Decisión Compartida (Mario Gárate: Detective privado 3) 7
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Casi me doy de bruces con mi padre al llegar a su casa, salía de forma rápida. Fue verme y decirme de forma seria:

–Anda, vamos dentro que tengo que decirte algo importante.

Algo significativo debía ser al empujarme para entrar en casa.

–¿Qué es eso tan importante? –le pregunté algo preocupado.

–Acaba de llamar por teléfono Merche para decirme que Rosa, la esposa de Sabater, ha muerto.

¿Qué me decía? Conocía mi padre bien esos nombres y lo que significaba para mí Rosa. Eso era lo que le hizo querer salir rápidamente de casa e ir en mi busca. No perdí ni un momento en coger el teléfono y marcar el número de Merche.

–Dígame.

–Hola, Merche, ¿cómo que Rosa ha muerto?

–Sí, Mario, ha debido ser una parada cardiaca repentina e inesperada y me he enterado gracias a su hermana. Te ha llamado a tu teléfono y como no ha podido contactar contigo, me ha llamado a mí, que también tenía mi número, para comunicármelo. Como también me ha dicho, que si yo podía, te lo dijera.

–¿Cuando ha sido el fallecimiento?

–Según me ha dicho no hará ni tres horas. Ella estaba en casa de Rosa cuando le ha dado el infarto.

–Voy para allí de inmediato y gracias por llamar... un momento, no cuelgues, ¿te ha dicho si la llevan a algún tanatorio?

–¡Ah, sí!, Me ha dicho que la llevarán al tanatorio de Les Corts.

–¿Y sabes que horario tiene?

–De este tanatorio no lo sé, pero si te sirve, el de Sancho de Ávila, que estuve no hace mucho, el velatorio era de ocho de la mañana hasta las diez de la noche.

–Vale, Merche, nos vemos.

–De acuerdo, jefe.

Desde luego, noticia más lamentable no podía oir.

Rosa era para mí una persona muy significativa; la consideraba como mi segunda madre.

Desde que tuve contacto con ella y Sabater, y eso iba para diez años, se comportó conmigo como una verdadera madre, veía en mí al hijo que desgraciadamente había perdido a una temprana edad.

No perdí ni un instante en prepararme, sacar el coche del garaje de mi padre y disponerme a salir.

Antes de irme del pueblo, era obligado pasar por el piso de Sara y decirle a que se debía mi marcha.

Pude aparcar frente al edificio donde se encontraba su piso y viendo que estaba abierto el portal, subí directamente al segundo piso.

Allí pulsé el timbre y no cabe duda que Sara, al abrir la puerta, se sorprendió al verme, pero no le impidió recibirme dándome un ligero beso, para después decirme:

–No te esperaba hasta las nueve, pero es bienvenido a cualquier hora el que dice ser “mi amigo”.

A sus palabras se le unían una sonrisa, pero algo notó en mi semblante y no dudó en preguntarme:

–¿Qué te pasa?

–No me pasa nada, Sara, solamente vengo a decirte que me marcho a Barcelona ya mismo. Me ha llamado a casa de mi padre Merche, para comunicarme el fallecimiento de Rosa. Creo que te comenté que era la mujer de Sabater y con la que unía algo más que una gran amistad.

–Vaya, lo siento mucho y sí que me dijiste que era como tu segunda madre. Puedo acompañarte, si quieres, tengo mañana sábado y el domingo para desplazarme contigo.

–No, gracias, pero no hace falta, tú te debes a tu hijo.

–Puede quedarse con mi hermana y mi padre. No es la primera vez que se quedan con él.

–Déjalo, Sara. Yo lo que siento es dejar en el aire lo que me había propuesto al venir al pueblo.

–¿Era algo importante?

–Ya lo creo, venía con ganas de poder formalizar nuestra relación, siempre que a ti te pareciese bien.

Se quedó estupefacta, pero enseguida reaccionó diciendo:

–¡Ay, Mario! Yo tengo muy claros cuales son mis sentimientos hacia ti y si tú sientes lo mismo hacia mí, no necesito formalidades.

No pude por menos que abrazarla y unirme a ella en un prolongado beso, pero no podía extenderme más. Había venido solamente a despedirme y el cariz de nuestras aclaraciones, no cabía duda que prolongaría mi despedida.

Una voz puso final a nuestros afectos y facilitaba el despedirme. Su hijo la reclamaba y ello sirvió para decirle:

–Atiende a tu niño que yo me debo ir. Desde luego, me quedan claros cuales son nuestros sentimientos y tan pronto pueda me tienes de nuevo aquí.

–Ve con cuidado y dale mi pésame a Sabater. Y tú ven cuando te vaya bien, ya sabes donde nos tienes.

Un nuevo beso nos dimos de despedida y una vez en la calle, de inmediato enfilé mi coche dirección Barcelona.

Quería llegar lo antes posible y no vacilé en coger la ruta más rápida y en eso contaban las autopistas.

A la salida del pueblo se encontraba la autopista que me llevaba a Zaragoza y allí empalmaría con la de dirección a Barcelona.

No llegaría antes de cerrar el tanatorio, si cerraba a las diez, pero bien podía verme con Sabater antes de acostarse y expresarle mis más sentidas condolencias.

Al llegar a Barcelona me dirigí directamente al tanatorio de Les Corts.

Sabía donde se encontraba al estar cercano al estadio Nou Camp, pero igual que llegué, me tuve que.

El cierre era a las diez de la noche y eran cerca de las once cuando me personé allí.

Fue de estas cosas que piensas: “por si acaso”, pero no acerté.

Sin pensarlo más, me dirigí a la calle Balmes, donde se encontraba el domicilio de Sabater, y esperaba encontrármelo allí.

Así fue, pero la persona que me abrió la puerta de su piso fue la hermana de Rosa; nos conocíamos y ante las condolencias que le di, unidas a un abrazo, se puso a llorar.

En verdad que esas lagrimas produjeron en mí una verdadera tristeza y notaba que a mis ojos le iban a acompañar alguna lágrima.

Entré al salón y allí encontré completamente abatido a Sabater.

Con un enorme abrazo con esos tintes de amargura, nos unimos.

Realmente no esperaba ese fallecimiento. Sí que no hacía muchos días que a Rosa le habían diagnosticado el tener cáncer de mama, pero fue operada y salió bien de la intervención. Se estaba restableciendo, en casa, de manera positiva, y por ello no llegaba a entender esa parada cardiaca repentina.

Así como a mí me resultaba duro asimilar esa inesperada muerte, no cabía duda que era menor ante la pena y amargura que le causaba a Sabater la perdida de su mujer.

Siempre les había visto como un matrimonio muy unido y prueba de ello el querer renunciar a seguir con la agencia de detectives para dedicarse por entero a su mujer.

Sí que fue una sorpresa cuando me comunicó ese querer jubilarse y dejar la agencia, creada por él, pero no me pareció mal al alegar los motivos que le impulsaban a ello.

Desde luego, sin él la agencia perdía la excelencia de disponer de un abogado de alto nivel y por ello, aunque a mí me ofreció el llevarla adelante, desestimé esa responsabilidad y opté por mantenerme de detective, aunque de manera privada.

Sí que a esa privacidad quiso unirse Merche, la secretaria de Sabater y opte por aceptar su requerimiento ya que era un buen elemento, aunque le maticé el no tener claro el futuro que nos esperaba.

No hubo por su parte ninguna objeción, nos pusimos en marcha y bien nos fue el primer caso que llevamos adelante.

Bueno, allí me encontraba junto a Sabater y nuestras bocas permanecían cerradas sin articular una sola palabra.

Por mi parte, no sabía que decirle porque era evidente que sobraba el pronunciar esas frases de condolencia por esa perdida.

De sobra era por él sabido lo que significaba su mujer para mí, le tenía un cariño profundo y en verdad era una de las pocas personas que me motivaban seguir en Barcelona.

Desde luego, la ceremonia de despedida estuvo de acorde a lo que esa gran mujer, como lo era Rosa, se merecía.

La capilla estaba al completo abarrotada y por supuesto, se encontraban todos los antiguos compañeros de la agencia que regía Sabater.

No desperdiciaron, después de dar el pésame a su antiguo jefe, el venir a saludarme, así como el dejar caer si requería de sus servicios en mis nuevas investigaciones como detective.

Estaban al corriente de como se había desarrollado, junto con Merche, nuestra intervención detectivesca, al ser publicada en los periódicos, y ello les daba pié para felicitarme.

Veían posibilidades de agrandar el círculo y volver, bajo mi dirección, a formar la misma agencia que era con Sabater.

Ni que decir que agradecía sus palabras, y diciéndoles que tendría en cuenta ese requerimiento, nos despedíamos.

Desde luego no estaba en mi ánimo el llevar a cabo esa proposición, pero como se suele decir: “nuca cierres del todo una puerta”.

Por supuesto, también se encontraba en la ceremonia Merche y su novio David.

Por descontado, Merche no perdió tiempo en mostrar a Sabater sus condolencias.

Se unió a él en un enorme abrazo y no era para menos, la conexión que había tenido con Sabater, siendo su secretaria, era digna de mostrarle su más sentido pésame.

Una vez retirada de Sabater, Merche se dirigió a mí y sabiendo lo que había representado para mí Rosa, también quiso mostrarme su pesar, para después decirme.

–Si que siento lo de Rosa y también que hayas tenido que dejar el pueblo, pero cuando te venga bien nos vemos en la oficina. Tengo allí algunos apuntes que he hecho sobre el asunto de Ramiro y me gustaría comentártelos.

Vaya, casi tenía olvidado esa cuestión porque, aparte de esa amargura que me había producido la muerte de Rosa, en mi pensamiento seguía reinando la figura de Sara y el ir de nuevo a verla.

No por eso debía desestimar el requerimiento de Merche y aunque ese asunto del tal Ramiro no lo veía nada claro, ese interés por parte de ella y su pareja, se merecía el que le prestara algo de atención.

–Vale, Merche, nos vemos mañana sobre la nueve en la oficina y hablamos.

–De acuerdo, jefe, nos vemos.

No abandoné a Sabater después del sepelio, e incluso les acompañé a él y a la hermana de Rosa a su casa.

Esta mujer, llamada Luisa, no quería dejarlo solo y bien le vendría su compañía. Al ser viuda y vivir sola, podía quedarse junto a él el tiempo que hiciera falta.

Estuve junto a ellos hasta que Sabater decidió irse a descansar. Volvería en otro momento para conversar algo más con él, ya que pocas palabras nos cruzamos en el tiempo que permanecí en su casa. Más bien era Luisa la que llevaba la voz cantante relatando las excelencias de su querida hermana.

Ya en mi piso, lo primero que observe fue el parpadeo en el contestador, evidenciaba que tenía algún mensaje por escuchar. Algo se me alegró la cara al ver que era de Sara interesándose de como me había ido el día.

Era algo tarde, pero las ganas de charlar con ella me hicieron marcar su número de teléfono, malo sería que la pillase durmiendo, pero no, casi fue instantáneo el oír su voz:

–Diga.

–Buenas noches, mi querida, amiga –respondí con algo de guasa.

–Déjate de sarcasmos, ¿cómo ha ido el funeral?

–Perdone usted, pero era un poco para levantarme el ánimo. El funeral, te lo puedes imaginar, y sí que ha asistido mucha gente para dar el pésame a Sabater.

–Y él, ¿cómo se encuentra?

–Pues, qué te voy a decir, está por completo abatido. Como ya te habré comentado, estaba muy unido a Rosa.

–O sea, ahora se encuentra solo.

–De momento le acompaña una hermana de su mujer. Es viuda y estará con él todo el tiempo que haga falta.

–Está bien, de todas maneras, ya que tienes bastante amistad con Sabater, no estaría mal que le hicieses algunas visitas.

–En eso estamos de acuerdo y ahora dime tú, ¿me hechas de menos?

–Mira que eres tonto, tú quédate en Barcelona todo el tiempo que haga falta que yo no te necesito para nada.

–Vaya, creía que sentías algo hacia mi, pero veo que no.

–Desde luego, eres la repera, estabas tan desolado por la muerte de Rosa y no entiendo como tienes ganas de guasa. Sabes de sobra los sentimientos que tengo hacia tí y ahora te voy a dejar, me parece que Carlitos se ha despertado.

–Pues ya seguiremos hablando, dale un beso a Carlitos de mi parte y tú solo quiero que recibas de mí las buenas noches.

–Qué gracioso que eres, yo sí quiero que recibas de mí un beso muy fuerte, ¡hala, buenas noches!

En verdad que esta mujer me levantaba el ánimo y no me importaba estar un poco de guasa con ella. Estaba claro lo que sentíamos el uno por el otro y me llenaba de satisfacción. No tardaría en estar junto a ella.