XVII #2
—A veces eres cabezota —contesta—. Pero es demasiado pronto para saberlo. Y nosotros no conocemos todos los detalles. Ni los entendemos.
Mastico un trozo de quiche. La masa es crujiente y se nota la mantequilla; está hecha con ajo asado.
Me pasaré días echándome pedos. ¿Puedo ser esa clase de persona que deja a un lado sus principios?
Claro. No soy una santa. Pero quizás no sea una cuestión de principios.
Cortar con Vincent impediría que se convirtiera en otro libro de poesía mediocre.
Voy a echar el freno de emergencias a la impresora.
—No se lo he contado a Jamie —digo.
—Ah —contesta mamá mientras se limpia la boca con la servilleta.
—¿Y por qué no? —pregunta papá.
—Creo que me juzgará.
Después de comer, veo unas cartas en la moqueta junto a la puerta principal. Hay un sobre que contiene un objeto duro e irregular. En la parte delantera de la carta aparece mi nombre escrito con la letra de Simone. Dentro hay un juego de llaves y una nota.
Por si no te apetece volver a casa, la mía está disponible durante mi viaje a París (y después también).
Podría haberme escrito para decirme que las llaves estaban de camino, pero me gusta el drama de recibirlas por correo y me imagino que a ella también. Londres empieza a parecerme más posible. Ahora mismo lo que necesito es moverme despacio.
El resto del día lo lleno de nada y me pregunto cómo mis padres sobreviven así.
Sin hacer nada. Cocinando. Yendo de paseo.
A veces visitan pueblos cercanos como premio.
La vida doméstica habría tenido sentido hace cien años (amasando pan, ordeñando las vacas y manejando el mortero), pero sin esa cantidad de ruido, sin todo el trabajo necesario para sobrevivir, no sé qué hacen los jubilados con su existencia.
Cada vez que vengo a casa, noto que el mundo se contrae.
Lo percibo mientras veo Strictly , sentada en el gran sofá entre mis dos progenitores.
Tengo un cuenco con uvas en el regazo. Arranco las esferas gordas y demasiado dulces de los tallos y me las meto en la boca una a una.
Los taninos me chupan la humedad del paladar.
Odio admitir que Vincent hacía más grande mi mundo, no solo porque odio confiar en un hombre para sentir esa expansión, sino porque las cosas que me ofrecía eran sencillas.
Placeres banales, sosegados. Como estar aquí sentada con mis padres.
Aunque con Vincent el mundo no se contraía, sino que me revelaba cosas que nunca pensé que me gustarían.
Cosas de las que Arthur huyó. Y por eso la fuerza expansiva no fue un poemario galardonado, fiestas divertidas o conocidos interesantes, sino todas las cosas aburridas.
Esas rutinas que, en cierto sentido, eran sosas y tradicionales.
Me como las uvas de dos en dos hasta que el cuenco queda vacío y luego acepto el helado que me ofrecen mis padres; metemos la masa de galletas en el microondas hasta que queda blanda.
Cucharas normales para mis padres y una cucharita pequeña para mí.
Vuelvo a situarme entre los dos. Me siento un poco menos asfixiada.
Cuando acaba el episodio, papá apaga el televisor. Me levanto para ir a por una botella de vino y me sirvo una copa.
—¿Quieres un poco, mamá?
—No, tranquila.
Me siento de nuevo en el sofá. Mamá compró el vino para mí.
Fue muy amable de su parte, pero a veces me parece que beber delante de mi padre es cruel.
Me hace sentir como Jamie, porque lo hace con descaro para castigar a papá por su alcoholismo, pese a su abstinencia.
Lo odia borracho y lo odia abstemio, lo que debe significar que Jamie lo odia sin más.
—Mañana regreso a casa —anuncio.
—¿Sí? Pensaba que trabajarías desde aquí —dice mamá.
—En algún momento tendré que volver, ¿no?
—¿Vas a perdonarlo?
—No he dicho eso.
—Por eso lo he preguntado. —Suelto un suspiro—. ¿No deberías saberlo antes de verlo?
—Me quedaré en casa de Simone.
A mi lado, noto que mi madre tensa los hombros. Doy otro sorbo de vino y me encorvo. Sé que están intercambiando miradas detrás de mí. Papá seguramente esté imitando sus gestos. Siempre ha sido el espejo de mi madre.
—¿Qué diferencia hay entre la casa de Simone y esta? ¿Por qué no nos dejas…?
—Te agradezco mucho que quieras que me quede, mamá, pero creo que estoy lista para marcharme, ¿vale?
Mi madre suspira y se lleva la mano a la frente. Lo está conteniendo todo, porque no puede hablar ni sobre el tumor ni sobre la operación.
—Ahora vuelvo —dice, y se lleva los cacharros vacíos.
—Gracias.
Me giro hacia mi padre, que observa la pantalla en negro del televisor. Abre los labios y los cierra antes de volver a abrir.
—Nadie es menos de dos cosas —dice.
—¿Qué?
—¿No es un verso de uno de tus poemas?
—¿Me estás citando mi propia poesía?
—Puedo recitar bastante. De verdad. He leído tus poemas muchas veces.
He visto un ejemplar del poemario en su mesita de noche, pero siempre he pensado que estaba allí porque debía estarlo.
Si mi hija escribiera un libro, yo seguramente también lo tendría en la mesita de noche.
Nos quedamos en silencio un rato. En el reflejo mate del televisor, distingo a mi madre de pie en la puerta.
Sé que no quiere que la veamos, porque cree que está ocurriendo algo especial entre papá y yo.
Y puede que sí. Nunca hemos hablado sobre mi poesía, porque, poco después de publicar el poemario, dejé de querer hablar sobre…
—Pero tú nunca has querido hablar sobre tus poemas —dice papá y, durante un instante, me quedo atónita, porque no sé cuándo fue la última vez que compartimos un pensamiento—.
Por eso intenté tomar tus sentimientos a modo de guía.
Aunque debería haber hablado sobre ellos, porque los disfruté mucho y, cuando te dije que eran buenos, fue la verdad.
De hecho, hicieron que empezara a leer más poesía.
—Mejor que la mía.
—En realidad no —dice, sin dejar de mirar el cuadrado negro del televisor—. Pero me preocupaba que no quisieras que te hablara de la poesía que me gustaba, escrita por otras personas. Por eso pienso que escribiste un buen poemario que me hizo disfrutar de otros libros, y eso es maravilloso.
—Creo que me habría gustado oírlo —contesto, y se me quiebra la voz—. Dicho de esa forma. Sé que no soy fácil a veces. —Fijo la mirada en la pantalla. Mamá sigue ahí—. Pero, si me lo hubieras dicho lo suficiente, habría empezado a creérmelo.
—A veces me cuesta hablar.
Subo las piernas al sofá. Se lo voy a preguntar. Se lo voy a preguntar y ya está.
—¿Crees que fue por el fuego?
Eso lo sobresalta y se gira para mirarme, como si hubiese dicho algo sorprendente que superase lo ordinario. Durante un segundo, creo que lo he hecho.
—¿A qué te refieres?
—¿El fuego es la razón por la que no puedes hablar? Al menos conmigo. Antes nuestra relación era mucho más cercana.
—¿Sí?
—Eras más afectuoso. Pero entonces pasó lo del fuego.
—Yo no lo veo así. No, no es como yo lo veo.
—¿Y cómo lo ves, pues?
—No lo sé, Maxy —dice con un suspiro. No sé si mamá sigue en la puerta.
No quiero mirar el televisor—. Cuando bebes tanto como bebía yo, no te acuerdas de las cosas.
Como la forma de mostrar ese afecto. A mí siempre me ha costado.
A lo mejor el alcohol abrió esa puerta, pero no me resultó más fácil mostrarlo al dejar de beber. Y, claro, Jamie me odia.
No digo nada, porque negarlo habría sido injusto y falso.
—Creo que Jamie necesita odiarte —comento—. Porque le cuesta tanto como a ti. Lo de hablar, quiero decir. Odiar es más fácil.
—Tú nunca me has odiado —dice. No es una pregunta. Lo dice con certeza. Y tiene razón. Nunca lo he odiado, solo he sentido tristeza, porque la distancia es triste—. Pero las cosas, las personas, siempre han sido complicadas.
—Nadie es menos de dos cosas.
—Ni un suceso.
—Ya, eso tampoco.
—Creo que tú eres mejor que Jamie y que yo. En esto de hablar. Se te da bien hablar las cosas.
Si he tardado una década en hablar con papá sobre el fuego, ¿de verdad soy mejor que ellos?
Quiero preguntarle una cosa, algo que nunca me había planteado, pero que ahora parece importante, la única pregunta que existe.
Me siento patética e insegura y me derrumbo.
No puedo apartar los ojos de la copa vacía en mi regazo. No puedo mirarlo a la cara.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Me perdonas?
—¿Qué?
—¿Me perdonas? —digo y sorbo aire por la nariz.
—Ay, Maxy. —Mi padre me agarra el brazo con suavidad. Alzo la mirada y las lágrimas, lágrimas viejas, saladas y cansadas, caen de mis conductos lagrimales—. No sé ni qué quieres que te perdone.
—Es que… me siento como… —Me cuesta tomar aire—. Lo siento mucho. Por contarlo. —Me echo a llorar en su hombro y él me abraza de un modo extraño y familiar. Me aferro a mi padre con fuerza—. Lo siento mucho, papá.
—Eras una niña. Lo siento… Debería…
—No pasa nada…
—Sí que pasa. Te quiero.
Me frota la espalda con la mano. Ya se disculpó antes.
Es lo que pasa cuando te vuelves abstemio, que te disculpas, reparas daños.
Mi padre ha hecho todo eso. Quizás ocurrió a una edad en la que yo no supe apreciarlo y luego a una edad en la que no acepté que lo necesitaba.
Pero no quiero que se castigue a sí mismo, no más de lo que ya lo hace, no como yo sigo castigándolo.
Me había olvidado de que a veces siento que tengo mucha maldad en mi interior.
Los errores, la ineptitud y la culpa me pesan mucho sobre los hombros. Lo siento mucho. Por papá. Por mí.
—Piensa en dónde estaría ahora si tu madre…, si tú…, incluso Jamie… Piensa en dónde estaría. Sería un lugar mucho peor…
—Lo sé.
No hace falta que diga nada más. Sufro otra convulsión y dejo caer más lágrimas en la camisa de papá.
—Te quiero, Maxy —dice.