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Ya eran alrededor de las nueve de la mañana del domingo cuando llegué a la oficina y como siempre, Merche ya se me había adelantado.
Su puntualidad era rigurosa. Yo no había descansado muy bien, mi pensamiento lo tuve recordando a Rosa y ese comportamiento conmigo como si fuera mi segunda madre, me causaba gran pena el saber que no la volvería a ver.
Por otra parte, Sabater se merecía que volviera a estar de nuevo con él para hacerle compañía en esos momentos tan dolorosos ante esa gran perdida.
Otra cosa que tampoco se le escapaba a mi mente era el volver cuanto antes al pueblo y plantear a Sara el hecho de llegar a convivir juntos.
–Hola, jefe, buenos días.
–Buenos días, Merche. ¿No viene David?
–No, lo que vayamos a hacer es cosa nuestra.
–A ver, Merche, se que tenéis interés en ayudar a ese amigo o compañero de la mili de David, pero no tengo muy claro el ponernos a investigar este caso habiendo sido sentenciado por un juez al haber un testigo que afirmó ser él el que cometió ese atraco.
–Pero jefe, pudiera ser que esa mujer del banco, que lo acusó, se hubiera equivocado de persona al visualizar el video.
–Eso es suponer demasiado, pero bueno, si tanto empeño le pones en que lo investiguemos vamos a dedicarle algo de tiempo, pero en el momento que no veamos claro el seguir adelante lo dejamos, ¿te parece bien?
No estaba muy de acuerdo en gastar el tiempo en este caso, pero ante el interés de Merche no era para dejarla sola.
–De acuerdo, jefe –contestó de inmediato–, para empezar, te leeré estos apuntes que he tomado.
Sí que Merche había tomado buena nota de como trascurría la vida del tal Ramiro y no era para echar cohetes.
En principio residía en un piso, situado en el barrio del Poble Sec, en el que el arrendatario era un antiguo amigo y compañero de fechorías.
Este vivía allí junto a su novia y accedieron a cederle una de las habitaciones hasta que encontrase donde ir.
Antes de entrar en la cárcel, también Ramiro vivía con su pareja en un piso de alquiler en el mismo barrio que su amigo, pero ahora esa compañera estaba liada con otro y lo había dejado en la calle.
En cuanto a los ingresos que percibía Ramiro para poder subsistir, también Merche había tomado nota, se limitaban a los que proporciona el gobierno a las personas que salen de la cárcel y no tienen trabajo.
Era una prestación contributiva y tenía una vigencia de 6 meses, prorrogable hasta 18 si seguía en la misma situación.
Concluyó Merche la lectura de sus apuntes diciendo:
–Sí que no ha sido fácil el darme esas explicaciones, pero he conseguido que se explayase y además llegar a saber las direcciones de esos pisos. Creo que sería bueno el poder lograr hablar con estas personas y ver que me dicen de él.
–Está bien, Merche, algo más sabemos de Ramiro y sí que no estaría mal si logras hablar con esas personas; seguro que algo más te aportaran de él, pero lo importante es llegar a conocer si es real esa inocencia de cometer ese atraco, que nos afirma Ramiro.
–A ver, jefe, yo en principio mantengo que es inocente y lo que intento con el querer saber más cosas de él, es para estar más segura de su inocencia y con ello estar dispuesta para tirar adelante donde haga falta.
Ante esa pretensión de Merche, expresándola con tanta firmeza y seriedad, no pude por menos que sonreír.
–¿Por qué te ríes?, ¿te parece mal lo que pretendo? –fue su inmediata reacción.
–No te sulfures, Merche, he sonreído porque veo que te has tomado muy en serio este caso. Mira, vamos a hablarlo con claridad, si Ramiro no ha efectuado ese atraco, veo muy difícil poder demostrar su inocencia.
–Pero no estaría de más intentarlo –alegó Merche.
Ante ese empeño, no quería defraudarla, siempre había estado solicita conmigo, tanto cuando ejercía como secretaria de Sabater como cuando se ha aventurado en formar, entre los dos, muestro propio equipo de investigación.
–Bueno, no se hable más –proferí–, vamos a intentarlo. Tú sigue investigando todo lo que puedas sobre la vida de Ramiro y yo veré que puedo sacar de la policía sobre su detención.
–Adelante, jefe –manifestó risueña como era normalmente su actitud.
–Lo que también debes hacer es dejar de pronunciar la palabra jefe.
–¡Anda ya!, a quien mejor decírselo, tú me has acogido al querer dejar Sabater la agencia y ponernos en la calle.
–Venga, vamos a dejarlo y vamos a ponernos las pilas, quiero acabar con esto lo antes posible, tengo otras cosas que he dejado pendientes.
–¡Ay, jefe!, lo siento.
–¿Qué sientes?
–El que hubieras querido volver a tu pueblo después del funeral de Rosa y yo te haya hecho quedarte.
–¡Hala, Merche!, déjate de suposiciones y vamos a lo que nos hemos planteado. Tú, como hoy es domingo, igual tienes mas facilidad en contactar con esas personas que quieres entrevistar. Yo posiblemente lo tenga más difícil con lo de la policía, pero también lo voy a intentar.
Nos despedimos y quedamos en vernos al día siguiente en la oficina, sobre la misma hora, para decirnos que habíamos logrado indagar.
Desde luego, esta Merche era una verdadera avispada, intuía mi deseo de volver al pueblo porque sabía cual era mi interés.
No pasó para ella desapercibida esa conexión que manteníamos, Sara y yo, en los días que estuvo en Barcelona para asistir a la feria del vino.
Mi propósito era ir a una comisaría de policía conocida y preguntar por Sánchez.
Era un policía con el cual tenía una buena amistad y aunque ya no estaba en activo por la edad, sí que seguía ejerciendo una segunda actividad hasta que se jubilase.
Esta nueva función le hacia estar en la parte administrativa y posiblemente podría consultar en los archivos policiales lo relativo al atraco del banco ejecutado por Ramiro.
Vería si era posible dar con él al ser domingo.
No se encontraba en la comisaría y si quería contactar con él, una posibilidad era llamarle por teléfono a su domicilio particular.
Eché mano a mi agenda y allí tenía su número.
Fui a una cabina telefónica para efectuar la llamada y quien me contestó fue su mujer.
Al preguntar por Sánchez, me dijo que no estaba en casa, Sí que al pronunciar mi nombre y decirle que estaba interesado en poder hablar con su marido, vino bien para decirme que había salido a comprar el periódico y además invitarme el ir a su casa.
Sabía la amistad que nos unía y ante el interés que tenía en hablar con él directamente, que mejor que acudir a su domicilio.
No me venía mal el vernos y sabiendo dónde vivían, no me costaba mucho el ir a la estación de metro de Universidad para coger la línea 1. Me llevaba hasta la estación del Clot y cerca se encontraba el piso de Sánchez.
Fue la mujer quien me abrió la puerta y nos saludamos con un par de besos.
–¿Qué tal estás, Gárate? –fue el saludo de Sánchez además de estrechar nuestras manos, y seguir diciendo –. Me he enterado de la muerte de la mujer de Sabater, pero no he podido asistir al funeral, ya me disculpará.
–No te preocupes, había tanta gente que seguro no recuerda quienes asistieron.
–Bueno, bueno, ¿y qué te trae por aquí, señor don Mario Gárate? , porque hay que tratarte con honores.
–Déjate de honores y bobadas.
–Nada de bobadas, lo que has hecho al resolver quien en verdad asesinó a Miguel Sierra y poder sacar de la cárcel a Joan Perelló, al que le imputaron esa muerte, es digno de aplaudirte.
–Tampoco el mérito ha sido solo mío, cuenta también Merche.
–Aunque lo resolvierais entre los dos, no era fácil echar atrás el trabajo de la policía y del juez. Y bien, para algo has venido aquí y solo te falta soltarlo.
–También está bien que haya venido a saludarte, pero vayamos al grano, y mira por dónde te voy a pedir ayuda para saber la verdad si esta bien la labor de la policía y del juez en otro caso.
–Desembucha, a ver de qué se trata.
Le puse al corriente del atraco al banco en el que acusaron a Ramiro de cometerlo y ser condenado por un juez a más de dos años de prisión, pero ahora este hombre está en libertad condicional y nos ha alegado que es inocente de esa acusación.
Terminé diciéndole si podía llegar a ver el informe entregado por la policía al juez, para su veredicto.
–A ver, Gárate, en el archivo policial se guarda normalmente la documentación de las investigaciones durante tres años, pero no me será fácil visualizar el informe. De todas maneras, mañana lo intentaré y te pondré al corriente.
Este era mi Sánchez. Sabía que pondría todo su empeño en darme ese gusto, Si lo conseguía, llegaría a saber todo lo relativo a ese atraco y el porqué Ramiro fue acusado y puesto en prisión.
Como se iba acercando la hora de comer, la mujer de Sánchez me invitó a quedarme con ellos, pero me disculpé agradeciéndoselo y diciendo que había quedado con otra persona. No quería importunarlos más, ya me había ido bien el haber podido hablar con su marido.
Sí que se acercaba la hora de comer y puse rumbo al barrio de Sants, donde yo vivía.
Fui de nuevo a la estación del Clot para coger el metro y esta misma línea me llevaba a la estación de Sants.
La salida de la estación me dejaba a dos pasos de mi domicilio, pero claro, para nada iba a comer en el piso.
Para ello tenía cerca mi restaurante predilecto, que recurría a él habitualmente, y que me trataba con cierta familiaridad.
Por supuesto, tenían en mí un cliente asiduo.
Pensé durante el recorrido del metro que bien podía llamar por teléfono a mi amigo Jordi, por si se encontraba en casa y decirle que viniera a comer conmigo al restaurante, además, aparte de amigo y llevarnos bien,
tenía una particularidad que no me vendría mal para hablar del asunto en el que estábamos metidos. Trabajaba en un banco.
No sería el primer domingo que comiéramos juntos y bien que le gustaban los guisos que preparaba doña Concha. Hubo suerte; me respondió a la llamada telefónica que le hice desde una cabina al salir del metro, y en seguida se apuntó; en media hora se presentaría en el restaurante.