17
MARIE
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Tras un breve descanso, nos echamos las mochilas al hombro y reanudamos la marcha en el mismo orden de antes, con Luke al frente. El sol asciende y cada trozo de roca expuesta deslumbra con un brillo incómodo. Unas horas más tarde, doblamos un recodo y nos detenemos en seco.
Una empinada pared rocosa se alza frente a nosotros, oscura y desgastada por la intemperie, con grietas y estrechas repisas que parecen escalables, siempre y cuando no pienses demasiado en el vacío a tu espalda.
El miedo me invade el pecho con solo mirarla.
Gordon niega con la cabeza.
—Nunca. De ninguna manera. Imposible.
—Siempre tan optimista —dice Jake.
—Estaba pensando en tu muñeca torcida —replica Gordon.
—Y yo estaba pensando que no te creo —responde Jake.
—Ya basta —interrumpe Luke—. Es demasiado pronto para empezar a morderos. Guardadlo para cuando llevéis una semana sin bañaros.
Miro fijamente la pared rocosa. Parece interminable.
—¿Podemos escalarla? —pregunto, y noto la duda en mi propia voz.
Luke entrecierra los ojos ante el resplandor mientras estudia el acantilado.
—Será difícil, pero creo que se puede hacer —dice al fin—. Por suerte, no es demasiado empinada, y hay muchas repisas y agarres.
—¿Qué pasa con la mano de Jake? —pregunta Gordon, ignorando el bufido que Jake le dirige.
—Cuando llegue a la cima, lo subiré.
Gordon se muerde el labio inferior.
—Como no tengo mucha experiencia en escalada, ¿no deberías subirme a mí también?
—¿Tienes una muñeca torcida? —pregunta Luke sin apartar la mirada del acantilado.
—No.
—Entonces Jake es el único al que subiré.
—¿Qué tal algún tipo de cuerda de seguridad para Marie y para mí? —insiste Gordon.
Luke suelta una risa breve e incrédula.
—¿Para que me arrastréis con vosotros si resbaláis? Mi tiempo vale veinticinco mil, pero mi vida no está en venta.
Ve la expresión abatida de Gordon y suspira.
—Quitaos las mochilas. Los dos. Las subiré yo.
Nos desprendemos rápidamente del peso extra antes de que cambie de opinión.
La mirada de Luke recorre la roca y se detiene en un canal superficial tallado en la pared, con estrechas repisas a modo de escalones.
—Iremos por ahí —dice—. Es incómodo, pero al menos no está expuesto en todo el trayecto.
Se frota la nuca.
—Marie, tú vas detrás de mí. Fíjate dónde pongo las manos y los pies y haz exactamente lo mismo. Gordon, tú la sigues. Jake, tú esperas la cuerda.
Ladra órdenes como quien está acostumbrado a que le obedezcan.
Me irrita, aunque sé que intenta mantenernos con vida.
Desde el principio de este desastre, ha asumido automáticamente el papel de líder de nuestro grupo dispar.
Parte de mí se rebela ante la idea de recibir órdenes suyas.
Estoy acostumbrada a trabajar sola, a depender únicamente de mis propias habilidades, pero esta situación me obliga a confiar en otra persona —alguien que no me cae especialmente bien— y eso me saca de quicio.
Luke empieza a escalar, tanteando los agarres con las manos antes de cargar el peso sobre ellos, moviéndose con cuidado.
—Dos cosas que recordar —dice por encima del hombro—. Mantened tres puntos de contacto. Y no miréis hacia abajo.
Fácil decirlo, pienso mientras escalo tras él. Seguro que su trabajo le ha enseñado a confiar más en su cuerpo que en su cerebro. Yo estoy habituada a jornadas largas y a superar el cansancio, pero mi trabajo nunca ha exigido este tipo de fuerza. Me tiemblan los brazos y las piernas del esfuerzo.
Como Luke, pruebo cada agarre antes de fiarme de él, paso el peso a las piernas siempre que puedo para ahorrar brazos. Los músculos me arden y los pulmones se me quedan pequeños. El sol castiga la roca y la vuelve ardiente bajo las palmas.
El pie se me encaja en una grieta estrecha y se queda atascado.
Por un instante, no entiendo qué ha pasado. La roca aprieta la bota como un tornillo de banco. Intento levantar el pie, pero no se mueve. El pánico me recorre el cuerpo. Aprieto los agarres hasta que me arden los dedos.
Estoy atascada.
—¿Marie?
La voz de Luke llega desde arriba. Tiene un brazo apoyado y la cabeza girada todo lo que puede sin perder el equilibrio. Frunce el ceño al verme paralizada a mitad de la pared.
—¿Qué pasa?
—Estoy atascada —digo con un hilo de voz.
Me evalúa con la mirada.
—¿Es el pie? ¿La mano?
—El pie —logro decir—. No puedo liberarlo.
—Está bien —dice con calma—. No tires. Eso lo encajará más.
—De acuerdo.
—Aguanta.
Su voz se mantiene serena.
—Voy hacia ti.
Desciende lentamente hasta quedar más cerca de mí.
Trago saliva. La pantorrilla empieza a acalambrarse de sostener el peso en un ángulo tan antinatural, y el corazón me late tan fuerte que ahoga todo lo demás.
—Mírame —ordena, aún calmado—. No mires hacia abajo. Solo mírame.
Busco sus ojos. Su mirada es firme, y esa certeza tranquila me alcanza y frena el galope de mi corazón.
—Bien —dice—. Estás a salvo. Tienes buenos agarres. Y no me voy a mover de aquí.
Una oleada de emoción me invade. Podría haber seguido escalando y haberme dejado aquí atascada, pero no lo ha hecho.
—Ahora dime dónde se ha enganchado —murmura—. ¿En la punta o en el lateral?
Obligo a mis ojos a mirar la bota. La roca muerde el borde exterior. Noto presión en el tobillo.
—El lateral —digo—. Está encajado.
—De acuerdo —asiente una vez—. Vas a liberarlo poco a poco. Primero, pasa el peso a las manos. Solo un poco. Dale holgura a la bota.
Mis brazos protestan de inmediato. Ya tiemblan por el esfuerzo. Pero lo hago, centímetro a centímetro, y voy quitando peso del pie atrapado. Los hombros me arden.
—Así está bien —dice Luke—. Ahora vas a girar el tobillo, no la rodilla. Un movimiento pequeño. A la derecha, luego a la izquierda.
Trago saliva y hago lo que dice. La bota se mueve. No está libre, pero se mueve. El alivio me recorre. Giro el tobillo de nuevo. El pie se libera tan de repente que me tambaleo un poco. Aprieto el agarre.
—Eso es —dice con aprobación—. Comprueba el tobillo. ¿Puedes apoyarte en él?
Lo pruebo con cuidado. Está un poco dolorido, pero aguanta.
—Sí.
—¿Estás bien?
Inspiro hondo, temblorosa.
—Estoy bien.
Me estudia un segundo más, como para asegurarse de que realmente estoy bien.
—De acuerdo, sigamos. Copia mis movimientos. No te apresures.
Cuando Luke escala la siguiente sección, coloco el pie donde él puso el suyo y deslizo los dedos en la misma grieta que usó. Cuando supera el último tramo empinado y alcanza terreno llano, se gira de inmediato con el brazo extendido.
—Agárrate a mi mano —dice en voz baja.
Me agarro a ella con gratitud. Su mano es cálida y áspera, mucho más grande que la mía. Aprieta el agarre y me iza sobre el borde. Me desplomo de rodillas; las piernas se niegan a sostenerme más.
—¿Estás bien? —pregunta. Hay una suavidad en su voz que no le había oído antes.
Asiento sin decir nada, con un nudo en la garganta.
Me aprieta el hombro con suavidad.
—Voy a ver cómo está Gordon.
Unos minutos después, Luke se agacha para ayudar a subir a Gordon, que tiene la cara pálida. Gordon se desploma en el suelo y luego se tambalea hacia una franja de sombra bajo un árbol moribundo.
—¿Estás bien, Gordon? —pregunta Luke.
—Estoy bien —jadea—. Déjame sentarme un minuto.
Me acerco al borde y miro hacia abajo para calcular la distancia hasta Jake.
La cuerda no es bastante larga para alcanzarlo desde arriba.
Luke estudia la caída y parece llegar a la misma conclusión.
Se le hunden los hombros y cierra los ojos, como si contara hasta tres.
El sudor le corre por la sien. Se limpia la frente con el antebrazo, aprieta la mandíbula y empieza a bajar de nuevo.
Se me hace un nudo en el estómago al verlo escalar hasta una repisa donde la roca se nivela. Desde allí, baja la cuerda hasta Jake.
—Asegura las mochilas primero —grita—. Luego tú.
La voz de Jake llega desde abajo.
—De acuerdo. Listo.
Luke iza las mochilas hasta la repisa y vuelve a soltar la cuerda.
—Mete la mano buena en el lazo y pega la muñeca mala al cuerpo —le grita a Jake—. Usa las piernas. Yo hago el resto.
Luke afirma las botas en la roca, recoge la cuerda sobrante y empieza a tirar.
Jake va subiendo centímetro a centímetro y empuja con los pies donde puede.
Cuando Jake alcanza la repisa, Luke lo deja bien apoyado contra la roca y vuelve a subir para anclar la cuerda en un árbol robusto para el tirón final.
Lanza el extremo de la cuerda hacia abajo y clava las botas de montaña en el suelo para afianzarse.
El sudor le gotea por la cara mientras tira.
Gruñe por el esfuerzo; se le marcan las venas de los brazos.
—¡Espera! —grita Jake—. La cuerda se ha enganchado. Aguanta, voy a intentar soltarla.
Luke murmura algo que suena a oración y maldición al mismo tiempo. Nos mira a Gordon y a mí con la mandíbula tensa.
—Me vendría bien algo de ayuda.
Nos levantamos a toda prisa, avergonzados, y cada uno agarra un tramo de cuerda detrás de Luke. Cuando Jake da el visto bueno, tiramos juntos.
La cara de Jake aparece por fin sobre el borde, roja y contraída en una mueca. Luke se inclina y lo arrastra el último tramo con un gruñido. Jake se desploma de costado, sin aliento.
—La próxima vez —jadea— cogemos el ascensor.
Gordon niega con la cabeza.
—No me puedo creer que hayamos escalado esa monstruosidad.
Miro mis manos destrozadas con consternación.
—Yo sí.
—Esto no es más que el principio —dice Luke con cansancio.
#
Acampamos en un hueco ingeniosamente oculto en el lado de sotavento de una pendiente escarpada.
Un saliente de roca sobresale y nos protege del viento y de cualquier amenaza de lluvia.
Mientras Luke y Jake buscan leña por los alrededores, rebusco entre los suministros y me decido por espaguetis y galletas para la cena.
Luke y Jake regresan con brazadas de helechos y ramas de enebro; el aroma agudo y limpio corta el olor a sudor rancio que nos impregna. Luke se agacha y enciende un fuego con el mechero. Encajo una lata de espaguetis en la horquilla de una rama y la sostengo sobre las llamas.
Gordon ya está dormido, todavía sentado, con la boca floja por el agotamiento.
—¿Crees que lo hemos forzado demasiado? —pregunta Jake mientras mastica una galleta.
—Sobrevivirá —dice Luke.
Jake alarga la mano hacia otra galleta y le doy un manotazo.
—Venga —dice, medio suplicante, medio con mueca de dolor—. Una más.
—Estamos racionando, ¿recuerdas?
—Intento olvidarlo con todas mis fuerzas —murmura.
Cuando los espaguetis están listos, Luke dice:
—Despierta a Gordon.
—Está agotado —digo—. ¿Por qué no lo dejamos dormir?
—Se derrumbará mañana si no come —dice Luke con brusquedad—. Despiértalo.
Me acerco a Gordon y le sacudo suavemente el hombro.
—Gordon.
Cuando no responde, lo sacudo con más fuerza.
—Gordon, vamos.
Por fin se mueve y murmura algo ininteligible. Con la ayuda de Jake, consigo ponerlo en pie y lo guío hacia el fuego. Tiene un aspecto terrible. Su rostro está gris bajo la luz parpadeante de las llamas, y sus ojos, apagados por el cansancio.
Frunzo el ceño.
—No me gusta su aspecto.
Luke le echa un vistazo a Gordon.
—Seguramente no ha hecho ejercicio de verdad en su vida, y de repente se ha visto obligado a caminar kilómetros a esta altitud. ¿Cómo esperas que esté?
—No así —insisto.
—Estará bien —me tranquiliza Jake—. Solo necesita comer y descansar.
Comemos en silencio; el hambre se impone a lo insípido y poco apetecible de la comida. Nadie tiene energía para conversar. Incluso Jake está callado, sin su habitual comentario continuo. El único sonido es el chasquido y el siseo del fuego.
Después de quitarme lo peor del sudor y la mugre con una toallita húmeda, desenrollo mi saco de dormir cerca del fuego y me meto dentro.
Solo tenemos tres. Jake se mete en el saco más grande, el de Joshi, medio dormido ya mientras pelea con la cremallera.
Gordon se queda inconsciente en cuanto su cabeza toca el saco; ronca ligeramente, con las mejillas enrojecidas por el fuego.
Luke es el único sin saco de dormir, pero nos asegura que la gruesa manta de lana de yak que cogió del avión basta para mantenerlo caliente. Sacude la manta, se acuesta a mi lado y se gira de costado.
Durante un brevísimo instante, nuestros ojos se encuentran. Noto la pequeña cicatriz en su ceja derecha.
—Gracias —susurro.
—¿Por qué?
—Por ayudarme cuando me quedé atascada.
—No hay problema.
Pasan unos segundos mientras seguimos mirándonos. El fuego crepita. Alguien se remueve dormido. Ninguno de los dos se mueve.
—Quiero disculparme —dice, con la garganta tensa—. Por lo que dije antes.
Me invade la sorpresa.
—No te detengas ahora.
Se le tuerce la boca.
—No vas a dejarme salir del paso con una versión corta, ¿verdad?
—Me parece justo.
—Sí.
Se queda callado un momento.
—Lo que dije de que no eras una dama... fue cruel. Y lo siento.
Se me cierra la garganta.
—Disculpa aceptada.
—¿Quieres intentar otra tregua?
Levanto una ceja con escepticismo.
—La última duró poco.
—Apuntemos más alto esta vez —propone—. Veinticuatro horas, al menos.
—Audaz de tu parte.
—Me siento con suerte.
—Ya veremos cuánto te dura la suerte.
—Entonces, ¿eso es un sí a la tregua número dos?
—Es un sí.
Tumbada aquí, con el frío apretando y el cielo cuajado de estrellas, le ofrezco una sonrisa tímida.
El corazón me da un vuelco extraño cuando sus labios se curvan en respuesta.
Pienso en lo rápido que he pasado de rechazar su autoridad a depender de ella más de lo que quisiera.
Me mira fijamente durante un largo momento.
Hay un destello de algo en su mirada, algo como interés, que me roba el aliento.
Entonces dice, con la voz un poco ronca:
—Buenas noches, Marie.
Y se da la vuelta hacia el otro lado, dejándome frente a su ancha espalda.
—Buenas noches —digo en voz baja.
El humo acre y ligeramente dulce del fuego de enebro flota sobre mí. Luke se ha dado la vuelta, pero el espacio entre nosotros sigue cargado de tensión. Me arrebujo en el saco de dormir y cierro los ojos. Estoy agotada, pero pasa mucho tiempo antes de que consiga dormirme.