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MARIE
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Victor pulsa el timbre de su escritorio y le pide a Ellen que haga pasar a Philip Sanders.
Un hombre alto y corpulento, con un traje caro y de corte impecable, entra en el despacho de Victor y se dirige directamente hacia mí.
Sus ojos azules me estudian con tanta intensidad que no puedo evitar sentirme como un espécimen en una placa de Petri, donde se introducen nuevos elementos para observar cómo reacciona.
—Philip Sanders —dice a modo de presentación, y automáticamente estrecho la mano que me tiende—. Por favor, tome asiento.
La curiosidad me puede. Vuelvo a sentarme, y Philip toma la silla junto a mí.
Philip se aclara la garganta.
—Tengo entendido que tiene una buena relación laboral con un colega suyo, Alex Robson.
Me invade la sorpresa.
—Sí.
—También tengo entendido que tiene una relación... personal con él.
Me pongo rígida.
—No sé qué está intentando insinuar, pero mi relación con Alex no es asunto suyo.
—¡Taylor! —Victor golpea el escritorio con el puño. No puedo distinguir, y francamente tampoco me importa, si el rubor que le sube a la cara es de ira o de vergüenza—. Philip Sanders es uno de los patrocinadores más importantes del CTP y merece un poco más de respeto del que usted suele mostrar.
—No pasa nada, Victor. —Philip se vuelve hacia mí y dice con voz suave—: Discúlpeme, Dra. Taylor. No era mi intención insultarla, sino simplemente establecer que existe una amistad entre usted y el Dr. Robson.
—Sí, Alex y yo somos amigos —admito con cautela, ignorando el gruñido de incredulidad de Victor. Puede pensar lo que quiera. Es evidente que no entiende que una relación laboral basada en el respeto mutuo y la admiración puede desembocar con naturalidad en una amistad.
—¿Sabe en qué está trabajando actualmente el Dr. Robson?
—Investigación avanzada sobre síntesis de proteínas —digo con cierta impaciencia—. Mire, ¿esto va a algún lado? Tengo trabajo pendiente y estoy segura de que Victor estará encantado de facilitarle esa información.
—Todo esto tiene un propósito, se lo aseguro —dice Philip con calma—. ¿Sabe dónde está el Dr. Robson en este momento?
—En San Francisco, asistiendo a un congreso de cinco días sobre biología molecular. —La preocupación empieza a desplazar mi impaciencia—. ¿Qué pasa? ¿Le ha ocurrido algo a Alex?
—No lo sabemos. Nunca se presentó al congreso.
Frunzo el ceño.
—¿Qué quiere decir con que nunca se presentó? Yo lo llevé al aeropuerto.
Philip asiente.
—Los registros de la aerolínea indican que embarcó en su vuelo y llegó sin problemas a San Francisco, pero nunca se registró en el hotel. Lleva tres días desaparecido.
La ansiedad me eriza la piel. ¿Alex está desaparecido?
—¿Ha tenido noticias de él, Taylor? —pregunta Victor—. ¿Se ha puesto en contacto con usted?
La forma esperanzada, casi depredadora, con que me mira me pone inmediatamente en guardia. ¿Qué está pasando aquí?
—No he tenido noticias suyas —digo con sinceridad. Sé que si algo hubiera salido mal, Alex me habría avisado primero. No tiene familia y soy su amiga más cercana.
Victor levanta un sobre grande de color marrón.
—Esto se encontró en el escritorio de Alex. Está dirigido a usted, pero nos tomamos la libertad de abrirlo. Estoy seguro de que no le importa.
Aprieto los dientes y le arrebato el sobre de la mano.
—De hecho, sí me importa. ¿No sabe leer, Victor? Ese es mi nombre escrito ahí.
Sus ojos se entrecierran.
—Nuestra prioridad aquí es Alex. Las formalidades quedan en segundo plano en situaciones como esta.
¿Situaciones como cuál? Alex no llegó a un congreso programado.
Eso es preocupante, claro, pero Alex es la impulsividad personificada.
Ahora que he tenido un momento para pensarlo, mi suposición es que decidió tomarse unos días libres.
Sé que ha estado trabajando muchas horas, sin salir del CTP hasta pasada la medianoche.
Sin duda necesitaba un descanso. Como Victor habría montado el escándalo de siempre, Alex probablemente se tomó unos días de vacaciones sin decírselo.
Pero por cómo está actuando Victor, recurriendo a un patrocinador importante del CTP, parece que aquí hay algo más en juego que la ausencia de un empleado.
Le doy la vuelta al sobre y vuelco el contenido sobre el escritorio de Victor. Como ya se han tomado la libertad de revisar todo, no me preocupa la privacidad. Frunzo el ceño. Ante mí se extienden las notas manuscritas de Alex, junto con artículos impresos, todos sobre la leyenda del Yeti.
—¿Le dice algo todo esto? —pregunta Philip.
Noto que me observa con atención, pero eso no me preocupa. Lo único que verá es confusión, que es exactamente lo que siento.
—A Alex le interesan los mitos —digo lentamente—. El Yeti, el Bigfoot, el Triángulo de las Bermudas, los círculos en los cultivos. Siempre anda desenterrando alguna investigación sobre ellos.
Mi tono es desdeñoso, pero mis pensamientos no.
¿Qué se trae entre manos Alex? ¿Por qué dejarme sus notas a mí?
Sabe que no me interesan lo más mínimo. Me pregunto si Philip o Victor saben que hace dos años acompañé a Alex a Nepal para que pudiera buscar al Yeti.
Victor aprobó nuestro permiso, pero por razones puramente mezquinas le ocultamos nuestro destino.
Siguiendo un instinto que no puedo explicar, decido no contarles a ninguno de los dos lo del viaje a Nepal.
—El Dr. Robson estaba trabajando para mí fuera de horario en un proyecto privado —dice Philip en tono despreocupado—. ¿Le comentó algo al respecto?
Miro a Victor.
—¿Sabía usted de esto?
—Sí.
Conteniendo mi irritación, me vuelvo hacia Philip.
—¿Qué proyecto?
—Por desgracia, no puedo compartir los detalles de ese proyecto con usted.
Mantengo la expresión neutra. No quiero que vean lo mucho que me duele que ni siquiera Alex confiara en mí lo suficiente como para mencionármelo.
—¿Cómo voy a saber si Alex me dijo algo si ni siquiera conozco el nombre de este proyecto?
Philip me da la razón con un asentimiento. —El proyecto se llama Ortego.
Una tensión repentina invade la habitación. Reprimo una punzada de inquietud. —No he oído hablar de él —admito.
—Últimamente, el Dr. Robson ha dado en llamar al proyecto «Hydra», por un mito griego absurdo. ¿Le ha oído mencionar ese nombre, quizás?
Niego con la cabeza de nuevo y Philip se relaja visiblemente en su asiento.
—Gracias, Dra. Taylor, por su ayuda.
Se pone de pie y yo hago lo mismo, entendiendo que es hora de irme.
—Por favor, no se preocupe por el Dr. Robson. Probablemente decidió tomarse unos días de vacaciones y simplemente olvidó avisarnos.
—Típico de Alex —digo automáticamente, pero no me lo creo. Victor y Philip ocultan algo, algo que estoy segura tiene que ver con Alex y este Proyecto Hydra. Sea lo que sea, no quieren que me entere. Muy bien, porque pienso investigar por mi cuenta.
—También le agradecería que no mencionara esto a nadie más. No queremos crear alarma innecesaria.
La aprensión se cuela en mí, pero la mentira sale con naturalidad. —No hay problema.
—Si Alex se pone en contacto con usted, Dra. Taylor, avísenos, por favor.
—Sí, por supuesto —digo, sabiendo que no pienso hacer tal cosa.
Mientras recojo los papeles de Alex del escritorio de Victor, se me tensan los hombros al caer de pronto en la cuenta.
Philip ha mencionado que Alex había dado en llamar al proyecto Hydra.
Hace dos años, en Nepal, después de beber demasiadas tazas de raksi casero, Alex y yo acordamos, borrachos, que si alguno de los dos se encontraba en apuros, usaríamos una figura de la mitología griega como señal codificada para pedir ayuda.
Según la leyenda, la Hidra es una serpiente mítica de nueve cabezas difícil de matar porque, cuando se le corta una, crecen dos en su lugar.
Hércules acaba derrotando al monstruo quemando las cabezas mortales y enterrando la inmortal bajo una enorme roca.
La alarma me recorre el cuerpo. Alex está en apuros, y no tengo ni idea de cómo ayudarlo.