Decisión Compartida (Mario Gárate: Detective privado 3) 2
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Estábamos ya en la mañana de miércoles y no demoré más mi marcha.

Con mi flamante Renault 21, que tuvo a bien mi exjefe Sabater en ofrecérmelo en su día, casi de regalo al adquirir él otro vehiculo, me personé en mi pueblo.

Y claro que estaba en mi ánimo ver cuanto antes a Sara, esa mujer que había despertado en mí ese ánimo de querer unirme a ella, pero antes debía aparecer por casa de mi padre.

La sorpresa al verme fue evidente, pero no lo debió ser tanto al decirme después de nuestro abrazo:

–Me alegra verte de nuevo en el pueblo, pero deja que adivine porqué has venido.

–A ver, listo, qué tienes que adivinar.

–Es muy fácil, solo apareces por aquí en navidades y en el día de mi cumpleaños.

¿Y qué ha pasado para verte hoy por aquí?

, pues si no me equivoco, una chica estupenda, como es Sara, es la causante de esta visita.

A mí me parece fantástico que te intereses por ella y más sabiendo que su exmarido se encuentra en el pueblo.

¡Qué me contaba! En principio no tenía la menor idea de que supiera ese interés que tenía por Sara, yo no se lo había comentado, pero bueno, a este hombre no se le escapaba nada y más sabiendo que era amigo del padre de Sara.

Algo hablarían entre ellos. Sí que algo más me sorprendió el hecho de encontrarse en el pueblo su exmarido.

Ese hombre había sido condenado a prisión un año por bigamia y solo había pasado un mes y medio de su encarcelamiento.

–¿Cuando ha llegado al pueblo?

–¿No lo sabes?

–No, ¿por qué debía de saberlo?

–Pensaba que Sara o su padre te habrían llamado por teléfono para decírtelo. El caso es que desde ayer está por aquí.

Vaya, era raro el estar en libertad, pero en principio no era delictivo el personarse ese hombre en el pueblo, aunque no me daba buena espina.

No llegué a tratarlo personalmente, pero en algo contribuí para saber que estaba todavía casado con otra mujer cuando contrajo matrimonio con Sara, como también intervine en facilitar llevarlo ante el juez por cometer el delito de bigamia.

Sí que Sara, desconocedora de este hecho, estaba tramitando la separación con su marido al no congeniar con él.

Por descontado, ese delito sirvió a Sara para anular por completo ese matrimonio.

Hasta ahí lo tenía claro, pero el comparecer en el pueblo, no lo veía tanto.

Desde luego ahí tenía a un hijo, fruto de esa unión, pero según Sara, no le prestaba la mínima atención, por no decir que pasaba olímpicamente de él.

Por consiguiente, al no ser del pueblo y no tener otro vínculo, me hacía sospechar que algo buscaba.

Al quedarme pensativo sin decir nada, mi padre siguió diciéndome:

–O sea, no sabes nada.

–Pues no, y me parece raro que no me lo hayan comunicado.

–Quizás no han querido molestarte, pero ese tío no es de fiar y no estaría de más que te pusieras en contacto con Sara o con su padre, a ver que te cuentan.

Me dispuse a llamar a Sara por teléfono a su casa, pero no obtuve respuesta. Bien podía hacer una llamada a su padre, pero casi era mejor presentarme en su domicilio y me informara en persona si había algún motivo por el que preocuparse por esa aparición del exmarido.

Como si hubiera adivinado mi intención, mi padre apuntó:

–Podemos ir a casa de Agustín, ya sabes que tengo bastante amistad con él y seguro que algo nos cuenta.

–Me parece bien, pero conociéndote, deja que sea yo quien le haga las preguntas.

–Vale, ya salió don sabelotodo y por cierto, ya me irás contando tu nueva hazaña de sacar a un hombre de la cárcel, que siempre nos tenemos que enterar por otros de tus proezas.

Era cierto que a mi familia no le tenía al corriente de mis actos, ni nunca me lo había planteado. Cada uno teníamos un trabajo y no veía el tener que ir divulgando los buenos o malos momentos que nos propiciaran nuestras labores.

Se acercaba la hora de comer y seguro que encontraríamos en casa a Agustín, lo que no me esperaba era ver a Sara y su hermana Rebeca.

La sorpresa fue mayúscula para Sara, se quedó perpleja e inmóvil al verme, pero la que no se quedó inmóvil fue su hermana, se acercó de inmediato hacia mí para abrazarme y darme dos imponentes besos en las mejillas.

Tras saludar a Agustín, tocaba cumplir con Sara y no me reprimí, me acerqué a ella y un beso en los labios culminó mi saludo.

Era la primera vez que esa muestra de afecto realizaba delante de su padre y su hermana, pero al parecer no les pilló de sorpresa.

Por lo visto, estaban al corriente de esa relación que manteníamos Sara y yo.

Llegaba el momento de conocer que sabían sobre la llegada al pueblo de ese hombre y si se había relacionado con ellos, pero tenía que esperar.

Insistieron en quedarnos a comer y como a mi padre le pareció bien aceptar esa invitación, ahí nos quedamos.

Me extrañó que tanto el padre como sus hijas, no sacaran a relucir, tras los saludos, el conocimiento de esa llegada; esperaría.

Durante la comida tampoco se pronunciaron sobre el tema y la conversación siguió por otros derroteros.

Agustín se encargó de convertirme en el protagonista de la charla al sacar a relucir la desaparición de su hija Rebeca y el haber conseguido encontrarla.

Bueno, en algo contribuyó mi padre para que me encargara de esa búsqueda.

Aprovechó la visita que hice al pueblo para conmemorar su sesenta cumpleaños y pedirme que me ocupara de esa desaparición.

Ello postergaría mi regreso a Barcelona, pero me lo pidió como favor y no pude negarme.

Por cierto, me privó de poder presenciar los Juegos Olímpicos en directo y tuve que conformarme en ver la ceremonia de la apertura en la televisión de mi padre.

Como la comida llegaba a su fin y seguía sin oír una sola palabra de ese hombre, me atreví a apuntar:

–No me decís nada, pero me gustaría me dijeseis qué sabéis de Rafael Cifuentes.

Se quedaron mirando entre los tres hasta que Agustín rompió el mutismo diciendo:

–Mira, Mario, no queremos saber nada de ese hombre, bastante daño nos hizo a mí y a mis hijas ese sinvergüenza y queremos olvidarnos de él.

Ya nos han comentado su llegada al pueblo, pero de momento no se ha dirigido a nosotros para nada y aunque tú nos ayudaste y mucho, para encarcelarlo, no hemos querido molestarte.

Tú tienes tu trabajo en Barcelona y a él te debes.

–Bueno, vamos a dejar aparte mi trabajo.

En principio no estoy en el pueblo por la llegada de ese hombre, si me he llegado a enterar, es porque mi padre me lo ha dicho al llegar.

Mi motivo de venir al pueblo es otro, pero vamos a dejarlo aparte, ahora lo importante es llegar a saber los motivos por los que ese hombre se encuentra aquí.

–De verdad, Mario, te agradecemos tu interés y ya que estás aquí te informaremos si se acerca a nosotros, pero ese hombre ya no tiene nada que ver con mi hija y en lo que respecta al niño, aunque también es su hijo, a ella le han concedido la custodia total. Así que no le tenemos miedo.

–No se trata de tener miedo, lo único que os puedo decir es que seáis precavidos al no saber sus intenciones.

Ni les pareció bien ni mal lo que les expuse, porque ante todo decían el no tener porqué ocultarse de ese tipo. Más bien eran conclusiones a las que llegaba Agustín, porque tanto Sara como su hermana, prácticamente dejaron que su padre interviniera en todo momento.

No dio tiempo para más, Sara y su hermana debían irse para terminar de cumplir su jornada laboral, pero antes de marcharse ambas hermanas, Sara me preguntó si me venía bien el venir de nuevo a casa de su padre sobre las ocho y media de la noche.

Por supuesto que venía bien volver a verla y en eso quedamos.

No daba para más esa reunión y no tuve que hacer mucho para finalizarla, mi padre se encargó, en nombre de los dos, el agradecer a Agustín su invitación y proceder a despedirnos de él.