Decisión Compartida (Mario Gárate: Detective privado 3) 11
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Tal como me había propuesto, esa nueva mañana, hice mi ruta, desayuné y a las nueve en punto me encontraba en la oficina y ahí mi sorpresa, no solo se encontraba Merche, fiel a su puntualidad, sino que también ví dentro del despacho que se encontraba Sabater.

Vaya, el comentar a Merche las intenciones de Sabater de incorporarse al trabajo, por lo visto ya no tenía sentido, suponía que ya estaba claro.

No tardó Merche en frenar mi entrada al despacho dónde se encontraba Sabater, para llegar a decirme:

–Muy bien, señor Mario, ¿así que esta era la noticia que me tenías guardada para esta mañana?

Quedaba al margen lo de jefe y además, por la forma de decírmelo, no le había hecho mucha gracia.

–Pues sí, Merche, ya veo que no hace falta comunicártelo.

Para no dar pié a seguir con su enfado, me adentré al despacho diciendo:

–Buenos días, Sabater, vaya sorpresa.

–Buenos, días, Mario, ya ves, aquí estoy. He pasado toda la noche dándole vueltas a lo que estuvimos hablando de mi vuelta al trabajo y lo mejor que podía hacer es verme en directo en la agencia.

–Está bien, Sabater, y percibo que a Merche ya se lo has comunicado.

–No, no, todavía no he podido decirle nada de mis intenciones, pero lo primero que debe saber es que no voy a interferirme en su quehacer, ni decirle que se incorpore de nuevo conmigo como secretaría. Sé que se siente cómoda estando trabajando contigo.

Ví que la expresión de la cara de Merche cambió al oír a Sabater y no faltaron palabras de su boca para darle su bienvenida:

–Me alegro señor Sabater que decida volver al trabajo y sí que es verdad que me agrada trabajar como detective. Estoy segura de que le será fácil encontrar una nueva secretaria.

–Muy bien –intervine–, puesto que tenemos aquí a nuestro jefe, vamos a hacerle participe de lo último que sabemos del caso que estamos investigando, así que si no os importa, pongámonos cómodos y analicemos lo que sabemos.

Creía que era lo mejor, en esos momentos, y no entrar en el si tú y si yo... al momento Sabater intervino.

–Está bien. Que sepa Merche que ya me has hablado del caso que lleváis y si os puedo ayudar en algo, me tenéis a vuestra disposición –matizó Sabater.

Dejé que fuera Merche la que explicara lo que habíamos oído en la última reunión que mantuvimos con Ramiro y a que conclusión había llegado.

Bien se explayo para terminar diciendo:

–Creo que, de momento, es importante no dejar de lado a la cajera del banco y nos cuente su versión de como se desarrolló ese atraco, como también nos diga si tuvo alguna duda en reconocer a Ramiro como atracador.

En eso coincidíamos, y tampoco debíamos dejar de lado a la exnovia de Rafael y su pareja actual, pero antes de dar mi opinión, se me adelantó Sabater para decir:

–Mirar, este asunto es vuestro y seguro que lo resolveréis, pero dejarme que os diga algo: partiendo de la base de ser Ramiro inocente, algo raro veo en ese atraco y aunque ya habéis tenido contacto con Sánchez,

no estaría mal el saber la opinión del jefe de la comisaría que recibió la denuncia y llevó a cabo la detención de Ramiro.

No creo que tenga ningún problema en poder entrevistarme con él.

No estaría de más esa entrevista y no me negué a que la mantuviera, además, serviría a Sabater para despejar su mente. Bastante la tenía ocupada esos días con la perdida de Rosa.

Algo más habló Sabater y su centro fue el sentirse mejor al acudir a la agencia y con ganas en unos días de anunciar el volver a tomar sus riendas. Nos dio las gracias por poder contar con nosotros y se despidió diciendo que bien podía esa mañana el ir a verse con ese comisario.

En la oficina nos quedamos Merche y yo para decidir que rumbo tomar en esa investigación tan compleja, porque a pesar de considerar a Ramiro inocente de ese atraco, no lo teníamos fácil el dar con el verdadero culpable.

–Me alegro de que Sabater quiera volver a la agencia –alegó Meche–, pero en verdad no quería que me invitase a ser de nuevo su secretaria.

–Bueno, Merche, tampoco estabas tan mal.

–Es que no quiero cambiar de jefe...

–Tú lo que debes hacer es no tomarte a pitorreo lo de jefe y no ser tan comediante.

–Pero, jefe, que estoy muy a gusto contigo y no lo digo con pitorreo.

– Bueno, vamos a dejarlo y vayamos al grano que para eso estamos aquí.

No me desagradaba esa actitud de Merche de poner un poco de humor en sus expresiones, pero tampoco le iba a decir que me encantaba ese modo de proceder.

De inmediato Merche apuntó:

–Pues yo, si a ti te parece bien, jefe, me pongo en marcha e intento de nuevo conectar con esa cajera. Si lo consigo, no esperaré a decirle que deseamos los dos verla. Intentaré que me diga, en ese momento, su versión de como se produjo el atraco.

–Adelante, y si lo consigues, que también te diga como tuvo la seguridad de reconocer el rostro de Ramiro. Aunque dudo que se abra a una desconocida para contarle lo sucedido en ese atraco.

–No te preocupes, jefe, que ya me las ingeniaré para darle confianza.

–Muy bien, subordinada, a ver que consigues. Yo voy a acercarme a esa sucursal bancaria y ver también si, aparte de lo que me ha comentado Jordi de lo hablado con el director, alguien me puede aportar algo más sobre ese atraco.

Quedamos en vernos por la tarde en la oficina y comentar si habíamos conseguido algún avance en esta investigación.

La sucursal bancaria se encontraba en el barrio de Poble Sec y como ese día había venido a la agencia en mi flamante moto, hice uso de ella para acercarme a esa oficina. La verdad era el venir de perlas para circular por todo Barcelona.

No tardé en llegar allí y requerir a un empleado el poder ver al director. Al momento me respondió:

–¿Tiene cita con él?

–No la tengo, pero no creo que tenga problemas en recibirme.

–Tendrá que esperar, ahora está con un cliente. ¿Sí le puedo ayudar en algo mientras espera?

–Pues ya que lo dice, le agradecería si me respondiera a una pregunta: ¿lleva tiempo en esta oficina?

–¿Porqué lo pregunta?

–Es por si usted se encontraba aquí cuando se produjo en este banco un atraco, hace casi dos años.

–Sí, sí que estaba.

Bien venía esa respuesta; era una buena opción el saber por boca de este empleado su versión de ese atraco, por lo que de inmediato le solicité:

–Perdone si le importuno, pero ¿puedo hablar con usted en privado?

Se quedó mirándome fijamente sin articular palabra y pensé que allí acababa su disposición a hablar conmigo, pero articuló una palabra que vino al pelo:

–Sígame.

Me llevó a un pequeño despacho e invitándome a sentarme, enseguida profirió:

–¿Qué quiere saber?

–En principio gracias por aceptar hablar conmigo y me voy a presentar: mi nombre es Mario Garate y trabajo como detective. Estoy indagando sobre las particularidades de ese atraco y me vendría bien saber algo más, aparte de lo que consta en el informe policial,

–¿Y qué le gustaría saber?

–Si aparte de la cajera que atestiguó quien fue el atracador, alguien más pudo ver a ese hombre.

–Si eso le interesa saber, le puedo decir que ninguno de los que estábamos en esta oficina vimos como se produjo ese atraco.

No nos enteramos hasta que la cajera comenzó a chillar diciendo que le habían robado y, en cuanto a identificar a ese hombre, fue ella misma la que lo reconoció al ver una grabación de la cámara de seguridad.

–Ya, esto es lo que consta en el informe policial, pero intento averiguar si alguien se percató de algún detalle, aunque fuera insignificante, aparte de lo atestiguado por la cajera.

–Mire, ninguno de los que estábamos en la oficina llegamos a comentar si habíamos visto algo que estuviera relacionado con ese atraco, y ya que me dice el ver algún detalle, le voy a decir algo por si le sirve:

recuerdo que unos momentos antes de que la cajera emitiera ese chillido de que le habían robado, vi a un hombre salir de manera rápida de la oficina, con cierta cojera al andar.

–¿Y no dedujo que posiblemente ese hombre era el atracador?

–No deduje nada. Después de oír los gritos de la cajera y decir que la habían amenazado con una pistola para que entregase todo el dinero que tenía acceso en esos momentos, me quedé tan desconcertado como todos mis compañeros y ninguno de nosotros sabíamos que debíamos hacer.

–¿Comentó a la policía el hecho de ver a ese hombre salir de la oficina cojeando?

–No lo comenté por que a nadie nos preguntaron nada. La policía se limitó solo a interrogar a la cajera.

–Pues mire, a mí me viene de gran valor eso que me está diciendo y se lo agradezco.

–¿Cree usted que ese hombre tuvo algo que ver en ese atraco?

–No me parece mal el tenerlo en cuenta. Y ahora, si no tiene ningún inconveniente, ¿me puede dar su opinión sobre esa cajera?

–No le puedo decir mucho sobre ella, estuvo aquí poco tiempo y apenas tuve contacto con esa mujer, al igual que tampoco lo tuvieron el resto de compañeros. Era muy reservada.

–Está bien, le repito que me ha servido de ayuda su explicación y darle de nuevo las gracias por atenderme.

–No hay de qué. A ver si el director termina pronto con ese cliente y puede ya hablar con él

–Creo que ya no hace falta, con lo que me ha contado usted es suficiente por ahora, Si hay algo más que quiera saber ya volveré. ¡Ah, otra cosa!, ¿podría contar con usted si tuviera que pedirle testificar ante un juez el hecho de ver salir a ese hombre rápidamente de la oficina y que además cojeaba?

–No, en absoluto, fue lo que vi, pero lo que no podré confirmar es que ese hombre fuera el atracador.

–Por supuesto, solo le pediré que diga lo que vio.

Sin más, nos despedimos. Bien me vino la charla con ese empleado. No sabía dónde me llevaría el llegar a saber ese hecho, pero desde luego no era para desestimar.

Estaba a punto de salir de la oficina bancaria inmerso en ese pensamiento, cuando topé de frente con una persona que no esperaba ver. Se trataba de mi antigua pareja Teresa y sí que de ciento en viento nos veíamos, pero me causó sorpresa verla en esos momentos.

Unos besos en la mejilla sirvieron de saludo.

El hecho de haber dejado de ser pareja, no significó que se perdiera entre nosotros el tener una relación amistosa.

Y es que en verdad guardaba un buen recuerdo del tiempo en el que estuvimos conviviendo juntos, pero hubo un final y más bien el hecho de yo ejercer la profesión de detective fue lo que causo ese desenlace.

No le llegaba a gustar que ejerciera esa profesión, ella creía que ejercerla representaba cierto peligro y la gota la puso el haber llevado a cabo una investigación empresarial con las consecuencias que me causó.

Este hecho se produjo al descubrir quien era el causante de los robos que se producían en la empresa que nos contrató para averiguarlos.

Se trataba de un guardia jurado nocturno que al ser sorprendido “in fraganti”, se asustó y sacó rápidamente la pistola de su funda efectuando dos disparos.

No esperaba esa reacción de ese ladrón y una de las balas impactó en uno de mis hombros.

El haberse producido ese incidente, contribuyo para que Teresa insistiera y determinara en que dejase esa profesión.

No dejó de decirme el tener otras buenas posibilidades de encontrar, con la titulación de psicólogo que poseía, un trabajo distinto.

El hecho de verme firme en continuar como detective, concretó en manifestar el no poder vivir con esa intranquilidad y mejor dejar nuestra relación. De esto va para algo más de dos años.

Pues bien, ahí estábamos uno frente al otro y fue Teresa la que tras saludarnos dijo:

–Mira por donde, que bien me viene el vernos, necesito tu ayuda como detective.

–¡Ah sí! –respondí con algo de guasa.

–No te burles, Mario. Ya sé que no era de mi gusto el que ejercieras esa profesión, pero lo digo porque preciso averiguar algo.

–No lo tomes como burla, Teresa, y si en algo que te pueda ayudar, sabes que me tienes a tu disposición.

No tardamos en dirigirnos a un bar para que me comentase que ayuda necesitaba. Y allí nos encontrábamos para que me dijera en que consistía esa solicitud por ser detective.

Si que era agradable el encontrarme con Teresa y seguía estando tan atractiva como cuando formábamos pareja, pero ese sentimiento que teníamos entre nosotros se había apagado, y en mí ese sentir había resurgido, y con fuerza, en otra persona que tenía por nombre Sara.

Sentados ya en una mesa del bar tomándonos un café, esperaba que comenzara a relatarme que precisaba, pero parecía que le costaba abrirse e hizo ser yo quien abriera la boca:

–Bueno, Teresa, comienza a decirme que te preocupa.

–Sí, sí, Mario, que para eso te he pedido el poder hablar contigo, pero es que me da no se qué el involucrarte en algo que solo a mí me concierne.

–Venga, venga, suelta eso que te afecta y veremos que se puede hacer.

–Bueno, vamos allá... tú y yo nos vemos poco, pero la última vez que nos vimos, te dije que tenía una nueva pareja y te puedo decir que estoy muy a gusto con él, pero últimamente lo veo muy inquieto o intranquilo y no se comporta conmigo de igual manera.

No es que me trate mal, pero no veo normal su comportamiento.

–¿Y cuanto tiempo hace que lo ves así?

–Yo creo que más o menos cosa de un mes, desde que decidimos contraer matrimonio.

–Pero fue una decisión de los dos, ¿no?

–Sí, sí, claro y él se mostró satisfecho de ese acuerdo.

–¿Y sospechas de algo?

–¿Qué quieres decir?

–El pensar que se vea con otra mujer, por ejemplo.

–La verdad es que no sé que pensar.

–Bien, dame detalles de vuestra relación: ¿estáis viviendo juntos?

–No, no, desde que tú y yo nos separamos vivo en casa de mi madre, que ya sabes dónde es, y él vive en casa de una hermana que está viuda.

–Vale, donde vive tu madre ya lo sé, ahora me tienes que dar esa dirección donde vive tu pareja y también donde trabaja.

Tomada nota de esas direcciones y algún detalle más que le pedí sobre la vida de su prometido, tocó despedirnos, y como no, de forma amigable. Quedamos en que ya le tendría informada si conseguía percibir algo anormal en su comportamiento.