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Me dejó Sebas bastante pensativo. Sí que no tenía desperdicio eso importante que me iba a decir y además coincidíamos en ese punto de vista del que yo había considerado en mi pensamiento.
Había que estar al loro y por nada del mundo quería que involucrasen a esa familia en los propósitos de esos dos.
De alguna manera, el exmarido se tenía que andar con ojo en importunarles al estar en libertad condicional, pero ahí tenía a ese amigote y a saber que tramaban entre los dos.
Era cuestión de salir del bar y a ver que se me ocurría, para matar el tiempo, hasta llegar las ocho y media de la noche en que me vería con Sara.
Una de las posibilidades, y a ella recurrí, era ir a ver a mis hermanos, por lo menos para saludarles.
Primero fui a casa de mi hermano, pero nadie me abría la puerta; fue una vecina la que me informó que se había ido, junto a su mujer y sus dos hijos a pasar unos días a Benidorm.
Tocaba ir a ver a mi hermana a ver si también me llevaba una sorpresa.
Desde luego, bien podía saber que era de mis hermanos si le hubiera preguntado a mi padre por ellos, pero ese interés por Sara y saber la presencia de su exmarido, había dejado de lado el preguntar por ellos.
Sí que encontré en su casa a mi hermana, como también estaban su marido y su preciosa niña.
Claro que les causé una sorpresa al verme y una vez nos dimos los besos oportunos, sobre todo a esa sobrina que era un encanto, mi hermana no perdió ningún momento para mencionarme, al igual que mi padre, la razón del porqué me había personado en el pueblo en una fecha poco común.
El nombre de Sara salió a relucir y no podía engañarla, era amiga de ella y más o menos estaba al corriente de nuestra relación.
–¿Ya has estado con ella? –quiso saber.
–Sí que la he visto, hemos ido padre y yo a casa de Agustín y allí estaba.
–Te habrán contado que está por aquí su exmarido.
–Lo he sabido porque me lo ha dicho padre y los dos hemos ido a casa de Agustín para que nos dijese si había contactado con él o con Sara.
Siguiendo con ese interés de hermana de no dejarse nada en el tintero, siguió preguntando:
–¿Y qué te han dicho?
–Pues nada concreto, saben que está aquí, pero que no quieren saber nada de él.
–No me extraña, ese hombre es un sinvergüenza y cuanto menos se relacione con ellos, mejor. Lo que me extraña es que se haya personado en el pueblo tan pronto. Según tenía entendido, debía estar casi un año en prisión.
–Le han concedido libertad condicional, pero también para mi es chocante el presentarse en el pueblo. Me he encontrado con Sebas, el amigo que ahora es policía, y me ha explicado lo relativo a esta libertad. También me ha comentado que se ha establecido en casa de un amigo.
–Me imagino quien puede ser.
–¿Tú le conoces?
–Yo, no mucho, pero si es el que pienso, mejor dile tú como es ese personaje ya que le conoces bastante mejor que yo –respondió mi hermana señalando a su marido.
–Bueno, si es el amigo que tenía tanta relación, estando en el pueblo, más que conocerlo tengo algunas referencias de él y sí te puedo asegurar que es un buen elemento –apuntó Fernando
–¿Puede que lo conozca yo también? –quise saber.
–No lo sé, pero no creo. Este hombre no es del pueblo y vive temporalmente aquí desde finales del año pasado. Esto lo sé porque lo llegué a conocer cuando se personó en el pueblo.
–Cuéntame eso que sabes, puede que me venga bien el saberlo.
–Bueno, pues este señor, llegó al pueblo y al parecer, lo primero que hizo fue presentarse en el banco donde trabajo.
Estaba yo en ese momento en la recepción y se dirigió a mí directamente para que le diese información de las cuentas bancarias de un cliente, alegando que era su tío y había fallecido recientemente.
Como era algo confidencial, llegué a comentárselo al director y una vez que nos enseño su documento nacional de identidad, accedió a darle esa información.
Nada más saber él importe de sus cuentas, nos hizo saber que él era el heredero.
Su tío era un hombre del pueblo que estaba jubilado y no tenía descendencia.
Tampoco tenía hecho testamento, pero este sobrino se las ingenió para realizar todos los trámites necesarios y quedarse con toda la herencia.
–Y si no es indiscreción, ¿era notable esta herencia?.
–A ti te lo puedo decir porque no lo vas a divulgar y sí que era una herencia para no desaprovecharla.
Las cuentas de este hombre ascendían a algo más de setecientas mil pesetas, pero además, hay que contar con el piso donde vivía, que era de su propiedad y un garaje donde guardaba un coche algo antiguo, pero en buen estado.
O sea, independiente de lo que debía pagar a hacienda, el hacerse heredero le era bastante rentable.
–Una cosa más, ¿me puedes decir el nombre de este sobrino?
–Pues claro, no hay ningún problema en que sepas su nombre: se llama Julián Álvarez.
No sabía si me iría bien esta información que me había dado mi cuñado, pero no estaba de más el saberla.
Algo más estuvimos hablando, pero se acercaban las ocho y media de la noche y debía cumplir con mi cita con Sara.
Mi hermana quería que me quedara a cenar con ellos, pero al decirle que tenía una cita, no hizo falta que le dijera con quién, enseguida terció:
–Hala, venga, ya estás tardando en irte y le das un beso de mi parte.
No tarde en llegar a casa de Agustín y me resultó chocante el abrirse la puerta sin siquiera llamar.
Rebeca fue la causante y además, sin mediar palabra y con el dedo sobre los labios indicando silencio, me llevó a una habitación que tenían nada más entrar en la casa.
Una vez dentro, cerró la puerta y yo con un gesto como queriendo preguntar: ¿qué pasa?
, esperé a que justificara esa actitud. No tardó en decirme en voz baja y con cierto nerviosismo:
–Me vas a perdonar lo que he hecho, pero te estaba esperando para querer hablar contigo.
Te tengo que decir algo, pero sin que se llegue a enterar mi padre ni mi hermana.
Como has quedado con Sara el venir a las ocho y media, he estado pendiente mirando por la ventana hasta verte y abrirte la puerta sin que llamases.
–Está bien Rebeca, pero suelta de inmediato eso que debe ser tan importante que me tienes que decir.
Unas lágrimas asomaban a sus ojos y no pude por menos que abrazarla y calmarla.
–Tranquila, Rebeca, tómate el tiempo que quieras.
–Es que me sabe mal el tener que recurrir de nuevo a ti para que intentes solucionarnos nuestros problemas.
–Venga, anímate. Sabes que estoy para lo que necesitéis.
–No sé como decírtelo, pero es que hace algo más de una hora, he salido de casa para reunirme con una amiga y estando sentadas las dos en una terraza se ha acercado Rafael, ya sabes, el exmarido de mi hermana. Iba junto con otro y sin llegar a mirarles, me dijo con sorna:
–¡Hola, mi querida Rebeca!, ¿ya no saludas?
Seguí sin levantar la cabeza, pero él continuó hablando:
–Te veo tan guapa como siempre, pero es igual si no quieres mirarme, Solamente escucha lo que te voy a decir: mañana a las diez, este amigo y yo, queremos hablar con tu padre de un asunto importante, así que no se te olvide decirle que se presente a esa hora en el bar Deportivo.
Vaya, empezaba a ver con mayor claridad que esos dos amigotes, tal como me adelantó Sebas, algo tramaban. Solo faltaba oír hasta donde llegaban esas intenciones. En primer lugar debía tranquilizar a Rebeca.
–Mira, Rebeca, ten calma y no te inquietes. Me parece muy bien que me hayas contado esto antes que a tu padre y tu hermana, y sigue, de momento, sin decirles nada. Yo seré el que vaya mañana a ese encuentro y enterarme cual es ese asunto tan importante que tienen que decir a tu padre.
–Es que lo he estado pensando y conociendo como es ese sujeto, no creo que yo este lejos en ese asunto que quiere hablar con mi padre. Tú bien sabes porque puedo estar más que preocupada.
Sí sabía a que se refería, pero tampoco quería adelantar acontecimientos, yo me personaría a esa cita e intentar averiguar que tramaban.
Tan pronto se secó las lágrimas, salimos de la habitación y procedimos como si yo no hubiera entrado en su casa.
Dos veces tuve que llamar al timbre para que alguien acudiera.
Agustín fue el que se personó para abrirme, a la vez que decía:
–Disculpa que te hayamos hecho esperar, pero estas chicas me han hecho venir a mí porque las dos deben estar muy ocupadas. Sara sé que está con el niño, pero Rebeca no sé que estará haciendo.
Sonreí ante el hecho de no venir Rebeca a abrirme, por mi parte estaba disculpada.
Entendía que estuviera intranquila por lo que pudieran planear esos dos individuos.
De nuevo dentro de la casa, no tardó Agustín en decirme que me apetecía tomar, en espera de que Sara apareciera.
Le agradecí su invitación, pero más deseaba ver a su hija y saber si podíamos planear algo en esa noche.
Deseaba olvidarme un poco de lo que pretendían esos personajes; a la mañana del día siguiente sabría a que atenerme.
–Perdona, Mario, pero es que no había manera de dormir al niño –fueron las palabras de Sara al presentarse en el salón donde nos encontrábamos Agustín y yo.
–Si queréis, podéis iros donde os apetezca, yo estaré pendiente del niño –profirió Rebeca al entrar al salón casi al mismo tiempo que su hermana.
–¿No habías quedado con esa amiga que ha venido a pasar unos días al pueblo? –le indicó Sara.
–Sí, pero ya le he avisado de que no voy a salir.
–Por mí, podéis iros tranquilamente los tres, yo no he quedado con nadie –apuntó Agustín.
–Vale ya, he dicho que no salgo esta noche y me quedo a gusto en casa, así que hacer vosotros lo que queráis –replicó Rebeca en un tono algo malhumorado.
–¿Te pasa algo? –le preguntó Sara.
–No me pasa nada, o es que no puedo hacer lo que me dé la gana.
Lo mejor era romper esa tensión. Veía que Rebeca todavía no se había repuesto de esa angustia que tenía dentro. Así que intenté poner fin a esa pelotera.
–Si creéis conveniente, el que puede irse soy yo...
–No, no, Mario –me cortó Rebeca– de verdad, yo me quedo en casa muy a gusto y me parecería bien que os vayáis Sara y tú donde os apetezca.
Bueno, una sonrisa asomó en el rostro de Rebeca y dio pié a que los ánimos se calmaran.
Y sí que produjo su efecto porque Sara y yo no tardamos en salir de su casa y dejándonos su coche Agustín, nos desplazamos a cenar fuera del pueblo y ¿dónde le apeteció a Sara ir?
, al mismo restaurante que fuimos la anterior vez que estuve en el pueblo.
Era un bonito recuerdo para ella y quería revivirlo de nuevo.
Turella, la ciudad a la que nos dirigimos, no se encontraba lejos de nuestro pueblo y no tardamos en llegar.
Pude aparcar sin problemas y de inmediato nos dirigirnos al restaurante que deseábamos estar.
No hubo dificultad en ubicarnos en una mesa y mira por donde, nos situaron en el mismo lugar en el que estuvimos la vez anterior.
Sí que esa cena era una de las cosas que deseaba disfrutar con Sara en ese día de mí llegada al pueblo, pero aunque a ella la veía con cierto ánimo durante la cena, en nada se parecía a esa mujer entregada a mí, estando en Barcelona.
¿Qué le frenaba para ser la Sara que no se apartaba de mi pensamiento?
No me cabía duda que algo influiría el hecho de estar presente en el pueblo su exmarido y no saber la causa, aunque ya había quedado claro, al recibir el dinero que había acordado con su padre, el no volver a relacionarse con ella para nada.
Pero había otras causas que había que tener en cuenta y estas ya me encargaría en saber en esa cita, con su exmarido y su amigo, en la que yo acudiría en lugar de su padre.
En ningún momento quiso sacar ese hecho en la conversación que mantuvimos mientras cenábamos, ni yo tampoco quise mencionarlo.
Hubo un momento en nuestra charla, en el que Sara sacó a relucir el nombre de su hermana, al decir que la había visto preocupada, aunque últimamente la veía bastante más animada.
Ahí debía restarle importancia para no sacar a relucir esa preocupación, dije que todos tenemos nuestro altibajos y no nos comportamos de la misma manera aunque estemos sin preocupaciones.
Lo dejamos ahí y sí puedo decir que ultimando la cena algo me hizo cambiar ese criterio de no verla tal como se comportó conmigo estando en Barcelona.
Puso sus manos encima de la mías y me dijo lo siguiente: «no sabes lo que me alegra el que hayas venido al pueblo y que estés ahora conmigo».
Ni que decir que me levantó la moral y no pude por menos que estrechar fuertemente sus manos, porque más bien me hubiera alzado sobre la mesa y poner mis labios sobre los suyos.
Desde luego, no era para montar un espectáculo delante de los comensales que compartían con nosotros el restaurante, ya habría otro momento para exteriorizar mis sentimientos.
Me sentía complacido al salir del restaurante y sentir como su brazo se agarraba al mío y su cabeza se apoyaba en mi hombro.
En verdad que esa mujer me producía muy gratas sensaciones y como no, nuestros labios llegaron a unirse, pero ese beso nos lo dimos al despedirnos estando ya de vuelta en casa de su padre; el deber con su hijo la reclamaba.
Ya habría otro momento para mostrarnos más afectivos.