6
MARIE
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Jake Howard parece desear estar en cualquier parte menos aquí. Sus ojos marrones recorren el interior lleno de humo de The Blue Dragon, como si esperara que alguno de los otros comensales viniera a rescatarlo.
Lo fulmino con la mirada, con la ira bullendo en mi pecho.
—¿Dónde está?
Los ojos de Jake se abren como platos.
—Vale, tranquilicémonos todos.
—¿Quieres que me calme? —espeto—. Haz que tu piloto aparezca de una maldita vez.
Gordon suspira y se vuelve hacia Jake.
—¿Dónde ha dicho que está el Sr. Caldwell?
El cuerpo fornido de Jake se retuerce en la silla.
—Está en una, eh... reunión de negocios urgente, muy urgente. Em, envía sus disculpas.
Echo la silla hacia atrás y me pongo de pie.
—Detesto a los mentirosos, señor Howard. Especialmente a los aficionados.
Gordon levanta una mano en un gesto conciliador.
—Marie, ¿por qué no te sientas? Por favor. Estás llamando la atención.
—Créeme, si decido dar el espectáculo, te enterarás.
—Estamos aquí para cerrar un trato, no para hacer enemigos —insiste Gordon, con tono de advertencia—. Estoy seguro de que podemos apañárnoslas sin el Sr. Caldwell. Por favor, siéntate.
Sin dejar de fulminar con la mirada la cabeza gacha de Jake, suelto un suspiro de exasperación y me dejo caer de nuevo en la silla.
Este Luke Caldwell está batiendo récords de incompetencia.
Si ni siquiera es capaz de presentarse a una reunión concertada, ¿cómo voy a confiar en que nos lleve a un valle aislado en las montañas?
Un camarero viene a tomar nota. Gordon espera a que se vaya para volverse hacia Jake.
—La Dra. Taylor y yo deseamos contratar su avión y sus servicios, señor Howard.
Jake me mira con incredulidad.
—¿Doctora?
—Soy científica —digo con sequedad.
Arquea las cejas con sorpresa.
—Vaya. Vale. No me lo esperaba.
—Su profesión no es relevante para nuestra conversación —dice Gordon, frunciendo el ceño.
—Sí, claro.
Jake carraspea.
—¿Cuál es su destino?
—El valle de Tulsi —dice Gordon.
—Eso está cerca de la frontera tibetana, ¿no?
—Sí.
Jake tamborilea con los dedos sobre la mesa.
—Esa zona es un infierno. Necesitas todo tipo de pases y permisos para entrar.
—Ya me he ocupado de eso —le asegura Gordon.
Jake lo estudia con ojo crítico.
—Debes de ser un hombre bastante importante, Gordon. No te importa que te llame Gordon, ¿verdad?
—En absoluto —responde Gordon, encogiéndose de hombros con falsa modestia—. Tengo varios contactos influyentes en Nepal.
Me contengo para no poner los ojos en blanco. Hace un segundo, Jake no podía imaginarme fuera de un grupo de secretarias. Ahora Gordon asciende a la categoría de alguien importante. Aquí sobran los prejuicios.
—¿Y a qué te dedicas para ganarte el pan, Gordon?
—Dirijo una agencia de viajes.
Un destello de decepción cruza el rostro de Jake.
—Así que te pasas el día organizando excursiones al campamento base del Everest.
—Las expediciones al Everest son populares, sí, pero las rutas de refugio en refugio también son...
—Sí, sí, fascinante, Gordon. Ah, hora de comer.
Jake se relame anticipando el festín mientras un camarero sudoroso coloca un gran cuenco de curry de pollo frente a él.
Observo horrorizada y fascinada cómo Jake coge una cucharada de curry y se la mete en la boca.
Come como he visto comer a muchos lugareños, chasqueando los labios ruidosamente después de cada bocado.
De vez en cuando, suelta un jadeo y echa mano de su taza de raksi, un potente licor de arroz, que apura a toda prisa.
Gordon, con cara de estar enfermo, apenas picotea su plato tibetano de pasta rellena de verduras, mientras yo ignoro por completo mi sopa de lentejas.
—Entonces, ¿por qué queréis ir a ese valle? —pregunta Jake con una amplia sonrisa que deja ver hilos de pollo grasiento entre los dientes.
—¿Conocer el propósito de nuestro viaje es un requisito previo para que aceptes llevarnos? —pregunto.
Jake parece desconcertado.
—Eh, ¿qué has dicho?
—¿Necesitas saber el motivo? —parafraseo con impaciencia.
—Oye, si no es asunto mío, solo dilo.
Se lame las puntas de los dedos.
—Demonios, no me ofenderé. Mientras tengáis pasta para pagar el viaje, Doc, sé cuándo mantener la boca cerrada.
Gordon hace una mueca ante la ordinariez de Jake.
—Tenemos intención de pagarle adecuadamente por sus servicios, señor Howard.
—Jake.
Gordon inclina la cabeza.
—Jake.
Cojo mi bolso mientras se hacen la pelota mutuamente.
—Ya que el negocio está cerrado, os dejo a vosotros dos con la logística.
—Oye, espera un momento —dice Jake—. No he dicho que sí.
Gordon frunce el ceño.
—No lo entiendo. Podemos pagarle. ¿Cuál es el problema?
—Gordon, amigo, si dependiera de mí, ya estarías transfiriendo el depósito. Pero Luke es quien manda aquí. Es el dueño del avión y el único que sabe pilotar ese trasto.
—¿No eres piloto?
—No.
—Recuérdame —digo con voz melosa, ladeando la cabeza como si sintiera verdadera curiosidad—. ¿Por qué el único hombre que puede pilotar vuestro avión no está en esta reunión?
Jake se rasca la nuca.
—Como te dije, está en una...
—...reunión de negocios —termino la frase por él. Dejo pasar un momento y luego digo en voz baja—: Mentiroso.
Me pongo de pie.
—Esto ha sido una completa pérdida de tiempo.
El color le sube por el cuello.
—Vale, admito que mentí un poco, pero tenía... ¿quieres sentarte? Solo escúchame... por favor... gracias. Mira, transportamos carga, no pasajeros. A Luke le dan manía los vuelos turísticos.
—Seguro que haréis alguna excepción, ¿no? —pregunta Gordon.
Jake suelta una risa amarga.
—Cuando Luke se mete algo en la cabeza, no hay quien le haga cambiar de opinión.
Me inclino hacia él.
—Os compensaremos bien a los dos.
—Puedo trabajármelo. Solo necesito un poco de tiempo. ¿Cuándo queréis partir?
—Mañana.
A Jake se le abren los ojos como platos.
—Tienes que estar de broma, Doc. Es imposible que convenza a Luke de que...
—Dame su dirección. Hablaré con él.
Jake esboza una sonrisa burlona.
—No pasarás de la puerta.
Arqueo una ceja.
—Me subestimas. Su dirección, por favor.
Jake suspira.
—Luego no digas que no te avisé.
Coge una servilleta y garabatea la dirección.
—Luke no está en su casa de siempre. Anda por la ciudad una temporada, ha alquilado un apartamento en el casco antiguo.
—¿Está allí ahora?
—Sí, debería.
Al ver mi mirada interrogante, Jake carraspea.
—Estaba dormido cuando me fui.
—¡Dormido!
—Bueno, estaba cansado —responde Jake a la defensiva.
—El profesionalismo de este hombre me deja pasmada.
—Solo tienes que saber cómo tratarlo.
—Le compraré un despertador, para empezar.
Jake resopla.
—Ese tipo de sarcasmo te va a meter en problemas, Doc.
—Me arriesgaré.
Gordon me lanza una mirada sufrida, esa que dice «no estás ayudando».
—Mira, cuando lo despiertes, estará de un humor de perros —dice Jake—. Así que no vayas con exigencias. Y menciona el dinero. Mucho dinero.
Asiento brevemente, dándome por enterada, y cojo la servilleta.
Jake le hace señas al camarero para que traiga la carta de postres.
—Eh, esto lo pagas tú, ¿no, Gordon?
Gordon asiente distraído y Jake le da una palmada en la espalda.
—Buen hombre.
Me pongo de pie.
—Tengo que irme.
—¿Y el postre? —pregunta Jake con ansiedad.
—Pedidlo vosotros —digo, sonriendo para mis adentros cuando Gordon hace una mueca.
—No vas a ir a ver a ese tal Caldwell ahora, ¿verdad? —pregunta Gordon frunciendo el ceño.
—Sí.
—No creo que sea tan buena idea, Marie.
—¿Tienes una mejor?
Jake levanta la vista de la carta de postres.
—La Doc puede quedarse aquí conmigo. Gordon, tú puedes ir a ver a Luke solo.
—¡Qué!
A Gordon se le descuelga la mandíbula un momento. No se esperaba eso.
Al ver cómo el pánico se apodera de su rostro, me doy cuenta de que se cree los rumores de que Luke Caldwell es un mercenario. Yo no. Un impulso travieso me lleva a decir:
—No te importará despertarlo y hablar con él, ¿verdad, Gordon?
Gordon se estremece.
—No creo que sea el tipo de hombre al que le haga gracia que irrumpa en su apartamento.
—En eso te doy la razón —interviene Jake—. El genio de Luke es famoso por aquí.
—Entonces creo que es mejor que vayas tú sola, Marie —dice Gordon tras una pausa—. Quizá le moleste menos que lo despierte una mujer...
Se le apaga la voz y evita mirarme a los ojos.
Clavo la mirada en la cabeza gacha de Gordon.
Hay algo ahí, en su elección de palabras, en su tono, que me parece importante.
Pero entonces pienso en Alex, esperando en un pueblo aislado en las montañas, completamente solo, sin saber si iré o no.
Y lo que Gordon esté insinuando pasa a un segundo plano.
Me cuelgo el bolso del hombro y dejo a Jake repantigado en su silla, encorvado sobre la carta, mientras Gordon mira el reloj de reojo.
—Buena suerte —me grita Jake sin levantar la vista—. La vas a necesitar.