Decisiones imposibles 14
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LUKE

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Levanto la caja de encima de Joshi y contemplo en silencio su cuerpo inmóvil. Una oleada de dolor me invade el pecho.

Jake se arrodilla junto a Joshi, con la muñeca torcida apretada contra el pecho.

—Ay, Dios, amigo, ¿por qué tuviste que levantarte? ¿Por qué no te quedaste en tu sitio?

—No había nada que pudiéramos hacer —dice Gordon—. Marie intentó ayudarlo, pero no se lo permití. La habrían matado. Creo que le salvé la vida.

El desafío en su voz contrasta con el temblor de sus manos.

Lo miro fijamente sin decir nada.

Mi mirada se posa en Marie. Está acurrucada y en silencio, con la cabeza gacha. La sangre le apelmaza el pelo. Trago con dificultad. Tengo un nudo en la garganta.

—Tenemos que salir del avión —digo cuando por fin logro que me salga la voz—. Todavía hay riesgo de incendio.

—Probé con la puerta de carga —dice Jake—. Está aplastada. No puedo abrirla.

Me inclino e inspecciono el metal retorcido.

—Tendremos que salir por la cabina como podamos.

Gordon retrocede sin decir palabra, con la mirada huyendo de Joshi.

—Será mejor que vayas tras él —le digo a Jake—. No quiero que se haga daño con las prisas por salir.

—¿Y tú?

—Necesito recuperar algo. No tardaré.

—¿Joshi?

—Yo me encargo de él. Sal.

Jake vacila y luego se tambalea hacia la cabina. Busco entre el caótico revoltijo de ropa, cables y escombros esparcidos por el suelo. Por fin encuentro lo que busco. Me meto la caja bajo el brazo y me vuelvo hacia Marie.

Sigue en el mismo sitio. Y sigue sin levantar la vista.

Le pongo una mano en el hombro con suavidad. Se estremece, y aprieto los labios.

—Tenemos que irnos —digo.

Se levanta como una autómata, con los brazos caídos a los costados. Mantengo la mano cerca de su espalda sin volver a tocarla, lo bastante cerca para sujetarla si se desploma.

—Jake —llamo—. Echa una mano a Marie.

Jake le tiende la mano buena y ayuda a Marie a trepar a la cabina.

Agarro una lona, envuelvo a Joshi con todo el cuidado que puedo y me lo echo al hombro.

Gordon ya está en el parabrisas con un martillo, arrancando los restos dentados.

Se agazapa sobre la cubierta y, para mi sorpresa, ayuda primero a Jake a salir.

Marie va después, deslizándose torpemente por el morro del DC-3 antes de dejarse caer al suelo.

Gordon la sigue. Yo soy el último en salir.

Fuera, el aire es frío y cortante, impregnado de olor a combustible y metal.

Nos quedamos allí en silencio, asimilando los daños.

El avión yace roto y destrozado en el suelo, con un ala arrancada y puntales deformes que cuelgan.

Trozos de metal retorcido, cables eléctricos deshilachados y fragmentos del motor se esparcen en todas direcciones.

Los pocos árboles que quedan en pie están tronchados y ennegrecidos.

Las rocas tienen rayas plateadas donde la piel de aluminio las raspó.

He aterrizado en un tramo de terreno llano cubierto de hierba en el fondo de un valle.

Montañas imponentes de cumbres nevadas nos rodean.

—Es un milagro que hayamos sobrevivido —dice Gordon.

Marie tiembla. El viento le azota el pelo contra la cara. No hace ademán de apartárselo.

Me quito la chaqueta.

—Necesito ayuda con Joshi.

A Jake le duele demasiado la muñeca, así que Gordon me ayuda a llevar a Joshi a poca distancia del avión. Lo depositamos donde el terreno es llano y lo cubrimos con piedras bajo un dosel vigilante de nubes oscuras. El montículo parece incongruentemente pequeño.

—¿Deberíamos decir algo? —pregunta Gordon.

—¿Qué?

—Bueno, una oración o...

Se le apaga la voz cuando se cruza con mi mirada.

—¿Para qué? —me sale la voz más plana de lo que pretendía—. Está muerto. Nada de lo que digamos ahora le servirá de nada.

—Se merece unas palabras —dice Jake de repente, pillándome por sorpresa—. El héroe de Joshi era Tenzing Norgay, el primer hombre en escalar el Everest. Todo el mundo conocía a Hillary, y creo que a Joshi le fastidiaba que Norgay nunca recibiera el reconocimiento que merecía.

Se le quiebra la voz, pero sigue adelante.

—Pero nunca dijo nada. De hecho, nunca le oí decir una mala palabra de nadie.

A Jake se le descompone el rostro y no puede continuar. Lo alejo de la tumba de Joshi y lo siento en una roca. Luego abro el botiquín que saqué de los restos y me arrodillo a su lado.

—Tenía esposa y tres hijos —dice Jake, con la mirada fija en el montón de piedras—. Una vez me enseñó una foto. La guardaba envuelta en plástico para que no se mojara. ¿Qué va a ser de ellos?

Noto la presión acumulándose detrás de los ojos. La memoria sabe elegir sus momentos. Le da igual si estás preparado.

—No te preocupes por ellos. Ya me encargaré.

Jake se limpia la cara con el dorso de la mano y se deja una raya de mugre.

—Habría odiado vernos aquí parados hablando de él.

Tiene razón. Joshi nos habría echado con una sonrisa, diciéndonos que nos pusiéramos en marcha antes de que llegara el mal tiempo.

Le palpo la muñeca con suavidad.

—¿Cuánto te duele?

—Nada que no pueda aguantar —responde Jake—. Tú y yo hemos pasado por cosas peores.

—Sí, así es.

Le improviso una férula tosca para la muñeca y la sujeto con un vendaje apretado.

Mantengo las manos ocupadas para que mis pensamientos no empiecen a desbocarse.

Igual que no puedes sobrevivir a la infancia sin cicatrices, no tienes un pasado como el mío sin que tarde o temprano te alcance.

La distancia te da tiempo, no seguridad.

Noto la mirada de Jake sobre mí.

—No lo hagas, amigo —dice.

—¿Hacer qué?

—Culparte.

La irritación se cuela en mi voz.

—No sabes de qué hablas, Jake.

—Quién sabe qué pasó con esos tapones de aceite. Si fue culpa tuya, y no estoy seguro de eso, fue un error.

La culpa me oprime el pecho.

—Yo no cometo errores.

—Oye, gracias a tu habilidad como piloto, seguimos vivos. Nadie más habría podido aterrizar como tú.

Jake vacila.

—Esto no es como lo de Christine.

—Cállate, Jake.

—Hiciste lo que pudiste. Lo de Joshi no fue culpa tuya. ¿De acuerdo?

No le respondo. Para mi alivio, deja el tema. Reviso la férula de Jake una última vez y miro a Gordon arqueando las cejas a modo de pregunta.

Gordon esboza una sonrisa forzada.

—Nada que puedas arreglar. Aparte de un leve latigazo cervical, no tengo ni un rasguño.

Por fin dirijo la atención hacia Marie, sentada sola en una roca, con la mirada fija en el avión destrozado. Parece más pequeña ahí, replegada sobre sí misma, y algo se remueve dentro de mí, algo que preferiría dejar quieto. Sería más fácil si me estuviera gritando.

Ya he postergado bastante el revisar a Marie. Suspiro y camino hacia ella. No levanta la vista cuando me acerco.

Me agacho frente a ella y le levanto la barbilla con un dedo. Se aparta de golpe.

—Estás herida —digo con voz neutra—. Quiero ver lo grave que es.

—Solo un rasguño.

Su voz ronca suena apagada y plana, como si le costara hablar.

—Un rasguño no sangra así. Déjame ver.

Me deja levantarle la cabeza. Cojo un algodón del botiquín y limpio la sangre, dejando a la vista el corte justo debajo del nacimiento del pelo.

—No es muy profundo. No necesitarás puntos. Tampoco hay fragmentos incrustados. Estarás bien.

Marie no dice nada, aunque se estremece ligeramente cuando le aplico antiséptico en el corte. Presiono una gasa sobre la herida y la fijo en su sitio. Luego le miro los ojos y mi mano se detiene.

Las pupilas están desiguales y ligeramente dilatadas. Shock. Probablemente una conmoción leve. Pero lo que me llama la atención es lo rojos e hinchados que tiene los ojos.

—Has estado llorando.

Su cuerpo se tensa como si fuera a saltar sobre mí. Mantengo un tono desenfadado.

—Tranquila, yo también estuve a punto de llorar.

Veo que sus hombros se relajan un poco.

—Voy a limpiarte —le explico—. No te me desmayes.

Frunce el ceño.

—En mi vida me he desmayado.

—No lo dudo.

Le limpio los surcos de las lágrimas secas sin hacer comentarios. Por razones que no me apetece analizar, no quiero que los demás vean que ha estado llorando. Estoy bastante seguro de que ella tampoco.

Cuando termino, la ayudo a levantarse y nos reunimos con los demás.

—Muy bien, lo primero que...

La voz de Jake me interrumpe.

—¡Luke, el brazo!

Bajo la vista hacia mi antebrazo. Ahí hay una herida abierta, cubierta de sangre coagulada y suciedad. Recuerdo vagamente que salí despedido hacia delante, que me enganché el brazo en algo afilado, el ardor repentino del dolor, y luego lo aparté de mi mente mientras luchaba por frenar el avión.

Gordon se inclina para examinar la herida.

—No tiene muy buena pinta.

—Tiene un aspecto horrible —confirma Jake.

—Ni siquiera me había dado cuenta —digo—. Ahora, gracias a vosotros, me duele horrores.

Jake se rasca la barbilla.

—Deberías curártelo.

—Ya lo haré. Luego.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunta Gordon.

El cielo responde por mí. Un trueno retumba sobre el valle y las nubes revientan como ciruelas maduras en un puño furioso, descargando sobre nosotros una lluvia monzónica. En segundos, estamos todos calados.

—¿Ahora? —grito mientras parpadeo para quitarme el agua de los ojos—. Ahora volvemos al avión como podamos.

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Nos apresuramos a volver a la cabina principal mientras un bombardeo constante de lluvia martillea el fuselaje.

El agua se cuela por las costuras y los paneles desgarrados y gotea sobre el suelo.

Nos quitamos la ropa mojada con dedos entumecidos y empezamos a coger lo que esté seco y sirva.

Jake y yo cogemos prestada ropa de Gordon.

Una vez cambiados, nos sentamos sobre cajas y cajones, lo que encontramos que aún sirva.

Jake localiza tres tabletas de chocolate y las compartimos.

—Esta es nuestra situación —digo—. Estamos a kilómetros de cualquier cosa que se parezca a la civilización. Y nadie sabe dónde estamos.

—¿Nadie en absoluto? —pregunta Gordon, incrédulo.

Le lanzo una mirada de fastidio.

—Pediste que este viaje fuera extraoficial —le recuerdo—. Sin plan de vuelo. Sin papeleo.

—¿Pero no pediste ayuda por radio?

Suelto un suspiro hondo y cansado.

—Sí, conseguí hacer la llamada, pero nos estrellamos antes de que pudiera dar nuestra posición.

Espero un momento antes de soltar la siguiente tanda de malas noticias.

—El avión tampoco tiene un transpondedor que funcione.

Gordon emite un ruido ahogado de incredulidad, que ignoro.

—¿El móvil de alguien funciona todavía? —pregunta Jake, esperanzado.

Marie niega con la cabeza.

—El mío está hecho añicos.

—Da igual, la zona es tan remota que aquí no hay cobertura —señalo.

Gordon deja caer los hombros. —Mi teléfono satelital está destrozado.

Saco un mapa maltratado de una carpeta de papeles arrugados y lo extiendo.

—Tenemos dos opciones —les digo—. Nos quedamos aquí y confiamos en que alguien localice los restos.

O nos dirigimos al este con la esperanza de dar con un pueblo.

Desde allí, quizá podamos contratar a alguien que nos lleve de vuelta a Katmandú.

—¿Katmandú? —interrumpe Gordon—. ¿Y el valle de Tulsi? Necesitamos que nos lleves allí.

Entrecierro los ojos. —Mira a tu alrededor, Gordon. Acabamos de sobrevivir a un accidente de avión. Tu expedición de caza del Yeti se acabó.

Mis palabras hacen reaccionar a Marie. Echa los hombros hacia atrás. —Oh, sí que va a suceder, contigo o sin ti. Si decides no acompañarnos, no verás ni un céntimo de tu dinero.

Noto la tensión acumularse en el cuello. Miro a Jake. Asiente. Me encojo de hombros y vuelvo a mirar a Marie. —Si estáis lo bastante locos como para seguir con este viaje, no me importa quedarme con vuestro dinero.

Pasan unos segundos antes de que Gordon pregunte: —¿Qué posibilidades hay de que un equipo de rescate nos encuentre?

—Nadie se va a matar buscando un vuelo no programado. —Me froto el puente de la nariz y los miro uno por uno—. ¿Hay alguien en casa que pueda echaros de menos? ¿Alguien que alertaría a las autoridades si no dais señales de vida?

Gordon duda y luego niega con la cabeza.

—¿Marie?

Se retuerce los dedos nerviosamente. —Nadie.

Jake da otro mordisco al chocolate. —Mi pensión alimenticia está domiciliada, así que no habrá llamadas frenéticas de mi ex.

—¿Y tú? —me pregunta Gordon.

Niego con la cabeza. —Nadie se preocupará demasiado si no tienen noticias mías en un par de semanas.

—Y la familia de Joshi no lo espera de vuelta en un tiempo —admite Jake en voz baja.

Se hace un momento de silencio mientras la magnitud de nuestra situación por fin nos cala. Estamos solos.

—¿Y si no nos quedamos aquí con el avión? —pregunta Gordon, mordiéndose una uña—. ¿Y si nos ponemos en marcha?

Me llevo la mano a la nuca. —Viajaremos por territorio prácticamente inexplorado. Por cada pueblo hay picos, valles y ríos. Y tendremos que cruzarlos todos.

—Bueno, elijamos lo que elijamos, nos quedaremos sin comida y agua —señala Jake.

Volvemos a quedarnos en silencio.

—Yo voto por irnos —dice Marie finalmente—. Quedarse es morir.

—¿Gordon? —pregunto.

Se le descompone el rostro. —Estoy de acuerdo con Marie —dice al fin en tono apagado.

—Cualquier curso de supervivencia te aconsejará quedarte con el avión, ya que es más fácil localizar los restos de un avión que a un grupo de personas —digo—. Pero no parece que nadie vaya a buscarnos en un tiempo.

—La paciencia nunca ha sido lo mío —añade Jake.

—Saldremos mañana a primera hora —digo—. Estamos por debajo de la línea de nieve y dejaremos un rastro marcado. No será una caminata agradable, pero aún queda esa pequeña posibilidad. Por ella lucharemos.

No hay nada más que decir. Estamos exhaustos y asustados, cada uno replegado en sí mismo, probablemente imaginando los peores escenarios una y otra vez.

—Sugiero que durmamos un poco —digo—. Resolveremos los detalles por la mañana.

Nos cuesta encontrar mantas y sacos de dormir en el revoltijo de nuestras pertenencias, y al final nos tumbamos donde hace más calor. La cueva de aluminio es oscura y ruidosa; la lluvia golpetea el fuselaje como si fueran disparos.

—Oye, colega, ¿estás despierto? —susurra Jake un rato después.

Estoy tumbado boca arriba, con la mirada fija en la oscuridad. —Sí. Estoy despierto.

—Estaba pensando en Joshi.

Me toco el vendaje del brazo, donde Jake me curó el corte antes. —Nos llegará a todos tarde o temprano, Jake. Lo sabes.

—Sí, lo sé. —Guarda silencio un momento—. ¿Qué le pasa a la doctora?

—Una conmoción leve. Nada grave. Por la mañana estará bien.

—Me imaginaba que algo le pasaba. Si hubiera sido la de siempre, tan encantadora, ya te habría machacado.

Un sabor amargo me llena la boca. —Duérmete, Jake.

Un sueño que sé que no me puedo permitir.