Decisión Compartida (Mario Gárate: Detective privado 3) 20 #2
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Este tiempo que invertimos en ese accidente, demoró nuestra llegada a la bodega cercana a Turella y no pudimos entrar en ella. Cerraban a mediodía. La información que recibimos fue el poder visitarla por la tarde, por lo que nos dirigimos al hotel restaurante que formaba parte de esa bodega.

Desde luego, el entorno era espectacular.

Al edificio llamativo y espectacular de ese hotel bodega, le acompañaban o estaba rodeado por completo de unos viñedos, por lo que la vista era de lo más atrayente para cualquier visitante.

Entramos en la zona del restaurante y enseguida nos atendieron situándonos en una mesa situada en una zona discreta y eso nos facilitaba el poder hablar sin molestar al resto de comensales y viceversa.

El menú fue bastante aceptable y bien acompañado del vino que nos ofrecieron de su bodega.

Por descontado, nos obsequiamos con un buen brindis, aparte de valorar ese vino.

Merecía mi aprobación, como aficionado a degustar un buen vino, pero esperé a que Sara diese su valoración como mejor conocedora de esta bebida.

El hecho de ser enóloga, y por lo que llegué a saber cuando dio la conferencia en la feria vinícola en Barcelona, era una verdadera experta en este oficio.

Y claro está, su opinión era a tener más en cuenta que la mía: «está bastante bien elaborado», fueron sus palabras.

La conversación que mantuvimos también había que tenerla en cuenta porque salió a relucir, como no, el accidente que presenciamos, a lo que Sara manifestó.

–Estuviste muy acertado en hablar con ese joven, conseguiste levantarle el ánimo por completo.

–Bueno –respondí–, estaba alicaído y algo había que hacer.

–Sí, sí, pero eso solo lo sabe hacer bien una persona que tenga conocimientos psicológicos.

–¿Qué quieres decir?

–Nada, solo lo que oyes.

Vaya, por si fuera poco lo que había oído a principio de la mañana, ofreciéndome el ejercer de psicólogo, ahora Sara lo complementaba.

Con lo que daba por pensar: ¿estaría bien el ponerme a disposición de Javier durante ese mes y medio, en el que todavía estaría presente en su consultorio, para ejercitar esta profesión? Así que pregunté a Sara:

–¿Me ves como psicólogo?

–Siempre te veo en lo que tú quieras ejercer –fue su respuesta.

Como siempre, no quería influir en algo que solo a mí me concernía. Para ella, solo yo debía elegir que profesión ejercer. Pero no hacía falta ser muy listo para intuir cual era su preferencia. Esa particularidad la debería tener muy en cuenta.

Llegaron los postres y en ellos, llegaba el momento sublime por el cual manifestar eso que realmente tenía muy claro. Nada más ni nada menos que expresar mis sentimientos hacia ella, además de adornarlos con algo físico.

En primer lugar, hice que Sara extendiera sobre la mesa su mano izquierda, para al mismo tiempo extraer del bolsillo de mi pantalón un estuche, el cual portaba un anillo. Al momento, con mi mano derecha se lo fui colocando en el dedo anular, al mismo tiempo que hice esta pregunta:

–¿Te quieres casar conmigo?

La cara de Sara se convirtió en un verdadero poema. Esperaba una respuesta, pero de su boca no salía ni una sola palabra. Presione con mi mano esa suya en la que ya brillaba ese anillo y poniendo una cara como si estuviera apenado, le dije;

–Veo que no hay respuesta.

Su reacción fue colocar su mano derecha sobre la mía, apretándola a la vez que de su boca salían estas palabras;

–Sabes que mi respuesta es desear entregarme a ti por completo.

No hacía falta más palabras y dio pie a que surgiera algo que los dos deseábamos.

De inmediato, me levanté de la mesa para dirigirme a la recepción del hotel.

Su ubicación bien se podía ver desde donde nos encontrábamos.

Mi pregunta al recepcionista fue muy concreta, solo tenía que responderme si disponían de alguna habitación libre.

Tras su afirmación, el siguiente paso era el registrarme para proceder después a entregarme la llave correspondiente al habitáculo designado.

No tardé en volver a la mesa del restaurante, donde Sara me esperaba algo intranquila, pero pronto su rostro cambió de aspecto ante mi sonrisa y mi señalización a la llave que portaba en la mano.

Solo restaba pagar la cuenta del restaurante y con tranquilidad dirigirnos a la habitación que a bien me había asignado el recepcionista.

No voy a entrar en detalles, porque sobra dar cualquier explicación de lo acaecido en esa habitación. Solo con ver el reflejo de satisfacción de nuestras caras, daba por sentado el haber sabido expresar esos sentimientos que nos unían.

Fue una tarde digna de enmarcar y desde luego, puedo decir también, el influir por completo para tomar la decisión de dar el siguiente paso.

Ni más ni menos era el ponerme a disposición del amigo de mi padre y practicar junto con él, ese mes y medio como psicólogo.

Ese tiempo sería suficiente para validar si estaba en condiciones de ejercer esta profesión.

Por descontado, quedaría al margen el desempeñar el trabajo de detective, pero como muy bien decía Javier: «estas dos ocupaciones comparten alguna similitud en su trabajo».

Desde luego, no quedarían olvidados los buenos recuerdos que me habían causado el profesar el oficio de detective, al igual que no quedarían al margen todas aquellas personas que había tenido a bien relacionarme.

Un aparte merecían Merche y Sabater y por supuesto, mi visita a ellos estaba garantizada para desearles lo mejor en el desempeño de su trabajo, aunque fuera sin mi presencia.

Lo que además quedaba muy claro era que, ese regreso al pueblo, me había llevado a tomar una decisión compartida, no solo con mi familia, sino también con ese ser, de nombre Sara, que me llenaba por completo.