Decisiones imposibles 5
7%

5

MARIE

––––––––

El Aeropuerto Internacional Tribhuvan de Katmandú me recibe con ese caos apenas contenido que no tengo fuerzas para soportar.

Hombres de negocios trajeados, familias sij con turbantes de colores vivos y mochileros mascando chicle con sus enormes mochilas pugnan por ocupar el mismo espacio. El aire huele a queroseno y sudor.

Tamborileo impaciente con los dedos en la pierna mientras espero a que los agentes de aduanas nepalíes registren mi equipaje.

Sé que solo hacen su trabajo, pero no estoy de humor para valorar la diligencia de nadie.

Por mi visita anterior, sé que cuando salga de Nepal el registro será aún más exhaustivo, a cargo de funcionarios empeñados en frenar la exportación ilegal de antigüedades.

Me arden los ojos y tengo la piel pegajosa por el aire reciclado y demasiadas horas con la misma ropa. Parece que no he hecho otra cosa que vegetar en salas de espera de aeropuertos y arrastrarme de un vuelo de conexión a otro.

En algún momento entre la última escala y esta cola de aduanas, caigo en la cuenta de lo rápido que sucedió todo.

Un minuto estaba encerrada con Derek Gant, viendo mi vida resumida en puntos mientras me contaba que Alex había desaparecido en Nepal con algo para lo que el mundo aparentemente no está preparado.

Al siguiente, le estaba mintiendo a Victor, diciéndole que Alex se había puesto en contacto conmigo y que solo aceptaría reunirse conmigo, tal como Derek me había indicado.

Cuando Victor sugirió enviar a alguien de CTP conmigo, me negué, insistiendo en que eso solo conseguiría que Alex volviera a desaparecer.

Unos días después, ya estaba todo listo: permiso aprobado, vuelos reservados, un contacto en Katmandú esperándome.

No dormí mucho en el vuelo. A pesar del agotamiento, el torbellino de recuerdos que afloraban me mantuvo en vela.

Hace dos años, Alex insistió en que lo acompañara en unas vacaciones sabáticas de dos meses en el Himalaya.

Para él, el propósito del viaje era buscar al Yeti, la legendaria criatura similar a un oso que supuestamente habita en las altas laderas.

Era una ambición que llevaba años alimentando.

Me asombraba su determinación por demostrar la existencia del Yeti, incluso cuando hacía oídos sordos a los colegas que bromeaban sugiriendo que se pasara a zoología...

o a mitología. A diferencia de mí, a Alex siempre le había importado la admiración y aprobación de otros científicos, así que aquel viaje parecía algo impropio de él.

Acepté acompañarlo, no tanto por el deseo de ver una criatura mitológica cuya existencia rechazaba de plano, sino por una necesidad desesperada de escapar.

Mientras Alex examinaba excrementos de animales, recogía fragmentos de huesos y exploraba cuevas con la esperanza de que alguna resultara ser la guarida del Yeti, yo leía al sol, deambulaba por los bosques y daba largos paseos en solitario por senderos de montaña.

Aunque el viaje no le dio a Alex la gloria de resolver uno de los últimos grandes misterios del mundo, aún recuerdo aquellos dos meses como un respiro mágico para los dos.

Suspiro aliviada cuando por fin salgo de la terminal. Bocinas, gritos y los reclamos cantarines de los vendedores ambulantes se funden en un solo estruendo incesante. Rebusco en el bolso las gafas de sol y me las pongo.

Un nepalí sonriente aparece de pronto frente a mí.

—Memsahib, venga. Venga, venga.

Intenta coger mi maleta, pero la aparto de un tirón.

—Estoy esperando a alguien —le digo.

Asiente con entusiasmo.

—Sí, memsahib. Esperar jefe de agencia.

Se señala el pecho con un dedo manchado de nicotina.

—Conductor de agencia. Jefe espera. Venga.

Antes de que pueda responder, me arrebata la maleta y sale disparado.

—¡Eh, espera! —grito.

Mascullo entre dientes y echo a correr tras él, pidiendo disculpas a toda prisa mientras me abro paso a empujones e ignoro las miradas furiosas que me lanzan.

Apenas distingo su figura ágil zigzagueando entre la multitud.

Por fin se detiene junto a un Mercedes color crema cercado por bicitaxis.

Estira el cuello, me localiza y agita los dos brazos como si yo pudiera perder de vista a la única persona de los alrededores que huye con mi equipaje.

Señala el Mercedes.

—Jefe dentro.

Parece tan satisfecho de sí mismo que mi irritación se esfuma enseguida.

—Vale. Gracias.

Se abre la puerta trasera del Mercedes y sale un hombre alto y rubio con traje oscuro y camisa naranja chillón.

—¿Dra. Marie Taylor?

—Sí.

—Gordon Edwards —dice, y me tiende la mano—. Seré su enlace aquí.

Tiene la mano fresca y seca. Parece de esos hombres que encajan mejor en una sala de conferencias de hotel que en una calle ruidosa de Katmandú.

Le suelto la mano.

—¿Cómo me ha reconocido su conductor?

—Por el pelo —explica, algo incómodo—. Me dijeron que sería, eh, imposible pasarlo por alto.

Resisto el impulso de tocarme los rizos pelirrojos. Genial. Mi rasgo más llamativo, por lo visto. El mismo que me condenó a años de burlas despiadadas en el colegio.

—¿Qué tal el vuelo? —pregunta Gordon.

—Lo de siempre. Largo y agotador.

Asiente comprensivo. Me tomo un momento para observarlo.

Lleva el pelo cuidadosamente peinado, la corbata perfectamente recta, incluso con este calor.

No tiene patas de gallo alrededor de los ojos, de un azul pálido.

Nunca se me ha dado bien leer a la gente —ahí está lo que pasó en Los Álamos— y no sé qué espero ver escrito en su cara.

Señalo hacia su coche.

—¿Nos vamos?

—Sí, claro.

El trayecto desde el aeropuerto hasta el centro resulta sorprendentemente tranquilo.

Encorvado sobre el volante, el conductor sortea el laberinto de calles estrechas de Katmandú, avanzando despacio junto a comerciantes nepalíes que vigilan pirámides tambaleantes de frutas y verduras.

Adivinos, artistas callejeros y comerciantes tibetanos cargados con sacos de grano abarrotan la zona del mercado.

Unas adolescentes se asoman por balcones desvencijados y saludan a los tenderos.

Frenamos en seco cuando una vaca cruza la calzada y se planta allí sin más. Nadie la aparta, porque en Nepal las vacas son sagradas.

Bajo la ventanilla. Entra una bocanada de aire caliente, cargado de olor a aceite frito, perfumes dulces, especias machacadas y humo de leña.

—¿Qué le parece Katmandú hasta ahora? —pregunta Gordon.

Me encojo de hombros.

—No está mal. Ya he estado aquí antes.

Ladea la cabeza.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace dos años.

Espera, pero no añado nada más.

—Eso me ahorrará tener que explicarle las cosas —dice al fin—. Aunque seguro que nota algunos cambios.

Vislumbro una valla publicitaria de estilo occidental que muestra sus productos brillantes y llamativos junto a un santuario hindú en ruinas. —Algunos.

—Nepal tiene sus desafíos, pero hay mucha gente trabajando para mejorar la situación —dice mientras alisa un pliegue de sus pantalones—. ¿Fue por negocios o por placer?

—¿Qué?

—Su visita de hace dos años. ¿Fueron vacaciones?

—Sí. Vacaciones —cambio de tema—. Supongo que le han informado sobre Alex Robson.

—Me han informado, sí.

—Tendremos que organizarnos para llegar hasta él.

—Ya tengo preparada toda la documentación necesaria para llegar al valle de Tulsi.

—De acuerdo. Gracias.

El pueblo de Bodhi, en el valle de Tulsi, es el mismo pueblo del Himalaya donde Alex y yo estuvimos antes. Por las notas de investigación que me dejó, supongo que me está esperando allí.

Gordon tamborilea con un dedo sobre la rodilla. —Cuanta menos gente sepa de este viaje, mejor. Derek mencionó que podría haber otros interesados en la información —baja la voz—. Mencionó específicamente a los chinos.

Frunzo el ceño mientras una inquietud me recorre.

Derek no se había molestado en advertirme sobre los chinos.

Si el Proyecto Hydra —el nombre que le puso Alex y que yo he adoptado— es tan importante, ¿por qué enviar solo a un operador turístico excesivamente acicalado y a mí para reunirnos con Alex?

¿Y qué pasa con Victor y Philip en CTP? Me sorprende que la insistencia de Alex en mi presencia en Nepal no les despertara sospechas.

La naturaleza del Proyecto Hydra también me preocupa. Sigo diciéndome que solo estoy aquí porque Alex podría necesitarme, pero no puedo negar que mi curiosidad científica se ha despertado... y también mi inquietud. ¿Qué demonios es Hydra? ¿Por qué tanto secretismo?

Las preguntas me acosan, exigen respuestas, y no tengo ninguna. Por ahora, la logística es lo único en lo que puedo influir. —¿Conoce a alguien que pueda llevarnos en avión?

—Luke Caldwell —dice Gordon de inmediato—. He oído que es un piloto excelente. Y es ex-SAS.

—¿Lo conoce?

—No personalmente —dice Gordon—. Pero su nombre sale mucho cuando uno pregunta quién está dispuesto a asumir los vuelos más arriesgados —me mira con expresión cautelosa—. Para algo tan delicado, sería difícil encontrar a alguien mejor.

—Si este Luke Caldwell no está disponible, ¿tiene a alguien más en mente?

Gordon niega con la cabeza. —Las otras compañías de vuelos chárter son reacias a adentrarse tanto en el Himalaya. Sobre todo ahora, en temporada de monzones.

—Entonces tendremos que convencer a este Luke Caldwell de que nos lleve.

—Debo advertirle, eso sí, que tiene una reputación bastante turbia.

Frunzo el ceño. —¿Qué tipo de reputación?

—Hay rumores de que es mercenario.

—Señor Edwards...

—Gordon.

—Gordon —repito con impaciencia—. Ahora mismo me da igual lo que sea o lo que haya hecho, siempre que sepa pilotar un avión y no nos estrelle.

—Como usted diga. Si no recuerdo mal, Caldwell tiene un socio. Organizaré una reunión con ellos para esta noche.

Asiento y apoyo la cabeza en el respaldo mientras cierro los ojos para dar por terminada la conversación. Es un buen resultado, me digo. Tenemos un destino y un piloto. Entonces, ¿por qué no consigo quitarme de encima la sensación de que acaban de tomarme el pelo?