Decisión Compartida (Mario Gárate: Detective privado 3) 20
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Llegó el domingo y tal como había quedado con Sara, tocaba el poder disfrutar de ese día estando el máximo tiempo posible junto a ella.

Pero mira por dónde, mi padre, estando desayunando, desbarató mi marcha anunciándome una visita.

En poco tiempo aparecería por casa su amigo Javier Salazar y bien me dijo de poder quedarme un rato para saludarle.

Me pareció ser algo premeditado y no pude por menos que decirle:

–¡Qué pretendes!

–¡Yoo!, nada... bueno sí, como padre, solo quiero que escuches lo que nos vaya a decir.

–Ya salió el padre consejero, Sabes bien que no me arrepiento de todas las decisiones que he tomado y hasta ahora no me ha ido mal.

–Yo no voy a discutir eso y, tanto tu madre como yo, siempre hemos intentado ayudarte en todo lo posible y dejar que las últimas decisiones fueran las tuyas.

Era mejor no entrar en discusión con mi padre porque, como decía, siempre me habían apoyado.

–Venga, vamos a dejarlo y voy a hacerte caso, estaré un momento con vosotros y luego me marcharé; he quedado con Sara.

–¿Cómo os fue la cena?

–Pues muy bien, cocina mejor que tú, aunque no terminamos la cena chupándonos los dedos.

Vio mi padre que había dejado esa seriedad que había tomado al notificarme esa visita y volvió con ese sarcasmo, que solía utilizar.

–No me extraña, en esa cena habrás cuidado de limpiarte los dedos con una servilleta.

No tardó en aparecer su amigo y en verdad, hacía tiempo que no lo veía, pero seguía con esa amabilidad que siempre había visto en él, y no pude por menos que extenderle la mano para saludarle amigablemente, añadiendo:

–Es un placer verte de nuevo, Javier.

Se notaba que era lo suficiente perspicaz como para no comenzar a hablar de lo que en principio pensé para qué había venido.

Su conversación se centraba con mi padre en algo que no venía a cuento de lo que yo pensaba, hasta que llegó el hablar de esa intención inmediata de jubilarse, llegando a decir:

–En verdad que si no fuera porque mi mujer insiste en jubilarme, todavía aguantaría algo más, pero quiere que aprovechemos, ahora que estamos bien, en viajar y me parece bien.

–O sea, que sigues estando satisfecho de ejercer de psicólogo –entró a decir mi padre.

–Pues sí, es una profesión que te causa muchas satisfacciones al prestar ayuda a los clientes que acuden al consultorio –determinó su amigo.

Veía que la conversación se iba acercando hacia lo que mi padre pretendía y me tenía que adelantar, así que entré en la charla preguntando:

–¿Que diferencia crees que hay entre ejercer de psicólogo o de detective?, Las dos ocupaciones buscan el satisfacer a los clientes que requieren de sus servicios.

–Es verdad –alego Javier– estas dos ocupaciones comparte alguna similitud en su trabajo, pero también existen diferencias.

Los psicólogos se especializan en el estudio de la mente y el comportamiento humano y creo que los detectives se centran en la investigación y el análisis de un delito cometido por alguna persona.

–Yo lo que creo ver –intervino mi padre– estas profesiones están bastante relacionadas y Mario bien podría ejercer de psicólogo.

–Esto ya te lo dije, Santiago, y para mí sería una satisfacción que me remplazara, pero eso es cosa de él.

Vaya, llegó el momento clave de la charla y ahí debía definir que decisión debería tomar.

–A ver, a ver, me estáis proponiendo los dos el que ejerza de psicólogo y me parece bien que tu Javier, me ofrezcas desempeñarlo y te lo agradezco, pero hasta ahora me siento cómodo ejerciendo de detective.

–Mira, Mario, no estoy aquí para forzarte a que me reemplaces, estoy aquí porque tu padre y yo tenemos una gran amistad, como tú bien sabes, y me ha llamado para decirme si podía acercarme aquí para que te diera mi parecer sobre el ejercer de psicólogo.

Él esta convencido de que te vendría bien el volver al pueblo, por causas que ahí no me meto, pero te voy a decir una cosa, llevo treinta y cinco años ejerciendo de psicólogo en Turella y te puedo decir que no me ha ido nada mal, además, el vivir en Codela, me ha parecido conveniente.

Me parecía bien residir fuera de la ciudad en donde tenía la consulta.

Solo me queda por decirte que yo estaré lo que queda de este mes y todo el próximo en la consulta, y si decidieses ejercer de psicólogo, te vendría bien el tenerme ese tiempo a tu lado.

Ahí daba por acabada la conversación, dejando claro que la decisión a tomar solo me concernía a mí.

Pues si que me estaba resultando atractivo el regreso al pueblo. Mi deseo era solo el querer estar junto a esa persona por la que sentía algo especial, pero mira por donde, mi padre estaba empeñado en que esa vuelta al pueblo fuera para quedarme en él, fijo.

Seguro que al enterarse de la jubilación de su amigo, no perdió ni un momento en comentarlo con mi hermana y, entre los dos, llegar al acuerdo de hablar con Javier y comentarle la posibilidad de que yo le reemplazara.

El amigo les habría dicho que esa idea le parecía factible de poder realizarse y ahí estábamos con ese ofrecimiento.

Tocaba despedirme de los dos amigos, dejando que siguieran hablando entre ellos, y salir de la casa de mi padre para ir a ver a Sara. El ser domingo, daba pié para poder planear el estar todo el día juntos y algo se nos ocurriría donde dedicarlo, por supuesto, contando con la compañía de su niño.

Una sorpresa me llevé al llegar al piso de Sara, su hermana es la que me abrió la puerta y tras el saludo al verme, me dio un beso en la mejilla e invitándome a pasar.

El hecho de encontrarse allí era el haber llegado a saber que yo me hallaba en el pueblo, y al momento, se ofreció en hacerse cargo del niño para que su hermana quedara libre y poder pasar el día junto a mí.

No tardé mucho tiempo en ver como salía del piso Rebeca, junto al niño, a la vez que apuntó:

–Pasar un bonito día y no tengáis prisa en recoger al niño, yo tengo todo el día disponible para él.

Ahí quedamos en el piso, Sara y yo. y lo primero que oí de sus labios fue:

–No te sorprenda el que haya dejado ir al niño con mi hermana, esta mañana me ha llamado por teléfono para interesarse que planes tenía para hoy y al decirle que te encontrabas en el pueblo, al momento se ha brindado en venir a por el niño para que yo quedase libre.

–Rebeca es una buena chica y bien: ¿te parece acertada la idea de haberte dejado libre? Así puedes hacer lo que te de la gana y si yo te estorbo, no tienes nada más que decírmelo.

–Tú lo que eres es un tonto...

–Eso ya lo sé, no es la primera vez que me lo dices –respondí poniendo cara triste.

–Sí que eres de lo más tonto, y no sé porqué te aguanto.

Tras esas palabras, se acercó a mí y me dio un tremendo beso en los labios, al cual no me costó nada unirme a él. En verdad, estar junto a esa mujer me causaba unas inmejorables sensaciones y además, sentirme satisfecho de tenerla cerca.

–¿Donde quieres que vayamos? –me preguntó tras esa muestra de afecto.

–Podemos ir a comer a Turella, y si quieres, vamos a comer a ese restaurante que te agrada.

–Si te parece bien, mejor vamos a ir a otro lugar que tengo ganas de ir. Me refiero a unas bodegas que están cerca de Turella, pero que hace tiempo que no he visitado. Además, tienen un hotel y un restaurante y bien podemos comer allí. No sé si tú has estado.

–No, no he estado, pero me parece bien tu elección. Y a ver tú, señora enóloga y especialista en la elaboración del vino, espero que el que me vayas a recomendar, cuando estemos en esa bodega, tenga buen equilibrio entre el aroma y el sabor, que soy un buen catador.

–A ti lo que te voy a recomendar es agua del grifo para purificar tu alma.

Esa era otra de las facetas que me encantaba de Sara, el tomar alguna de mis ocurrencias con cierto humor. Pero bueno, tocaba el ir a por el coche al garaje de mi padre, mientras Sara terminaba de arreglarse.

Así lo hice y estuvo bien no encontrar a mi padre. Al parecer se había ido con su amigo y me libraba de darle explicaciones. De inmediato me puse en marcha, pero antes pasé por mi habitación para coger algo que estaba destinado a esa persona por la que sentía algo especial.

Llegando con el coche a la calle donde se encontraba el piso de Sara, ya estaba ella junto a la puerta principal del edificio, y enseguida entró en el vehículo para no demorar el ponernos rumbo al destino elegido.

Era placentera la conversación que llevábamos y ya casi llegábamos al lugar elegido para ir pasando el día, cuando percibimos en el arcén de la carretera en la que circulábamos, a una furgoneta y un coche que al parecer habían colisionado.

De inmediato frene y dejando aparcado el coche a un lado de esa carretera, me dirigí hacia esos vehículos.

El accidente más bien había sido leve, en el cual estaban involucradas tres personas, dos estaban de pié, próximas a la furgoneta y viéndolas, no se percibía en ellas ninguna lesión.

La tercera persona, más cercana al coche, se encontraba sentada en el arcén con el rostro cabizbajo y las manos apoyadas en la frente.

Me acerqué y se trataba de un joven que calculé no encontrarse más allá de los veinte años.

No se veía en él ninguna herida, pero se encontraba en un estado emocional completamente hundido.

No forcé su inquietud, pero pude generar confianza para que se desfogara.

Su máxima preocupación era el no ser el dueño del coche al ser propiedad de un conocido que se lo había prestado.

Intente apoyar a esa persona en su ansiedad y algún fruto conseguí al ayudarle a ponerse de pié y llegar a enseñarle el golpe recibido en el coche, al colisionar con la furgoneta.

No era excesivo y bien se podía conseguir reparar, además, podía seguir sin ningún impedimento, hacia donde se dirigía, al igual que podían hacerlo las personas de la furgoneta.

Por descontado, antes de ponerse en marcha, ambos vehículos, cumplimentaron todos los datos necesarios para presentar al seguro.