VINCENT XVIII
E stoy trabajando en el piso de Max, nuestro piso. Finjo que me encuentro lo bastante mal para quedarme en casa, pero lo bastante bien para trabajar. He dicho que es gastroenteritis.
No quiero estar fuera cuando Max regrese.
Me estoy volviendo loco. No hay mensajes.
Ni correos. La madre de Max no contesta tampoco a mis mensajes, aunque lo entiendo.
Simone no me cuenta nada. Solo me dice que tenga paciencia.
«Dale espacio». Sé cómo se ve desde fuera.
Deben odiarme, pensar que soy horrible, y no las culpo.
La situación parece horrible. Y lo es. Me marché de Francia antes de lo previsto y, como Aisha y Fred necesitaban el coche de alquiler, tuve que tomar un taxi durante dos horas hasta el aeropuerto.
No sé cómo, pero pedí una limusina. Costó una fortuna.
Me vine directo aquí, a nuestro piso, al piso de Max, porque no sabía a dónde ir.
No quiero marcharme, me gusta esta casa.
Tiene muchos libros. Una bonita mesa redonda para comer.
Un póster de Chungking Express del que estoy celoso.
No hemos hablado. Max subió cosas sobre la boda, pero no he visto nada desde entonces.
Sé que no está desaparecida (habría salido en las noticias), pero me preocupa que no dé señales de vida.
Me froto los ojos con las manos. He hecho un trabajo penoso con este acuerdo de compra.
Hay un par de puntos poco importantes que debería revisar con el cliente, pero me da igual.
Nada de esto importa. Adjunto el acuerdo en un correo y lo mando a los otros.
Me reclino en el surco ergonómico de la silla giratoria de Max.
¿Qué cojones hago aquí? ¿Debería irme? Quiero que Max vuelva.
No digo que me lo merezca, pero quiero creer que todavía ve lo bueno en mí.
Cuando le conté a Fred que Max era trans, esperó un poco demasiado para decir algo, y pensé que por fin hablaríamos sobre Alex.
«Guay».
Eso fue lo único que dijo y me quedó claro que no íbamos a hablar del tema y, más claro aún, que ninguno de los dos lo olvidaría en la vida.
Somos muy amigos. ¿No es raro? Han pasado años y nunca hemos hablado sobre eso.
Lo más cerca que estuvimos de abordarlo fue cuando me reuní con Fred en Tailandia después de dejar a Alex.
Aún recuerdo la tensión en el aire. Dije algo como: «No puedo hacerlo», Fred me abrazó y lo dejamos estar.
Vimos un par de sitios más en Tailandia, luego nos fuimos a Vietnam y Camboya, pero parecía que discutíamos en todo momento.
Éramos demasiado jóvenes para manejar la culpa.
Nuestra culpa. Nuestra vergüenza. Cuando llegamos a casa, no nos aguantábamos y por eso mantuvimos las distancias hasta que la culpa quedó tan lejos que pudimos soportar la compañía del otro.
Creo que, en el fondo, sabía que Max se enteraría de lo de Alex, que al final tendría que saberlo.
En el sofá cama de Simone, cuando me preguntó por qué Fred y yo nos distanciamos, pensé que se lo podría contar, pero no me pareció el momento adecuado.
Supongo que nunca hay un buen momento para contar algo así, pero, cuanto más esperas, peor.
No sé por qué Alex me vino a la mente aquella tarde, ni qué me hizo trazar una línea tan clara entre lo que estaba pasando con Max y Fred y lo que había pasado entre Alex y Fred, excepto por los celos.
Actué por celos, igual que la noche en que Fred le dio la paliza a Alex.
Resurgieron los mismos sentimientos, más de diez años después.
Estaba estresado porque la mujer a la que amo tiene un tumor cerebral.
Ha sido un año duro. Lo de mi padre no ha sido fácil.
Ni tampoco ha sido fácil lidiar con mi familia y el trabajo.
Ver a Fred actuar como una especie de árbitro y decirme que Max era buena y yo malo y, además, sentir que había algo entre ellos, me jodió a base de bien.
Solo quería golpear, y eso fue lo que hice.
No soy la misma persona que hace diez años en un millón de sentidos y, en otro millón de sentidos, sigo siendo el mismo.
Algunas partes se quedan y otras se van, hasta que nos convertimos en constelaciones indeterminadas de trozos de papel cuadriculado.
Todavía me preocupo. Me vuelvo irracional.
Mi mente da saltos a veces. Digo cosas que no quiero.
Pero también soy más amable, aunque no sé si debería decir eso sobre mí mismo.
Sé cómo cuidar de las personas o, al menos, quiero cuidar de ellas.
No me asusta la responsabilidad. En el fondo, quizás pensara que debía demostrar algo, pero tampoco me dije: Eh, Vincent, esta vez no vas a huir, ¿verdad?
Intenta no salir por patas, ¿vale? Fue algo más sutil, la insistente inquietud de que no había cambiado, de que la iba a cagar.
Sabía que me quedaría con ella. Lo que no esperaba era que el defensor kármico del pueblo llegara un par de semanas pronto y derribara la puerta antes de que yo pudiera rectificar.
Aun así, aunque hubiera querido pagar mi deuda, no creo que hubiera sido tan fácil.
La vida ofrece pocas oportunidades para redimirse.
Cuesta que aparezcan. A veces me he plantado contactar con Alex para disculparme, pero ahí no hallaré la absolución.
Alex era simpática, pero también firme. Me imaginaba lo que diría: Esta disculpa es para ti, Vinny, no para mí.
No me vuelvas a escribir nunca más. Y habría tenido razón: lo habría hecho para quitarme un peso de encima, no para que ella se sintiera mejor, no para proporcionarle (con intereses) los cuidados que le negué.
En una ocasión, vi a Alex en el Broadway Market, o al menos a una mujer que se le parecía.
Estaba en una cita (no con Alex) y lo estropeé todo, porque fue como si hubiera visto a un fantasma, una aparición de mis pecados, y me inventé una excusa para ir en dirección contraria.
Durante el resto de la tarde, sentí que estaba en aquella habitación de Chonburi, junto a las maletas, con la cabeza entre las manos.
Cuando Max y yo empezamos a seguirnos en redes sociales, fui a mirar si seguía a Alex y solté un enorme suspiro de alivio al ver que no.
Tras regresar de Francia, la volví a buscar de nuevo.
Sigue siendo preciosa. Está prometida y parece feliz, aunque ¿qué sabemos de las relaciones de los demás?
Odio cuando le dices a alguien que estás saliendo con una persona y te dice que está feliz por ti, sin preguntar nada sobre la relación, que podría ser horrible y frustrante y con un sexo nefasto, y todo porque una relación se considera algo bueno desde un punto de vista objetivo.
Creo que la gente piensa que, para mí, el fin justifica los medios.
Max también lo pensó. No sé por qué pasa, no sé si es una cuestión de raza o qué.
No creo que sea el caso. Nunca lo ha sido.
La vida puede tomar muchos derroteros y la vida puede ser de muchas formas distintas.
Resulta abrumador, como estar en un supermercado, de pie delante de una estantería con cincuenta variedades de gusanitos de queso.
A menos que no sea feliz y, sobre todo si soy feliz, seguir la corriente es agradable.
Parece una forma muy frívola de vivir y muy poco apropiada para un abogado corporativo, pero es cierto.
«¿Cómo es posible que tu espíritu libre haya acabado en el departamento de fusiones y adquisiciones? ¿Estás bien?».
Sigue siendo la verdad. En las relaciones soy igual. Y es cierto que mi madre lo está entendiendo. Esto es el principio. Le daremos tiempo. He elegido a Max. Quiero seguir eligiendo a Max. Por fin le hablé de ella a papá.
—Si estás feliz, entonces me alegro por ti —dijo.
—Vendremos de visita cuando se recupere de la operación.
—Sí. Claro, claro.
Oír esa palabra repetida («claro, claro») me hizo pensar que presentarla a mis padres era un hecho, algo tan simple que no hacía falta ni hablarlo. Supongo que, desde el ataque al corazón, los obstáculos grandes se han vuelto pequeños. Mi padre quiere vivir y ya está.
¿Es un gesto demasiado insignificante que llega demasiado tarde? Me preocupa no haber sabido transmitirle a Max lo feliz que estoy de ver a dónde nos lleva la vida.
Se me da bien saber cuándo soy feliz. Sé que no parece gran cosa, pero no creo que mucha gente mire en su interior y se pregunte si está disfrutando de la vida.
Cuando me mudé a Hong Kong por trabajo, mi exnovia y yo no estábamos bien y me sentí solo sin ella.
Al regresar a Londres, me sentí dichoso por volver con ella, hasta que dejé de estarlo y llegó el momento de cambiar.
Debería haberle dicho a Max que estoy feliz con ella y que no veo que eso vaya a cambiar.
Supongo que, en un momento como este, cuando estoy tan desorientado, cuando ni siquiera me habla, cada palabra sin decir parece trascendental, capaz de crear cambio, y todas ocultan el simple hecho de que yo oculté la verdad.
Me levanto de la mesa para cocinar algo.
Llevo una semana comiendo paninis de atún y aguacate a mediodía.
Es lo único que me entra. Max y yo hablamos una vez sobre las cosas que evitaríamos en caso de romper.
Todavía no hemos roto, pero estoy esperando que lo hagamos y no puedo satisfacer mi antojo de gimbap en el restaurante coreano que hay cerca porque me recuerda a ella.
Dejo el panini en la encimera y entro en la habitación de Max.
Miro las maletas. No lo he guardado todo, pero sí lo esencial, por si entra de repente y me pide que me vaya.
Estoy tomándome un descanso de Fred, pero vamos a hablar de esto, sin importar cómo acabemos Max y yo.
Veremos de qué forma podemos hacer lo correcto, si es que se puede.
Estoy seguro de que a nuestra amistad no le pasará nada, pero necesitamos hablar de lo que ocurrió, por qué él le dio la paliza a Alex, por qué yo reaccioné de aquella forma, antes y ahora.
En Francia no estaba listo, la pelea con Max seguía demasiado reciente.
No podía quedarme en aquella casa. Pero Fred y yo hicimos cosas horribles y hablaremos sobre ellas.
Tenemos que hacerlo para hacer lo correcto en esta vida.
La operación de Max es dentro de unos días.
Tendrá que volver pronto a Londres. No puedo hacer mucho, excepto preparar su llegada.
Entro de nuevo en la cocina y miro el congelador, como si alguien pudiera haber movido las fiambreras con comida congelada que le preparé para el posoperatorio.
No sé si me he pasado, pero no sabía qué otra cosa hacer.
El panini de atún no está malo. Si lo estuviera, no llevaría siete días comiendo lo mismo.
Pesto verde, mayonesa Kewpie, alcaparras, medias lunas de aguacate.
Me he sentado en el sofá con las piernas cruzadas, en el mismo sofá al que vinimos después de nuestra primera cita, donde besé a Max por primera vez.
Quiero que vuelva a casa. Hay millones de formas de vivir una vida, pero me gustaría probar a vivirla con Max.
Cuando entre por la puerta, la saludaré.
Al regresar al escritorio, tengo un correo del cliente en el que me da las gracias y no menciona esos puntos que no le aclaré.
Delego algunos préstamos y actas interempresariales a mi becario y luego regreso al dormitorio a tumbarme en la cama.
Me pesan los ojos. Podría echarme una siesta.
Sabe Dios que me hace falta. Estoy durmiendo fatal, porque ¿quién duerme bien cuando la vida da tumbos?
Estoy a punto de quedarme dormido cuando oigo girar
una llave
en una cerradura.
Mi torso
se levanta.
¿Lo he oído de verdad?
—¿Hola ?