Decepcióname XVI #3
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XVI #3

Bailo con David un rato. Sus movimientos son sólidos, aunque un poco torpes.

Supongo que, cuando el cuerpo está entrenado para cierto tamaño, empieza a perder funciones, fuerza por encima de movilidad, músculos siempre en medio.

Bailamos uno enfrente del otro, pero estar en una boda com plica el ritual de apareamiento.

Hay pocos roces y empiezo a cuestionarme si realmente le gusto.

Me aparto para bailar con mis amigas y luego me fijo en que David se ha ido.

¿Ha quedado raro que me haya alejado de él?

Examinar las convenciones sociales enseguida se convierte en como cuando repites la misma palabra una y otra vez: si lo haces las suficientes veces, deja de tener sentido.

Simone parece menos torturada en el vestido que antes, aunque más distraída.

Una canción más y le diré que tengo que ir al baño.

Salgo fuera de la carpa. Julie, la madre de Emily, me detiene de camino a la casa.

—Max, quería darte las gracias por ponerme en contacto con Peter.

—Ah, no es nada.

Hace unos meses, le pasé a Emily el correo electrónico de mi padre para que se lo diera a Julie.

—Envíale recuerdos a Melinda.

—Lo haré.

—Estás preciosa —añade, y me da un gran abrazo antes de que siga con mi camino.

Cuando regreso del baño, veo a Simone sentada delante de Michelle; se están dando la mano.

Parecen estar en un momento importante. Puede que hablen de la madre de Michelle.

Busco a David. En las últimas horas no he pensado mucho en Vincent, lo que me obliga a pensar en Vincent.

Los pensamientos sobre él no hacen nada para disminuir mi deseo de ver a dónde me lleva la atracción que siente un desconocido por mí.

Creo que estoy en mi derecho. Me voy a morir.

David está en la barra. No tiene manchas de sudor ni perlas de salinidad en la frente. Me resulta imposible. Qué injusticia. ¿Por qué sudo yo tanto? Mantengo los brazos pegados a los costados. No quiero que vea el satén manchado.

—¿Qué te apetece?

—Seguiré con vino blanco.

Pide por los dos. Es barra libre, pero hay cierto poder cuando me entrega la copa, como si hubiera pagado por ella.

—¿Fumas? —pregunta.

—A veces.

Caminamos hacia un lateral tranquilo de la casa, a unos metros de una pareja de fumadores. Les sonreímos. Ser dama de honor en una boda casi me hace sentir como una celebridad cuando la gente te conoce e identifica y tú no tienes ni idea de quiénes son ellos.

—¿Estás soltera? —pregunta David.

Me paro a pensar. Me siento un poco triste, pero prefiero sentirme fuerte y parece que lo más fuerte es negar la existencia de Vincent.

—Creo que sí. ¿Y tú?

—Lo estoy.

—Las bodas siempre te hacen sentir muy soltera.

David ladea la cabeza.

—¿Todavía no te has acostumbrado a ellas?

—No, aún no. —Giro el cuerpo para que el hombro quede contra la pared.

David me imita, aunque esta postura parece demasiado delicada para su cuerpo—.

No me gustan las bodas. Creo que voy a empezar a decir que no vendré.

—Eso lo hace reír—. La ceremonia ha sido un poco rara, ¿no te parece? La tradición, quiero decir.

David sonríe y levanta la cabeza hacia el cielo, hacia algo, o quizás esté pensando en algo: en mí, en las estrellas.

—A ver, es bonita. Dos personas dicen lo mucho que se quieren.

—Pero ¿para qué? ¿Qué va a cambiar a partir de hoy?

—Deduzco que nada. ¿Crees que Emily y Fraser piensan que algo va a cambiar?

—Diría que sí. ¿Por qué si no dicen cosas como «Este es el comienzo del resto de nuestras vidas»?

—Para justificar el gasto. —Apoya la espalda en la pared, más cerca de mí—. Creo que es para unir a las personas. Porque cada vez es más difícil. ¿No te has dado cuenta de lo lejos que parece estar todo el mundo?

—Sí —contesto, porque me he dado cuenta. En los años desde que fuimos a la universidad, los amigos parecen remotos. La gente está más ocupada. Se convierten en algo más aparte de sí mismos: en su pareja, en su trabajo, en su tumor—. Puede que sea demasiado cínica.

—Emily me contó en una ocasión que en el instituto era una de las malas. —Me empuja con el codo, nos reímos y aceptamos que nos estamos tocando—. ¿A qué te dedicas?

—Soy abogada —digo, y me callo porque no sé si decirlo—. También publiqué un poemario.

David se queda boquiabierto. Se lleva las manos a las dos mejillas. En otras circunstancias, pensaría que se está quedando conmigo.

—Eso es increíble. Que te publiquen es todo un logro.

Siento la necesidad de negarlo.

—Gracias. Aunque la verdad es que me estoy tomando un descanso.

Se le tuerce un poco el gesto, pero con simpatía, no decepción.

—¿Por?

Podría explayarme y relatarle mis fracasos, que me siento como la fracción de una persona, que no sé cómo existir, pero creo que me he cansado de regodearme en esos sentimientos.

—Estoy intentando volver a ello. Escribí un poema en el coche viniendo hacia aquí.

—¿Podría oírlo?

—No creo que quieras…

—¡Claro que quiero!

Me muerdo el labio inferior.

—Vale. —Busco el móvil y encuentro el poema que escribí en el coche. Carraspeo y empiezo a leer. David sonríe demasiado—. Deja de sonreír de esa forma. Arruinarás la lectura. —Se ríe, pero adopta un semblante más serio—. Muy bien.

Respiro hondo y miro las palabras en el móvil. Al leer las líneas del poema, la vergüenza desaparece. Estoy feliz por tener a alguien dispuesto a escucharme. Insuflo ternura a los versos cuando se acerca el final.

David reflexiona durante un instante.

—¿De qué va?

—Creo que he roto con mi novio. Por algo que él hizo hace mucho tiempo. Y lo he estado procesando.

—Joder. No te preguntaré qué hizo. Yo también rompí con mi novia hace un par de meses.

—Le sonrío y elijo ser educada para darle la oportunidad de llevar la conversación a otra parte—.

Es horrible, ¿verdad? —pregunta, y asiento—.

Uno se siente muy seguro de sí mismo, pero se queda solo y de repente pierde esa seguridad.

Mantengo el rostro pétreo. Eso parece demasiado preciso, como telepatía, pero sé que es porque todos somos iguales, todos vivimos la misma vida en distintos colores.

—¿La gente se equivoca alguna vez? —pregunto.

—¿A qué te refieres?

—A que si nos equivocamos alguna vez.

Me doy cuenta de que no he hecho nada para aclararlo, aunque veo que su semblante se suaviza.

—A veces, claro. Es parte de la vida, ¿no? Tú lo sabes. Eres poeta.

Intercambiamos una sonrisa.

—¿Qué haces en Singapur? —le pregunto.

—Trabajo en los mercados de futuros.

—Nunca he entendido qué es eso.

—Creo que nadie lo entiende.

Callamos y vuelvo a pensar en su novia. A lo mejor no quiero ser tan educada.

—¿Por qué rompisteis tu novia y tú?

David suspira y mira hacia la oscuridad.

—Le puse los cuernos. Sé que no es bueno. Ella me miró el móvil y envió capturas de pantalla a mis padres.

Me quedo boquiabierta.

—Ah. Eso tampoco es bueno, ¿no?

—¿El qué?

—Todo. Los cuernos. O sea, eso sobre todo. Sin duda. Pero también lo de enviar capturas a tus padres.

David se ríe.

—Ya. Creo que fue difícil para los dos, la verdad.

—Me mira—. Lo peor es que ella quería que siguiéramos juntos.

Me lo suplicó. Ahí fue cuando supe que no iba a funcionar.

—Busca una respuesta en mi rostro. Asiento—.

No me siento orgulloso. No me siento orgulloso de nada.

Aunque no sé si hay alguien que, al pensar en sus relaciones pasadas, se sienta orgulloso.

En plan, lo ve en retrospectiva y piensa: «¡Guau!

Esa fue mi mejor versión. Me cubrí de gloria».

Pienso en Vincent y en si esa fue la mejor versión de mí o, al menos, una versión mejorada. Puede que sí. Puede que lo sea.

—¿Qué es lo peor que le has hecho a un novio? —pregunta David.

—Me quedé con todos sus recibos para que no pagara una deuda —contesto sin vacilar—. Él compró ropa en uno de esos servicios de paga más tarde y se olvidó. Abrí los recibos y no se los di. Quería joderle la tarjeta.

—Eso no es tan malo.

—No, no lo es.

—¿Y qué hizo él? ¿Te puso los cuernos?

—Qué va. Me dijo que íbamos en direcciones distintas.

—¿Y era cierto?

—Sí.

David se ríe. Yo me río. He hecho cosas peores, cosas de las que no estoy orgullosa, como estar en la oscuridad con David.

Sé que es un poco hipócrita, pero todo contiene algo de hipocresía.

Nuestros principios se estiran como gomas elásticas.

Mis crímenes no rompen mis gomas, pero Alex sí.

Nuestras carcajadas se apagan; David suelta otra más, como un estertor. Me mira a los ojos.

—Puede que esto sea un poco atrevido por mi parte, pero ¿quieres tomar algo conmigo a solas?

—¿Vives por aquí?

Se ríe de nuevo.

—Me refería a mi habitación. En la casa.

Pienso en Vincent durante un momento. Estoy lo bastante borracha para que no me importe o para fingir que no me importa.

Soy Max. Dejé a mi novio llorando en Bonnieux.

Tengo un tumor. Hoy siento bastante dolor y quiero recordarme que el mundo es grande y magnífico.

Todos esos parecen motivos aceptables para beber en la habitación de David, o al menos le dan sentido a la decisión, aunque luego me arrepienta.

Es algo lógico, racional, aunque no lo pueda explicar.

—¿O podemos ir a la tuya?

—La comparto con Simone.

—Ah, se me había olvidado. —Sonríe—. Ella puede unirse si quiere.

—Eso es un no rotundo. —Me muerdo el labio y me acuerdo de un detalle inolvidable—. Sabes que soy trans, ¿verdad?

—Sí, lo sé.

—¿Tan obvio es?

—No, para nada. Pero me lo contó Emily. Habla mucho de ti.

Me siento mal durante un segundo. Me pregunto si hablo o pienso lo suficiente en Emily.

—Primero tengo que pasar por mi cuarto.

—Estoy en el extremo opuesto de la escalera, en la planta de abajo.