Decepcióname XVII
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XVII

D espués de Burdeos, no vuelvo a casa. Les digo a los de mi trabajo de robot que tengo gastroenteritis y me compro un vuelo que conecta con Edimburgo.

Siento que me he ganado ese derroche y ni siquiera compro la compensación por la huella de carbono.

Simone se va directa a París por trabajo.

Mamá y papá me recogen en el aeropuerto.

Les he prohibido hablar del tumor o de la operación.

No les gustó la idea, pero aceptaron cuando insistí en que eso me haría feliz.

Si iba a vivir, entonces tendría que actuar como si no hubiera nada que me impidiera vivir esa vida.

No contesto las llamadas de Vincent. Cuando me lo imagino pensando que he desaparecido, me siento un poco mejor.

Con este silencio, me cuesta no buscar a Alex.

Tampoco es que pueda. No sé su apellido.

Podría preguntárselo a Vincent, pero con eso solo conseguiría castigarlo para, al final, castigarme a mí misma.

Mamá está sentada en la cocina mientras le relato los acontecimientos de la semana pasada.

Corto verduras, porque, aunque hemos pedido comida india, siempre preparamos una ensalada.

Me alivia tener las manos ocupadas. Mamá ofrece algunas frases triviales y maternales.

«Ay, cariño, ¿y eso qué implica? Entonces, ¿la tal Alex ya no está en su vida?

Es horrible». Ofrece los halagos y las injurias adecuadas sobre la boda de Emily.

«Simone y tú estabais preciosas. El vestido de Emily era un poco escotado.

Julie ha envejecido de un modo horrible».

Cenamos sentados en el suelo alrededor de la mesita para el café, casi todo el rato en silencio.

Arranco un trozo de un disco de naan pringado con ghee.

—¿Cuánto tiempo te quedarás? —pregunta mamá.

—No estoy segura. Vincent sigue en el piso.

—Pero no aparece en el contrato de alquiler, ¿verdad? —inquiere papá.

—No —contestamos mamá y yo a la vez.

Me sirvo un poco de okra frita en el plato y me la como junto con el arroz biryani amarillo.

—¿Quieres que le escriba? —pregunta mamá.

—¿Para qué vas a escribirle? —farfullo con la boca llena.

—Estamos en contacto. Por todo lo de…

—Lo del tumor —digo. Se lleva la mano a la boca—. ¿Le has dicho que estoy aquí?

Suelta una exclamación, indignada, como si la hubiera acusado de asesinato.

—Claro que no. Vincent y yo hablamos, pero no somos íntimos. —Pongo los ojos en blanco—. Podría decirle que se fuera del piso. Si eso te ayuda.

Pienso en todos los treintañeros que tienen cuatro hijos y padres muertos y en que en la época en que se escribió la Biblia la esperanza de vida media era de treinta años, y luego reflexiono sobre la oferta de mi madre y lo absurda que es.

Más absurda es mi tentación de aceptarla.

Y, de repente, que haya huido a la casa de mis padres para escapar de mi novio se transforma en un síntoma de desarrollo atrofiado.

No sé si al guna vez en mi vida me he sentido como una adulta.

Supongo que nadie se siente adulto, pero ¿me vas a decir que una muchacha bíblica que está enfadada en su lecho de muerte por una plaga que se transmite por el agua, embarazada con su décimo hijo, no se sintió adulta aunque fuera un poquito?

—Tengo treinta y un años, mamá.

Nadie lo discute. Es un hecho.

A la mañana siguiente, no salgo de la cama. Solo me muevo cuando Jamie llama.

—¿Estás bien? —pregunta.

—La verdad es que no.

—¿Puedo hacer algo?

—La verdad es que no. ¿Cómo estás tú?

—Bien. Preocupado.

—Lo siento.

—No te disculpes.

Llaman a la puerta. Bajo el teléfono.

—¿Quién es? —Me doy la vuelta. Papá se asoma por la puerta como un suricata. Me llevo el móvil a la oreja—. Hola, papá. Jamie, hablamos luego.

—Vale. Saluda a papá de mi parte.

—Lo haré. —Cuelgo—. Jamie te manda saludos.

—Ah, qué majo. —Papá parece sorprendido—. Tu madre dice que deberíamos salir a dar un paseo.

—¿Por qué? —Se encoge de hombros. Gruño y hundo la cara en la almohada. Respiro hondo tres veces con los ojos cerrados y, cuando los abro, papá no se ha movido. Debería levantarme—. Dame unos minutos.

Papá me espera abajo mientras me pongo unos pantalones de vestir que me quedan largos y que seguramente acaben manchados de barro, un top corto y una chaqueta.

Odio el campo escocés. Bajamos por el largo camino de entrada hacia la zona boscosa que hay a quince minutos de la casa.

El terreno es irregular y el sendero estrecho.

—Bueno, ¿cómo te sientes? —pregunta como si por fin estuviéramos solos para poder hablar del tema—. Qué lástima lo de Vincent.

Qué lástima. Es una lástima. Todo lo que papá pregunte habrá pasado antes por mamá.

—¿Mamá te ha contado lo que hizo? —pregunto mientras mantiene abierto un portón de madera para que pase.

—Algo sobre otra mujer trans, hace ya tiempo. ¿Una tailandesa?

—No creo que fuera tailandesa. Aunque no por eso es mejor. Ni peor.

—Creo que el tema me supera un poco, la verdad.

Siento un poco de compasión, como siempre, por su mierda deprimida y deprimente: débil, inseguro, poco asertivo.

Pero también siento una pizca de fastidio.

¿De verdad le parece tan lejano el gran dolor físico que sintió una persona?

Si de verdad quieres comprender algo, sobre todo algo humano, puedes.

Demasiada gente se esconde detrás del disfraz de la inutilidad.

Los de letras se llevan las manos a la cabeza al final de una cena y dicen que no saben dividir la cuenta.

Los hombres prenden fuego adrede a algo mientras cocinan unos huevos revueltos y dicen que no pueden cocinar y no lo volverán a hacer. Inténtalo aunque sea, joder.

—¿Qué quieres decir con que te supera? —pregunto.

—Bueno, estas cosas no se me dan bien. Seguro que digo algo mal.

—Inténtalo.

—Vale. —Hace una pausa y observa los árboles y el cielo, como si las palabras pertinentes fueran a aparecer detrás de las nubes—. Bueno, supongo que es difícil saber si hay que juzgar a las personas por cómo son ahora o por quiénes fueron en el pasado.

—Sí —digo. La obviedad me fastidia—. ¿Cómo sabes que no es la misma persona? Y no lo compares con que yo soy trans.

—¿Qué? No iba a comparar las dos cosas, Maxy —dice. Camina despacio—. No sé si sería lo más adecuado. Creo que no, la verdad. Solo digo que la gente cambia. Creo que…

—¿Qué?

—No sé… Creo que a veces debemos darle otra oportunidad a la gente.

—Pero ¿qué dice eso de mí? Que no tengo voluntad. Y es una cuestión de principios, aunque él haya cambiado. Hizo algo horrible y no sufrió ninguna consecuencia. No hubo ningún castigo. No está bien.

—Hablas como tu hermano.

—¿Qué? —Me detengo en seco, horrorizada, aunque sé a qué se refiere—. ¿Por qué me parezco a él?

—Es cabezota, Maxy.

—No estoy siendo cabezota, papá. Esa es una forma muy simple de entender el asunto.

—Lo siento. Lo estoy intentando.

Nos quedamos en silencio. No sé por qué insisto.

Esta es la conversación más larga y profunda que hemos tenido mi padre y yo en mucho tiempo.

Lo está intentando, y no se equivoca. Sí que sueno un poco como Jamie: cabezota, justiciera e inclemente.

Esa idea se me ha pasado por la mente, por eso estoy a la defensiva.

Estoy escupiendo, rechazando los matices con el mismo peso y la misma agresividad que n unca me han gustado de Jamie.

Pero, si no quiero ser como él, entonces tengo que perdonar, ser menos justiciera, lo que me acerca a Vincent y, haga lo que haga, estará en contra de lo que me parece moral.

Pero ¿moral para quién? ¿Quién juzga lo que es bueno?

—¿Podré perdonar alguna vez a Vincent?

—¿A qué te refieres?

—El perdón lo debe conocer Alex, la chica, ¿verdad?

Papá se detiene a mirar el cielo otra vez.

—Entiendo por dónde vas. Pero Vincent te lo ocultó, ¿no? Eso es algo que puedes perdonar.

—¿Y todo lo demás?

—Quizás sea una cuestión de aceptación —contesta, y echa a andar de nuevo.

—¿Y Fred? —pregunto, acomodándome a su ritmo—. Su amigo.

—¿Qué pasa con él?

—Aunque perdone a Vincent, no creo que pueda perdonar (perdón, aceptar) lo que Fred hizo.

—¿Y es necesario?

—Son muy amigos, papá.

—Puedes tomarte un tiempo.

—¿Cuánto?

—Meses. Años. Más.

Caminamos en silencio. Me siento como una niña.

Una niña que no entiende los problemas adultos.

Llegamos a otro portón; al otro lado hay rebaños de ovejas, arrejuntadas como nubes en un cielo verde.

Papá saca un paquete de cigarrillos del bolsillo y me ofrece uno.

No debe de saber que es muy irresponsable fumar antes de operarme, así que doy un par de caladas y dejo que se consuma.

Observamos las ovejas en silencio. Nadie hace nada; todos somos observadores ausentes.

—La gente se castiga a sí misma —dice papá.

No contesto, aunque no sé a quién se refiere. A mí. A Vincent. A sí mismo. Echo un vistazo al podómetro del móvil. Seis mil pasos. Apagamos los cigarrillos en la madera gruesa del portón y papá nos conduce a casa.

Mamá ha preparado la comida. Fiambre. Quiche.

Un poco de la ensalada de anoche. Samosas que sobraron.

Para ser una mujer a la que le encanta decir que es china, es poco exigente.

Comemos en la terraza, al aire libre, a los pies de la colina donde está el jardín.

Aunque la terraza es grande y hay espacio de sobra, siempre parece que los árboles de la colina y los ladrillos del muro trasero van a caer en una avalancha y nos van a dejar en un montón de escombros y hojaldre.

Cabezota. No puedo sacarme esa palabra de la cabeza.

No puedo silenciar esa parte de mí que no está dispuesta a aceptarla.

—Mamá, ¿estoy siendo cabezota con Vincent?

Mira a mi padre y me los imagino hablando sobre Vincent en su dormitorio: «Max está siendo muy cabezota con Vincent. ¿Tú crees? Pues claro. ¿De verdad? ¡Sí!». Lo que sea que voy a oír ha pasado primero por un filtro de diplomacia reflexiva.