Decisión Compartida (Mario Gárate: Detective privado 3) 1
4%
Decisión Compartida (Mario Gárate: Detective privado 3)

Decisión Compartida (Mario Gárate: Detective privado 3)

Por Antonio Gil Iniguez

© inepub.com

1

Por segunda vez iba a intentar el poder hacer uso de mis interrumpidas vacaciones veraniegas.

Mi jefe fue el causante de paralizarlas la primera vez al querer que me personara ante él para explicarme sus intenciones.

Y claro, aparte de sorprenderme al exponerme su deseo de querer dejar la agencia para retirarse por motivos personales, me pidió ponerme a investigar un nuevo caso.

Pues bien, oídas sus intenciones y el haber podido ultimar el caso requerido, quedaba libre para tomarme unos días de asueto.

¿Y donde mejor para concluirlas?; mi pueblo.

Aparte de poder estar junto a mi familia, había una mujer que no se apartaba de mi pensamiento.

Más bien, a este pensamiento se le añadía el deseo de poder estar junto a ella.

Lo tenía claro y para reafirmar esta claridad, solo tenía que remitirme a esos días pasados en los que tuve el placer de disfrutar de su presencia en Barcelona.

Esa estancia, había sido debida al hecho de tener que acudir a la feria anual del vino que se celebraba en el recinto ferial de Montjuic.

Al ser ella enóloga, asistía para representar a la bodega en la cual trabajaba y además, debía dar una conferencia sobre los vinos de Navarra y sus excelencias.

Si el llegar a conocerla el mes anterior en el pueblo me causó una muy buena sensación, el hecho de poder intimar algo más, en esa estancia en Barcelona, me llevaba a tener claro cuales eran mis sentimientos hacia ella, y si no me equivocaba, era correspondido.

Estaba absorto en esos pensamientos, pero tuve que aparcarlos al ser interrumpidos por el sonido telefónico.

Acudí a la llamada y se trataba de mi compañera de trabajo, Merche.

Me extrañó porque nos habíamos dado unos días de descanso después de resolver el caso que habíamos investigado.

El haber sufrido ella un atropello intencionado, en el que por suerte solo quedaron las secuelas de una fractura de muñeca, determiné el realizar esa pausa en nuestro trabajo. Los dos nos merecíamos un descanso.

–Hola, jefe –fueron sus primeras palabras.

–A ver, Merche, ¿no habíamos quedado en que debías descansar, incluida la lengua?

–No te enfades, jefe, estoy descansando, pero aquí tengo a mi novio con un conocido y me han pedido que les podamos atender. Sobre todo con tu participación.

–Participar, ¿para qué?

–Eso mejor que te lo cuenten ellos. Les he dicho que, si a ti te va bien, nos veamos en nuestra oficina y allí te digan lo que desean.

Algo importante tenía que ser para molestarme y cuanto antes supiese que querían, mejor para poder irme yo a lo mío.

Quedamos en vernos en una hora en el despacho de nuestro ya exjefe Sabater, que a bien nos lo había ofrecido al retirarse y querer jubilarse.

Desde luego, nos venía de perlas para que Merche y yo lo utilizáramos como nuestra oficina, si queríamos seguir ejerciendo de detectives.

Por descontado, era espacioso y servía de sobra para nuestro cometido. Sin demora, allí me presenté.

Como era de esperar, Merche, con su inapelable puntualidad, ya estaba presente y junto a ella su novio y una persona desconocida para mí. Con el saludo de entrada a los tres, me dirigí directamente a Merche preguntándole:

–¿Ya dirás, Merche, que es eso en lo que tengo que participar y no me lo has querido decir por teléfono?

El hecho de haber asistido a la oficina para oír ese requerimiento de Merche, ya que ella me lo pedía, no impedía que notara la presteza por querer saber la necesidad de mi presencia.

–Me vas a perdonar, jefe, por haberte hecho venir porque intuyo que vas a aprovechar estos días de descanso para ir donde me imagino, pero me gustaría, antes de que te vayas, oigamos a este conocido de David y nos cuente su caso.

–A quien tienes que perdonar, Mario, es a mí –medió David–.

Yo he sido quien le ha dicho a Merche de poder vernos contigo y que este amigo os cuente su caso.

Para presentártelo, te diré que aquí el compañero Ramiro y yo, hicimos el servicio militar en el mismo cuartel.

No le había visto desde que nos licenciamos y hoy, por casualidad, nos hemos encontrado en el bar que está cercano a la empresa donde trabajo y tengo por costumbre frecuentar.

Me he alegrado al verlo y aparte de saludarnos, me he interesado de como le iba la vida.

En verdad me ha dejado de piedra al contarme lo que le ha sucedido.

Y eso es lo que quiero; que oigáis de su boca que os parece y si podéis hacer algo.

Algo importante tenía que ser para que David se interesara en que escucháramos a su compañero de la mili. No es que conociese demasiado al novio de Merche, pero lo consideraba bastante serio como para hacerme perder el tiempo.

–Muy bien David, ahora que sea él quien nos lo cuente.

El tal Ramiro, tendría la edad de David al realizar juntos el servicio militar, pero aparte de no verle de buen humor, la expresión de su rostro denotaba un aspecto cansado y envejecido, lo que le hacía aparentar más edad, aparte de ver en él alguna que otra particularidad.

Pero bueno, me dejaba llevar por esa condición de detective, acompañada por la de tener conocimientos psicológicos, en observar las cualidades de su aspecto y antes de nada debía escucharle, así que me puse a prestar atención a sus palabras.

–Ya que ha insistido David en que viniera para que os contara lo que él ya sabe, tampoco voy a perder nada por contarlo de nuevo, aunque creo que poco o nada podréis hacer y si estuviera en vuestras manos poder hacer algo, tampoco dispongo de dinero para pagar vuestro servicio.

Pues sí que comenzaba bien, ni siquiera se molestaba en mostrar un ligero agradecimiento por tenernos a los tres en disposición de escuchar su caso y además, sacar a relucir el asunto económico.

Desde luego, este era un detalle que nuestro exjefe Sabater no lo dejaba de lado; nos decía el tenerlo siempre como vanguardia antes de ponernos al servicio de cualquier cliente.

No es que a mí me sobrara el dinero y no me gustara que me pagasen los servicios prestados, pero no estaba demás saber el porqué solicitaba cualquier persona nuestra ayuda antes de entrar en lo monetario.

–Lo del dinero vamos a dejarlo aparte, primero quiero oír, de tu boca, el asunto por el que estamos aquí reunidos –maticé para que fuera al grano.

–Como quieras, ya le he dicho a David que hace muy pocos días he salido de la cárcel y estoy en libertad condicional después de cumplir las tres cuartas partes.

Fui acusado y sentenciado por un juez a más de dos años de prisión por haber cometido un atraco a un banco.

Yo no intervine en ese atraco y sería la hostia encontrar al cabrón que lo hizo para reclamar una indemnización por joderme y meterme en prisión

–Espera, espera... estás diciendo que eres inocente y no has cometido ese atraco, muy bien, ¿porqué llegaron a acusarte?

–Porque la puta de la cajera del banco testificó que el rostro del atracador era el mío.

Sí que no se andaba con remilgos en sus descripciones, pero bueno, algo más debería decirle que añadiera.

–¿Y cómo llegó a esa conclusión?

–Porque al ver con la policía las personas que aparecían en lo grabado por las cámaras de seguridad apareció mi cara y la muy cabrona aseguró que era la del atracador.

Claro que mi cara podía estar en esa grabación, ya que estuve ese mismo día retirando dinero de ese banco, pero vamos, no sé como esa tonta del culo pudo asegurar ante el juez que era la misma del atracador.

Me cago en la leche, os aseguro que no tuve nada que ver en ese atraco.

–Yo le creo –terció David.

–A ver, no se trata de creer o no creer –intervino Merche–, el problema es poder encontrar a quien en realidad cometió el atraco, y eso no es tan fácil si para la policía el asunto está finiquitado al detener al acusado y presentarlo ante el juez.

–Bueno, bueno, no nos adelantemos. En primer lugar, por tu parte, Ramiro, es tu deseo encontrar al atracador para justificar tu inocencia, ¿es así?

–Claro que quiero, y además me indemnicen por el tiempo que he estado en la cárcel.

El haberme metido en prisión sin tener porqué, me ha jodido la vida un montón y esto el gobierno o quien sea, me lo debe indemnizar y bien.

También me gustaría poder mandar a tomar por el culo a esos inútiles policías y a esa calamidad de juez que no creyeron en mi inocencia.

En verdad, bien manejaba el vocabulario este hombre y bien parecía tener ganado a David para insistir en ponernos a resolver ese caso.

Por lo visto, le quería compensar la gran ayuda que recibió de él, ante un gran problema que tuvo durante el servicio militar, y para nada le pidió algo por su intervención.

A este deseo de querer compensar esa ayuda recibida, no se quedó al margen Merche y también se sumó a ese propósito.

Los tres se quedaron mirándome fijamente esperando que yo me definiera si estaba dispuesto a unirme a ellos.

El ponerme a investigar este caso no lo veía muy claro y por descontado, no deseaba tener que dejar de lado las vacaciones e ir a mi pueblo para estar con la mujer que tenía acaparado mi pensamiento.

Además, había que matizar bien todos los detalles del porqué Ramiro había sido juzgado y declarado culpable de ese atraco.

Presuponía que aparte de la declaración de la cajera del banco, algo más habría aportado la policía al juez para llegar a condenarle.

Y esto era lo primero que debería saber antes de puntualizar si estaba de acuerdo con ellos para proceder a investigar.

–Vamos a ver, Ramiro, has dicho que la cajera del banco testificó ante el juez que tenía claro de quien era esa cara que vio en el video y esa persona eras tú, bien.

¿Hay algo más que nos puedas añadir, para que el juez con el solo mero hecho de esta testificación te declarara culpable de ese atraco?

La pregunta le debió molestar porque me miró con el ceño fruncido a la vez que me respondía de forma algo molesta:

–¿El qué debo añadir? Ya os he dicho bastante claro que soy inocente.

–Mira, Ramiro, no voy a dudar de tu inocencia, pero si deseas que nosotros intentemos buscar al verdadero culpable de ese atraco, debemos conocer todos los detalles que la policía antepuso al juez para condenarte y mandarte a prisión, aparte de la testificación de esa cajera.

–Venga, Ramiro –intervino David–, no te sulfures y diles si hay algo más que deban saber.

–Ten en cuenta que para nosotros es necesario saber todo lo que la policía pudo aportar al juez sobre ti –terció Merche.

Viéndole, parecía el no tener ganas en contarnos algo de tipo personal, así que le dije:

–No te queremos forzar a que nos cuentes algo que no quieras, pero como mínimo saber como se desarrolló el juicio y que aportó el abogado en tu defensa.

–¿El abogado?, ese era un verdadero gilipollas y no puso mucho interés en defenderme. ¡Joder!, no me gusta sacar a relucir nada de mi pasado, pero si os sirve para descubrir a ese cabrón de atracador que me ha jodido bien, algo os contaré.

Desde luego ese algo no tenía desperdicio para que la policía no lo tuviera en cuenta.

La información que nos facilitó sobre su vida lo confirmaba, aunque no esperaba que fuera tan desolada.

Ya su infancia y adolescencia, sin entrar en detalles, la mantuvo en un orfanato con la consiguiente carencia afectiva, soportando en soledad sus ansiedades y preocupaciones.

A los 18 años salió del orfanato para emprender otra vida fuera de él, y le ofrecieron la oportunidad de trabajar en un taller de ebanistería.

Aceptó ese trabajo, pero no evitó el mezclarse, en su tiempo libre, con personas conflictivas y entrar con ellos en situaciones delictivas.

Eso derivó el ser fichado por la policía con el consiguiente antecedente policial.

Finalizó diciendo que estaba en camino de salir de ese embrollo, pero no sirvió para aportar al juez todo ese comportamiento delictivo, aparte de la testificación de la cajera, para condenarle a prisión.

El asunto de buscar al autentico atracador, si antes no lo veía claro, después de saber su historial, más dificultoso me lo ponía. Fue Merche la que rompió el silencio en el que estábamos inmersos.

–Me pongo en tu lugar y haremos todo lo posible para encontrar a ese atracador, aunque lo veamos difícil. Esa vida que has llevado no es muy digna y si en verdad quieres mejorarla, estamos dispuestos a ayudarte. ¿Estás de acuerdo, jefe?

Vaya, salió Merche con ese afán de convertirse en la Virgen de los Desamparados. Algo tenía yo que decir, y no irme por las ramas, pero tampoco implicarme en exceso en algo con tan pocos visos de poder resolver.

–Bien, Ramiro, nos hacemos cargo de que tu vida no ha tenido que ser nada fácil y el hecho de meterte en prisión no la ha mejorado, pero si nos ponemos a investigar, tal como quiere Merche, lo tenemos muy difícil.

Con lo que nos has contado poco podemos hacer para encontrar al que atracó ese banco.

Algo más debemos saber y de momento sería importante entablar una conversación con el abogado que te defendió, aunque creas que fue un inútil, y tampoco estaría demás el poder mantener una charla con esa cajera que te identificó.

Aparte, sería bueno que nos dijeras algo más de esas personas conflictivas con las que te relacionabas.

–Jefe, de todo esto me puedo ir encargando yo y tú mientras, puedes aprovechar para marcharte donde creo que deseas ir. Te puedo ir informando de lo que consiga saber.

–Y si hace falta que en algo os pueda ayudar, no hace falta decir que contéis conmigo –terció David.

–Vale, vale, os veo muy dispuestos a meteros en este asunto, está bien. Como dice Merche, aunque es un poco cansina con lo de jefe, yo estaré unos días fuera y podéis ir informándome de lo que vayáis averiguando, ella sabe donde ponerse en contacto conmigo. Ya iremos viendo donde podemos llegar.

Esa disposición de Merche y de David, hizo ablandar algo ese carácter altivo que quería reflejar Ramiro desde que comenzamos la conversación y mostrarse más afectuoso.

–¡Sois la hostia! En verdad no soy una persona de mostrar agradecimientos, pero no me queda mas remedio que agradeceros el que os impliquéis en intentar buscar a ese atracador y encima sabiendo que no os puedo pagar vuestros servicios.

Os puedo asegurar, aunque mi vida no haya sido un dechado de virtudes, que me había propuesto enderezarla y mira por donde, sí que me jodió bien ese atraco.

Y claro que tengo ganas de llegar a saber quien fue ese cabrón que lo cometió.

Por mi parte, aunque no soy de explicar mi vida a nadie, haré lo posible por responderos a todas las preguntas que me hagáis.

Y sí que intentaré, de una forma u otra, pagaros vuestros servicios.

Poco más añadimos a esa charla y nos dispusimos a darla por finalizada.

Me pareció esencial oírle decir el abrirse totalmente a nosotros y eso, conociendo a Merche, le venía de perlas para llegar a sonsacarle todo lo que hiciera falta, facultades no le faltaban.

Como habíamos quedado en informarme si conseguía llegar a saber algo significativo, ya iría viendo si había alguna posibilidad para descubrir al verdadero atracador.

De momento lo dejábamos así. Como bien decía mi compañera, yo debía aprovechar para irme donde tenía previsto.