Decisión Compartida (Mario Gárate: Detective privado 3) 6
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Acompañé al sargento al cuartel y algo hablamos en el camino sobre el posible chantaje a Agustín, pero para él no hacía falta hablar mas sobre el asunto ya que lo daba por zanjado.

Le di las gracias por su intervención y nos despedimos.

Si de momento, quedaba solucionado este imprevisto, tocaba centrarme en esa principal intención que había motivado el desear venir al pueblo, pero por de pronto, debía cumplir con el deber familiar e ir a casa de mi padre para comer junto a él, seguro que estaría esperándome con impaciencia.

Sí que estaba mi padre en espera de mi llegada, pero para salir pitando los dos a casa de mi hermana; había comida familiar.

Vaya, se iba a prolongar más de lo previsto el tiempo de comida y quería estar libre antes de las cinco de la tarde para ir a esperar a Sara.

Si no había cambiado el horario, los viernes salía a esta hora de la bodega donde trabajaba de enóloga y suponía que le agradaría el gesto de ir a esperarla.

Pero bueno, vayamos a esta comida que nos obsequiaba mi hermana.

No sabía como se las apañaba, pero siempre degustaba en su casa alguno de mis platos favoritos.

¿Y con qué nos agasajó esta vez?: de entrante nos ofreció unos pimientos del piquillo rellenos de bacalao y unos buenos espárragos de Navarra, para después saborear un buen plato de pochas con chistorra.

Claro está, bien acompañado de un buen vino de la tierra.

Desde luego, era única en esmerarse como una buena cocinera.

Me hacía recordar los excelentes guisos que nos preparaba nuestra madre.

No cabía duda de quien adquirió esta buena facultad.

Desde luego, era un verdadero gusto, aparte de la exquisita comida, compartir con mis familiares esos momentos. En verdad era algo que echaba de menos en esa vida que había elegido llevar Barcelona y en cierto modo en solitario.

La sobremesa se estaba prolongando más de la cuenta por lo que me vería obligado a decir la causa de querer irme, pero me libré.

El marido de mi hermana lo evitó al alegar que debería irse a recoger a su hija a la guardería y la hora de salida era las cinco.

Diantre, eso me recordó que también Sara llevaba a su hijo a una guardería e iría a recogerlo sobre esa hora, con lo cual saldría pitando del trabajo para ir a por él.

Debía darme prisa para llegar a tiempo, así que aproveché el momento para salir yo también, pero mira por donde, mi padre se acogió a esta salida, queriendo acompañarme.

No me libre de contarle cual era mi intención y con una sonrisa de aprobación se despidió de mí diciendo: «yo me voy a echar una partida al mus en el casino».

Llegué a tiempo, vi como salía de forma rápida de la bodega y ni siquiera se percató de mi presencia.

–¡Sara! –tuve que pronunciar para llamar su atención.

–¡Ay, Mario! Perdona que no te haya visto, pero voy volada para ir a la guardería y recoger a Carlitos.

–Si no te importa, te acompaño.

–Que me va a importar, al revés, seguro que se alegra al verte.

Y sí que se alegró viniendo rápidamente hacia mí para abrazarme.

No cabía duda que me recordaba a pesar de no haber estado mucho tiempo junto a él.

Un beso le di en la frente y sirvió para que su madre sonriente por ese proceder de su hijo y aprovechando que tenía al niño en mis brazos, se apuntó a dar dos besos, uno a su hijo y otro a mí.

Vaya, yo esperaba que me lo hubiese dado al vernos en su salida de la bodega, pero tuve que esperar.

Desde luego no se cortó para dármelo delante de todas las personas que se encontraban ahí.

Lo cierto era que me encontraba a gusto acompañando a madre e hijo, cosa que me parecía impensable siendo yo, como se suele decir: “un lobo solitario”.

Esa mujer había alterado por completo mi comportamiento.

Nos dirigíamos tranquilamente a casa de su padre cuando un policía municipal me hizo una señal para que me acercara a él.

Se trataba de Juan, el compañero de mi amigo Sebas.

Me disculpé ante Sara y me aproximé al policía para ver que deseaba.

–¡Hola, Mario!, te he hecho venir por si te interesa saber algo que he visto.

–Tú, dirás.

–Al acercarme a la estación de autobuses, ya que debía hablar con el conductor del autobús que va a Pamplona, me he percatado de que se subía a ese autobús Rafael Cifuentes con una bolsa de viaje. No sé si saber esto te sirve de algo.

Pues claro que me servía.

–Gracias por decírmelo, Juan, me viene bien saberlo. Otra cosa, ¿estaba por allí su amigo Julián?

–A ese no le he visto.

Me daba la impresión de que la amistad entre esos dos individuos había menguado después de recibir las advertencias del sargento y cada uno tendría que acarrear con lo suyo.

Fuera lo que fuese, el hecho de marcharse Rafael a Pamplona y dejar el pueblo, algo podía significar sobre ese propósito de intimidar a Agustín.

–¿Qué quería ese policía? –me preguntó Sara al llegar junto a ella.

–Te lo cuento cuando estemos en casa de tu padre y si puede ser, que estén presentes él y tu hermana.

–Pues sí que me dejas bien si tengo que esperar; ¿quiere esto decir que nos atañe a los tres?

–Más o menos, pero no te inquietes que no es mala noticia.

No era plan de contárselo en ese momento, no sabía como reaccionaría y mejor que lo supiera, si era posible, juntamente con su padre y su hermana. Sobre todo para levantar el ánimo en Rebeca.

Llegamos a casa de Agustín y si que estaba Rebeca, pero no su padre y me indicaron que posiblemente se encontraría en el casino echando la partida de cartas y claro, uno de los jugadores que compartiría esa partida sería mi padre.

–A ver, este hombre que oculta algo nos lo tiene que decir ya, porque me tiene intranquila, pero quiere que esté también padre –soltó Sara.

–Puedo ir a buscarlo ya mismo –indicó Rebeca.

Les mostré una sonrisa a la vez que intenté calmarlas.

–Tranquilas, no es tan urgente y podemos esperar. Yo que vosotras me centraría en Carlitos, algo os está pidiendo.

–Déjalo, Rebeca, a este buen señor lo voy conociendo y no soltará prenda hasta que le apetezca.

–Mirad, para que veáis mis buenas intenciones; mientras vosotras os apañáis con el niño, me voy a acercar al casino y si está allí vuestro padre, nos venimos los dos aquí.

Sin esperar a que aprobasen mi decisión salí de inmediato en busca de Agustín y sí que lo encontré en el casino, y como suponía, mi padre compartiendo la mesa de jugadores.

Lo que no me esperaba era ver al sargento de la Guardia Civil, más bien me vio el a mí e hizo un gesto para que me acercara a él.

–Hola, Mario, ¿todo normal?

Por la manera sosegada con la que me saludó, intuía el que no supiera esa marcha de Rafael a Pamplona, se lo comenté y enseguida saltó:

–¡¡Qué me dices!! Bien podía habérmelo comunicado también a mí ese policía.

Intenté salir en defensa de Juan.

–Esto lo sé hace poco y quizás puede que se haya pasado ya por el cuartel y tú no estabas.

–También puede ser, pero independiente de eso, el tal Rafael tenía que haberme informado de su marcha del pueblo y esto es algo que debo informar al juzgado de Pamplona.

Pero bueno, por otra parte me alegro porque esto significa que estos individuos se han echado atrás en sus intenciones, ¿no te parece?

–Eso creo yo –le contesté.

–Pues nada, Mario, que todo vaya bien y ahí tienes a Agustín y tu padre enfrascados en la partida de mus.

Hacia ellos me dirigí y sí que estaban abstraídos con la partida.

Llegue en el momento que extendían las cartas sobre la mesa y comenzaban a contar los puntos de ese juego, que si a la grande, a la chica, a los pares y al juego.

Este juego se lo llevaron los contrincantes y al parecer, también la partida. En mal momento yo llegaba.

De alguna manera, me venía bien ese final para que quedaran libres y decirle a Agustín que le solicitaban sus hijas.

Me sobraban las palabras porque tanto él, como mi padre, tenían pensado el marcharse cada uno a su casa.

A mi padre le extraño el verme en el casino y estar interesado en acompañar a Agustín a su casa, para él debía estar con Sara, pero no dijo nada.

Con Agustín me busqué el pretexto de ir con él y poder de nuevo saludar a sus hijas, aunque él bien sabía en cual de sus hijas estaba mi interés.

Estando ya en su casa y hallándose las dos hijas expectantes a que llegáramos, no perdieron ningún instante para pedirme que les hiciera saber a los tres eso que guardaba con tanto misterio.

Comencé en disculpar a Rebeca el hecho de comentarme, solo a mí, las palabras que le soltó en la terraza de un bar ese personaje tan detestado por los tres.

Después les fui contando lo que posiblemente tramaba él y su amigote al querer verse con su padre.

Les conté con todo detalle lo que fue surgiendo, hasta llegar a comunicarles el abandono del pueblo por parte de Rafael.

Con ello, tanto para mí, aunque fuera con reservas, como para el sargento de la Guardia Civil que había intervenido y bien, lo dábamos por concluido.

A las gracias de Agustín se unieron los besos de las dos hermanas y si una con efusión, me los dio en las mejillas, la otra no se privó de dármelos en los labios y claro está, si unos fueron recibidos con agrado ni que decir como me resultó el contacto de esos labios.

–En verdad, Mario, no sé como pagarte todo lo que haces por nosotros.

–Venga, Agustín, a mí no tienes que pagarme nada. La buena amistad de algo tiene que servir.

Carlitos rompió estos agasajos requiriendo la presencia de su madre. Se encontraba entretenido con unos juguetes en un rincón del salón y por lo visto ya se había cansado. Acudí junto a Sara a ver al niño y ella aprovecho el momento, fuera de su padre y su hermana, para exclamar en baja voz:

–¡Así que lo que tenemos tú y yo es una buena amistad!

–¿Te parece mal? –le contesté con sorna.

–Ya hablaremos de lo que me parece.

El niño acaparó nuestra atención y no cabía duda que yo no le era indiferente, sonreía a mis caricias y ello a su madre le satisfacía. Una de sus manos cogió una de las mías apretándola con gusto, para después decirme:

–Nos vamos a ir mi niño y yo a mi piso porque aquí me he quedado sin qué ponerle y ya nos quedaremos allí. ¿Te apetece que cenemos juntos en el piso?

–Ves, esto me parece bien.

–Eres un tonto y ten en cuenta que solo somos amigos.

–Sí, mi adorable amiga.

Todas estas palabras no trascendieron a su hermana ni a su padre al haber abandonado el salón donde nos encontrábamos, aunque ambos sabían de sobra que nos unía a Sara y a mí.

Acompañe a Sara y al niño hasta el portal del piso done vivían y nos despedimos quedando en acudir a cenar a las nueve.

Desde luego no podía negar lo que me atraía esa mujer y las ganas de estar junto a ella en la cena y en lo que surgiese.

Sobre todo aprovecharía para formalizar nuestra relación y definir nuestro futuro.

Con esos buenos pensamientos me dirigí a casa de mi padre y aprovechar el tiempo hasta las nueve para estar junto a él.

Sabía, como hacía siempre que iba al pueblo, de su afición a sugerirme volver al pueblo, donde muy bien podía vivir y no en Barcelona donde me encontraba solo.

Ahora tenía un motivo más para su gusto sabiendo mi interés por Sara.