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Desde luego, no me iba a presentar ante él y preguntarle a que se debía ese proceder que preocupaba a su novia, con llegar a ver su rostro tenía bastante.
Mira por dónde, en el mostrador no se encontraba ningún hombre, la figura era la de una mujer que en esos momentos atendía a unos clientes. Esperé y enseguida pude estar frente a ella y mostrándome una sonrisa, me realizo la pregunta a la que ya estaría habituada:
–Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?
–Buenas tardes –contesté con cortesía–, pensaba que quizás pudiera ver en recepción a Ramón Álvarez, pero veo que no, ¿podría decirme dónde lo puedo encontrar?
–Lo siento, señor, pero Ramón no está en estos momentos en el hotel, realiza el turno de mañana y ha salido del hotel a las tres de la tarde. Su horario es de las siete hasta las quince horas.
–Pues vaya, pensaba que hacía el turno de tarde.
–Ramón, hace como cosa de un mes no realiza turnos rotativos, está fijo toda la semana en los turnos de mañana incluidos los sábados y domingos.
Como veía que la recepcionista no me miraba con mala cara y parecía que estaba abierta para seguir conversando, comencé a decirle:
–Vaya, ahora Ramón tiene todas las mañanas ocupadas y tardes libres, mira que bien.
–Bueno, si que las tiene libres de estar en el hotel, pero no crea, está ocupado en otro asunto.
–¡Ah sí!, si no es indiscreción, ¿me puede decir de que asunto se trata?
–No creo que a Ramón le importe que se lo diga: imparte clases de ingles en una academia.
–Mira que bien, ¿y me podría decir donde está esa academia? Es que me gustaría poderle darle hoy un recado que me han dado para él.
–Sé que se encuentra en el barrio de Sarria, pero no me pregunte en qué calle está porque no lo sé.
Le agradecí la información recibida y bien podía acercarme por ese barrio e intentar buscar la academia donde el novio de Teresa daba clases. Desde luego, no me había informado de que impartiera ingles, como tampoco que en el hotel efectuase el turno de mañana.
No es que me sorprendiera que Ramón diera clases de ingles, pero que también completase la semana trabajando en el hotel los sábados y domingos, me chocaba.
Me acerqué a la agencia para hacer uso de la moto y acercarme al barrio de Sarria.
Es lo que tiene también de bueno el emplear la moto en Barcelona, pocos problemas encuentras para aparcar donde deseas y muy cerca de un bar la pude dejar.
Bien me venía entrar en ese bar, tomar una cerveza y al mismo tiempo, aprovechar para preguntar a algún empleado donde podía encontrar alguna academia de ingles en ese barrio.
Dos direcciones me pudieron facilitar y además, no estando lejos del bar, bien podía presentarme en esas academias sin utilizar la moto.
Eran ya cerca de las siete de la tarde cuando me presenté en una de las dos academias que había tomado nota.
Los cursos que impartía esa academia eran tanto para niños, jóvenes y adultos con lo que comparecí interesándome por los cursos de ingles para adultos.
Lo primero que me preguntaron era si tenía algún conocimiento de ingles.
Por tener, tenía buen conocimiento de este idioma y además me sirvió para desarrollarlo al otorgarme una beca para efectuar, en Estados Unidos, un curso de Master de Criminología y Sociologia en la Universidad de Maryland.
Lo único que podía decir era que aunque fuera conocedor de este idioma, me iría bien practicarlo con algún profesor de la academia; hacía unos seis años, desde que vine de Estados Unidos y apenas lo usaba, por no decir nada, así que pregunté:
–¿Dan también clases para practicar con un profesor de forma individualizada?
–Se pueden dar, pero claro, el precio no es el mismo que el practicar juntamente con un grupo.
Por supuesto que sería más caro y ahí lo deje.
Esto que planteaba estaba fuera del objetivo para el que me había acercado a esta academia, aunque bien venían estas primeras preguntas para llegar a lo que pretendía.
Así que para llegar a saber si ejercía en ese centro el novio de Teresa, fui directamente al grano.
–Entre su profesorado, según me han dicho, da también clases Ramón Álvarez, ¿es así?
–Sí que las da –respondió de inmediato la recepcionista.
Mira que bien, había acertado, en esta primera academia que había visitado, donde impartía Ramón las clases de ingles, ahora tocaba ver como podía llegar a visualizarlo.
–¿Y me podría decir si se encuentra dando alguna clase ahora.
–De momento da clases de cinco a siete de la tarde y mire, ya ha debido terminar porque ya sale de la academia.
De inmediato me giré y vi un hombre que estaba a punto de salir por la puerta junto a una chica. Me disculpé de la mujer que me estaba atendiendo y tras esa pareja, salí también de la academia.
Disimuladamente pude observar la cara del tal Ramón, como tampoco me pasó desapercibido el rostro de la chica que estaba a su lado.
Juntamente siguieron caminando por la misma acera donde se encontraba la academia hasta detenerse en una parada de autobuses.
Allí siguieron hablando hasta llegar un autobús al cual se dirigió la chica, pero antes se despidieron dándose un beso en la mejilla.
Esperé a ver que hacía, tras la despedida con esa chica, pero no se movió de donde estaba.
Su intención sería esperar la llegada de otro autobús y así fue.
Se introdujo en él y me percaté cual era su destino final.
Me cuadraba que pasaba por la dirección, que me facilitó Teresa de dónde vivía, por lo que deduje que se dirigía a su casa.
Bien podía seguir a ese autobús con la moto, pero ya estaba bien lo que había conseguido esa tarde.
Había llegado a conocer al novio de Teresa y algunas de sus particularidades, como saber el horario que realizaba en el hotel y averiguar donde estaba la academia donde impartía ingles.
Además, había podido llegar a observar esa buena relación, que parecía tener, con esa chica que salió con él de la academia y juntos dirigirse, en buena armonía, hasta el autobús, añadiendo ese despedir cariñoso.
¿A qué me llevaba esa última visualización? Desde luego la chica estaría rondando los veinticinco años y además tenía su encanto. No es que debiera sacar alguna conclusión, pero tampoco había que desestimar ese afecto.