XVI #2
Emily camina por el pasillo con su padre.
Miro a Julie, que está llorando, aunque me pregunto si le habría gustado acompañar a su hija, dado que su marido tuvo una aventura.
Emily apenas habla con su padre. «¿Cómo pudo hacerle algo así a mi madre, Max?
». En general, ha mantenido su palabra; apenas se ven.
Pero ahí está ese hombre, acompañándola hacia el altar, y todo en nombre de la tradición, en nombre de ver a los hombres como queremos verlos y no por quiénes son.
Hace calor. El sol es implacable. Emily está preciosa.
Aguanta el calor de finales de verano en Burdeos con el vestido blanco y la cola de encaje.
De momento, la tela permanece impecable, inmaculada.
¿A quién pretende engañar? Perdió la virginidad con catorce años, aunque eso, en cierto sentido, es muy tradicional.
Me giro hacia los viñedos que se extienden por el paisaje, como ondas negras en un océano.
Nunca olvidaré esta imagen y, si lo hago, las imágenes que se creen a partir del obturador de la cámara, que todavía se oye por encima del cuarteto de cuerda, me lo recordarán.
Noto que me cae una lágrima por la mejilla.
Echo de menos a Vincent. Esto es porno emocional.
El cuarteto toca «Thème de Camille», de Le Mépris.
Es una decisión que seguramente les haga parecer más cultos, o al menos guapos, porque, cuando suena en la película y Brigitte Bardot mira por encima de su hombro, queda claro que es la mujer más hermosa del mundo en ese preciso instante, inmortalizada en la gelatina y los cristales de la película fotográfica.
¿Emily cree que nadie se acordará de que Brigitte Bardot acaba dejando a su marido y muere al final?
¿O que las autoridades francesas la multaron en varias ocasiones por incitaciones de odio racial?
Me giro hacia Michelle para compartir una sonrisa, pero ella sonríe con lágrimas en los ojos en dirección a Austen, que está entre la multitud, el que quizás sea su futuro prometido.
Durante un momento, quiero mirar hacia el mar de rostros y ver el de Vincent.
Dada la norma de un año impuesta por Emily, no habría podido venir.
Aun así, debo enfrentarme a su ausencia.
Intento reunir fuerzas. No puedo perdonarlo solo porque sería bonito que me acompañara a la próxima boda.
Será mejor que me acostumbre a que la gente me pregunte si tengo pareja y contestar que no.
No debería sacrificar mis principios. Pero ¿qué principios?
¿Sobre qué mandamientos los he construido?
Debes decir la verdad. No traicionarás a tus seres queridos.
No puedo evitar pensar que debería superar estos axiomas.
La verdad parece complicada. La traición, reductiva.
Me acuerdo de Jamie, que sigue siendo un hombre enfadado y rencoroso, centrado en la vida que debería haber tenido mientras se atraviesa los pies con largos clavos.
El paisaje detrás del altar es tan prístino que podría ser un fondo de pantalla.
Me pregunto para qué sirve todo esto. Para unir a las personas.
¡Para celebrar! ¿Cómo cambiará su relación después del día de hoy?
No creo que cambie mucho. O nada. En cualquier caso, empeorará.
La boda cimienta la transición hacia la placidez bucólica, hacia los trenes de cercanías, un grupo más reducido de amigos, un guion ya escrito.
Emily mirará las fotos, verá lo guapa que estaba y lo recordará todo, y eso me hace sentir un poco triste.
La nostalgia exige admitir que el presente no es igual de bueno.
La escena me llena de temor. Tanto blanco.
Perder peso para meterse en un vestido que podría haber sido un poco más grande.
Y, aun así, parece que esto es justo lo que yo debo hacer también, así debe de ser mi vida, y es terrorífico.
Sí, estas son las cosas que nunca pensé que serían para mí, pero a lo mejor no he dedicado el tiempo suficiente a reflexionar en que eso es un regalo.
A Emily mi vida le resultaría terrorífica, insegura y solitaria, pero su vida me resulta terrorífica a mí.
Antes me preocupaba que Vincent y yo no pudiéramos encajar en una vida como la de Emily, pero quizás no sea necesario.
Creo que Vincent, después de todo, está dispuesto a lo que sea.
Puede que eso sea un detalle extraordinario en alguien como él, para quien lo tradicional siempre es algo que recibe, no algo que debe decidir.
Y más con su familia y sus expectativas.
Es él quien debe adaptarse a mi forma de ver la vida.
Y, pese a todo, le parece bien, está encantado conmigo.
¿Es suficiente? ¿Soy yo suficiente? Con Vincent sí suelo sentirme así, incluso aunque no siempre me lo crea.
Emily y Fraser empiezan a pronunciar sus votos.
Cuando llegaste a mi vida, nunca pensé que tendría la suerte de poder considerarte mi esposa un día. Eres una mujer con un corazón enorme y con un envoltorio de lo más bonito. ¿Lo habéis visto? ¡Estoy muy agradecida!
Chorretones blancos caen de los ojos de Emily, pero su maquillaje sigue perfecto. Bien por la maquilladora.
—Sí, quiero.
Miro a Simone y sonreímos. Ella parece catatónica, pero me da la mano.
Intercambio miradas tiernas con los padrinos.
David me mira de un modo concreto. Contemplo los viñedos y me limpio una lágrima.
Creo que quiere acostarse conmigo. La vida es hermosa.
A lo mejor esto es lo que la mayoría de la gente quiere.
Vestirse en distintas formas de compromiso, en indicadores de estabilidad, conexión, el mismo puto bizcocho pero con distintos sabores de glaseado.
—Sí, quiero.
Se besan, todo el mundo aplaude. La emoción se derrama por las colinas. Qué buen momento para estar viva.
Estoy atenta por si veo alguna excentricidad en la boda.
He descubierto que existen ciertas cosas que cada pareja heterosexual hace para convencerse de que están desafiando la tradición, hasta el punto de convertir la institución del matrimonio en un poco queer, como tener a un hombre gay como dama de honor o poner ruedas de queso en vez de tarta.
Casi espero que Emily no haya hecho nada de esto.
Comienza la cena. A los padrinos y las damas de honor nos han separado, excepto a Simone y a mí.
Estamos decididas a emborracharnos, porque nos han metido en una mesa con el grupo de amigos de la universidad de Emily.
En medio de las dos está Sandra, una de las mejores amigas de verdad de Emily.
Durante el entrante de tartar de salmón, me cuenta que tiene un nuevo empleo en márketing y que trabaja para un servicio de reparto de comida que pone solomillo alimentado con hierba en las bocas cuidadas de los bebés de Kensington.
—¿La ceremonia no te ha parecido increíble? —dice Sandra—. Van a tener unos niños preciosos.
¿Podemos decir mierdas como esa? Simone presta atención y musita un «¿Qué coño?
» en mi dirección. Me río. El tintineo de una copa nos hace callar.
Es el padre de Emily. Suda a mares, como un dumpling hervido recién sacado del agua.
No puedo apartar los ojos de Julie. Hierve de rabia y aprieta los dientes.
¿Por qué no habla Julie? Esto es absurdo.
El discurso parece una recitación del currículum de Emily.
Hong Kong. Exeter. ¡La primera! Un trabajo en la City en la consultoría de Oliver Wyman, donde conoció a Fraser, y ahora una carrera en Nueva York.
El hombre nos asegura que Emily es inteligente, por si no nos lo creíamos.
Habla de Julie como si fuera su esposa, lo que me resulta raro, dado que se han separado.
Menciona con rapidez y emoción a los nietos, como si en esta ocasión fuera a estar más presente, desde el otro lado del Atlántico.
Cuando acaba, la sala aplaude. Emily alza un dedo para limpiarse una lágrima, aunque tiene los ojos sequísimos.
Fraser se levanta. Lleva la chaqueta mal puesta.
Por lo que Emily me ha contado, siempre ha sido cuidadoso con su figura y a menudo ayuna durante días.
Si fuera una mujer, habríamos sido más rápidos en conjeturar que quizás tenga un desorden alimentario.
Fraser relata una letanía de ejemplos sobre la amabilidad de Emily y, mientras habla, me acuerdo de que dejó tirada a Emily cuando empezaron a salir.
Después de eso, Emily se fue abriendo paso en su círculo de amigos hasta que él acabó por cambiar de opinión. La persistencia gana, señoritas.
Echo un vistazo a la mesa de al lado, donde están los amigos de Fraser y un par de padrinos. David y yo intercambiamos una mirada. Levanta la copa y da un sorbo al vino sin dejar de mirarme a los ojos. Sienta bien.
Llega el plato principal. Comemos solomillo Wellington.
En verano. En Francia. Está delicioso, pero no me parece bien y ya noto cómo el sudor de la carne comienza a aglutinarse.
El ácido en el sudor mancha el satén y deja unos anillos pequeños como los de los árboles jóvenes, una especie invasora en el bosque de mi axila.
Miro de nuevo a David. ¿Me considera guapa?
Siempre habrá más hombres. Aparte de Vincent.
Aparte de David. Eso es bueno. Seguimos cenando.
Luego llega el postre. Emily no habla en ningún momento.
La pista de baile está repleta de cuerpos, dos de ellos el mío y el de Simone.
Bailamos de un modo arrítmico al son de la banda nupcial.
El embaucador del vocalista canta «Dancing in the Moonlight» con acento francés y tienta las caderas geriátricas hasta la dislocación.
Simone ve a Austen en un lateral de la pista y lo trae con nosotras.
Bailan juntos. La chica sabe cómo animar a toda una sala. Un hombre mayor me hace girar.