Decisiones imposibles 9
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MARIE

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—No me puedo creer que aceptaras pagar veinticinco mil a ese hombre. ¡Veinticinco mil!

Gordon se aprieta el puente de la nariz y gime.

—¿Cómo voy a justificar semejante gasto ante la agencia?

Aprieto los dientes. No puedo poner los ojos en blanco. Ya los he puesto tantas veces que me ha dado dolor de cabeza. Son las once de la mañana. Gordon me recogió del hotel hace media hora y no ha parado de quejarse. Ni un bendito segundo de silencio.

—Cálmate, Gordon —le digo—. Asumiré toda la responsabilidad. Derek me dijo que hiciera lo que fuera necesario para traer a Alex de vuelta.

—Pensarán que te aconsejé mal.

Se muerde el interior de la mejilla.

—Nadie en su sano juicio pagaría...

—¡Gordon!

La dureza de mi voz lo hace callar.

—Sé que es mucho dinero, pero Luke Caldwell no habría aceptado menos. Es codicioso y terco, y no quería perder el tiempo regateando.

—¡Regatear!

El resentimiento rezuma en su voz.

—No estamos hablando de unos cuantos céntimos.

—Exactamente. Estamos hablando de un científico extremadamente valioso para tu agencia. El dinero no es lo importante, Gordon. Alex sí. ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo —responde con impaciencia—. Pero tú también tienes que entender que esta misión es mi oportunidad de salir de Nepal.

Frunzo el ceño.

—¿De qué hablas?

—Me han prometido un ascenso y un traslado a un destino mejor si completo esta misión con éxito.

—Entonces a los dos nos conviene llegar a Alex lo antes posible —señalo—. Cueste lo que cueste.

Gordon guarda silencio. Estoy disfrutando de la tranquilidad cuando dice, más para sí mismo que para mí:

—Una parte de mí se entristecerá cuando me vaya.

No me interesa, pero por mantener una relación de trabajo llevadera, hago un esfuerzo.

—¿Cuánto tiempo llevas viviendo en Nepal?

—Cinco años. Es un país fascinante, con todos sus grupos étnicos y sus diversas culturas, pero creo que ya es hora de cambiar.

Miro por la ventana y veo mujeres newari con ropas de colores vivos trabajando bajo el sol abrasador, con herramientas manuales sencillas en los campos de arroz y patatas escalonados en terrazas.

En el arcén polvoriento, un grupo de sherpas en cuclillas se revisan el equipo unos a otros.

Sonrío al verlos. Los sherpas, originarios de la región de Solu-Khumbu, trabajan como guías de montaña en el Himalaya y son gente amable y afable.

Siempre me he llevado bien con ellos; me gusta su carácter tranquilo y su forma de no quejarse nunca. Gordon podría aprender mucho de ellos.

El coche avanza dando tumbos por la carretera llena de baches; el asfalto está irregular y ha desaparecido a trozos.

Nos dirigimos a la casa de Luke en las afueras de Katmandú.

Según Jake, Luke guarda su avión en la finca, y desde allí despegaremos.

Tengo que contener otro suspiro. Menudo montaje improvisado.

—¿El Yeti? —pregunta Gordon, rompiendo el silencio—. ¿No podrías haber inventado una excusa mejor para nuestro viaje?

—No tuve tiempo.

—Pero no sé nada de esa criatura.

—No hace falta —digo, manteniendo un tono neutro—. Eres un amigo que me acompaña en mi búsqueda.

—¿Y si me preguntan?

—Yo me encargo de responder.

Tamborilea con los dedos sobre la rodilla.

—No creo que exista.

—Yo tampoco, pero mucha gente sí. La misma gente que cree en el monstruo del lago Ness y en Bigfoot.

—Seguro que ese tal Caldwell no se lo cree, ¿no?

—No.

Gordon ladea la cabeza con un destello de curiosidad en el rostro.

—Debió de ser un encuentro interesante. ¿Cómo lo convenciste de que aceptara nuestra propuesta?

—Yo no lo convencí —digo con sequedad—. Lo hizo el dinero.

—¿Guardará el secreto sobre nuestro viaje?

Asiento.

—Lo llamé después y le dije que no queremos que esto se sepa. Por lo visto, conoce a alguien que puede hacer desaparecer el papeleo de nuestro vuelo.

—¿Y aceptó... sin más?

—No puso pegas.

—¿Crees que sospecha de tu historia?

Mi mente vuelve a lo que pasó anoche. Recuerdo la fuerza contenida del cuerpo de Luke Caldwell apretado contra el mío, la dureza de sus ojos verdes, la burla en su voz. Siento un revoloteo en el estómago.

—No creo.

Arquea las cejas.

—Esperemos que nunca descubra que le mentiste.