10
MARIE
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El bungaló de Luke ofrece una estampa agradablemente acogedora con sus paredes encaladas y sus aleros profundos y salientes, un cambio sorprendente frente a su apartamento de alquiler.
Está apartado de la carretera, detrás de un alto muro perimetral y una verja metálica que se abre a nuestra llegada.
Más allá de la casa se extiende una amplia franja de terreno despejado y una larga estructura de chapa ondulada cerca del lindero del bosque.
—¿Así que de verdad tiene el avión aquí, en su propiedad? —le pregunto a Gordon mientras arrastramos el equipaje por el camino de grava.
—Eso dijo Jake —responde Gordon—. Caldwell tiene una pista privada. No tiene pinta de nada oficial, pero funciona.
—Una pista —repito.
Se encoge de hombros.
—He oído que ha hecho un montón de vuelos desde aquí. Carga, sobre todo. Rutas remotas. No seguiría volando si no supiera lo que hace.
Una leve mueca en sus labios me dice que, sea cual sea la historia que hay detrás, no es sencilla.
—¿Se puede despegar desde una propiedad privada?
—¿Oficialmente? —Gordon dilata las aletas de la nariz—. Es complicado.
—¿Y extraoficialmente?
—Extraoficialmente, pasa. Si no haces ruido, llevas cargas ligeras y no le das a nadie motivos para venir a husmear.
Solo al llegar a la entrada reparo en las cámaras de vigilancia montadas a ambos lados de la puerta principal, con los objetivos apuntando justo donde estamos. Reprimo el impulso de revolverme inquieta e intento proyectar seguridad.
Llevo vaqueros y un top negro con un escote en V pronunciado. Me he recogido el pelo en una coleta alta para combatir el calor, aunque algunos mechones se han soltado y me enmarcan el rostro.
Gordon toca el timbre y un momento después se abre la puerta. Aparece un sherpa radiante, con pantalones atados a los tobillos y una camisa descolorida que cobra vida gracias a un chaleco de colores vivos y estampado. Una gorra nepalí le corona la cabeza con garbo.
—Pasen —nos indica con un gesto, en un inglés cantarín—. El Sr. Caldwell y el Sr. Howard en parte de atrás. Ellos esperando. Mi nombre Joshi.
Lo seguimos a través de una sala de estar ordenada y acogedora, revestida de paneles de madera oscura.
Unos sofás color crema, cubiertos de cojines bordados con dragones, flanquean una mesa de centro teñida de caoba.
En la pared, como llamativo punto focal, cuelga una pintura tibetana tradicional de la rueda de la vida.
Enmarcada en brocado de seda, parece una antigüedad, aunque sé que ciertos comerciantes sin escrúpulos usan humo para envejecer las pinturas artificialmente.
Me pregunto si Luke sabría distinguirla.
Aunque el bungaló no tiene ese aire descuidado e impersonal del apartamento, aún parece faltar algo. Tardo un momento en darme cuenta de qué es. Fotografías. No hay instantáneas de familia ni de amigos por ninguna parte, ni momentos capturados de la vida cotidiana.
Me detengo frente a una estantería abarrotada que va del suelo al techo y recorro los títulos con la mirada.
Predominan, de forma inquietante, los libros sobre análisis de amenazas geopolíticas, con alguna que otra guía de supervivencia intercalada.
Un estante entero está dedicado a libros de arquitectura de tapa dura, incluida una biografía del arquitecto neoyorquino Frank Lloyd Wright, uno de mis favoritos.
Intrigante. Un piloto de carga y supuesto mercenario al que le interesa la arquitectura.
Gordon carraspea.
—Lo siento —digo, sonrojándome un poco al verme pillada en falta.
Con una sonrisa paciente, Joshi nos guía a través de la cocina hacia la puerta trasera. Mientras sigo a Gordon, reparo en los sensores de alarma de las ventanas de la cocina. Echo un vistazo a la sala de estar. También hay sensores allí. Parece que Luke tiene la casa blindada de arriba abajo.
Frunzo el ceño. Nadie se toma tantas molestias a menos que tenga algo que ocultar. O alguien a quien temer.
Seguimos a Joshi al exterior, cruzando el claro hacia el hangar de chapa ondulada.
Las puertas están cerradas. Luke y Jake están delante.
Una caja de herramientas abierta reposa en la hierba junto a ellos, con llaves inglesas y destornilladores esparcidos como si alguien hubiera volcado el contenido a toda prisa.
Luke está agachado sobre algo; capto un destello de metal brillando al sol.
Incluso desde aquí, siento el impacto de su presencia.
Está tan concentrado que no levanta la vista.
Jake, en cambio, esboza una amplia sonrisa.
—¡Eh, Doc, bienvenida! —Se acerca a toda prisa y me da una palmada en el hombro que casi me hace perder el equilibrio. Luego se vuelve hacia Gordon y le estrecha la mano—. Gordon, amigo, no te vas a arrepentir de habernos contratado.
Sospecho que su efusividad tiene más que ver con la cantidad de dinero que le estamos pagando que con un entusiasmo genuino por nuestra llegada.
Luke se incorpora y se acerca sin prisa mientras se limpia las manos con un trapo grasiento. Le tiende la mano a Gordon.
—Luke Caldwell.
Gordon le estrecha la mano.
—Gordon Edwards.
La mirada de Luke se cruza con la mía, y ambos fruncimos el ceño a la vez.
—Gordon tiene un negocio de viajes —le dice Jake a Luke con entusiasmo.
Luke recorre a Gordon con la mirada, nada impresionado.
—Tú y todos los demás en Nepal.
Gordon se tensa.
—También trabajo mucho para el gobierno nepalí.
A Luke se le tensa la mandíbula y la sonrisa de Jake flaquea un instante.
—Eso no lo mencionaste —dice Jake, con los ojos entornados—. ¿Este viaje es asunto del gobierno?
Me invade la irritación. La necesidad de Gordon de darse importancia no nos está haciendo ningún favor.
—Este viaje no tiene nada que ver con el gobierno —digo, esbozando una sonrisa forzada—. Gordon es un amigo que me está ayudando con mi búsqueda.
El destello de suspicacia no ha desaparecido de los ojos de Luke.
—Me gustaría ver el avión —digo, antes de que esto se convierta en un debate.
—Buena idea —se apresura a añadir Gordon.
Luke asiente, pero parece dejarnos plantados en una incómoda espera un momento más de lo necesario. Finalmente, nos guía rodeando el hangar y abre las puertas.
—Ahí la tenéis —dice con orgullo inconfundible—. Un DC-3 con turbina.
No decimos ni una palabra. No puedo apartar la vista del avión.
—Con motores Pratt and Whitney —añade Luke, como si eso debiera tranquilizarnos.
Jake interviene con entusiasmo:
—Unos sudafricanos lo apodaron el «Cometa del Vómito» porque sus vuelos eran tan movidos...
Se calla en seco cuando Luke le lanza una mirada fulminante.
Retrocedo un paso sin querer. —¿Este avión funciona?
—Parece un poco deteriorado —dice Gordon.
Luke nos mira con el ceño fruncido. —Esta preciosidad es una leyenda. Fue el caballo de batalla de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Es incomparable.
Segunda Guerra Mundial. Que terminó en 1945. Eso lo dice todo. Observo el fuselaje castigado por la intemperie, las abolladuras y arañazos en las alas. El óxido mancha el tren de aterrizaje y varios trozos de metal que parecen sueltos brillan con la luz.
Ante nuestro silencio atónito, Luke dice a la defensiva: —Es más que capaz de llevaros adonde vais.
Abro mucho los ojos. —¿Realmente vuela? ¿Despega del suelo? ¿En el aire?
Luke entrecierra los ojos ante mi sarcasmo. —Es esto o nada —dice con voz mesurada.
—Supongo que será esto entonces —dice Gordon finalmente, rompiendo el silencio incómodo—. ¿Cuándo partimos?
Luke se frota la nuca. —Está cargada de combustible y la he revisado, pero quiero echar otro vistazo al motor izquierdo. Dadme treinta minutos.
Gordon asiente. —De acuerdo.
—Habéis elegido un mal momento —dice Luke con naturalidad—. Mediados de septiembre es el final de la temporada de monzones. No es el mejor tiempo para volar.
—¿Será eso un problema? —pregunta Gordon.
—Solo quería advertiros.
—Un poco de lluvia nunca le ha hecho mal a nadie —digo con desenfado.
Luke cruza los brazos. Me fastidia fijarme en cómo sus bíceps tensan la tela de la camisa. —¿Tenéis alguna idea de en qué os estáis metiendo?
Me pongo rígida. —¿Qué quieres decir?
—Este no será un vuelo turístico entretenido —dice con un tono cortante—. Volaremos por una de las zonas montañosas más peligrosas del mundo. Tendremos que lidiar con corrientes de aire impredecibles y pistas de aterrizaje improvisadas. No quiero que entréis en esto con los ojos vendados.
—Somos muy conscientes de los peligros —digo con calma, aunque el pulso se me acelera.
Me sostiene la mirada un momento demasiado largo. No logro descifrar su expresión.
—Oye, Doc, ¿por qué no os preparo una copa a Gordon y a ti? —ofrece Jake apresuradamente—. Dejemos que Luke haga lo suyo. Vamos.
Jake nos guía a Gordon y a mí de vuelta hacia la casa.
No miro atrás.
No tengo que hacerlo.
Siento los ojos de Luke clavados en mí todo el camino.
#
La mesa de la cocina es bastante grande para que los cuatro nos sentemos cómodamente. Joshi sirve a Gordon y a mí café dulce mientras Jake bebe un líquido transparente que huele sospechosamente a alcohol. Jake inclina la taza hacia Joshi, pidiéndole en silencio que se la rellene.
—Jake, no es prudente —oigo susurrar a Joshi.
—Nunca me he caracterizado por mi prudencia —responde Jake, imperturbable.
Joshi, con gesto preocupado, coge la taza y desaparece en la despensa para rellenársela a Jake por cuarta vez.
Cuando regresa, Jake pasa un brazo por los delgados hombros de Joshi. —El mejor guía de todo Katmandú —dice en voz alta—. Los sherpas son escaladores natos. ¿Verdad, Joshi?
—Sí, Jake. Esa razón por la que me contratas.
—No, no, te contraté porque tú y yo nos entendemos. ¿Sabes por qué nos entendemos tan bien? —Joshi niega con la cabeza—. Porque hablas inglés, Joshi. Inglés.
Joshi ofrece una sonrisa tensa. —Haces broma.
—Te prometo que hablo totalmente en serio.
—Estás totalmente borracho —acuso, fulminando a Jake con la mirada.
Antes, mientras Gordon y Jake cerraban los detalles económicos del viaje, aproveché para hablar con Joshi. Aunque solo habla un inglés entrecortado, descubrí que además de trabajar para Luke y Jake, también trabaja como porteador de expediciones por cuenta propia.
No me gusta cómo Jake lo está tratando. Joshi ha escalado una de las montañas más altas del mundo. Jake parece incapaz de levantarse de la cama.
Como si presintiera una confrontación inminente, Gordon interviene apresuradamente. —¿Qué tipo de trabajo soléis hacer Luke y tú?
Jake se encoge de hombros. —De todo tipo.
Trabajos de topografía, misiones de reconocimiento, la ruta del correo.
Transportamos cualquier cosa excepto armas y drogas.
Esa es la única regla inquebrantable de Luke.
—Un deje de resentimiento tiñe sus palabras—.
Cuando a Luke le da por ser caritativo, a veces transportamos refugiados cruzando la frontera.
—Creía que habías dicho que no llevabais pasajeros.
—Turistas —corrige Jake—. Nada de turistas. Luke no tiene muy buena opinión de ellos.
—Ellos tampoco tendrían muy buena opinión de su avión —murmuro.
—Te preocupas demasiado —dice Jake con despreocupación—. Eso es un problema serio, Doc.
—Mi único problema, Jake Howard, es el estado de ese avión. Y deja de llamarme Doc.
—Mira, Doc, el avión de Luke no tiene nada de malo. Puede que no tenga muy buen aspecto, pero es sólido. Sin fatiga del metal, sin filtros de combustible obstruidos, nada de esas... esas cosas.
—Luke cuida bien del avión —añade Joshi con cuidado—. Él no deja que nada le pase a su bebé.
—Sí, Luke adora ese avión —dice Jake, eructando suavemente—. Conoce cada puntal, cada tuerca y tornillo, cada línea de su sistema hidráulico. Estás en buenas manos, Doc.
—Prefiero no estar en las manos de nadie, gracias. —Doy un sorbo al café—. Si Luke es el líder y piloto de vuestro encantador dúo, ¿qué haces tú exactamente?
Jake esboza una sonrisa segura. —Luke no es precisamente lo que se dice una persona sociable. La mayoría de las veces les cae mal a los demás. Así que yo me encargo de los clientes.
Casi me atraganto con el café. ¿Jake se encarga de los clientes? ¿En serio? No tengo ni idea de cómo se las arreglan los dos para llegar a fin de mes.
—También tengo los contactos —continúa Jake, echándose hacia atrás con la silla hasta un punto peligroso—. Si necesitas algo, conozco a quien puede conseguírtelo.
—¿Qué tal un copiloto sobrio? —Miro la taza que sostiene entre las manos—. Creo que deberías dejar de beber eso, sea lo que sea.
—Estoy de acuerdo con Marie —dice Gordon.
—Creo que ambos deberíais meteros en vuestros asuntos —replica Jake alegremente—. Yo no soy el piloto.
Apuro el café y no insisto. La tensión de los últimos días me está pasando factura.
Estoy cansada e irritable, preocupada por Alex y obligada a lidiar con incompetentes que parecen no tener ni idea de lo que hacen.
Respiro hondo, controlándome. Debería relajarme más, intentar no desafiar a todo el mundo constantemente.
He luchado contra todos y contra todo a lo largo de mi vida. Es lo único que conozco.
La puerta trasera se abre y Luke entra en la cocina. Mira a Jake y suelta un gemido. —Oh, no. No me digas que está...
—Lo está —confirmo secamente.
—¿Estoy? —dice Jake—. ¿Qué?
—Pero solo un poquito —le asegura Joshi a Luke.
—¿Qué? —repite Jake.
Luke agarra a Jake por debajo de los brazos y lo pone en pie. Jake pesa más que Luke, pero Luke es más alto y musculoso, y lo maneja con facilidad, el rostro serio.
—Necesito meterle electrolitos —dice Luke.
—¿Dónde los guardas? —pregunto, con un placer perverso por mi autocontrol.
—Segundo armario, arriba a la derecha —dice Luke.
Abro el armario de un tirón y encuentro una caja de sobres individuales.
Joshi ya está llenando un vaso de agua.
Gordon se levanta, vacilante. —¿Puedo hacer algo?
—No. —Luke coge el vaso, mezcla el polvo y se lo planta a Jake en las manos—. Sorbos pequeños. No te lo bebas de golpe.
Jake obedece, bebiendo a trompicones.
—¿Esto, eh, pasa a menudo? —pregunta Gordon.
—Eso no es asunto vuestro.
Cuando los hombros de Jake empiezan a temblar, Luke lo arrastra hasta el fregadero. —Dejadnos solos, por favor. Yo me encargo de él.
Sin decir nada, me dirijo hacia la puerta.
—Si no te importa, preferiría quedarme aquí —dice Gordon.
—Sí me importa —replica Luke—. Esperad fuera.
Cuando cierro la puerta tras nosotros, los últimos sonidos que oigo son los murmullos furiosos de Luke, la voz tranquilizadora de Joshi y Jake, entre jadeos entrecortados, gritando: —¿Qué? ¿Qué?