Decisión Compartida (Mario Gárate: Detective privado 3) 5 #2
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No cabía duda que era un temor que también había pasado por la cabeza de Rebeca.

El haberla visto tan nerviosa y angustiada no podía ser otra la causa.

¿Y cuál era el motivo? Algo muy personal que yo, al igual que su padre y hermana, era conocedor, al indagar sobre su desaparición en este último verano.

Supe llegar a saber de esta chica, la cual pasaba por unos momentos de inconformismo y rebeldía, que en unos meses anteriores se marchó de casa rumbo a Madrid y allí llegó a reunirse con el exmarido de su hermana.

Ya estando en el pueblo habían tenido alguna relación a escondidas y esta se multiplicó en Madrid hasta el hecho de llegar a quedarse embarazada.

Ahí se acabó ese enlace al desentenderse ese individuo de ella.

Sin salir de Madrid, con el consiguiente mea culpa y arrepentirse de haberse dejado seducir de ese tipo tan miserable, tan rastrero y despreciable, según ella, tuvo que requerir la presencia de su padre y pedirle que hiciera todas las gestiones oportunas para poder abortar.

Esto era lo que me rondaba la cabeza y veía a Rafael el hacerse de la ayuda de su amigo Julián para ser éste quien intimidara a Agustín y amenazarle con divulgar lo siguiente: su hija Rebeca había follado, con todo el consentimiento, con el exmarido de su hermana,

hasta el punto de quedarse embarazada y después abortar.

Si era Julián quien realizaba este chantaje, facilitaba a Rafael el quedar al margen de propagarlo y poder alegar en su momento, que su amigo era conocer de este hecho al habérselo comentado en su día, pero sin ninguna intención de propagarlo.

No cabía duda que el divulgar este suceso, y más en el pueblo, destrozaría la vida de esta joven.

Era momento de digerir todos estos pensamientos y bien me venia entonces el ir al bar acostumbrado, para tomarme una cerveza y encenderme un cigarrillo. No fumaba mucho, pero me venía bien para despejar la mente.

Me encontraba absorto en nuevos pensamientos, sentado en el bar saboreando la cerveza y dispuesto a fumarme un segundo cigarrillo, cuando aparecieron delante de mí Sebas y su compañero.

–Le decía a mi colega que bien te podríamos encontrar en esta bar y ya ves que he acertado, señor detective. Y mira, como el que hace tu trabajo soy yo, me parece que te voy a quitar el titulo. –como siempre, Sebas, con su buen sentido del humor.

–A que se debe el honor de que me busquéis.

–Nos vamos a sentar para decirte lo que sabemos, y mira por donde, te vas a librar de invitarnos a tomar una cerveza porque tiene alcohol y estamos de servicio, pero si tomaré un cafecito, ¿a ti te apetece otro, Juan?

–Que sean dos –respondió su compañero.

Como el camarero no solía salir de la barra, me levanté para pedirle una nueva cerveza y los dos cafés.

–A ver que me contáis, señores agentes –les dije una vez servidos.

–Se lo dices tú o se lo digo yo –sugirió Sebas.

–Díselo tú, que la idea partió de ti.

–Pues mira, te puede ir bien el saber algo más sobre Julian y para eso hemos ido al cuartel de la Guardia Civil.

Ellos tienen un informe de haber sido denunciado por intimidar a un vecino, pero no fue sancionado por retirar este vecino la acusación.

Por cierto, el llegar a saber el sargento que tú estabas interesado en conocer particularidades sobre este individuo, me ha dicho que cuentes con él para lo que desees.

Guarda un buen recuerdo de ti por haberles ayudado a esclarecer la desaparición de la hija del Gabarra y conseguir detener al secuestrador.

Vaya, no me iría mal contar con la Guardia Civil, su presencia ante cualquier persona siempre intimida más que la policía municipal y bien me iría ir de inmediato a hablar con el sargento, pero antes se me ocurrió preguntar a estos dos.

–¿Vosotros sabéis o podéis enteraros dónde suelen andar a estas horas estos dos personajes?

–Hombre, yo algo te puedo decir –indicó Juan.– Ayer, por ejemplo, les vi deambulando por la calle Vieja haciendo el chiqueteo y sería un poco antes de las dos de la tarde.

Ahí dejamos nuestra conversación y de inmediato me puse en marcha.

Como lo bueno que tienen los pueblos es que las distancias son cortas, no tardé en llegar al cuartel de la Guardia Civil y además ser recibido por el sargento.

Comentamos el asunto que me tenía intrigado sobre la posibilidad de chantajear a Agustín, pero sin entrar en detalles.

Le hice ver mis sospechas sobre el exmarido de Sara y su amigo y no le produjo ninguna extrañeza.

Me comentó el conocer bien a Agustín, por echar con él la partida acostumbrada de mus en el casino y le ayudaría en lo que fuese, además, aludiendo que me debía una, se hizo participe para averiguar que pretendían esos dos personajes. Sus palabras lo atestiguaban.

–Bien podía a ese tal Rafael citarle para que venga al cuartel valiéndome de que está en libertad condicional y así averiguar que pretende, pero va a ser mejor adelantarnos y pillar a esos dos por sorpresa.

Ya que te han dicho que muy bien podíamos encontrarlos en la calle Vieja, nos vamos a acercar hasta allí y echamos un vistazo.

No tardamos en acercarnos a la calle Vieja y tras visualizar varios bares conseguimos verlos.

Esperamos un poco a que salieran sin que ellos se dieran cuenta de nuestra presencia.

No tardaron en salir y fue instantáneo el cambio del semblante de ambos al acercárseles el sargento con un breve saludo militar.

Ni había la menor duda en manifestar el asombro que les produjo a estos dos esta aparición.

No duró mucho este hecho porque de inmediato preguntó el sargento:

–¿Es usted Rafael Cifuentes?

–Sí, yo soy, ¿por qué lo pregunta?

–Vamos a apartarnos un poco de aquí porque quiero comunicarle algo.

El amigo quiso evadirse de esta irrupción, diciendo:

–Bueno, Rafael, yo os dejo y luego nos vemos.

–No, no, usted no se vaya que también queremos hablar con usted, porque si no me equivoco se llama Julián Álvarez, ¿es así?

–Sí, así me llamo. ¿Y que quiere hablar conmigo, si se puede saber? –respondió de una forma algo chulesca.

Yo estaba expectante y veía como el sargento no bajaba la guardia ni se amedrentaba por esa forma altiva de responderle.

–Usted espere, y si no está de acuerdo, le exigiré que me acompañe al cuartel y allí hablaremos con mas detenimiento.

Esas palabras sirvieron para que Julián se quedase estático y el sargento siguió hablando, pero dirigiéndose a Rafael.

–A ver, señor Rafael, simplemente quiero recordarle que está usted en libertad condicional y aparte de estar sujeto a llevar una buena conducta, nos ha llegado una orden del juzgado de Pamplona en la que le exige personarse cada semana en el cuartel de la Guardia Civil,

debiendo atestiguar que se encuentra en este pueblo.

Supongo que usted está al corriente y sabe cuando debe presentarse a firmar.

Esta exigencia, se parecía a la que me había comentado el comisario de policía, y no estaba mal el sacarla a relucir. Al parecer era como el tener un as bajo la manga por no decirle: “ándese con cuidado con lo que hace”.

Sin perder ni un instante, dirigió otras palabras al amigo.

–Y a usted, señor Julián, solo me resta decirle que cuide su comportamiento. Tenemos conocimiento de todas sus aficiones y no nos gustaría que las practicara en este pueblo.

Los dos quisieron abrir la boca, pero no les dejó.

–No, no, no me digan nada y guárdense sus palabras para ustedes mismos y obren en consecuencia. Pueden seguir ustedes su camino y buenas tardes.

Su despedida fue igual a la que realizó cuando se acercó a ellos; un saludo militar.

Sí que me dejó sorprendido sus habilidades para dejarles sin palabras y que asumieran sus recomendaciones.

Me daba la impresión de que algo se había conseguido y esos propósitos de intimidar a Agustín y chantajearle, de momento, quedaban estancados.

Sí que bien me había servido la Guardia Civil para llegar a acobardar a esos dos individuos. De alguna manera, como el decía, me debía una y bien que contribuyo a satisfacérmela. Pero no había que bajar la guardia.