XVI
S imone va a reducir el trayecto de seis horas hasta la boda a cuatro. Nos marchamos sin despedirnos en cuanto pudimos alquilar otro coche. Durante la primera hora hemos ido en silencio, hasta que, tras despejarnos un poco, encendemos la música y cantamos la lista de reproducción de Simone.
Suena «Bless the Telephone», de Labi Siffre.
Simone aparta la mirada del volante de vez en cuando para cantarme fragmentos.
«I love you… Strange how a phone call can change your day, take you away».
Esa parte siempre me hace llorar un poco.
Creo que es una de las frases más bonitas de la historia de la lírica, incluso aunque no me la cante una de las mujeres más guapas que conozco en las colinas del sur de Francia.
Una frase sencilla captura cuánta esperanza puede imbuir una persona a otra.
Es precioso y doloroso. Deja mucho espacio para la decepción.
Ansío perdonar a Vincent; es un sentimiento que ya está madurando aunque solo haya pasado medio día.
Me molesta. Me pregunto si aceptar esta complejidad moral es señal de que tengo el listón muy bajo; si mi búsqueda desesperada por el amor, la pertenencia y los cuidados (en el sentido general, pero también en el sentido inmediato posquirúrgico) es tan grande que estoy dispuesta a permitir que una persona que reveló la identidad de una mujer trans y luego la abandonó, quizás en el momento más vulnerable de su vida, regrese a mi lado.
O puede que sea al revés: todo el dolor que siento a veces me ha obligado a volverme un poco más compasiva.
Un poco más amable. Por hombres que hacen cosas malas, que se arrepienten de ellas, que afirman haber cambiado, que han hecho daño a otras personas. A personas como yo.
Llega un correo al móvil de Simone. Me hace leerlo en voz alta y me dicta una respuesta sensata.
Cuando pincho en enviar, Simone me pide que vuelva a poner la misma canción.
Esta vez tengo lágrimas en los ojos. Las prisas matutinas implican que la pesadez de la noche anterior todavía no me afecta: Vincent y yo hemos dormido en habitaciones separadas, él reveló la identidad de una mujer trans, Fred le dio una paliza, Vincent la abandonó cuando fue a operarse y hay un tumor en mi cabeza que me quitarán en un par de semanas. Simone me mira.
—¿Te encuentras bien? —pregunta, y baja un poco el volumen de la música.
—No, la verdad es que no.
—Date un poco de tiempo.
—Tengo que romper con él, ¿verdad?
Simone conduce por una carretera sinuosa y me mira cuando el asfalto se vuelve recto otra vez.
—¿Tú crees?
—Sí, diría que es necesario. —Baja el visor y yo cierro los ojos para sentir la calidez en los párpados. La luz los cubre de naranja—. ¿Tú romperías con él?
—Sin duda —contesta, y se endereza en el asiento—. Pero tú no eres yo.
—¿Y eso es malo?
—No necesariamente.
Miro por la ventanilla hacia un campo de girasoles marchitos.
—Me dan ganas de ponerme muy moralista con todo —comento.
—Y podrías hacerlo. —Reduce un poco la velocidad—. ¿Es este desvío?
—El siguiente. —Simone vuelve a acelerar—. Creo que cómo maneje todo esto dirá mucho de mí. En plan, ¿perdonarlo implica que no me respeto a mí misma? ¿O esta es una forma muy narcisista de valorar la situación?
—No, no es narcisista. Creo que es muy normal. Pero yo también soy narcisista.
—¿Cómo te sientes? —le pregunto.
—¿Sobre qué?
—Sobre la boda.
Simone suspira.
—Creo que cosas como esta son cada vez más reales. Ya no lo hacemos en plan… ¡Guau, te vas a casar, qué excéntrica! Ahora es normal. —Guarda silencio, pero vuelve a hablar antes de que yo pueda añadir nada—. Sé que tengo muchas cosas, pero estos entornos me hacen sentir como si no tuviera nada.
Llegamos a la vieja destilería reconvertida en salón de boda a tiempo para cenar temprano en un enorme comedor rústico. Estamos las cuatro, Simone, Emily, Michelle y yo y, por supuesto, la madre de Emily, Julie. Todas llevamos pijamas a juego.
Me siento comprimida por los años transcurridos.
No les he contado lo del tumor. Pensé que le cortaría el rollo a Emily si se lo decía, pero, tras sentarme con ellas, decido hacerlo.
Les explico que me operaré después de la boda, que todo debería ir bien, pero que también tengo miedo a morirme.
Me rodean y su lástima resulta infecciosa, lo que hace que las cuerdas que me mantenían unida se deshilachen.
Me echo a llorar. No sé si es por el tumor o por Vincent.
Quiero mucho a estas chicas. A estas mujeres.
En medio de los años perdidos, Vincent casi parece un parpadeo, en plan: si la historia del planeta Tierra durara un año, entonces los seres humanos solo habrían durado cinco minutos.
Tengo la sensación, la certeza, de que el tiempo seguirá avanzando, de que con el tiempo iré dejando más y más atrás este dolor.
Me despierto a las cinco. Durante unos segundos confusos, no tengo ningún motivo para creer que algo va mal, pero entonces me acuerdo.
Quiero un torniquete para detener la hemorragia.
Cuando detengo las lágrimas y mi respiración recupera el ritmo habitual, veo que Simone todavía no se mueve y pienso otra vez en Alex.
Una parte de mí desearía hablar con ella, pero ¿qué le diría o preguntaría? «¿Estás bien?».
Vuelvo a quedarme dormida y, cuando hay más luz, agradezco que el día vaya a ser insípido. Qué mejor que la tradición para desplazar la confusión. Llaman a la puerta y disfruto de unos segundos de silencio antes de que Julie entre ataviada con un vestido de novia en el día de la boda de su hija.
—¡Hora de levantarse, chicas!
Es un vestido escotado, de blanco roto, que apenas contiene sus pechos como dos camas de agua.
No sé por qué está vestida ya ni cómo se ha vestido.
La boda es dentro de siete horas. Cuando la vi ayer, me sorprendió lo flaca que estaba, mucho más que cuando íbamos al colegio.
Julie siguió la dieta Atkins durante toda nuestra adolescencia.
Pasó a keto hace un par de años. Yo creía que eran lo mismo, pero al parecer el cambio marcó la diferencia.
Tiene el cabello más rubio. Aún me parece increíble que haya elegido ese vestido.
Simone y yo nos enderezamos en la cama. Julie está frente a nosotras, con las manos en las caderas, a la espera de que la halaguemos.
—Guau, Julie —dice Simone—. Estás espectacular.
—Eso. Espectacular.
—Todas las demás están despiertas y arreglándose —dice—. ¿Tenéis los kimonos?
Asentimos y se marcha.
—Joder —dice Simone.
—Todavía no me he lavado el pelo. Ni me he depilado las piernas.
—Yo tampoco.
Ninguna va a la ducha.
Encontramos a Emily en la suite nupcial, sentada en una silla con una maquilladora al lado.
Todo el mundo se ha puesto el kimono de seda.
El sol entra a raudales por tres ventanas.
Una persona le riza el pelo a Michelle. Hay mucha gente aquí.
Parece un set de rodaje. Las chicas gritan al vernos llegar, pero ninguna gira la cabeza.
Es como una película de terror. Me sitúo detrás de Emily y la miro por el espejo.
Irradia una belleza sintética, con la base de maquillaje que le cubre la piel, las pestañas de una longitud inaceptable.
La maquilladora se aparta para dejarnos un momento a solas.
—Estás preciosa —decimos.
Emily pone cara de echarse a llorar y se lleva una mano al esternón, pero no hay lágrimas en sus ojos.
—Vale —espeta—. Simone y tú tenéis que sentaros en esas sillas. ¿Os habéis lavado el pelo?
—Sí.
Nos sentamos y la peluquera desciende sobre mi melena y empieza a peinarla para quitarle el aceite. Parece recelosa.
—¿Te has lavado…?
—Anoche.
Una maquilladora se pone a comparar la piel de Simone con una paleta de bases. Respiro hondo para prepararme. Hablamos un rato sobre Bonnieux, aunque omito los detalles acerca de la tarta de limón y de Vincent. Simone les cuenta lo de Aisha y la ventana. Las chicas se escandalizan.
De nuevo en nuestra habitación, Simone y yo nos ponemos los vestidos de dama de honor.
—Aún me siento muy incómoda —dice.
—Odio mis hombros con este vestido.
—No, estás preciosa. Yo pensaba que me sentiría bien, pero estoy incómoda. No quiero hacerlo. Ni ponerme esto.
Regresamos arriba para sacarnos unas fotos. Todas sostenemos una copa de champán. Emily nos recuerda que no debemos dar más de cuatro sorbos.
—¡Uno por cada una de nosotras!
Después de las fotos, las damas de honor y los padrinos bajamos para un ensayo rápido de la ceremonia, aunque en realidad es una lección sobre cómo caminar en pareja.
Simone va primero, acompañada de Barney, a quien conocí en la fiesta de cumpleaños de Fraser.
Me dijo que era músico. Yo le dije que era poeta.
Después de la fiesta me enteré de que, al igual que yo, no ha triunfado, aunque luce un reloj de Cartier.
Su novia tiene veintidós años. Michelle va con el único asiático de la ceremonia.
Parece que los han emparejado así adrede.
Conozco al chico con el que voy a tener que entrelazar el brazo.
Es alto, ancho, guapo y lleva barba. Parece el tipo de hombre capaz tanto de invitarme a cenar como de meterme cinco libras en las bragas y, para él, ambos actos serían iguales.
Me pregunto si Emily me ha emparejado con él porque, gracias a su hipermasculinidad, mi condición como persona trans queda en segundo plano.
Si me pongo tacones y me sitúo junto a las demás señoritas, parezco Godzilla.
Entrelazamos los brazos y echamos a andar por el pasillo.
—Soy Max —digo.
—David.
—¿Y no nos conocemos?
—Vivo en Singapur. Soy un viejo amigo.
—Yo también. Todos lo somos.
Llegamos al final del pasillo y nos quedamos ahí hasta que nos dicen que nos podemos ir.
—¿Nos vemos dentro de un rato? —me pregunta.