XVII #3
Descubrir lo de Alex me obligó a considerar a Vincent como una persona, no solo como una fantasía que hace tartas, me cuida y me promete cosas para el futuro, sino una persona que se equivoca y hace cosas peores.
Te puedes enamorar del contorno de una persona, puedes incluso crear un hogar con eso, pero llegará una época en la que no podrás obviar los huesos de su carne. Nadie es menos de dos cosas.
Lo que le ocurrió a Alex fue horrible, eso está clarísimo, pero hay una vida en la que lo malo no siempre se multiplica, donde la marea cambia, donde las cosas horribles hacen que la gente mejore.
También hay un mundo en el que las personas, a menudo mujeres, están condenadas a dedicar gran parte de sus vidas a perdonar los errores de los demás y a sufrir en aras del crecimiento de los otros.
Unas veces podemos irnos y otras, perdonar.
—Te quiero —repite papá.
Hasta que mi tren no llega a King’s Cross en St. Pancras, no me doy cuenta de que, incluso con las llaves de Simone, estoy en una encrucijada.
No podré retrasar algunas cosas, al menos no de un modo significativo.
En la estación de metro de Highbury & Islington, me quedo de pie delante de la taquilla, incapaz de elegir en qué plataforma bajar, qué metro hacia el este tomar.
—¿Max?
Mira por dónde, es Arthur. Va solo, con el vapeador en una mano y un libro fino en la otra. Lleva el pelo alborotado de un modo artístico, con unos cuantos mechones sobre la frente, separados con cuidado del resto. Me planteo esconderme, pero ya me ha visto. No puedo huir.
—¿Qué haces aquí?
Habla como si fuera el propietario del norte de Londres.
—Voy de camino a otra parte —contesto, frase que se podría aplicar a cualquier persona que use el transporte público desde su creación—. ¿Y tú?
—Ah, guay. Voy de camino a casa. Ahora vivo en Finsbury Park. Estoy saliendo con alguien que…
—¿La chica pelirroja?
—¿Qué?
—La de la presentación del libro de Caspar.
—¿Quién? Ah. No, ella no.
No puedo fingir que no me provoca un pinchazo de dolor en el pecho.
Siempre dolerá que una persona que no te eligió a ti elija a otra.
Pero el pinchazo es breve. Lo sobrepasa la idea de que una persona puede ser muchas cosas maravillosas y, si no me elige a mí (si sigue sin elegirme), entonces de poco sirve desearla.
—¿Y qué tal va?
—¿Con Stella?
Asiento. Me imagino a Stella (esbelta, rubia, con la ropa planchada y un cerebro inmaculado) y espero otro pinchazo, pero es leve y pasajero. Todo bien.
—Va bien, creo. Me siento más preparado.
—¿Más preparado? —pregunto, aunque sé a qué se refiere, porque durante el tiempo que estuvimos juntos Arthur no estuvo preparado. Creía que estaba encerrado en una olla a presión que no existía.
—Sí —contesta—. No pudimos hablar mucho en la presentación de Caspar ni ponernos al día.
—No. Esas situaciones a veces son incómodas.
Arthur sonríe.
—Sí. Aunque tu novio parecía simpático. Un poco corporativo, ¿no?
—Sí, lo es. Las dos cosas.
—¿Es chino?
—Sí.
—Tu madre estará contenta.
Me río en voz alta. Es fácil olvidar lo mucho que Arthur se sumergió en mi vida, las cosas sobre las que solíamos bromear.
—Sí.
—No sé si es raro que te diga esto, pero he trabajado mucho en nuestra relación.
—¿Estás hablando en terapia sobre nuestra ruptura?
—Sí.
—¿En serio?
El desconcierto me abre la boca como un espéculo. Casi quiero echarme a reír, pero…
—Parece inevitable. Dejas atrás algunas cosas, pero, cuando conoces a una nueva persona, lo viejo parece nuevo otra vez.
—Ya. —Me hundo demasiado rápido en mi propia realidad. No puedo evitar sentirme triste y, aun así, en cierto modo todo me parece increíble. Resulta fácil olvidar nuestro papel en la mente de otras personas—. Sé a lo que te refieres. Estar con Vincent también ha hecho resurgir algunas cosas.
—Lo siento.
—¿Qué sientes?
—No sé —dice, y se arranca la piel alrededor de las uñas con la mano que sostiene el vapeador—. Que hayan resurgido cosas. Y mi parte en esas cosas.
—No pasa nada, en serio. Yo también lo siento.
—¿Qué sientes?
Me encojo de hombros.
—Nadie es perfecto.
—Ya. —Me mira y se permite soltar una carcajada breve—. Bueno, ¿cómo estás?
En otra época le habría hablado sobre el tumor, sobre la boda de Emily, sobre una de las épocas más turbulentas de mi existencia.
Lo habría hecho, en parte, porque eso es lo que haces en pareja.
Os contáis cosas. Pero también lo habría hecho con la esperanza de que la noticia lo cambiara, de que mi tumor hiciera que se preocupara más, se mostrara más cariñoso, más compasivo.
Esas tácticas nunca funcionan. La gente es como es y, a veces, son solo una serie de pequeñas decepciones.
—Estoy bien. No de maravilla, pero bien.
—Eso es bueno. Es bueno.
Nos quedamos en silencio un rato más, mirándonos.
—Bueno, me voy.
—Claro, sí. Ha sido un placer verte, Maxy.
Nos damos un abrazo de despedida. Al irnos en direcciones opuestas, me pregunto si me mirará por encima del hombro. Supongo que nunca lo sabré .