5
Pasé la noche, en casa de mi padre, más pensando que durmiendo. Me levanté temprano y ya estaba mi padre en la cocina. A los buenos días que nos dimos siguió diciéndome:
–Ahí tienes café recién hecho y tostadas. Si quieres poner en ellas tomate y jamón, coge del frigo o tú veras lo que quieres.
–Gracias, querido padre –le contesté sonriendo.
–Sí, sí, tu mucho querido padre, pero te veo de higos a peras.
–No refunfuñes que siempre te tengo en mente.
–Bueno, vamos a dejarlo y desayuna.
Tal como dijo mi padre, no me aparté un ápice de lo que me aconsejó para desayunar y estaba en ello cuando me preguntó:
–¿Que planes tienes para hoy?
Ya que sacaba el tema, bien podía ayudarme en algo que había pensado en la noche.
–¿Tienes amistad con el sargento de la Guardia Civil?
–¿Porqué lo preguntas?
–Tienes o no tienes.
–Claro que tengo, ¿porqué lo quieres saber?
Algo tenía que decirle porque conociéndolo no pararía hasta sacarme todo lo que deseaba saber. A ver como me las ingeniaba sin que llegara a saber el fin que pretendía.
–Quiero que me dé una información que me podría ir bien para un asunto que tengo en marcha.
–¿Y no puedo saber de que asunto se trata?
Vaya, salió el curioso que todo tiene que indagar. ¿A quién me pareceré yo? No me iba a andar por las ramas; sin llegar a todo, algo debería decirle para qué quería ver al sargento.
–Quiero que me hable de un individuo que hace poco recibió la herencia de su tío... –ni me dejó seguir.
–Ya sé de quien se trata, ¡menudo elemento!
–Dime que sabes de él, sabelotodo.
–Hombre, todo no sabré, pero de este elemento te puedo decir alguna cosa que quizá el sargento no sepa. El tío de este elemento, era un buen compañero que jugaba las partidas de cartas conmigo en el casino y más de una cosa me contaba.
–Venga, al grano, que te enrollas como una persiana.
–Ya salió el impaciente, a ver como te lo digo.
En principio te diré que ese sobrino no era de su estima, y no sé porqué no hizo un testamento para que no heredara nada suyo.
Este elemento, era hijo de una hermana de este buen amigo, que también murió algo antes que él, y según me contó, su hijo ni siquiera se presentó en su entierro.
Esto te puede dar una imagen de como es este individuo.
–¿Y te contó a qué se dedicaba?
–Concretamente no me contó a que se dedicaba, pero lo que sí me llegó a decir cual era una de sus aficiones, y no era otra cosa que chantajear a personas. A estas, las amenazaba con revelar hechos privados de sus vidas o relaciones que pudieran perjudicarles.
–¡Pero eso es un delito que bien se puede denunciar!
–Ya lo sé, lo que no sé es si alguien lo ha denunciado y esté fichado por la policía. Bueno, aparte de que no sepa si está fichado, ¿te sirve de algo lo que te he contado de este individuo para tu asunto?
–De poca cosa, –le contesté sonriendo, al mismo tiempo que puse mi mano sobre su hombro–, pero están bien esas indagaciones, señor padre de detective.
En verdad, mi padre me había aportado una información sobre ese personaje digna de enmarcar.
No iba a ir a ese encuentro con esos dos con las manos vacías.
Allí me dirigí y entrando en el bar apenas vi clientela, dos personas estaban apoyadas en la barra hablando entre ellas y al fondo, sentadas en una mesa había otras dos.
Una de ellas distinguí quien era y aunque no nos habíamos visto nunca, una foto de su cara que me enseñó Agustín, evidenciaba que no me equivocaba de persona.
La otra persona era completamente desconocida para mí, pero no iría desencaminado si la asociaba a ese personaje del que había hablado mi padre y tal como me había dicho mi cuñado, de nombre Julián,
Me acerqué a ellos y sin más dilación, les saludé con un:
–Buenos días.
Me miraron de arriba abajo haciendo caso omiso a mí saludo y fue el acompañante del exmarido quien preguntó con arrogancia:
–¿Tú, quien eres?
–Yo soy Mario y tú, si no me equivoco, eres Julián, ¿es así?
Se quedó algo sorprendido al pronunciar su nombre, pero fue el exmarido Rafael quien soltó:
–¡Hostia!, este es el tipo que ayudó a mi mujer a denunciarme por bígamo; es un detective.
–Estás en lo cierto Rafael y aunque no me lo permitáis, me voy a sentar con vosotros para charlar un rato.
Era una forma de mostrarme altivo ante dos personas que no tenían el mínimo aspecto de ser comedidas.
–Nosotros no tenemos nada que charlar contigo, así que ya te puedes ir largando. –manifestó Rafael.
–Ya has oído a mi amigo, aquí no pintas nada.
–Quizás pintase algo más Agustín, pero ya veis quien está aquí, así que ya me estáis soltando que es eso tan importante que queríais decirle.
Esa forma un poco chulesca con la que les hablaba, algo les dejé descolocados, pero pronto cambiaron de actitud y fue Julián el que rompió ese estado diciendo:
–Nosotros no tenemos nada que decirte a ti, así que márchate cuanto antes y no nos toques los cojones.
–Mira, señor manipulador y chantajista, me voy a ir de aquí de inmediato, pero ni se os ocurra por nada del mundo, tramar nada contra Agustín y su familia porque lo vais a tener muy mal.
A ti, Rafael, igual no te viene bien esta libertad condicional y te apetece multiplicar tu pena carcelaria, y a ti, Julián, no creo que te venga bien continuar con esa afición de intimidar para recibir una buena pasta; estás más que pillado.
Ni les dejé soltar prenda, así como dije que me iba de inmediato, así lo cumplí.
Lo que les había soltado debían digerirlo y me daba la impresión de no haber caído mis palabras en saco roto.
Quizás me había salido este encuentro mejor de lo que esperaba, o así me lo parecía, pero no por eso debía bajar la guardia y algo debía hacer para tener más controlados a estos dos individuos.
Un primer pensamiento era acudir al cuartel de Guardia Civil y hablar con ese sargento que mi padre tenía amistad, pero pensando en amistades, bien podía hacerme valer de mi amigo Sebas.
Su pertenencia a la policía local me venía de perlas, no solo para implicarle a él en este asunto, sino el que hiciera valer esa pertenencia para que me abriese las puertas de la comisaría y poder hablar con el que creyese oportuno.
Dicho y hecho. Me acerqué a la comisaría y mira por dónde en ese momento salía Sebas junto a un compañero.
–¡Hombre, amigo Mario!,
–Mira que bien verte, Sebas.
–¡No me digas que vienes a ver si me encontrabas en la comisaría!
–Pues claro, quería hablar contigo, pero si no puedes ahora, ya me dirás cuando te va bien.
–Dime, de que quieres hablar, aunque me lo imagino. Nosotros salíamos para hacer una ronda, pero no es muy urgente donde tenemos que ir. ¿Te importa que hable con él? –preguntó, dirigiéndose a su compañero.
–No, no, hablar de lo que queráis, ya me espero.
–Por cierto, ¿conoces a mi amigo? –refiriéndose a mí.
–No me suena mucho su cara –respondió.
–Su cara puede que no te suene, pero lo que hizo este verano sí que te tiene que sonar, es el detective que indagó la desaparición de la hija de Agustín, el Gabarra.
–Anda, pues sí. Fue bastante sonado en el pueblo el que la hubiese encontrado y facilitar a la Guardia Civil el detener al pastor que la secuestró. Es un placer saludarte –dijo, acompañando con la extensión de su mano para que se la estrechara.
Como no me importaba que otro policía oyera lo que le iba a decir a Sebas, expuse de inmediato la causa de haberme visto con Rafael y su amigo Julián.
Con ello quise dar relevancia el hecho de tener en cuenta, por la policía municipal, el comportamiento de estos dos individuos por si tramaban algo que se vieran afectados Agustín y su familia.
Dejé entrever la posibilidad de ir a la Guardia Civil para que también lo tuvieran en cuenta.
–No creo que haga falta hacer intervenir la Guardia Civil, pero ahora te llevamos ante nuestro comisario y a ver que te dice.
Bien viene, como se suele decir, tener amigos hasta en el infierno, prueba de ello el recibimiento de inmediato por parte del comisario.
Me quedé a solas con él y le expuse lo mismo que les había contado a Sebas y su compañero.
Llamémosle sorpresa, el llegar a comentarme que tenía un informe del juzgado de Pamplona.
En él constaba un requerimiento para que Rafael se presentase en la comisaría o en el cuartel de la Guardia Civil, mientras estuviese en el pueblo.
Este permiso era atribuido por alegar que tenía un hijo en este pueblo, pero debía informar si se desplazaba a otro lugar, no pudiendo salir de Navarra.
De momento, el comisario me informó que la policía poco podía hacer, ni tampoco la Guardia Civil, si no había una denuncia por parte de Agustín y su familia, pero de alguna manera estarían pendientes si hubiera algo anómalo en el comportamiento de estos dos individuos.
Sí que también estaba al corriente de que Julián no era un elemento en el qué fiarse, al estar fichado por haber intervenido en algún que otro desorden público dentro del pueblo, pero en la comisaría no figuraba ninguna denuncia por cometer chantajes,
eso no quería decir que no los hubiera en otro lugar.
Así que esa afición de efectuar intimidaciones, de momento, quedaba en el ámbito de la sospecha.
Había algo en la explicación del comisario que también me llamaba la atención y era el haber alegado Rafael el querer venir a este pueblo al tener un hijo en él.
Sí que era el padre del hijo de Sara, pero como he comentado, este personaje renunció a la guardia y custodia de su hijo y ceder la patria potestad a la madre.
Por supuesto, a cambio de recibir un buen cheque bancario de Agustín.
Bien le había venido a este individuo, el de apuntar lo de tener un hijo en el pueblo, pero no llegaba a creer el servirse de nuevo de este hecho para obtener más dinero.
El documento de la renuncia estaba a buen recaudo en un archivo judicial y por tanto, el querer más dinero por esa concesión no tenía sentido.
¿Y qué podía originar el poder sacar más dinero de Agustín?
En enseguida surgió en mi mente ese otro motivo que pululaba en mi mente y aunque en principio me negaba admitir, bien podían recurrir llevar a cabo ese par de individuos.
En ese asunto quien estaría sometida sería su hija Rebeca.