Decisión Compartida (Mario Gárate: Detective privado 3) 8 #2
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Me fui acercando al restaurante y ya dentro, no tuve ningún remilgo en acercarme hasta la cocina. Tenía la suficiente confianza con los dueños como para desde ese punto saludar a doña Concha.

–¡Hola, mi buena y excelente cocinera!

–¡Hola, señoriíto guasón!, ¿no me digas que vienes a comer?

–En principio he venido a saludarte y ya que me tienes en buena estima a ver que me vas a dar hoy.

–A ti lo que te voy a dar es un sopapo, ¿no sabes avisar que ibas a venir? A ver dónde te ponemos ahora, porque están todas las mesas ocupadas y hay gente esperando.

–¿Y me vas a hacer esperar mucho? – le dije en plan lastimoso.

–Anda, liante, hay una mesa que enseguida quedará libre. Voy a decirle a mi marido que diga a los que esperan que está reservada para ti y te la prepare.

–Eres un sol, mi adorable doña Concha, pero no hace falta que me la preparéis ahora, con tenerla dentro de media hora será suficiente, vendrá a comer conmigo ese amigo mío, que ya conoces.

–Mejor, y díselo tu mismo a mi marido. ¿Quieres que te prepare un aperitivo mientras?

Por descontado que con estas personas me sentía como en familia. Su marido me propuso esperar sentado en la barra con una cerveza y a ello le acompañaba un par de croquetas, como tapa, que puso doña Concha.

Sí que en algo menos de media hora dispuse de una mesa y nada más colocarme en ella, apareció Jordi con ese semblante risueño que le definía. Tras saludarnos, no le faltó el poner su guasa.

–Si me has hecho venir, es porque le has dicho a doña Carmen que me prepare algo especial para mí, ¿es así?

–¡Hala, siéntate!

Una vez ya colocado, enseguida vino el marido de doña Concha con la carta y preguntarnos que íbamos a beber.

Desde luego sobraba la pregunta, siempre me ponía una botella de buen vino de rioja y mi amigo Jordi, cuando venía, no le hacía ascos el compartirla.

Echamos una mirada al menú y pronto vino doña Concha para decirnos:

–Si habéis visto el menú, decirme que desean comer los señores.

–Está visto, y a mí me vas a poner de primero esa paella tan rica que haces y de segundo lo dejo a tu elección.

–De segundo te voy a poner bacalao a la vizcaína, que se que te gusta. Y el amigo, ¿qué desea comer?

–Yo quiero también esa paella y que le acompañe de segundo el solomillo ibérico a la plancha.

–Está bien, pero tendréis que esperar un poco a que termine de hacerse la paella.

–Lo que la señora tenga a bien disponer –contesté haciéndole una reverencia.

–Anda, anda, gracioso –fueron las palabras de doña Concha antes de irse.

Ya solos, Jordi aprovecho para apuntar:

–Bueno, ahora vas a decirme que tal te va con tu paisana, me la presentaste cuando vinisteis a verme a Castelldefels y me dejaste algo sorprendido.

–¿Por qué te sorprendió?

–Anda, no te hagas el tonto. No hace falta tener mucha vista para ver lo acaramelado que estabas con ella y eso en ti no es muy normal.

–Tú lo que tienes es mucha imaginación.

–Bien, será eso. Ahora dime la verdad.

–Pues sí, más que acaramelado, estoy más que entusiasmado y veo en ella que también lo está conmigo. He estado esta semana en el pueblo y te puedes imaginar porqué.

–O sea, vais en serio.

–Ya lo creo.

–¿Y cómo te lo vas a montar, estando ella en el pueblo?

–Ya veremos. Y ahora cambiemos de conversación... quiero saber tu opinión, como banquero, sobre un caso que tenemos entre manos para poder resolver.

–Tú dirás,

Le puse al corriente de lo que sabíamos, tanto Merche como yo, sobre el atraco al banco del cual era acusado Ramiro. Por descontado, hicimos las paradas oportunas en la charla, para poder saborear los platos que nos brindó doña Concha, así como degustar el buen vino de Rioja que nos puso su marido.

Jordi no tardó en preguntarme cual era el nombre del banco, así como la ubicación de la sucursal donde se produjo el atraco. Dándole la respuesta a su pregunta, me notificó el no tener problemas en contactar con el director de esa agencia, ya que le era bastante conocido.

Bien venía el haber recurrido a Jordi porque sería interesante saber qué podría decirle ese director, si tenía cierta confianza con él. Si yo fuera a verlo, seguro que algo menos sacaría.

Estábamos finalizando la comida tomándonos el café y además acompañado de un chupito de hierbas obsequiado por el marido de doña Concha, cuando Jordi me preguntó;

–¿Qué planes tienes para esta tarde?

–Pues tengo intención de ir a ver a Sabater y estar con él un rato.

–¿Y eso?

–¿No sabes el fallecimiento de su mujer?

–¡Qué me dices!

–Ayer fue el entierro.

–Vaya, sabes que también tengo cierto trato con Sabater, pero no me ha llegado a mí ese fatal desenlace. Si no te importa, puedo acompañarte en esa visita, aunque solo sea para darle el pésame.

–No hay ningún problema, cuando quieras podemos ir, pero antes voy a ir a la cocina para despedirme de doña Concha.

Tenía Jordi el coche aparcado cerca del restaurante y a él nos dirigimos para enflilarlo al domicilio de Sabater, y no hubo ningún problema para aparcar cerca de su casa. A esa hora y el ser domingo, había más facilidad para estacionar el coche.

La hermana de Rosa fue la que nos recibió invitándonos a pasar al salón donde se encontraba Sabater.

Jordi se adelantó para darle las condolencias y tras algunas palabras más, que mantuvieron, se despidió de nosotros.

Yo, como le dije, me quedaba con Sabater para hacerle compañía esa tarde, así que en la despedida a Jordi quedamos en que me llamaría para decirme que le había podido decir el director de esa sucursal sobre ese atraco.

Sí que mi estancia sirvió para que Sabater se explayara y sacara toda esa amargura de dentro por la pérdida de su mujer.

Sacó a relucir el hecho de haber dejado la agencia, a sus sesenta años, para dedicarse por entero a ella.

El haberle diagnosticado un cáncer de mama, influyó para querer estar junto a ella el máximo tiempo posible; ya que el trabajo le tenía demasiado absorbido.

Por cierto, la intervención quirúrgica a la que sometieron a Rosa fue satisfactoria e iba recuperándose muy bien.

Lo que nadie esperaba era el de producirse ese paro cardiaco e irse de este mundo. Sabater se sentía solo.

Solo, solo, no se quedaba, la hermana de Rosa se prestaba a hacerle compañía e incluso, siendo viuda y vivir sola, bien podía permanecer junto a Sabater.

Eso es lo que intuí cuando ella se unió a nuestra conversación, después de marcharse Jordi.

Algo más aportó en sus intervenciones aprovechando que yo me encontraba allí.

En una de ellas, dijo que animara a su cuñado a volver a la agencia de detectives, puntualizando que le serviría para no estar sumido en amargos recuerdos por la perdida de su hermana.

No era mala esa posibilidad y más de uno se alegraría de que volviera a ejercer de abogado y reanudar con la agencia. Total, no habían pasado muchos días desde que anunció que se retiraba.

¿Me repercutiría a mí en algo ese regreso?

Particularmente, el tenerlo como jefe, siempre me servía su ayuda, como abogado, por si algo se me torcía en mis investigaciones.

Por lo demás, en la forma de trabajar que yo tenía, nunca se inmiscuía.

Otra cosa sería lo que pensase Merche si Sabater volvía a la agencia.

Había sido su secretaria y no es que estuviera mal con él, pero se me antojaba que estando junto a mí, ejerciendo de detective, se encontraba más a gusto.

El caso fue que Sabater, al parecer, no desestimó esa posibilidad que aludió su cuñada y como si ya estuviera en calidad de director de la agencia, me preguntó que asunto me llevaba entre manos en esos momentos.

Me pareció que era mejor verlo así que enfrascado en la penuria y no tuve ningún inconveniente en relatarle lo que estábamos comenzando a investigar y hasta se permitió el lujo de darme su opinión.

–Ahora no estoy muy fino para profundizar sobre este asunto, pero me parece que algo no me encaja. Será importante que Sánchez pueda aportarte algo sobre el informe policial que hicieron sobre este atraco –fueron sus palabras tras mi explicación.

No profundizamos mucho más en ello, pero me quedó claro que Sabater no tardaría en volver a ejercer de abogado. Quedaba en el aire el ver que me repercutiría a mí esa vuelta.