpa por los accidentes.
Trago saliva. Tiene razón.
—Sí, bueno, lo siento.
Resopla.
—De verdad, lo siento. —Me aclaro la garganta—. Y quiero darte las gracias. Ya sabes. Por salvarme la vida.
—No tienes que sonar como si te hubiera atado a un potro de tortura —dice con brusquedad.
—Es difícil para mí —digo a la defensiva—. No estoy acostumbrada a…
Me detengo, frustrada.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí. Humillarse puede ser muy traumático.
—Eres realmente…
No puedo terminar. El mundo se inclina de la forma más extraña.
Luke está rápidamente a mi lado. Me pone de rodillas antes de que entienda siquiera lo que está pasando, una mano apoyada firmemente entre los omóplatos, la otra apartándome el pelo de la cara mientras vomito quince minutos de terror.
Cuando termina, me quedo donde estoy, con la cabeza gacha, respirando entrecortadamente. La humillación me abrasa.
Luke me suelta el pelo y se agacha a mi lado. Un momento después, aparece frente a mí un trozo de tela limpia. Lo tomo sin mirarlo.
—¿Te sientes mejor? —pregunta, con un tono sorprendentemente amable.
Eso, más que nada, hace que las lágrimas me escuezan en los ojos.
—Se me ha ido el sombrero.
—¿Qué?
—Mi sombrero —me tiembla la voz—. Se cayó al río.
—Oh —parece pillado por sorpresa—. No es para tanto.
—Para mí sí.
Para mi horror, empiezo a llorar. Tampoco son lágrimas elegantes. Llanto crudo, desordenado, incontrolable.
—Ya he tenido bastante —digo con voz entrecortada—. Sobreviví a un accidente de avión. Vi morir a un hombre. No puedo ni ir al baño sin público. Soy científica. No estoy hecha para esto.
Hipo sin remedio.
—Y ahora he perdido mi sombrero.
Durante un segundo, Luke parece perdido. Luego su expresión se suaviza.
—No te preocupes por el sombrero. Ya se me ocurrirá algo.
Es una promesa tan absurda que se me escapa entre las lágrimas una mezcla de risa y resoplido.
—Los sombreros no son precisamente fáciles de conseguir por aquí. Gracias, de todos modos. Gracias por… todo.
Por lo que realmente le doy las gracias es por su amabilidad, cuando podría haber sido cruel con tanta facilidad.
—No hay problema.
Me ofrece su cantimplora, y la tomo agradecida, enjuagándome la boca antes de dar un pequeño sorbo.
Bruscamente, Luke se pone de pie.
—Gordon y Jake.
Todavía de rodillas, me protejo los ojos con la mano y miro al otro lado del desfiladero. Los dos parecen estar discutiendo. Gordon agita los brazos negándose rotundamente mientras Jake lo empuja desde atrás.
Sacudo la cabeza.
—Ni siquiera un decreto presidencial convencerá a Gordon de cruzar ese puente ahora.
Luke suspira.
—Tendremos que confiar en la capacidad de persuasión de Jake.
Observamos cómo llegan a los escalones de piedra. Con una reverencia burlona y exagerada, Jake hace un gesto para que Gordon vaya primero. Gordon responde con un gesto obsceno. Jake aparta de un manotazo el dedo ofensivo. Luego se inclina y le dice algo al oído a Gordon.
Sea lo que sea, funciona.
Gordon deja caer los hombros antes de darse la vuelta y empezar a subir los escalones.
Luke silba.
—No sabía que Jake fuera capaz de eso.
Me pongo de pie. Todavía me tiemblan las piernas, y antes de estar completamente erguida, la mano de Luke me sujeta del codo para estabilizarme. El contacto es breve, casi casual, pero lo siento de todos modos.
—Me pregunto qué le habrá dicho Jake —murmuro.
—Fuera lo que fuera, funcionó.
Esperamos en silencio mientras Gordon empieza a cruzar.
Se mueve tan despacio que incluso mis nervios destrozados tienen tiempo de recuperarse lo suficiente para sentir compasión.
Cuando llega a nuestro lado, parece a punto de desplomarse.
Luke le agarra del brazo en cuanto está lo bastante cerca y lo guía hacia una roca cubierta de musgo, donde Gordon se derrumba sobre ella.
—Lo logré —jadea—. Y eso que tengo algo de acrofobia. ¿Habéis visto cómo la he superado?
El pelo rubio le cuelga en mechones sudorosos sobre la frente y tiene el rostro pálido bajo el bronceado, pero los ojos azules le brillan triunfantes.
—Tuvimos tiempo de sobra para observarte, Gordon —dice Luke secamente.
Entonces me acuerdo de Jake. No tenía por qué preocuparme. Cruza con sorprendente facilidad; su cuerpo fornido se adapta al balanceo sin problema. Tiene suerte de que la muñeca se le haya curado tan rápido. Salta a este lado y viene directo hacia mí.
—¿Estás bien, Doc?
La sincera preocupación de su rostro me pilla desprevenida.
—Estoy bien —le aseguro, algo incómoda.
—Casi me meo en los pantalones cuando te vi colgando de ahí. La verdad, no pensé que lo fueras a conseguir.
—Yo tampoco —confieso.
—Si no llega a ser por Luke, estarías—
—No exageremos, Jake —dice Luke con frialdad.
Se echa la mochila al hombro.
—Acamparemos pronto. No creo que avancemos mucho hoy.
Nadie protesta, y nos ponemos en marcha de nuevo en silencio. A menos de un kilómetro y medio del río, encontramos un buen sitio para acampar, con un montón de cantos de morrena que ofrecen algo de resguardo del viento.
Mientras Gordon recoge leña, Luke lleva a Jake aparte.
—¿Qué le dijiste?
—¿Decir qué a quién?
Luke le lanza una mirada impaciente.
—¿Qué le dijiste a Gordon?
Jake se encoge de hombros.
—No mucho. Solo lo amenacé con dejarlo inconsciente si no cruzaba el puente.
Miro a Luke y veo que no le cree del todo. Tiene una expresión desconcertada en los ojos, como si supiera que Jake oculta algo. Pero antes de que pueda insistir, Gordon llega con un montón de leña y Jake se acerca rápidamente a él.
Comemos temprano, sentados con las piernas cruzadas alrededor del fuego mientras los últimos restos de ropa húmeda se secan con el calor.
Luke espera a que terminemos de comer antes de volverse hacia mí. Un amago de sonrisa le asoma en la comisura de los labios. Algo en esa sonrisa me pone en guardia al instante.
Me sostiene la mirada.
—Tenemos un problema —dice.